Idalia Morejón Arnaiz: Sopa de huesos para mi hermano

Archivo | Autores | 6 de febrero de 2026
©Guillermo Loyola Ruiz e Idalia Morejón Arnaiz / Cortesía de la autora

Continuamos nuestro dossier sobre los narradores y la propia escritura con este close up de Idalia Morejón Arnaiz a sus «novelas», a esos textos suyos siempre tan al límite de la ironía y del género.
Disfruten
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Para Guillermo Loyola Ruiz, in memoriam

1.

Escribo libros muy breves, a todos les falta “carnita”, eso me han dicho, por lo tanto son como huesos que chupan los hambrientos, o los amantes del tuétano, lo que finalmente se tira a la basura. Soy cocinera sin disciplina, y mis lectores, bebés o viejitos sin dentadura, consumidores de una sopa de letras espesa, casi evaporada.
Dejo enfriar las palabras y al final lo que sería comida para muchos se queda en el fondo de un único plato. Mis lectores pasan hambre, lo sé.

No persigo una forma que responda a un género específico, no uso libros de recetas, ningún evaluador de restaurantes me daría una estrella. Algunos chefs, como sabemos, también nos dejan con hambre y salen caros.

Mastico la escritura con lentitud, digiero perfectamente, leo de todo: libros clásicos y experimentales, inclusive libros que vendrán. De entrada siempre pellizco a los poetas, a los rebeldes de hoy y a los de ayer, también a los grandilocuentes, a los que escriben largas estrofas, a los que riman y a los que no, a los maestros del idioma.

Yo quise ser nada más que poeta y he terminado enseñando literatura. Mis alumnos aprenden a comer de todo, frutas maduras del patio más cercano, semillas y hojas. Les pido que analicen la calidad de cualquier alimento antes de decidir si vale la pena engullirlo. No quiero que se enfermen, porque no soy doctora y no podría curarlos. Esta es, sin dudas, una gran responsabilidad, la única que me da de comer.

Vengo hablando de una forma, la del plato que he ensayado y quemado tantas veces, y al que he logrado darle el punto, como hago con las natillas. Soy autora independiente. No tengo compromisos, tengo dudas. Toda la literatura está hecha de toda la literatura, de todos los discursos y todos los lenguajes; y más: toda la literatura se hace con un cuerpo menguado por el esfuerzo de estar solo y en silencio; cada obra, por tanto, es única e irrepetible.

No persigo una forma: ella me acosa. Yo, que soy tolerante, abrazo su esqueleto.

2.

Mi primer texto narrativo fue un ensayo apócrifo: “Cartas a un cazador de pájaros”. Conté la historia de una poeta sueca llamada Helga Fink; para ella escribí fragmentos de cartas y poemas, a modo de citas. Entonces tenía cerca una edición de Quid, un mamotreto lleno de informaciones interesantes que publican los franceses. Quid me regaló una muerte para Helga, una crisis mística en Jerusalem que termina en asfixia. Helga es una sufridora, una escritora de cartas, una prostituta, y por eso mismo el feminismo francés le había devuelto la vida en forma de epistolario. Siento mucha tristeza por esa mujer de palabras en cuya existencia algunos creyeron. “Pediré ese libro a mis amigos de España”, me dijo entusiasmada una lectora de novedades. Esto pasó hace treinta años.

En algunos aspectos Poquita Cosa viene de familia sueca, pero la madre soy yo, que soy real y he vivido primero, para después cocinarla en el interior de un hueco profundo, un lugar que hay en mí. Sin embargo, no hay genética posible entre ellas y yo, apenas un conflicto de intereses entre la realidad y el lenguaje, que me permito zanjar citando un poema de Alejandra Pizarnik titulado “En esta noche, en este mundo”:

[…]

y nada es promesa

entre lo decible

que equivale a mentir

(todo lo que se puede decir es mentira)

el resto es silencio

sólo que el silencio no existe

no

las palabras

no hacen el amor

hacen la ausencia

si digo agua ¿beberé?

si digo pan ¿comeré?

en esta noche en este mundo

extraordinario silencio el de esta noche

lo que pasa con el alma es que no se ve

lo que pasa con la mente es que no se ve

lo que pasa con el espíritu es que no se ve

¿de dónde viene esta conspiración de invisibilidades?

ninguna palabra es visible

3.

Prefiero narrar en tercera persona, guardar distancia, aunque el tribunal de los lectores determine que Poquita Cosa c´est moi.

“Es la novela de un grupo, pues es necesariamente el relato de un personaje que se considera parte de un grupo. Sólo tiene razón de ser como novela de una época, ya que si no sería una mera novela autobiográfica. Muchas veces novela de una generación, y por tanto novela de una época. Novela-acertijo, construye unas condiciones particulares de lectura: al aparecer publicada, interroga al lector sobre quién es quién’. Convierte al lector en un voyeur, pues no está leyendo una historia mascarada, una historia que se oculta, que se dice y al mismo tiempo no se dice. Tiene un aire de historia prohibida, el sabor y la precaria satisfacción del chisme incompleto. El lector del roman à clef es un cómplice“. (Guillermo Loyola)[1].

Hace algunos años, acá en Brasil, participé en una feria literaria; me encajaron en una charla dedicada a la autoficción. Me habían ubicado en el lugar equivocado. Me gusta romper los pactos consabidos entre autor y lector. No escribo autoficción.  Mi nombre es Idalia y no escribo en primera persona ni contaría mi vida tal cual; me manejo con algunas anécdotas, pero guardo secretos y lealtades.

Poquita Cosa tiene cada vez menos que ver conmigo porque he ido envejeciendo, llevo una vida tranquila, mientras que ella es joven, a veces niña. Ese anacronismo me permite traicionar la memoria, liberar la ficción. El cuento “Repatriada sin parar hasta las 6 de la mañana”, pongamos por caso, está escrito a partir de las notas de viaje escritas en La Habana entre 2016 y 2018. El lugar donde Poquita Cosa está viviendo es un collage de ambientes domésticos distintos, una sinécdoque del espacio nacional. Lo que tiene de más autobiográfico ese cuento es la sensación de profundo malestar, el conflicto de pertenecer o no a ese lugar. También las pesadillas que tiene el personaje yo las tuve primero; algunas fueron modificadas para dar sentido a lo que yo quería decir.

“[Escribo] una autobiografía que se despoja de la carga del pacto autobiográfico. Su contrato de lectura la libera de cualquier compromiso con el registro cabal del objeto. En este sentido, es un género muy cómodo (no tienes que imaginar una historia y tampoco estás comprometido a asegurar: ‘sí, esto yo lo viví en Auschwitz, o algo por el estilo’). Yo creo que es el género perfecto para profesores de literatura. Es una práctica de escritura vengativa de bajo riesgo: los pone a todos en su lugar y no tiene que responder a demandas judiciales por difamación. Al ficcionalizarse la vida, se la ve como una aventura literaria, como un juego. Al mismo tiempo, rinde cuenta del pasado y lo reinventa. Su escritura no deja de ser también un exorcismo: contarlo todo tal como fue para mi íntima vivencia espiritual hace que me apropie de esa vida y de sus sinsabores y frustraciones, y la convierta en obra de arte, le dé un sentido’”. (Guillermo Loyola)[2].

Poquita Cosa es unidad de medida no registrada por la ciencia, lenguaje común, sujeto pusilánime, mujer carente. Es también el título de un cuento de Chejov: una joven institutriz trabaja en una casa de familia; a fin de mes, el patriarca le descuenta de su salario una cantidad absurda por nimiedades. Ella acepta aunque le duele, son tantos los descuentos que termina endeudada con su patrón. Al final, él la recompensa, porque la ha puesto a prueba, le ha dado una lección de autoestima. En mis historias, Poquita Cosa es franca y transgresora, se tambalea por la vida inconsciente de su valor, pagando un precio muy alto por la amistad, por el amor erótico, por la (no) pertenencia a una comunidad.

“Como en el artista del hambre de Kafka, Poquita Cosa entiende el amor a los hombres como sacrificio, como devoción sexual y falocéntrica. Recordaremos que en el relato de Kafka el artista del hambre al final pide perdón por haber hecho de una necesidad perentoria motivo de espectáculo, pues a él en realidad le era inevitable no ayunar. Y tal como el artista del hambre de Kafka, Poquita Cosa, la artista del hombre, hubiera podido decir (citando a Kafka): ‘(Ayuné) porque no pude encontrar ninguna comida que me gustara. Si la hubiera encontrado, pueden creerlo, no habría hecho ningún cumplido y me habría hartado como tú y como todos’”.

Pero no tendríamos esta novela. (Guillermo Loyola)[3].

Traté de crear un personaje con el que pudiese reutilizar algunas vivencias, pero distanciándome lo suficiente para conseguir una mirada crítica. Así que el nombre es una ironía, porque Poquita Cosa no es poca cosa, la mirada autocompasiva que este personaje tiene sobre sí misma parte del narrador, gracias a él puedo descartar el perfil heroico, provocar al feminismo de este momento.  Poquita Cosa es capaz de resistir la hostilidad, la violencia.

“Y el humor presidiéndolo todo. Una mezcla apropiada de sentimentalismo y mordacidad, en la que a esta última le corresponde poner todo en su lugar, y que opera en el lenguaje por medio de la parodia: parodia de los eslóganes oficiales, parodia de los lugares comunes del discurso de las amas de casa, parodia de la retórica intelectual. Los nombres de los personajes: Poquita Cosa, Vulgarcito, Hombrenuevo, son marcas, deformaciones o parodias de nombres preexistentes. Son un destino. Son roles en una comedia sublime y patética. Reproducen por ello destinos que no les pertenecen, papeles que no han escogido“. (Guillermo Loyola)[4].

En Cuaderno de vías paralelas aparece Poquita Cosa transitando entre dos espacios, su lugar de origen que es la vieja localidad y el lugar de exilio que es la nueva localidad.  Lo que me interesa es decir justamente aquello que no deseamos escuchar ni decir porque lastima o avergüenza. Poquita Cosa está rodeada de amigos, como en Una artista del hombre. Sin embargo, acá los amigos son hostiles, abusadores, la sororidad anda torcida. 

En Poquita Cosa se va de compras con John Wayne y otras historias me acerco a la vida material a través de la ropa que es también una manera de entrar en la historia, la política, la sociedad, sin que el lenguaje pierda su autonomía. Construyo escenas breves, a veces tan breves que son poemas, y además le regalo al cuerpo de Poquita Cosa una relación plena, cómplice y saludable con el erotismo.

4.

Vengo escribiendo un único libro, un folletín, un registro de sueños mal interpretados en secuencia desordenada, contra toda solemnidad. Tal vez estos libritos, al final, debieran llevar una palabra: “continuará…”  Tal vez Poquita Cosa contraiga matrimonio con el policía que la persigue en Una artista del hombre; o pierda el deseo de amar, o ame a otro; o consiga la vida confortable que antiguamente anheló. Quizá Vulgarcito se convierta en Principito y ponga en la cárcel al policía. Además, Vulgarcito accederá a los archivos de Poquita Cosa, nos dará otra versión de su mamá. Tal vez ella no sea la protagonista. Será una historia sobre el miedo, sobre la inocencia perdida.

Ojalá me dé el tiempo para volver a cocinar.


[1] Fragmento de la presentación del libro de Idalia Morejón Arnaiz, Una artista del hombre (Linkgua, 2012), realizada por Guillermo Loyola en el Instituto Cervantes de São Paulo ese mismo año.

[2] Ídem.

[3] Ídem.

[4] Ídem.