Norge Espinosa Mendoza: Los días dichosos y las puertas selladas / Virgilio Piñera y la Noche de las 3 P

1.
No por repetida ni comentada tantas veces, la anécdota deja de ser estremecedora. A la mañana siguiente del 11 de octubre, mientras caminaba por las calles de Guanabo, Virgilio Piñera fue detenido por la policía. No lo sabía, pero la noche previa había ocurrido una de las más grandes redadas que pretendía limpiar a La Habana de delincuencia y de cualquier asomo de corrupción sexual. El operativo, conocido como la Noche de las 3 P, no fue otra cosa que una razzia lanzada contra prostitutas, proxenetas y pederastas, de ahí su nombre. Con ella, el Ministerio del Interior evidenciaba el afán purificador que la Revolución cubana iba a imponer como parte de su dogma, en pos de una sociedad libre de cualquier lacra o síntoma de vicios que pudieran alterar la moral de las mentes y los cuerpos que debían protagonizarla. Hace 65 años de aquella noche, cuyas secuelas se extenderían hasta la mañana del 12 de octubre, cuando Piñera es interceptado, según diversas versiones, en un bar del pueblito costero donde vivía en una casa que pertenecía a José Rodríguez Feo, y donde también vivió junto a Antón Arrufat, quien ha dejado testimonios acerca de aquel periodo feliz que duró tan poco, a fines de la década del 50. Allí, antes de su visita final a la Argentina, Piñera ya había residido, y al regresar a Buenos Aires no deja de extrañarla, como le comenta a Pepe Feo, en una carta de mayo de 1958: “En razón de qué locura dejé la casa de Guanabo, esa casa magnífica, con galerías, varandas, jardines (hirsutos, pero jardines al fin), con fuentes «cantarinas», con árboles frondosos, que daban aguacates, frutabomba y granadas, con pajaritos, con gallinas, con gente que iba a pasarse días. Qué locos somos todos”.
A su regreso de Argentina, ya a fines de septiembre de 1958, Piñera termina viviendo en esa casa. Rodríguez Feo había comprado un bar en la misma playa, nombrado El Bikini, cuya clientela estaba integrada por hombres homosexuales, y la revista Ciclón, que había fundado en 1955 como respuesta a Orígenes, había dejado de publicarse ya para ese año. Piñera, sin un centavo, a su retorno a La Habana, y gracias a su complicidad con el fundador de ambas revistas había encontrado al fin un sitio donde independizarse de su familia y escribir. En 1959, desde allí, redactó sus colaboraciones para Lunes de Revolución y Revolución, donde recibió a José Bianco, Calvert Casey y tantos otros amigos. Guillermo Cabrera Infante evocó aquella época de Lunes… y esa casa con nostalgia en “Tema del héroe y la heroína”, su doble semblanza de José Lezama Lima y Virgilio Piñera, que puede leerse en Vidas para leerlas:
“Las reuniones literarias se desplazaron a mi apartamento de La Rampa y a veces ocurrían en Miramar, en la casona de Pablo Armando Fernández, pero principalmente tenían lugar en la casa de Virgilio en la playa de Guanabo. Era más bien un bungalow por su tamaño y aspecto playero, aunque quedaba lejos del mar. No había en ella, como en ninguna de las casas de Virgilio, un solo libro y tampoco se veían señales de que escribiera nadie allí, excepto por una vieja Remington en un rincón ruinoso. Nos reuníamos, obligados por la casa reducida, en el patio, debajo de un copioso aguacatero, hechos memorables aguacates en la mesa al comer los spaghetti. Allí fueron con nosotros escritores extranjeros, siempre mal vistos dondequiera, siempre bienvenidos en casa de Virgilio”.
Piñera también añoraría esa época, sobre todo en su último periodo, cuando ya era una No Persona y sufría los embates de su muerte civil en el apartamento de N y 27 donde terminó tras el desagradable episodio de la Noche de las 3 P. “Aquellos dichosos días de la playa de Guanabo”, escribirá en una de sus últimas cartas a Humberto Rodríguez Tomeu, ya a fines de su vida, cuando aquel pequeño mundo se había esfumado. Esos días dichosos comenzaron a disolverse aquella mañana de octubre de 1961, la Noche de las 3 P marcó un quiebre inocultable en la biografía de Piñera, aunque él mismo nunca dejó en sus escritos señales de una anécdota tan amarga. Hay que leer entre líneas, en todo caso, para entender de qué manera ese arresto lo afectó, aumentando en él una serie de miedos y precauciones que, en todo caso, no eran inútiles: presagiaban los recelos y la marginación en la cual el autor de Electra Garrigó terminaría su vida.
“Tienes razón en quejarte de mi irregularidad en escribirte pero si supieras lo malo que he estado. Tengo el hígado a la miseria y hasta me repitió la neuritis que tuve en Buenos Aires… En estos días tomaré un apartamento en la Habana. Lo he decidido pues acá en Guanabo estoy muy solo y Luisa no puede atenderme como es debido… voy a estar más tranquilo”, es todo lo que le escribe Piñera a Rodríguez Tomeu el 23 de octubre, algunos días tras su detención, que lo llevó hasta el Castillo de Príncipe y donde al parecer sufrió un desmayo. La rapidez con la cual se movieron varios de sus amigos logró que lo sacaran con prontitud de allí, pero volver a la casa de Guanabo resultó imposible. La puerta había sido sellada por el gobierno, lo cual impedía cualquier intento de volver a entrar en ella. Ello provocó en Virgilio otro colapso, según relata también Cabrera Infante, a cuya memoria hay que acudir para reconstruir mucho de lo que sucedió en aquellos días. Pero no es por supuesto el único que se refiere a esa anécdota. Sería útil tratar de recomponer a más de seis décadas de aquel octubre de 1961 qué sucedió, apelando a ese y otros testigos que la abordan, e incluso a referencias sueltas que pueden dar un cuadro más completo de lo ocurrido.
El testimonio que brilla por su ausencia es, por supuesto, el de Piñera. El miedo y la sensación de desamparo deben haberle impedido dejarlo por escrito o mencionar siquiera el desasosiego de esos momentos, cuando se vio entre presos comunes, detenido por “atentado contra la moral”, según refiere Cabrera Infante en su repaso a los hechos. Fue lo que le dijo el agente que detuvo a Piñera, quien accedió a que el escritor regresara por un momento a la casa para vestirse más apropiadamente. Error que añadió a la penosa circunstancia, según cuenta el autor de Infantería, el que en el bungalow fueran descubiertos un teatrista y su amante, que dormían allí, y también fueran detenidos, terminando los tres en la estación de policía de la playa. Allí le permitieron a Piñera hacer una llamada a Cabrera Infante, a quien le dejó saber que estaba preso “por Paderewski”. O sea, por pederasta, no precisamente por ser familia del famoso pianista polaco. Fue el inicio de otro operativo, que movilizó a Cabrera Infante, a Carlos Franqui, a Pablo Armando Fernández, cuyos testimonios vale la pena combinar a partir de este momento. Porque como en Rashomon, no siempre coinciden los detalles y la memoria de esa Noche de las 3 P y sus consecuencias pervive en la confusión o atropellamiento de esos recuerdos y protagonistas del rescate piñeriano.
Tras hablar con Piñera, de acuerdo con lo que narra en “Tema del héroe y la heroína”, Cabrera Infante se comunicó con Carlos Franqui, director del periódico Revolución, quien le indicó que llamara a Edith García Buchaca, vicepresidenta del Consejo Nacional de Cultura, para que ella moviera sus poderosas influencias de inmediato. Buchaca estaba en la cúspide de su poder y su trayectoria política desde el Partido Socialista Popular la había convertido en la presencia más temida y respetable de la nueva línea ideológica y cultural de la Revolución. Esposa de José Ordoqui, ambos caerían defenestrados en 1964, acusados de haber protegido a Marcos Rodríguez, delator de los mártires de Humboldt 7 y protagonista de uno de los más sonados procesos judiciales del periodo. Al hablar con ella, Buchaca responde que se pondrá en contacto con Carlos Rafael Rodríguez, y aseguró que todo terminaría arreglándose. Franqui llega temprano a la redacción del periódico y habla con Cabrera Infante, quien afirma que los intentos del autor de El libro de los doce por excarcelar a Virgilio habían sido en vano, “con dos o tres llamadas tan inefectivas ahora como habrían sido efectivas en el pasado”. Pero Carlos Franqui lo cuenta de otro modo en su propio libro, Retrato de familia con Fidel. Y también, con algunas variaciones, lo hizo Antón Arrufat.

2.
En su libro, Carlos Franqui, empleando el estilo seco y puntilloso que lo caracterizó como escritor, reconstruye con oraciones cortas el origen y el efecto de la Noche de las 3 P, no solo en lo relacionado con Virgilio Piñera. Publicado en 1981 por Seix Barral, incluye nombres y detalles en el episodio titulado “Operación P”, donde define a esa redada como “una fiesta policíaca”, y narra su enfrentamiento directo con Ramiro Valdés, uno de los nombres más poderosos del nuevo gobierno, recientemente fallecido.
“Varios miles de detenidos fueron conducidos a estaciones de policías, vivacs, al castillo del Príncipe.
Dos redadas, una al vuelo. Lugar sospechoso cercado. Otra selectiva, mediante listas de los Comités de Defensa: homosexuales, abakuás, vagos, sospechosos, intelectuales, artistas, católicos, protestantes, batas blancas.
Prostitutas y proxenetas en la recogida por barrios y casas de putas.
En el Príncipe –y otras prisiones– los detenidos desnudados, vestidos con el uniforme preparado: un traje a rayas, una enorme P sobre el culo.
P grande: pederasta, prostituta, proxeneta”.
Sobre la detención de Piñera (la P de su apellido parecía ya condenarlo en esa redada), Franqui asegura, sin embargo, que no ocurrió a la mañana del 12 de octubre ni fuera de su domicilio en Guanabo, sino que fueron a buscarlo allí mismo:
“[…] detenido en su casa, a medianoche.
Colaborador de Revolución, uno de los mejores escritores del país, integrado a la Revolución, polemista punzante, odiado por la burguesía, llevado al Príncipe, desvestido y vestido con las rayas y la P, como en uno de los cuentos del absurdo, que escribía Piñera”.
Y añade: “Virgilio, flaco, envejecido, con las rayas y la P, temblando, identificado por alguien, y acusado de ser un espía de Revolución, infiltrado, para informar y escribir el reportaje. Cómo podían creer otros detenidos que estuviera preso como ellos. Rodeado, amenazado, y en el tumulto, Virgilio perdió el conocimiento, por un ataque, y esto lo salvó.” Franqui no se limitó a las llamadas infructuosas aludidas por Cabrera Infante, según lo que narra en ese capítulo: “Fui a Palacio indignado de la visto, a protestar ante Fidel, Raúl y los otros. Ahí estaban reunidos con Valdés, Malmierca, Barba Roja, Abrahantes”. Y precisa: “Mi discusión con Valdés fue breve y violenta”.
“-Sí, ya sé –me dijo-, vienes a protestar por Virgilio. Carlos Rafael, Blas y otros se han interesado por él. Tiene muchos amigos. Se ordenará que lo suelten.
-No. No. No. Ramiro, no vengo a protestar por Virgilio. Vengo a protestar por las barbaridades y abusos de tu policía.
Ante la mirada amenazante, de odio de Valdés:
-Protesto por Virgilio, los negros lucumíes y abakuás, la gente de Jesús María y Colón; por la forma de tratar a prostitutas, homosexuales, víctimas de la vieja sociedad, que dicen los marxistas.
-Acabaremos con los homosexuales y con toda esa degeneración –contestó Valdés.
-Ni Hitler ni Stalin ni otros tiranos, en sus tiempos mejores, ni la Gestapo ni la Gepeu ni Beria ni la CIA, pudieron acabar con los homosexuales.
-Los defiendes –dijo Valdés.
-Protesto de las injusticias cometidas en nombre de la Revolución y el socialismo.
-Estás contra la moral revolucionaria y por el blandenguerismo”.
El relato concluye con la salida de Valdés de la discusión. “Entonces Fidel y Dorticós intervinieron, diciendo que se estudiaría caso por caso. Se liberaría enseguida a casi todos”. Y cuando se le asegura que Virgilio sería liberado esa misma noche, Franqui insiste: “Virgilio es famoso. Me preocupan los desconocidos”. Faltaban solo unos pocos años para la Depuración Universitaria, la expulsión de estudiantes de las Escuelas de Arte, y el primer llamado de las Unidades Militares de Ayuda a la Producción de 1965, hechos que demuestran que esos recelos y pretensiones de purificación no quedaron nunca enteramente engavetados. Y luego, en el Congreso Nacional de Educación y Cultura de 1971, varios de los implicados en ese diálogo aprobarían y aplaudirían los parámetros que instauraron una razzia aún mayor, con la arrancada del infausto quinquenio gris.
Por su lado, Arrufat apenas se refiere a la Noche de las 3 P en su libro Virgilio Piñera entre él y yo, cuyas páginas fueron creciendo a lo largo de distintas ediciones. De hecho, al referirse al homosexualismo de su mentor y nombrar los campos de trabajo forzado donde fueron internados “algunos artistas y escritores”, afirma que “Virgilio era, no obstante, demasiado conocido, y no se le tocó”. Sin embargo, sí se detiene en ese acontecimiento al dar su testimonio a Carlos Espinosa, que lo recoge en Virgilio Piñera en persona, que se publica por Ediciones Unión muchos años después de terminado, viendo la luz en 2003. Galería coral que recrea la biografía del autor de Aire frío, sus parientes, amigos, conocidos y fieles componen en esas páginas imprescindibles un retrato múltiple. Arrufat, declarado su albacea, habla de la Noche de las 3 P, aunque la ubica en 1962, un año después de que ocurriera. Sí evoca con detalles más precisos la detención, en horas de la mañana y no en la medianoche. Gracias a Arrufat sabemos, también, quién era el teatrista que Cabrera Infante menciona siendo sorprendido en la casa de la playa mientras dormía con su amante: Julio Matas, el director que había estrenado en 1957 Falsa alarma y El caso se investiga, de Piñera y Antón, uno de los impulsores del teatro del absurdo en nuestro país:
“Piñera había salido temprano de su casa de Guanabo a la panadería en la cual compraba el pan mañanero. Creo que no iba solo, lo acompañaban Julio Matas y un amigo de este del que nunca supe el nombre. Piñera era un hombre de apariencia afeminada. En la playa acostumbraba a ir vestido con un short, unas sandalias, un pull-over, sin olvidar su cigarro impenitente, que llevaba siempre encendido y que movía al hablar, pues cuando hablaba gesticulaba mucho con las manos. Esa mañana entró a la panadería como de costumbre, y había un soldado. No sé si Piñera lo miró, pues tenía una inclinación casi lorquiana por los militares, o si el soldado advirtió que tres hombres escandalosos habían entrado. El caso es que los tres fueron detenidos en el acto. Los condujeron a la estación de policía de Guanabo por la calle central del pueblo, y de allí fueron trasladados más tarde al Castillo del Príncipe, conjuntamente con otros homosexuales, prostitutas y proxenetas en un camión”.
Aunque su relato difiera en varios puntos con lo recordado por Cabrera Infante (los tres hombres fueron arrestados en la calle, Piñera no volvió a la casa para cambiar por algo más formal su indumentaria playera, con la que en efecto se le ve en varias fotos tomadas en aquella época de Guanabo…), a partir de ahí Arrufat anuda su relato con el de su colega. Confirma que Piñera llamó al autor de Así en la paz como en la guerra y que este contactó a Carlos Franqui. Acudir a Edith García Buchaca y a Carlos Rafael Rodríguez fue, efectivamente, la solución de aquel dilema, tras el cual, habiendo pasado la noche en las celdas del Príncipe, Virgilio se refugió en la casa de Cabrera Infante. Allí lo vio Arrufat, quien rememora:
“Uno de los recuerdos más impresionantes que tengo de mi amistad con Piñera es el momento en que la puerta del apartamento se abrió y entró él, vestido con su ropa playera, despeinado y con cara de no haber dormido en muchas horas. Nos fue abrazando a todos y después comenzó a sollozar. Se recostó luego a la pared, lentamente se fue derrumbando, rodó hasta el piso y se quedó tendido en el suelo. Se quedó a dormir en casa de Cabrera Infante, y algunos de sus amigos, no recuerdo ahora si yo mismo, nos quedamos con él para acompañarlo”.
No sería la última vez que Piñera, estremecido por lo que le tocó padecer, terminaría en el piso: así se le puede ver en las imágenes filmadas durante la autocrítica de Heberto Padilla en la sala Villena de la UNEAC, tratando de no ser reconocido y llamado ante el micrófono de aquella pantomima, de aquel otro teatro del absurdo. Cabrera Infante, en su texto aquí citado, confirma que varios de sus amigos homosexuales se refugiaron también por unos días en su apartamento, durmiendo en el suelo. Tres días con sus noches durmió allí Virgilio, según se lee en “Tema del héroe y la heroína”. Allí también Virgilio sufrió el segundo colapso, al comprobar que se le impedía regresar a su casa de la playa. De acuerdo con su relato, Guillermo y Piñera regresan a Guanabo y tras convencer a los policías de la localidad, obtuvieron un permiso por escrito que le permitía a Virgilio entrar a su domicilio, cosa que lograron apelando a los nombres de Buchaca y otros funcionarios considerados confiables e intachables. “Cuando llegamos a su bungalow el tan temido sello sobre la puerta era un burdo papel mecanografiado que rompí con gusto”. Un nuevo episodio se añade a esto: cómo se deshicieron de unas fotos pornográficas que Pepe Rodríguez Feo había dejado allí, y que Piñera temía fueran descubiertas y agravaran su situación; pero a fin de conocer eso en detalle recomiendo leer todo el ensayo de Cabrera Infante.
Lo cierto es que todo esto cerró abruptamente el periodo de aquellas jornadas tan cerca del mar, Virgilio cargaría a partir de ahí con temores que no le dejarían vivir allí con suficiente tranquilidad, síntoma de ese miedo que confesó meses más tarde, en junio de 1962, durante las reuniones de Fidel Castro con los intelectuales en la Biblioteca Nacional. “Terminó así una etapa casi idílica de su vida”, concluye Antón Arrufat, que muchos años después regresa en busca de aquella casa cerca de la costa. Lo que halló de ella fueron prácticamente ruinas. Le costó trabajo, cuenta en su libro acerca de su amistad con el belicoso maestro, reconocer ese sitio del cual dijo: “Fue una dicha habitar la casa de Guanabo”. Piñera se lo había explicado de modo aún más personal en otra carta a Humberto Rodríguez Tomeu, en enero de 1962: “Dejar la casona ha sido como perder a un ser querido”.
3.
A lo largo del año 2012, en saludo al centenario de Virgilio Piñera que se conmemoraría en agosto, coordiné la multimedia dedicada a la figura del poeta, narrador y dramaturgo, con un equipo pequeño de fieles que incluía a David Leyva, y a los encargados de organizar el material que aportamos para esta iniciativa: Silvia Yañez y Efraín Sánchez. La idea era publicar dos discos: uno con textos, documentos, fotos, cronología; y un segundo, con entrevistas que grabamos en video recogiendo testimonios de quienes conocieron a Piñera, ya fuesen parientes, amigos y colaboradores, o hubiesen trabajado a partir de su legado. Así, pudimos entrevistar a su sobrino Juan Piñera, Arrufat, Ana María Muñoz Bachs, José Milián, David Camps, Abelardo Estorino, Carlos Díaz, Raúl Martín… Las entrevistas, sin embargo, nunca pudieron incorporarse al proyecto, que vio la luz en 2015, titulándose Todos los Piñera. Acaso molestaron algunos detalles que airearon varios de esos testimoniantes, o sencillamente habían pasado los muy cubanos aires de embullo con los que nos entregamos a centenarios y fechas formales y el presupuesto, como nos aseguraron, ya no daba para más. Lo cierto es que esas entrevistas siguen inéditas, y entre ellas, la de Pablo Armando Fernández; ahora que la Noche de las 3 P llega a su aniversario 65, resulta de particular interés.
Aunque el tema de la homosexualidad en Piñera fue abordado por la mayoría de los entrevistados, como un elemento de su persona y las reacciones de afecto o rechazo que su paso provocaba, el único que se detuvo particularmente en aquel suceso fue el autor de Los niños se despiden, la novela que en 1968 ganó el Premio Casa, justo en el año en el que Virgilio obtuvo ese lauro por su pieza Dos viejos pánicos. Pablo Armando había sobrevivido a un accidente cerebrovascular, que dejó secuelas en sus hábitos, hasta su muerte en 2021. Durante las sesiones del Congreso Internacional que organizó un comité presidido por Antón Arrufat y del cual fui Secretario Ejecutivo, se sentaba en la primera fila del Aula Magna del Colegio de San Gerónimo, y se quedaba dormido casi de inmediato. Aun así, insistí en incluirlo en esa lista de testimonios, a lo cual accedió generosamente, invitándonos a su casa. Allá nos fuimos una mañana y lo sentamos frente a la cámara. Su mente no le permitió ir muy atrás en los recuerdos, aunque me sorprendió recordando algunas fechas, para luego ir perdiendo brillo en la conversación. Sin embargo, fue él quien habló de la Noche de las 3 P, y es gracias a sus palabras que puedo añadir a estas otras versiones de aquel arresto una arista más.
En lo que nos contó acerca de aquella noche, aparecen o no algunos detalles y personas que aquí ya he referido. “Él tenía una casita muy linda en Guanabo”, recordó Pablo Armando, quien fue subdirector de Lunes de Revolución. Y añadió otros fragmentos alrededor de lo ocurrido en aquel 1961 allí, y los meses que siguieron en la vida de Piñera:
“Y un día ocurrió algo siniestro. Estaban unos amigos de él allá con él, un domingo. Pasaron la noche, con unos tragos, oyendo música tal vez, no sé, conversando. Y por la mañana cuando salieron, algunos fueron detenidos. Y ellos dijeron que estaban en casa de este señor, conversando y oyendo música, muy felices. Y se los llevaron también detenidos. A mí me hicieron llegar esto. Inmediatamente me moví con una gran rapidez y visité a las personas que atendían aquí el Consejo Nacional de Cultura. Y se portaron muy bien. Y como a las tres de la tarde, tres o cuatro de la tarde, Heberto Padilla y yo fuimos al Castillo del Príncipe, donde estaba Virgilio detenido. Salió con nosotros y seguimos para casa de Guillermito Cabrera Infante. Y ahí fue cuando Virgilio dijo que él no podía volver más a Guanabo, que no se sentía bien, y yo le dije: te vas para mi casa. Vivió meses aquí, con nosotros, y era verdaderamente alguien ejemplar. Familiar, cariñoso, muy cuidadoso. Se levantaba por la mañana, a veces Maruja lo obligaba a que se desayunara. A veces se levantaba antes y se iba más temprano, desayunaba afuera. Pero venía a dormir, tranquilito. A veces sí se quedaba con nosotros, a almorzar o comer, o algo así. Y a veces venían otras personas a verlo. Afortunadamente conseguimos un apartamento al lado del de Pepe Rodríguez Feo, allí en 27 y N, y allá se fue. Pero mantuvo esa misma relación familiar…”
El apartamento de 27 y N era modesto, y Virgilio apenas tenía en él, como se sabe, libros, cuadernos o muebles, solo lo imprescindible. No es de dudar que se lo hayan cedido como una suerte de disculpa nunca explícita, por el maltrato que su prestigio y su persona sufrieron en aquel octubre de 1961. Por algún motivo se disgustó luego con su vecino Rodríguez Feo, según cuenta Reinaldo Arenas en Antes que anochezca, donde equivocadamente asegura que Piñera había sido recluido en el Morro, no en el Castillo del Príncipe. Heberto Padilla, por cierto, si bien dedica en La mala memoria varios pasajes a Virgilio y a la amistad que los unió, no menciona haber acompañado a Pablo Armando Fernández en esa anécdota, a la salida de Virgilio de la fortaleza. Lo que sí afirma Heberto, y ese sería otro motivo a discutir, es que las palabas de duelo que Pablo Armando leyó en el entierro de Piñera, en 1979 y sin haber sido rehabilitado, las escribió él mismo, pues su amigo no podía cumplir con lo prometido a la hermana del dramaturgo, y terminó tecléandolas, nos cuenta, en una suerte de conexión hipnótica con Pablo Armando.
Los fantasmas de aquella Noche de las 3 P no habían dejado de acosar a Piñera, quien poco antes de su fallecimiento había tenido otro encuentro desagradable con agentes de la Seguridad del Estado en su propia casa, incidente que Padilla rememora: “Todos sabíamos del incidente ocurrido meses antes entre Virgilio y la Seguridad del Estado. (…) La Policía llegó muy de mañana, hora en que Virgilio hacía sus traducciones; lo vejaron, le gritaron viejo contrarrevolucionario y maricón, y le confiscaron copias de sus obras. Virgilio nos contó que posteriormente volvieron y lo amonestaron, advirtiéndole que «podía costarle caro» si recibía a extranjeros o continuaba asistiendo a reuniones literarias en ciertas casas”. Cuando sus amigos intentaron acudir a ese apartamento para proteger las obras que Piñera había dejado organizadas y mecanografiadas, se encontraron en la puerta otro sello oficial, que prohibía la entrada. Como la casa de Guanabo, aquella otra morada de Virgilio se había vuelto impenetrable.

No hace mucho, cuando gracias a instancias de algunas personas e instituciones, y sobre todo a la insistencia tan piñeriana de su familia, pusimos en la fachada del edificio de N y 27 la tarja diseñada por Claudio Sotolongo que recuerda que allí vivió y murió Virgilio, todo eso me volvió a la cabeza. Entré al apartamento que fue de José Rodríguez Feo y recordé mis pocas y útiles conversaciones con él, cuando me hizo leer de un tirón “Los siervos”, en un ejemplar de su colección de Ciclón. Bajé las escaleras y me detuve en esa esquina para mirarlo desde la acera: un balcón vacío, el mismo al que entró con su cámara Luc Chessex para retratar al autor de Cuentos fríos. El apartamento de Piñera, que sus parientes no pudieron heredar, pasó por algunas manos pero siempre lo he visto cerrado. Una puerta infranqueable, acaso para que no se escapen de él otras revelaciones y secretos. En aquella carta a Humberto Rodríguez Tomeu, fechada en julio de 1977, tras lamentar la rotura de la última fuente azul que conservaba de la vajilla que usaron en aquella casa ya perdida, Piñera vuelve a evocar aquellos tiempos, sin atreverse aún a mencionar la causa que motivó su expulsión de aquel pequeño paraíso:
“Pienso y estoy seguro de que eso sí era la verdadera vida. Pensaba (¡qué inocente!) que allí viviríamos hasta el final de nuestros días y allí envejeceríamos digna y sosegadamente, con ese ritmo de vida acompasada en que sientes que los días que te llevan a la muerte son tan amables que te van cubriendo como de una capa protectora de vitalidad. Pero todo eso se vino abajo con estrépito, el mismo que se suponen harán las trompetas del Juicio Final”.
Acaso de no haber sucedido la Noche de las 3 P, así hubiesen podido acontecer las cosas. Acaso ya ocurrió el Juicio Final, y sin haber oído sonar esas trompetas, seguiremos esperando que esas y otras puertas después del Séptimo Sello por fin se abran.
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