Pedro Marqués de Armas: El mayor de los Wittgenstein [Fragmento de novela]

Autores | 22 de octubre de 2026
©El vapor ‘Fuerst Bismarck’ de la Hamburg Amerika Linie en el puerto de La Habana

En fin, cerré el capítulo como si se tratara de un accidente, y tuve la impensada ocurrencia de enviarle a Petrus aquel par de crónicas. El psiquiatra, que ya me había respondido aceptando como valedera, según sus términos, mi propuesta de que las letras habían sido confundidas al aparecer al revés, y no al derecho, en la camiseta desenfundada, pero que, siempre quisquilloso, enmendaba la plana sosteniendo que igualmente pudieron ser leídas de derecha a izquierda, sin que por eso le quitara hierro al lamparón de aceite o carbón vegetal, en fin, Petrus, el siempre diligente amigo, respondió también esta vez con inaudita presteza. Todo este tiempo, decía, siguió investigando en la medida de sus posibilidades, ya que no las tenía a bien con las instituciones y le cerraban aquí y allá el paso, pese a lo cual había topado con alguna que otra pista valiosa. Pero que ahora, con las desopilantes crónicas que le enviaba, y tras la exhaustiva lectura que había hecho de las mismas, no le cabía la menor duda de que el trasfondo era de una consistencia pasmosa.

Tales fechas no le parecían para nada gratuitas y, broma aparte, apuntó, ningún aspecto resultaba del todo descartable: ni una fuga psicótica desde Hamburgo, ni que fuera agredido por un tiburón, que los había gigantes en plena bahía habanera. Si bien no estaba de acuerdo con la fecha de muerte, arguyó que debía tratarse de un falso desliz con la intención de despistar. En cualquier caso, enterrado estaba y no había que remover el asunto… Pensé si no estaría fuera de sus cabales. Sin embargo, tenía razón en que era necesario dar con lo que denominó la “crónica madre” y en que resultaba sintomático que, publicada al final del verano, retuviese tantos detalles de primavera. Cierto que, en un caso así propicio al humorismo se tiene el tintero al alcance de la mano, pero que apareciese el 24 de agosto, como sea le parecía demasiado tiempo e indicaba que la historia siguió rodando puesto que, sencillamente, y lo aseguró con propiedad, la investigación no estaría cerrada. Eso significa, apostilló metiendo cuerpo, que la nuestra tampoco.

Con anterioridad, Petrus había realizado una serie de indagaciones cuyos resultados, como solía hacer, acompañaba de dilatados comentarios o consideraciones. Averiguó que el vapor Valesia de la Compañía Hamburguesa Americana, procedente de Hamburgo, Alemania, fondeó en la bahía habanera exactamente a las diez de la mañana del martes 8 de abril de 1902. Un día antes arribaron desde Nueva York y de Florida, respectivamente, los vapores norteamericanos Yucatán y Miami, mientras el propio martes atracaron el México (desde N. Y.), el Olivetti (desde Tampa y Key West), y el alemán Frier (desde Bremen). Sin embargo, así como en cada uno de esos viajes se señala el número de personas con destino a La Habana y hasta a algunos de los viajeros más importantes, en el caso del Valesia solo se aludía a la carga. Comprobó, no obstante, la constancia del trayecto y el que habitualmente transportara pasajeros. Anticipándose al acontecimiento que suponía una nueva república, y a la importancia que Cuba adquiriría como país consumidor, y siguiendo además un llamado del cónsul en la isla, “para que tengas mejor idea del papel de Berndes todavía al frente de los asuntos alemanes”, aseguraba que se acababan de establecer en marzo de ese año dos líneas de vapores desde Hamburgo y Bremen a La Habana. Por su parte, Inglaterra pretendía lo suyo, de ahí que reclamase a los Estados Unidos a través de la Cámara de Comercio una cláusula de prioridad para incrementar la venta de sus manufacturas en la isla. Al salirse España del juego, una porción significativa de sus exportaciones, ahora sin protección de aranceles, se había ido al garete sin que Estados Unidos pudiera proveer esos productos. Por lo que, concluía Petrus, era condición sine qua non que el gigante del Norte ofreciera concesiones arancelarias que permitiesen a industriales y agricultores europeos trabajar con el requerido desahogo.

Si ya antes de recibir las crónicas humorísticas Petrus se mostraba seguro de que la fecha de arribo era el 8 de abril, ahora que las tenía delante y no paraba de analizarlas, lo daba por sentado. Asimismo, negaba con mayor ahínco que hubiera muerto el 15 (también martes), convencido como estaba a partir de sus hallazgos forenses, en lo que terminé por seguirle. Aclaró en uno de sus muchos comentarios que nadie salía del puerto, así como así, cualquiera fuese la embarcación. Y con su habitual erudición, comenzó a detallar los procedimientos al efecto, desde acreditaciones y permisos especiales hasta las cuantiosas multas impuestas por las autoridades portuarias a quienes violaban la ley. Por ejemplo, y venía al caso según se mire, por esos días fue multado el botero Manuel Martínez Cocelo, patrón del guadaño Siempreviva, por salir mar afuera sin la correspondiente autorización. Una multa que lo grava penosamente a juzgar por la cuantía. Y mientras proseguía con nuevos ejemplos, como si cobrara impulso o se preparase para hacerlo, resonó en mi cabeza aquel término jamás escuchado: guadaño. Tenía que incorporarlo a los tipos de embarcaciones menores a los que entretanto me aficioné. Un guadaño, por demás, de nombre perfectamente irónico y que me hacía pensar en la muerte de Hans desde semejante barcaza. Iba más allá, al punto de determinar que la lanchita “Laura” pertenecía a la Capitanía del Puerto y que, adscrita a la vez a Sanidad Portuaria y a Policía Marítima, si no es que eran un mismo cuerpo, apuntó, prestaba servicios de vigilancia. Servía igual para transportar enfermos que para perseguir el contrabando y lo mismo para auxiliar botes y cachuchas que zozobraran o anduvieran al garete que para realizar incursiones médico-antropológicas. Así, con motivo de unos cráneos y tibias que aparecieron aquel verano en Cayo Puto, trasladó a dicho islote a una comisión integrada por los forenses Cuervo y Barroso, el médico Portuondo, el detective Echavarría, el capitán Laborde, el sargento Ríos, y los fotógrafos de La Caricatura Paolo y Casado, conducidos por el patrón Juan Fernández… Conocía a varios de los comisionados y hasta sospeché en algún momento que intervinieran en el caso Hans, que debió instruirse a petición del cónsul. Petrus se explayaba sobre esos restos: siete calaveras descubiertas frente al antiguo polvorín a vara y media de profundidad y en su mayoría incompletas. Manuel Villegas (a) Chocolate y Juan Padrón (a) El Isleño, fueron los encargados de realizar la excavación y recoger los huesos, que databan de cuando se practicaban allí orgías y juramentos de ñáñigos. Que Hans apareciera en las inmediaciones, se lo explicaba no porque se hubiese arrojado desde una embarcación, lo que habría trascendido, sino desde algún punto cercano a Atarés. Un punto de menor visibilidad. Con lo que, a diferencia mía, refrendaba un suicidio menos luminoso.

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[*] Fragmento de la novela El mayor de los Wittgenstein, Potemkin Ediciones, Barcelona, 2026.