Ada Ferrer: Mi padre escribió cartas al Gobierno cubano. Esta es la mía

6 de mayo de 2026
Estimado presidente Díaz-Canel:
Quizás usted sepa quién soy. Hace unos años publiqué una historia de Cuba y Estados Unidos basada en décadas de investigación en la isla. Cuando ese libro ganó un premio importante, fue reseñado en el órgano oficial, Granma, el cual dijo que era bueno en lo relativo al siglo XIX, pero que mi interpretación de la Revolución de Fidel Castro era cuestionable.
Muchos cubanos de Miami estuvieron de acuerdo con el Granma. Nací en la isla en 1962 y emigré con mi madre al año siguiente. Ella dejó atrás a mi hermano de nueve años, creía que nos reuniríamos en unos meses, tal vez en un año o dos como mucho. Ese reencuentro no fue posible hasta 1980, durante la crisis del Mariel. Mi padre también dejó un hijo atrás. Es una historia que se repite entre cubanos.
Cuando ya era un anciano y vivía en Miami Beach, mi padre, quien solo cursó estudios hasta sexto grado, descubrió que le encantaba escribir. Componía poemas y relatos autobiográficos. Redactaba proclamas políticas, con las cuales, en su inmensa mayoría, yo no estaba de acuerdo. Y también le escribía cartas a Fidel.
En la primera, fechada el 19 de abril de 1993, se preguntaba qué podría significar para su famoso y poderoso destinatario una carta de un humilde cubano que había abandonado la isla hacía más de treinta años. Inmediatamente se respondió a sí mismo: “Creo que nada”. No estaba seguro de que Fidel llegara siquiera a leerla.
Aun así, escribió y, misiva tras misiva, le insistía: “Ha llegado la hora, Dr. Castro”.
¿La hora de qué?
Mi padre lo expresaba diferente cada vez: hora de poner fin al engaño, hora de dejar el destino de Cuba en manos de los jóvenes, hora de abandonar el comunismo o, como escribió en 2005, hora de “legar a la historia ese gesto de grandeza que le convertirá en el político más valiente de todos los tiempos”. Apelaba al sentido de supremacía que Fidel concedía a su propia persona. En todas las cartas, el mensaje básico de mi padre era claro: había llegado la hora del cambio.
Con la voluntad de seguir la tradición de mi padre, le escribo hoy. Me doy cuenta de que quizá no desee ese cambio; al fin y al cabo, su lema cuando asumió la presidencia en 2019 fue “Somos continuidad”. Pero, a menos que esté completamente aislado, debe saber que la continuidad no es lo que la mayoría de los cubanos quiere.
De seguro habrá visto los indicadores: se estima que entre el 40% y el 89% de los cubanos vive en la pobreza. Un paquete de cinco libras de pollo puede costarle a una jubilada dos o tres veces su pensión mensual. Usted tiene electricidad, pero sabe que los apagones son implacables y que la gente pasa 10, 16, 22 horas, y a veces días enteros, sin ella. Los hospitales tienen problemas para suministrar energía a las incubadoras, a las máquinas de diálisis, o incluso a los viejos ventiladores en su batalla, siempre perdida, contra el calor. Su ministro de Salud Pública ha dicho que el 70 % de los medicamentos básicos no están disponibles. En las calles, crecen las montañas de basura como murallas que se alzan alrededor de una fortaleza en ruinas.
Para usted, señor, la continuidad puede ser un eslogan político. Para muchos cubanos de a pie, es una sentencia de muerte.
Sí, lo sé. El embargo hace que todo sea mucho más difícil. No puede comerciar con Estados Unidos, el país que, por su ubicación geográfica, debería ser su socio natural. Los turistas estadounidenses no pueden acudir en masa a sus playas. Peor aún, la legislación castiga a terceros países, a empresas extranjeras e incluso a buques que hacen negocios con la isla. La designación, por parte de Estados Unidos, de Cuba como Estado patrocinador del terrorismo hace que las transacciones financieras internacionales sean casi imposibles. En los últimos tiempos las sanciones han sido más crueles que nunca.
Pero hay muchas cosas que el embargo no puede explicar. Por ejemplo, no fue el embargo lo que obligó al gobierno a paralizar las reformas económicas prometidas en 2011. No fue el embargo lo que determinó la forma en que fue manejado el desastroso reordenamiento monetario que subió la inflación en tres dígitos a partir de enero de 2021. Tampoco es una respuesta satisfactoria a la pregunta de por qué su gobierno ha aumentado drásticamente la inversión gubernamental en turismo, a pesar de que la mayoría de las habitaciones hoteleras están sin usar y tanta tierra por sembrar, permanece ociosa.
El embargo no explica la vigilancia y el acoso a los que somete a personas como Alina López Hernández, una historiadora que realiza vigilias silenciosas una vez al mes en el Parque de la Libertad de Matanzas, la capital de la provincia, quien solo lleva con ella un pequeño cartel en blanco para simbolizar la ausencia de libertades básicas. No explica por qué artistas como Luis Manuel Otero Alcántara y Maykel Osorbo languidecen en prisión como castigo por hacer uso de su arte, su voz, su ejemplo.
Usted condena el embargo constantemente, culpándolo de todo lo que va mal en Cuba. Pero quejarse no puede sustituir a la política. Dígame, o mejor aún, dígale al pueblo cubano, ¿cuál es su plan para hacer frente al hecho de que el embargo existe? ¿Cuál es su plan para intentar negociar su flexibilización?
No tome esta carta como una defensa de la política de Estados Unidos hacia Cuba, y mucho menos como un llamamiento a la intervención militar, porque yo tampoco los apoyo. Mi padre escribió cartas a los presidentes de Estados Unidos, así como a Fidel. Mi equivalente para la administración actual diría algo sencillo: Señor Presidente, Cuba no es suya para que se la apropie.
Eso, al menos, es algo en lo que podemos estar de acuerdo. De hecho, cuando oigo a Trump decir que se va a apoderar de Cuba, que, francamente, puede hacer con ella lo que quiera, me indigno. Me recuerda a James Buchanan, quien, como secretario de Estado bajo el mandato del presidente James K. Polk, escribió en 1849: “Cuba ya es nuestra. La puedo tocar con la punta de los dedos”. No puedo evitar pensar en las advertencias de José Martí sobre Estados Unidos, en cómo sabía que este país estaba listo para abalanzarse, apoderarse de Cuba y luego extender su influencia hacia el resto de América Latina.
Mis alumnos leen la Enmienda Platt, esa ley humillante que otorgó a Estados Unidos el derecho de intervención en Cuba. Les hablo de Juan Gualberto Gómez, el periodista y político nacido de padres esclavos quien advirtió que conceder a Estados Unidos ese derecho era como darle “las llaves de nuestra casa”.
Cuando usted dice que la soberanía no es negociable, señor presidente, la historiadora de Cuba que soy lo entiende. Pero también sé que usted y su gobierno han devaluado esa palabra, hasta tal punto que muchos jóvenes solo la escuchan como otra de sus tonterías. Ha esgrimido esa palabra como un arma para evitar lidiar con cuestiones más difíciles. Ha actuado como si fuera su logro particular, cuando nunca lo ha sido. Usted (los gobiernos de los últimos 67 años) sustituyó la dependencia de Estados Unidos por la dependencia de la Unión Soviética y, más tarde, de Venezuela.
Sin un patrocinador externo, Cuba se derrumba y la soberanía empieza a parecer una abstracción. No se puede comer soberanía. Y para sobrevivir, la gente debe comer. Para vivir, deben hacer más.
¿Qué hará usted para ayudar a que ese “más” suceda? ¿Qué hará para hacer justicia a los cubanos de a pie?
Si no está dispuesto a buscar respuestas reales, si no ofrece más que una continuidad ruinosa y sin futuro, entonces, como habría dicho mi padre, ha llegado la hora.
La hora, como mínimo, de un verdadero diálogo nacional.
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[*] Publicación fuente “My Father Wrote Letters to the Cuban Government. Here Is Mine”. The New York Times, 6 de mayo de 2026 / Traducción al español: Mabel Cuesta.
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