Centro de Documentación de Prisiones Cubanas: Entrevista a Manuel Alejandro Rodríguez / El 11J ‘podías escuchar los gritos de los manifestantes por las golpizas de los guardias’

Han pasado más de cinco años desde que la vida de Manuel Alejandro Rodríguez Yong (36) diera un vuelco impensable en cuestión de horas. Sucedió el 11 de julio de 2021, cuando se convirtió en una de las 1.600 personas que, según los registros de Justicia 11J, el régimen cubano detuvo arbitrariamente durante las históricas manifestaciones del 11J.
Ese día, Rodríguez, quien ejercía como cineasta, se unió a una protesta frente al edificio del estatal Instituto Cubano de Radio y Televisión (ICRT), en el barrio habanero del Vedado, de donde escapó poco antes de que un amigo suyo y compañero de fe católica, así como otras personas, fueran reprimidas por agentes y simpatizantes castristas.
Horas después, había desandado más de cuatro kilómetros en dirección a la Habana Vieja. Así llegó hasta las inmediaciones del Hotel Saratoga y el Capitolio, donde la magnitud de las protestas dejó imágenes impensables apenas un día antes. Entre la muchedumbre y las consignas populares, fue detenido y enviado a una estación policial del municipio Cerro, donde pasó varias horas antes de ser reenviado a la Prisión Ivanov, en el Cotorro, donde estuvo desaparecido varios días.
Durante ese tiempo, Rodríguez vio cómo las autoridades intimidaron a los detenidos con perros sin bozales, cómo los golpeaban y los amenazaban, cómo les daban raciones mínimas de agua y comida y los dejaban encerrados junto a personas enfermas de covid-19. También asegura haber visto un trato especialmente duro hacia las personas negras. Fue liberado luego de un interrogatorio y de firmar un documento, según el cual las autoridades se arrogaban el derecho a citarlo cuando estimaran conveniente.
Hoy, Rodríguez vive en Madrid, España. Desde allí conversó con el Centro de Documentación de Prisiones Cubanas sobre las experiencias de aquellos días, que también incluyen las muestras de vergüenza de al menos uno de los oficiales penitenciarios que los reprimió , y el temor de sus familiares a contarle lo que vivieron ellos.
Cuéntanos cómo fue tu detención.
Salí a manifestarme el 11 de julio. Al principio estuve frente al ICRT con otros amigos. De ahí pude escaparme, pero horas después me detuvieron frente al Hotel Saratoga. Salí de la cárcel el 14 o el 15 de julio, después de algunos días desaparecido. Primero pude avisar que estaba en la estación policial del Cerro. Pero al otro día, cuando fueron a buscarme, ya no estaba allí. Me buscaron prácticamente por todas las estaciones de policía de La Habana, pero no les daban información sobre mi paradero.
Estabas en Ivanov…
Sí. Antes, cuando todavía nos tenían en la estación del Cerro, me llevaron al teatro porque no había espacio en los calabozos. Allí iban a tomarnos las huellas e interrogarnos. En ese momento vi un autobús afuera y pensé: “ya son más de las diez de la noche, seguro van a sacarnos de aquí”. Pero sobre las tres de la mañana, los policías nos agarraron por el hombro y nos condujeron a un camión que yo nunca había visto en las calles cubanas. Era completamente cerrado, con una primera parte acondicionada para los oficiales y dos pequeños pasillos para los detenidos, sin ventilación natural, sino con aire acondicionado.
En ese momento fue cuando empecé a sentir miedo porque no sabíamos lo que estaba pasando ni cómo esas personas podían proceder. Los más ancianos decían: «Nos van a fusilar y a tirar en una cuneta». Y eso, por supuesto, te pone nervioso. Además, la policía estaba muy molesta por todo lo que había sucedido durante el día: varios de ellos habían sido heridos.
Estuvimos un tiempo en carretera y cuando nos bajaron me di cuenta de que estaba en una prisión, aunque no sabía dónde. A la entrada, había dos filas de guardias con perros pastores alemanes, sin bozal, a los que incitaban para que nos ladraran e intimidaran. Luego supe que mordieron a algunos de los manifestantes.
Desde que entramos a la galería nos trataron mal. Una persona preguntó dónde estábamos y le fueron arriba, a golpearla. Otra persona dijo: «no lo maltraten, que solo es una pregunta”, y a esa también la agredieron. Nos dimos cuenta de que iban a atentar físicamente contra nosotros por cualquier cosa que dijéramos.
Nos desnudaron y nos pusieron en cuclillas. Luego nos entregaron la ropa de prisionero y nos hicieron pasar a un espacio que llaman “soleador”. De ahí nos fueron pasando a las celdas. Podías escuchar los gritos tanto de los guardias maltratando a los manifestantes como de los detenidos golpeados, pidiendo que no los maltrataran. Recuerdo que a mi celda trajeron a un muchacho negro, al que venían golpeando, y lo lanzaron para la parte de arriba de la litera.
¿Te fueron informados tus derechos al ingresar en prisión?
Para nada. Lo único que hicieron desde el minuto cero fue amenazar, meternos miedo, decir que íbamos a pudrirnos allí por hacernos los guapos, que de allí no nos iba a sacar nadie. No querían darnos ni el nombre de la prisión, donde no había condiciones de ningún tipo.
¿Cómo eran esas condiciones?
En la entrada de la galera había un recibidor y una oficinita. A la izquierda estaba el soleador y a la derecha las celdas. Dentro de cada una cabían alrededor de 12 personas, divididas en tres literas a la izquierda y otras tres a la derecha. Las literas tenían un colchón de espuma, si es que a eso se le puede llamar colchón. En algunos casos, era solo la mitad. Dentro de cada celda había un baño, con un turco, una especie de meadero y una ducha. Creo que nos dieron un solo jabón para todos. Ya desde el primer día había que bañarse muy rápido: enjuagarse, salir y enjabonarse afuera para que otro pudiera enjuagarse, y así… Si no, no daba tiempo porque ponían el agua por diez o quince minutos nada más.
En ese momento teníamos que aprovechar y llenar un vasito plástico para poder tomar agua después, porque no la ponían más hasta el día siguiente o cuando a ellos les diera la gana. Ese fue uno de los momentos de más sed en mi vida, y podrás imaginar cómo era aquella agua. Salí de la prisión con una crisis estomacal terrible. Aquella cárcel no estaba preparada para tener a ningún preso, mucho menos a un número tan grande de prisioneros.
¿Les obligaron a usar uniformes?
Sí, solo podíamos vestir el uniforme, que es grueso y da mucha comezón en la piel. Cuando salías de la prisión, te entregaban la ropa con la que habías llegado.
¿Cómo era la alimentación?
Una comida infernal. La calidad era horrible, y la cantidad, ínfima. Lo poco que nos daban venía en una cajita de cartón y el caldo, cuando había, en un vasito de plástico desechable. Todo a través de la reja. No recuerdo si llegaron a darnos tenedor, cuchillo o cuchara. Y no había horario fijo. El primer día, que llegamos en la madrugada, vinimos a comer algo prácticamente en el horario de la cena, en la tarde noche.
¿Los médicos inspeccionan la calidad de la higiene y la alimentación?
No. Después de más de 24 horas allí pasó un médico para hacernos la prueba de la covid a todos. Hubo personas que dieron positivo y aún así volvieron a meterlos a la misma celda. También pasó uno preguntando si padecíamos alguna enfermedad, qué medicamento tomábamos, si teníamos alguna herida o golpe. Allí había personas mayores, con enfermedades crónicas. Recuerdo que le dije a un muchacho al que habían golpeado que no enseñara los moretones porque sabía que no lo iban a soltar hasta que no se le hubieran quitado, o porque podían ensañarse con él por pensar que se los había hecho fajándose con un policía.
Cuando el médico pasó, le dije que yo padecía de la presión y tomaba enalapril, incluso, que tenía la medicación en la mochila que me habían quitado al entrar. Pero en todo el tiempo que estuve allí nadie fue a medirme la presión ni a llevarme el medicamento.
¿Te sentiste discriminado mientras estuviste allí?
Yo no, pero sí vi mucho ensañamiento, golpes, maltratos, de los guardias con las personas negras. Desde el minuto cero. Creo que ser afrodescendiente iba en tu contra en esa prisión. De hecho, a un muchacho negro que estaba en mi celda lo detuvieron después de las manifestaciones, cuando salió de su casa a comprar pan, solo por no llevar el carnet de identidad encima. Eso te da una medida del nivel de racismo y ensañamiento que pueden tener en momentos como estos. Ser homosexual, afeminado o adolescente también puede jugar en tu contra en esos lugares.
Recuerdo que antes de irme, un guardia me dijo bajito, al oído, «Discúlpame.» Le respondí: «Yo no tengo que disculparte, pero a lo mejor sí tienes que pedirle perdón a muchos de los que están aquí”. Eso te da la medida de que ese muchacho no tenía noción de a cuántas personas podría haber maltratado o golpeado.
¿Cuán hostil dirías que fue el trato de los oficiales con los detenidos?
Hubo golpizas, ofensas verbales, intimidación. El hecho de decirnos «Aquí se van a podrir, no van a salir de aquí”, también afecta a una persona en una circunstancia como esa, incluso si no es directamente contigo. Yo creo que lo hacen no solo con el ánimo de dañar a una persona específica, sino de que el resto vea, escuche y sienta lo que ellos son capaces de hacer, a lo que te puedes enfrentar si dices o haces algo que a ellos no les guste. Y esa presión psicológica, esa intimidación, la ejercen desde el minuto cero, desde que te reciben con pastores alemanes.
¿Los oficiales te colocaron esposas u otros métodos de inmovilización?
Siempre que iban a sacarnos de la celda usaban las esposas.
¿Tus familiares sufrieron represalias por tu encarcelamiento?
Ellos siempre tratan de atacar a la familia, aunque a veces la familia no te cuenta todo porque cree que así te protege o no sabe cómo vas a reaccionar. Sé que días después un vecino [presuntamente colaborador de las autoridades] fue a mi casa a “conversar” con mi mamá y mi abuela, y que otra persona fue a ver a mi papá a su trabajo. No sé si los amenazaron porque no me han dicho.
Cuéntanos cómo fue tu liberación.
Un agente de la Seguridad del Estado fue a buscarme. Se presentó como la persona de la Contrainteligencia que atendía el Ministerio de Cultura. Me esposaron y me llevaron a una oficina. Me dijo que yo no debía estar allí y ordenó que me sacaran las esposas. Estuvimos conversando prácticamente dos horas y me hicieron a mano un acta de liberación. La firmé, aunque sinceramente no supe bien qué decía, yo solo quería salir de allí. Sí recuerdo que en el documento pusieron que podían citarme para interrogarme cada vez que ellos lo entendieran conveniente. Pero nunca me dieron una copia.
Después me enteré de que algunos que fueron liberados poco después que yo los soltaban en la tarde o casi en la noche, en pleno toque de queda. No había transporte alguno para que regresaran a sus hogares desde el Cotorro, un municipio distante del centro de La Habana. Esos muchachos tenían que salir caminando de esa intrincada prisión, o esperar en algún sitio hasta las cinco o seis de la mañana para encontrar transporte. Por supuesto, no lo pensaron dos veces. Con tal de salir de allí no les importó que fuera de noche ni que tuvieran que caminar.
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Publicación fuente ‘Centro de Documentación de Prisiones Cubanas’
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