Pedro Marqués de Armas: A propósito de ‘Estampas de San Cristóbal’ y el Mañach de Duanel Díaz Infante

Autores | 24 de septiembre de 2026
©Cubierta de ‘Estampas de San Cristóbal’ en Casa Vacía

1.

Tras largos años fuera de la isla –parte de su infancia, toda la adolescencia y un tramo de juventud–, y ya con una equilibrada formación tanto hispánica como anglosajona, Jorge Mañach regresó a Cuba en el verano de 1921, como quien regresa a una madre a la que en cierto modo se ha desatendido y ante la que se experimenta, además de culpa, la necesidad de recuperar su amor y de reconocerse a sí mismo. En un inspirado artículo que tituló “Salutación” –el primero tras su regreso– daba cuenta de esos sentimientos presentándose como hijo pródigo, uno “entre tantos especuladores en ilusiones” que partiera en busca de otros horizontes, a la vez que exonerando sus faltas con el fantasma de la lejanía, pero también, con el uso siempre propicio de la segunda persona; es decir, de undiálogo con mucho de monólogo:

“Yo te pido perdón –le dice a la Patria– por haber dudado de ti. Entre tú, Madre, y el exilio de los pródigos, estaba la bruma de la Nueva Inglaterra, donde se fabrican las imposturas y las exigencias que mueven los gonfalones imperializantes. Si dudé, fue porque lejos te vi endeble y marchita entre tus opulencias advenedizas, y confundí con tus carnes la purpurina barata de tus millones, y con tu acento, el bocinazo afónico de tus Packards, y con tu paisaje, la gama bárbara de tus vallas anunciadoras… (Bohemia, septiembre, 1921).

El artículo contiene todo para entender no solo las tensiones intelectuales y afectivas del joven Mañach, sino su afán de asimilación inmediata al entorno cubano, y la génesis de uno de sus libros más apremiantes: Estampas de San Cristóbal, que madura precisamente a lo largo de esos años. Está aquí su visión de un país tomado por la modernización a la norteamericana, que define como “excrecencias superfluas” que han invadido la sociedad –turismo, garitos, New York style, etc.– hipotecando las libertades y las tradiciones. Culpa al esplendor económico de los años previos, que habría acabado con todo vestigio de belleza “inculcando gustos de rastacueros”. Pero está, asimismo, una experiencia que lo marcaría apenas regresa e incluso antes: la lectura de San Cristóbal de la Habana, novela del escritor norteamericano Joseph Hergesheimer que no llevaba un año de publicada. Mañach encuentra en sus páginas –y así lo reconocerá en varias crónicas– no solo inspiración, sino un modelo que por lo pronto califica como “espíritu del territorio”: “¿No lo han visto también ojos extraños enamorados de lo esencial y de lo intrínseco? Ayer vino a la Habana un yanqui raro con un nombre bárbaro, ¿recuerdas? Aquí te consultó, y sin ser tu hijo, por inspiración tuya escribió, Patria, un libro bello y luminoso, bello y laminoso como un astro sólo en la oscuridad. En la oscuridad de nuestra inconsciencia americanizante nosotros mismos rara vez tuvimos tanta luz de comprensión propia”.

Se trata evidentemente de desbridar esa “inconsciencia”, para lo que se impone tomar distancia de la ciudad turística –esta ruidosa, indiscreta, plebeya y pagana– como modo de acceder a aquella otra tradicional y criolla cuyo espíritu habría que aventar desde el pasado: “Ese escritor yanqui, madre (…) supo hacerte un himno al pintar tu Habana Vieja, con sus balcones y sus patios, y sus mujeres, y su soleada vocería de zoco hispano, y su tabaco todo fragancia. Él comprendió nuestro espíritu por mediación de esas cosas pequeñas. Lo trascendental, ¿no es acaso la lección de lo trivial y lo somero?” En la mirada del Otro, Mañach da con un modelo que le viene como anillo en su añoranza de reconciliación, es decir, en el imperativo de fraguar su obra en aquel particular momento cubano: “Que nosotros mismos comprendamos así nuestra índole característica, que respetemos nuestra natural identidad”. Lanzada la salutación y entonado el mea culpa, tiene a mano los instrumentos, los resortes de su escritura.

2.

Una de las lecturas que más me retuvo este verano fue Estampas de San Cristóbal, ahora en la edición de Casa Vacía (2026), con un excelente y extenso “Estudio introductorio” de Duanel Díaz Infante. Edición necesaria, toda vez que esta joya de la prosa cubana era de difícil acceso, agotadas por largos años las reediciones anteriores; la de Mario Parajón para la Editorial Trópico (Madrid, 1995), y la habanera de Ateneo (2000), con su cubierta mostrando dos monumentos sobre los que Mañach volvería una y otra vez: el Morro y, más acá, la glorieta del Malecón. Ambas contienen, con mayor o menor lustre, las ilustraciones originales de Rafael Blanco, lo que siempre se echa en falta. Pero la edición de Casa Vacía viene a coronar con su amplitud el libro de Mañach celebrando su centenario, lo que nos lleva de regreso, como apunta Díaz Infante, a la Cuba de hace un siglo, así como a preguntarnos por el lugar de las Estampas… en la literatura cubana y en la obra del autor.

Quien haya hojeado la edición original sabe que fue uno de los libros mejor acabados de la época. Desde mediados de 1926 se venía hablando de la edición con la que la Editorial Minerva se proponía apuntarse un nuevo éxito, tras el que estaba teniendo La Zafra de Agustín Acosta –en circulación ese verano y del que Carpentier llegaría a decir: “un caso excepcional en los anales de la edición que nadie, entre los hombres de mi generación, se atrevió a soñar que volviera a producirse”. Sin embargo, Estampas de San Cristóbal no le iría muy detrás. La edición, que comenzó a circular a comienzos de 1927, encontró el terreno abonado: se vendió y leyó. Casi todas las librerías y vidrieras la anunciaron como una “guía sentimental de La Habana”, o bien como un “retrato del alma” de la ciudad, al tiempo que se sucedían las reproducciones y presentaciones mientras las marcas de chocolate y sorbetes le hacían publicidad.

En una de las primeras reseñas, Martí Casanovas apuntó sobre el diseño de cubierta realizado –lo que a menudo se olvida– por el pintor y dibujante venezolano Luis López Méndez: “una de las mejores portadas que hemos visto en ediciones vernáculas”, a lo que sumaba la “nítida belleza tipográfica del volumen” que hacía lucir ociosas las viñetas de sabor local de Rafael Blanco, parangonando la calidad de la edición con su contenido: “obra delicada y precisa de orfebre, con un culto apasionado por el detalle sutil y la pequeña minucia, encierra algo mucho más profundo y esencial”.

Aunque los textos habían sido publicados en El País entre julio y agosto de 1925, es ahora, en forma de libro, que se le destina de manera especial, viniendo a coincidir su circulación con el inicio de las publicaciones de vanguardia que mayor alcance tendrían en la isla: revista de avance y el Suplemento Literario del Diario de la Marina. Solo a lo largo de 1927, año que marca el comienzo del vanguardismo en Cuba, recibió más de una docena de reseñas que concordaban en reconocerlo por la novedad de su estilo, pero, sobre todo, por su amor a la ciudad, al revelar como ninguna otra obra tanto su espíritu como sus encantos. Salvo reparos menores, ningún reseñista se lanzó contra el libro, si bien desde el Suplemento se anunció una diatriba que al parecer nunca se concretó.

3.

Ciertamente una lectura que se deja acompañar por ensayo tan exhaustivo como el de Duanel Díaz Infante, donde uno y otro hallazgo se suceden, ya no acontece al margen. Leí por primera vez Estampas de San Cristóbal antes de salir de Cuba y recuerdo la mezcla de admiración por la buena prosa y de desdén por la excesiva nostalgia y las deudas con el costumbrismo decimonónico. Sin dudas perdí de vista numerosas cuestiones, en tanto sacaba, paradójicamente, copia de los lugares y personajes más anclados en “lo social”: la Alameda de Paula, el tren de lavado, María la O, Cucaracha, Bartolo y Papaíto –estos, como diría un personaje de Cecilia Valdés, con “semejas de locura”. (Con todo eso y mucho más, abandoné la isla).

Una de esas cuestiones, y desde la que parte en buena medida el “Estudio introductorio”, es la de la modernización acelerada de la ciudad y el influjo norteamericano con sus múltiples efectos sobre la vida cubana. No se trata sino de un crecimiento robusto, que justo entre 1922 y 1926 –es decir, mientras Mañach se asienta finalmente en su país– experimentaría un salto exponencial. Díaz Infante elige a propósito uno de los artículos más significativos, titulado por demás “San Cristóbal de La Habana”, y quizá el primero que Mañach publicara en Diario de la Marina. Se lamentaba allí –haciendo alarde de esos diálogos que consolidan su periodismo literario, tornándolo más reflexivo y que le servirían de matriz para las Estampas– de los efectos a la larga lamentables de la Danza de los Millones, la americanización de las costumbres, la expansión sin armonía del Vedado, etc., para concluir con el inmejorable símil que Díaz Infante rotula especialmente: “La Habana es como un muchacho que ha crecido demasiado aprisa”.

Curiosamente, como en “Salutación”, regresa aquí a la novela de Hergesheimer; y es que a un año de distancia entre ambos artículos estamos todavía en el umbral de una transformación. Mañach no enaltece de entrada a La Habana antigua, a la que califica incluso de prostibularia y arquitectónicamente chata –“nuestro Morro es una ingenuidad en cartón-piedra, un soldadito de plomo con ínfulas de guardián”– haciéndose eco de los clásicos estereotipos coloniales. Sin embargo, terminará encontrado en sus rincones y en esos mismos monumentos, en la ciudad ahora invadida de automóviles que no paran de dar vueltas Prado arriba / Prado abajo en torno a la glorieta de la Punta como un “juguete mecánico”, acaso con la medicación del escritor norteamericano y, en definitiva, desde una perspectiva más impresionista que histórica y más anímica que moral, el recurso que oponer al vértigo modernizador.

Y era de vértigo, sin dudas. En 1925 mientras Mañach se aprestaba a escribir y escribe sus “estampas”, se suceden eventos extraordinarios: Gerardo Machado acaba de ganar las elecciones, se inaugura el monumento al Maine, visita la ciudad el General Pershing –lo que motiva un apoteósico trasiego que congrega a lo largo del Malecón y hasta la mencionada glorieta a la mayor flota de Ford que se reuniera allí jamás–; y, no menos importante, se inaugura la tienda por departamentos El Encanto, llamada a dinamizar la cultura y la publicidad como ninguna empresa hasta la fecha. Se suma, con el turismo –con la propia modernización–, una mayor visibilidad de la cultura afrocubana, y, por último, la llegada masiva de inmigrantes judíos –es decir, los “polacos”.

Como señala Díaz Infante, tales acontecimientos quedan fuera del “horizonte literario” de Estampas de San Cristóbal, o solo entran de modo tangencial. Se trata, a fin de cuentas, de “impresiones de la ciudad” y no de una inmersión a fondo en lo cotidiano. Distanciamiento al que corresponde, según el ensayista, la marcada estilización del libro, desde crónicas representativas como el “El momento insuperable” en la que Luján arrastra al cronista al Parque Central para presenciar ese instante fugacísimo en que, con la puesta del sol, la luz lo transfigura (por cierto, espectáculo narrado en el siglo XIX incluso en guías turísticas de La Habana); hasta la única próxima a un canon propiamente vanguardista: “Muralla”. Sobre esta última, Díaz Infante anota: “Esta estampa se compone casi íntegramente de oraciones nominales, en una sucesión que registra el trascurso de un día cualquiera –de la mañana a la noche– en un comercio español”; y añade: “no hay comentario ni subjetividad, es justo ahí, en la falta de persona gramatical, el predominio de la yuxtaposición y la materialidad de los objetos, donde la escritura adquiere cierto aire vanguardista”.

Cierto, se trata del texto más lúdico y atrevido a nivel estilístico: el que mejor aquilata el tráfago habanero de esa parte de la ciudad elegida por Mañach; recordando incluso, por su aspecto circadiano y sus flujos comerciales, una crónica fundacional como “El reloj de la Havana” de Zequeira. En su reseña “Baedeker ilusionado”, Regino Boti, atento al pulso vanguardista con que él mismo pugnaba, la concebía en estos términos: “Y de entre todos, emitiendo las vibraciones más altas y limpias, los episodios titulados: ‘Muralla’, fresco a grandes síntesis, fondo para la explanación de toda una novela cubana…”. Con todo, la estampa en cuestión resulta la más española, tal como la calle, y Mañach no hace más que registrar, junto a los cambiantes rumores, su condición –al decir de Luján– de “poderosa costilla, apretada de nervios y músculos, en el corpachón de San Cristóbal”. Si ya entonces tal arteria formaba parte de la versión cubana del juego del Monopolio, Mañach, sin dudas, procura sustraerla a la modernización a la americana.

4.

Otro asunto que plantea Díaz Infante sería el del género y los modelos que lo preceden. Si la crítica por lo general lo ubicó en el modernismo, o sin más, en el costumbrismo –es decir, o bien en el espacio “estético” de los modernistas, o bien en el propiamente “letrado” de los costumbristas–, se trata ahora de un desplazamiento de ambos modelos que no apunta ni a la civilización ni al arte, por separados, sino a la “cultura”. Y aquí viene el aporte más interesante, en buena medida apoyado en la tesis desarrollada por Julio Ramos en Desencuentros de la modernidad en América Latina, según la cual las crónicas de José Martí celebran, tanto como resisten, las exigencias de la modernidad. En este sentido, más que adscribirse a la Ley y al “buen decir” de los letrados de la Ilustración, las crónicas martianas supondrían una crítica al proyecto modernizador, en la que domina una voluntad de autonomía estetizante, bien definida, aunque con notables diferencias, entre los primeros modernistas.

Así, si Martí y Casal escribían como artistas, no será ese el rango de Mañach: “La reflexión sobre el lugar del escritor en la modernidad, el conflicto entre el arte y el mercado”, todo eso, la retórica antiburguesa, etc., falta en su caso, sin que se le pueda colocar en la tradición de los letrados. Contra la creciente fragmentación de la vida moderna, la respuesta –como se ha dicho– la da la “cultura” y específicamente en Mañach “un nacionalismo más bien arielista”. Díaz Infante acierta al señalar lo que Rodó llama “patriotismo de ciudad”, basado más en las fuentes espirituales de la identidad urbana que en la educación patriótica. No estética, tampoco Ley, sino “un principio de civilización”. Allí se insertaría plenamente el proyecto de Mañach, en aprehender y exaltar el alma de la ciudad. En otros términos: un saber amoroso. Un amor –palabra esta clave– que se repite a lo largo de las Estampas como en la mayor parte de las reseñas que el libro suscitó.

No podrían, pues, contrarrestarse las secuelas de la modernización, el mal gusto, el rastacuerismo…, si no se siente amor por las cosas antiguas y menudas, por los lugares en que se expresó esa condición amorosa. Y aquí el ejemplo que trae Díaz Infante a colación no puede ser más oportuno: la glorieta de la Punta, recordada en la crónica “El Morro”. Mañach no la olvidará a lo largo de su carrera literaria; pero entonces lo que estaba en juego era su desaparición, tras haber rendido por décadas espacio a la banda municipal, a las fiestas y paseos nocturnos y a no pocos relatos literarios. Entre el momento que Mañach la publica en El País y la edición a finales del 1926, se decreta y ejecuta su derribo, y el cronista alcanza a añadir una nota al pie: “Varios detalles más aludidos en este itinerario sentimental han desaparecido o están desapareciendo… Gajes del oficio, que no respeta ni los intereses creados de los autores”.

En efecto, en el mes de junio un informe técnico de la Secretaría de Obras Públicas confirmó la necesidad de demolerla. Para el desguace de la glorieta, a fines de aquel año y por tanto poco antes de la salida de Estampas…, se usó un potente tractor Fordson de los muchos recién importados y que tan valiosos serían durante el ciclón de octubre, como en la construcción de la carretera nacional.

En cuanto al lugar que ocupan en el costumbrismo, el análisis es claro. Cierto que, al igual que no se reducen, con relación a la crónica modernista, “a la pura captación sensorial de la ciudad”, tampoco se ajustan a la crítica moralizadora ni se demoran en la elaboración de “tipos” sociales. Ni la hiel de la sátira en su afán normativo; ni la ingenuidad de los encuadres históricos. Lo que las distingue sería “cierta voluntad interpretativa” que las orienta en un “horizonte intelectual más amplio”, aproximándolas al ensayo. Un género que, como recuerda Díaz Infante, adquiere en esos años “carta de ciudanía” en la literatura latinoamericana a partir del magisterio de Rodó y de Ortega y Gasset.

De modo que coexistirían varios elementos: el ensayo breve, más bien visual y meditativo al estilo de Azorín, que tiende a privilegiar la percepción y los detalles sobre el intelecto, y el de Ortega, que privilegia el análisis y los conceptos, aunque parta a menudo de escenas o imágenes. Las “estampas” de Mañach se moverían entre ambos polos, un tanto a la medida que precisa para expresar su ideario generacional. No menciona Díaz Infante, sin embargo, el influjo también meridiano de Eugenio d’Ors, que nos parece esencial. No solo le inspira el título de su temprana columna periodística, sino diversos recursos de estilo; además de que resulta, muy probablemente, el autor que más cita en su primera época. No solo lee el Glosario de Xenius en su recopilación castellana de 1920; sino incluso que sigue sus artículos en la prensa española y catalana.

El propio Mañach lo señala en «Lo que a D’ Ors le debemos» (Diario de la Marina, 20 de septiembre, 1954) relacionándolo con el espíritu de su generación:

«Sobre aquella curiosidad cayeron los primeros libros de D’ Ors, como los de Ortega y Gasset y algunos otros escritores españoles y no españoles, de la generación que el mismo Xenius insistiría en llamar ‘novecentista’. Porque, en rigor, eso le llegó a Cuba antes que lo del 98. A Unamuno, a Azorín, a Baroja, a Valle Inclán no los descubrimos –hablo, desde luego, en tesis general–, sino un poco después, cuando ya sus epígonos en la península nos habían conquistado, barriéndonos ciertos dejos de resentimiento y prevención contra lo de ‘la Madre Patria’. Desde Pérez de Ayala apreciamos mejor el patetismo estético de Valle-Inclán o la acidez sardónica de Baroja; desde el europeísmo de Ortega y D’ Ors (…) le tomamos el gusto al agonismo intelectual de Unamuno. Y a Antonio Machado, vesperal y terroso, desde la matinal transparencia de Juan Ramón Jiménez».

A propósito, resulta significativa la observación que en su momento hiciera Martí Casanovas sobre la marca de D’Ors en Estampas, atisbando cierto vínculo con La Bien Plantada del glosador catalán, “con la cual, por su sentido íntimo y profundo, por la tensión y la pasión vehementísima que se traduce en cada una de sus imágenes, por la pulquérrima nitidez de su prosa, tantos puntos de contacto y tan íntimo parentesco guarda la obra de nuestro Jorge Mañach”. Según el también catalán Casanovas, Mañach habría “reducido la trama y la escenificación a su mínimo” para mantener el interés y el tono polémico de su obra “dentro de un constante e ininterrumpido diálogo”. Sea o no así, lo cierto es que las estampas tienen algo de escenas y que, en cualquier caso, la figura de Eugenio d’ Ors, “la gracia errabunda de sus ensayos”, es visible en el cubano.

5.

Sería demasiado extenso seguir cada apreciación de este “Estudio introductorio” a las Estampas, por sus muchas ramificaciones; pero no podría saltarme lo que apunta sobre el esfuerzo de conciliación y la incesante búsqueda en Mañach del “justo medio”, equilibrio que intenta a varios niveles: entre modernización y tradicionalismo, entre cultura y utilitarismo, entre lo democrático y lo aristocratizante, apelando a dos de las crónicas más agudas: “El muro del Malecón” y “La guagua y el carácter”. Pero si penetrante es Mañach, no lo es menos aquí el ensayista cuando expresa, después de desmenuzar sus ideas y también él a la procura de equilibrio: “Las estampas son un espacio de mediación simbólica, suerte de dispositivo integrador, capaz de poner en relación extremos que en la experiencia social aparecen escindidos”. Y añade: “No se trata solo de conciliar tradición y modernidad, sino también de hacer coexistir, en el plano de la mirada, clases y razas distintas, sin borrar sus diferencias, pero tampoco radicalizadas en forma de conflictos”.

Desde luego, más que la clase obrera es la “cuestión étnica” la que suscita las mayores ansiedades por la forma en que “toma” la ciudad; en un caso, la inmigración judía por su carácter ambulante, asediando las plazas y contraviniendo el mercado establecido; y en otro, los negros al salirse de sus barrios marginales hasta alcanzar el centro –el escenario mismo que la modernización les brinda. El modo en que Mañach conjura estilísticamente tales ansiedades, y la manera en que Díaz Infante lo interpreta, invitan sin dudas a una y otra lectura. Pero la tesis es convincente. En este sentido, la crónica opera como una mediación, traduce y hace visible “la contigüidad de mundos” que comparten el espacio urbano, aunque no se comuniquen entre ellos. De ahí que en Mañach el género resulte –lo que sería válido para toda su escritura– una forma de “integración cultural antes que de crítica social”. En fin, no una política, sino más bien una ética urbana.

Claro que esos mundos contiguos tuvieron versiones menos equilibradoras, como en el poema de Alfonso Reyes “Golfo de México”, escrito tras su paso por La Habana en 1924, y en el que el contraste entre unos y otros, lujo y pobreza, negros y empresarios, se representa de modo amenazador. O en los cuentos de Novás Calvo, donde tales contigüidades, lejos de resolverse, colisionan. Pero aquí estamos a la procura de un estilo que debe mucho a una voluntad clásica, nada sospechosa, por otra parte, de falsos sincretismos. Y es lo que diferencia a Mañach de la mayoría de sus contemporáneos, teniendo que pagar el peaje de ser “el menos cubano de los literatos cubanos” –como señalaba una de las reseñas del libro y se dijo de otras maneras, no siempre a su favor.

Si bien Duanel Díaz Infante no entra en el “sajonismo intelectual” de Mañach –sin duda su otra gran mitad, en pleno ejercicio y efervescencia en los años veinte–, su estudio tiene la virtud de elucidarlo desde la perspectiva de los procesos modernizadores en Hispanoamérica y el lugar de un género como la crónica en su variante no menos novedosa que híbrida de la “estampa”. En ese lugar de lo Otro que es la literatura, como sobre esa peana elástica –nunca radical– que fue el vanguardismo cubano, Estampas de San Cristóbal se erige como uno de los fundamentos de aquella generación.

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[*] Jorge Mañach, Estampas de San Cristóbal. Estudio introductorio Duanel Díaz Infante. Richmond: Editorial Casa Vacía, 2026.