Carlos D. Lechuga: Para la libertad

Autores | Memoria | 8 de mayo de 2026
©Dagoberto Rodríguez, ‘Ánforas’, 2020

Con este texto del escritor y cineasta Carlos D. Lechuga, Premio Franz Kafka 2026 de Ensayo / Testimonio de nuestra plataforma, damos inicio a nuestro dossier sobre «Cuba y sus futuros» en InCUBAdora.
Gocen perversillos
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Uno de mis mayores logros como persona es haber dejado atrás al imbécil que era. Emigrar me ha servido para eso: me he desprendido de una cantidad tremenda de torpezas y ahora tengo espacio y disposición para asumir nuevas imbecilidades.

El yo anterior, un yo más joven, fue a varias marchas y desfiles revolucionarios. Un poco obligado, pero hay que reconocer que, ya cuando estaba ahí, en el lugar, moví bastante la banderita, fui parte del circo y hasta pasé un rato agradable.

Me emocionaba con canciones políticas mientras el televisor las mezclaba con imágenes de un viejo vestido de verde.

Tenía la cabeza llena de consignas, ideas preconcebidas (por otro) y me creía que era parte de algo.

Cuando te montas en un avión y dejas todo eso atrás, esperas que todas las preocupaciones cubanas queden allá. Pero no: uno vuelve a recaer.

Ser cubano es una tarea difícil que no para. Las 24 horas, los 7 días de la semana. No hay descanso.

Una de las pocas cosas buenas de emigrar (todo es tan duro que tenía que haber algo bueno), es encontrar nuevos referentes a los que admirar. En mis últimos años en la isla yo no tenía a quien admirar.

La mayoría de los artistas, escritores, directores de cine, que estaban varias generaciones arriba, repetían con nosotros –los más jóvenes– lo mismo que Fidel les había hecho a ellos. ¡Imagínate en un país gobernado por nonagenarios! Muchos de esos sesentones que eran considerados jóvenes promesas, nunca habían tenido la posibilidad de brillar, de florecer, ya que tenían una bota arriba.

No les iba a nacer ayudar, aportar, encaminarnos a nosotros que veníamos atrás. Entre la envidia y el miedo al jefe mayor, lo que hacían era sencillamente ponernos más tropiezos, censurar o simplemente ponerse a bailar en ruedita en el patio de la UNEAC dos días después que masacraran la esperanza de las manifestaciones del 11 de julio del 2021.

Entre el artista y el policía era difícil ver el límite.

La institución que lo domina todo, casposa y racista, se atrevió a mirar por arriba del hombro a un artista tan genial como Luis Manuel Otero; para al final acabar metiéndolo entre rejas.

No, en Cuba ya no había nada para mí. Tampoco para millones de cubanos.

Ahora mi país está formado por llamadas con mi madre, alguna vieja canción y sobre todo por los libros. La Habana la disfruto a través de los ojos de Cabrera Infante, Ponte o Sarduy.

Viendo el alboroto que hay en las redes, la variedad de voces y sobre todo la gente que calla para no entrar en polémicas, me pregunto si habrá un espacio para mí en la Cuba del futuro.

¿Por qué digo todo esto? Porque a pesar de que el horóscopo me advierte que tengo que fluir, que este año sólo van a sobrevivir los que se adapten rápido al cambio, todo lo que veo en redes me repele.

Me repele la gente que desde afuera ya se está presentando a la presidencia de un futuro país sin tener capacidades suficientes. Me repelen los influencers que se filman repartiendo comida. Los trumpistas que están seguros de que Donald va a atacar la isla y entonces sí todo va a mejorar. Me repele todo aquel que habla como si tuviera una bola mágica en su casa, convencido de cómo va a ser ese futuro.

Veo poco deseo de construir una Cuba “con todos y para el bien de todos” (lamento que suene cursi), y siento que la gente que más ha puesto el cuerpo, los presos, van a volver a quedar al margen.

Desde los inicios de Fidel Castro en el poder, han sido tantos los cubanos que perecieron tras las rejas, fusilados, en el exilio, castigados o tratando de huir de ese infierno. Y de la mayoría no conocemos ni siquiera sus nombres. No conocemos nada. Han trabajado por desaparecerlos, borrarlos y convertirlos en fantasmas, en gente que no existió.

Cuando acabe la transición, ¿se podrán contar todas esas historias? ¿Habrá espacio para algo más allá de la recuperación económica?

En los escenarios dibujados en las redes se levantan en inteligencia artificial un montón de paisajes: el malecón renovado, un auto de lujo para ir a Varadero, una cadena de comida rápida en 23…, pero en el big picture casi nadie se centra en el cubano de a pie.

Es como si todo el mundo estuviera mirándose el ombligo y pensando en su carrera personal.

El grupo de luchadores, disidentes, cubanos dignos, que más han puesto el cuerpo, ¿van a recibir justicia?

Cuando liberen a Luis Manuel Otero Álcantara o a Maykel Castillo, ¿qué va a pasar con ellos? ¿Tendrán que sentarse a ver cómo un nieto de Raúl o de Fidel Castro les hace un cuento? ¿Tendrán que aguantar que alguien de Miami les explique su propia lucha? ¿Quedarán al borde de la foto de la libertad?

El contrabando de información ahora mismo está descansando en Trump: en que como entre nosotros mismos no hemos podido tumbar a la dictadura, va a hacer falta una fuerza militar de afuera que ponga fin a todo.

Amigos queridos, gente a las que considero mentes brillantes, me hablan con una convicción tremenda:

¡A eso le queda poco! ¡Están cagados! ¡Trump los ha puesto entre la espada y la pared!

No sé porque no me creo ese cuento. El reloj avanza y no acaba de pasar nada.

Siento que la picardía de los hermanos de Birán los ha sacado miles de veces de encerronas como esta.  Es verdad que ya no está el diablo mayor, que el menor está viejo… pero la manera en que se mueven, el aprendizaje, estoy seguro de que ha sido traspasado a sus descendientes.

Como en una gran monarquía, los Castro no van a querer soltar el poder. No lo van a hacer.

Mi pesimismo me hace ir a otra imagen. A la de los trabajadores cubanos en los hoteles españoles. Cuando los jefes –los que vigilaban, los extranjeros que eran llevados a la isla para entrenar al talento local– daban la espalda, los trabajadores cubanos se avisaban con un silbido para poder robar. Esa imagen que tanto se repite en la idiosincrasia del cubano, de resolver por atrás, de no confrontar y al final hacer lo que uno quiere por las sombras, es parte de lo que está haciendo el gobierno de Cuba ante las exigencias de Estados Unidos.

Van a entregar a algún gobernante, liberar a unos presos comunes y con pequeños cambios así, que no son medulares, van a continuar en el poder como si nada.

Silbando entre ellos, a espaldas del extranjero.

Entonces esta transición, ¿a qué nos va a llevar? ¿A un país un poco más libre donde uno tenga que ver en las revistas del corazón que un nieto de Fidel se casó con una nieta de Trump?   

No tengo idea, y me encantaría estar equivocado y que realmente Cuba pueda levantarse, sanar, ser un país habitable. 

El triunfo de La Revolución Cubana en 1959 no resolvió el problema de las desigualdades, no erradicó el racismo, no hizo a la isla una tierra más justa. La propaganda, grandes cambios y las ganas de llegar a un lugar hicieron que nos creyéramos una historia… luego la vida se ha encargado de exponer que era tan sólo un cuento.

Sara Gómez, cineasta cubana negra y libre, trató de alertarnos en la película De cierta manera (1974). Los grandes grupos de poder, los dueños de las narrativas llegaban a los lugares donde vivían los menos favorecidos, los más oscuros de piel y, sin investigar, sin observar, sin escuchar, tiraban un pavimento, levantaban un hospital, creaban con concreto “el desarrollo”.

Parecían más las ganas de mostrar que se estaba haciendo una revolución, que una revolución en sí.

El cubano está muy acostumbrado al mal de la fachada. Se pinta, se arregla, se colorea, pero sin profundidad alguna, sin interés en un cambio real. De cierta manera retrata todo eso. ¿Cómo? Cuando se trata de cambiar algo desde la superficie, desde arriba, imponiendo… realmente no se cambia nada.

Los cuadros estatales de la revolución de Castro, al igual que los españoles en la colonia, quisieron borrar las creencias africanas. La música de tambores debía ser destinada al Mozambique de Pello el Afrokán. Había que evitar los toques de santo y las manifestaciones religiosas. Mejor la canción protesta: ¡El canto a la gran gesta! Pero al final la gente se reveló e hizo lo que le dio la gana, tras la fachada, buscando mecanismos.

Los que no se quisieron integrar caminaron al margen. Con cuidado. El poder los trató de “lumpen” y “vagos”. Las cárceles los estaban esperando.

No hubo un diálogo verdadero. No hubo una intención desde el poder que no fuera imponer y sumar adeptos. La confrontación para algunos fue directa y la sangre llegó al río, pero muchos otros aprendieron a “bailar” al ritmo y trataron de sobrevivir sin chocar con el sistema.

El gobierno y la gente cercana al poder vivió una vida y el pueblo otra. Dos realidades que coexistían en el mismo espacio.

En el 59, el poder cambió de mano y los más cercanos a Castro ocuparon las mansiones de los que antes eran cercanos a Batista. Una gran cortina: el disimular, el aparentar, la “verdad con cabeza de mentira” hicieron el resto.

No había internet, no había un canal de televisión o un periódico de la competencia. No teníamos cómo enterarnos. Así, a ciegas, desfilamos año tras año.

¿Después de la transición pasará lo mismo?

Volviendo a Sara Gómez y a su problemática como mujer negra, intelectual que quería que mejorase la calidad de vida para los suyos, me salta una alerta. A Sara la trataron de secuestrar, querían secuestrar esa voz. El ICAIC, “Cultura”, algún cuadro estatal, agarró la película que ella no pudo terminar por su enfermedad y se apropiaron, hablaron por ella, quisieron meterla por el canal blanco, institucional, estatal.

El secuestro del discurso de los de a pie por manos de los poderosos como leitmotiv de la historia de Cuba.

El grupo de disidentes y luchadores cubanos que están contra el castrismo va rotando, cambiando, girando, como en un juego de sillas. Algunos quedan en el camino, se cansan, otros no llegarán al final. La sensación que tengo es macabra: la ironía hará que los que más lucharon, al final, no podrán tener algún tipo de reconocimiento o restitución.

La maquinaria de inteligencia policial y desinformación que parte del poder, sumado al desorden virtual que creamos como entes que necesitamos ser vistos, que queremos el reconocimiento del granito de arena que pusimos por el cambio, más el ruido que hacen un montón de personas que vivieron del sistema estatal de la isla hasta ayer y ahora se quieren subir al último tren como grandes luchadores de la victoria… hacen todo más confuso.

Los hombres y mujeres que ahora están presos, ¿podrán tener un espacio en el país que vendrá? Todos esos emprendedores, negociadores, lobistas que, como Madre Coraje, aprovechan la guerra para sacar beneficio, ¿al final serán los que gobernarán?

Los negros de a pie, los maestros, los médicos, ¿podrán ser los dueños de las nuevas empresas capitalistas? Por supuesto que no. Los que se fueron e hicieron fortuna, más los que se quedaron y son familia de la cúpula militar, son los que, con una nueva máscara, tendrán el poder.

La gran ironía del gatopardismo llevará una vez más a que: todo cambie para que nada cambie. “Cambiar todo lo que deba ser cambiado”, vocifera el diablo desde el más allá.

No tengo mucha fe en que los cubanos podamos salir airosos de esta.

No sé, escribo esto y me siento como una Miss Universo pidiendo la paz mundial en el escenario.

Apuesto a que por supuesto todos los exiliados, o emigrados, puedan regresar, ayudar a construir, ser parte de esa nueva Cuba.  

Me parece una locura que esas personas que salieron huyendo a inicios de los 60 del pasado siglo vuelvan a recuperar sus propiedades, a sus criados.

En ese sentido, me parece más humano que puedan volver y ser parte de la vida, de la reconstrucción, pero de una manera que no afecte a las personas que por más de sesenta años han vivido.

Nadie se ha quedado en pausa, la dialéctica de la vida ha movido dentro del país a mucha gente.

Si fuera a soñar veo juicios. Veo gente que ha hecho daño y que tiene que pasar por la justicia.  

Insisto en que el camino debe ir alejado de grandes figuras, acabar con la figura del líder. Me encantaría una mesa diversa que pueda conversar y llevar todo a una votación donde todos los cubanos más allá de sus diferencias o maneras de pensar puedan ser parte.

Para mí es fundamental que liberen a todos los presos políticos, que suelten el poder y que haya elecciones libres, que los cubanos de adentro y de afuera sean capaces de montar negocios, crear empresas, emprender sin que el estado esté como intermediario. Que sane, se eduque, se destruya toda esa falsa historia de una gesta que no sólo no funcionó, sino que se viró contra los propios cubanos.

Quiero justicia y que el pueblo que más trabajo ha pasado tenga un alivio. Es imposible que después de 67 años venga un nuevo sistema que los vuelva a echar a un lado o que les pida algo que a un cuerpo cansado le sea imposible realizar.

Creo que los familiares de toda esa gente que ha estado al mando deben tener prohibida la política.

Imagino un gran helicóptero llevándose la piedra de Santa Ifigenia.

No podemos olvidar que para construir la tumba de Fidel Castro removieron la tierra de muchos próceres de la patria sin preguntarle siquiera a sus familiares. Si mi memoria no me falla, las de Mariana Grajales y José Maceo, negros los dos.

Hace poco falleció en un accidente de tránsito un famoso cantante de salsa cubano. Las redes sociales se llenaron de imágenes del velorio y el entierro. Los curiosos se aglomeraban y tiraban fotos de la caja, la tumba, las flores. Los familiares se abrían espacio y se retrataban también.

El muerto al hoyo y los vivos tratando de captar algo, de llevarse un pedazo. “Yo soy el primo”, “yo su mejor amigo”, “yo sólo vengo a ver”.

Cuando me invitaron a ser parte de este dossier, no tenía muy claro de qué iba a hablar. Me acosté a dormir y soñé que estaba en una finca de narcos en Colombia, con la figuración, la decoración y hasta los hipopótamos de las series de Pablo Escobar.

Al abrir los ojos lo único que pensé fue en la muerte de ese músico cubano. ¿Qué conexión tenía todo esto?

Llevo rato con ganas de escribir sobre el fenómeno ese de un cuerpo que se descompone a la luz del día, frente a los ojos de todos. ¿Cómo reaccionamos? El texto sería realmente un retrato más de nosotros, como observadores, juzgando, comentando… sin ver dentro de uno mismo.

Como cubanos nos ha tocado llevar sobre nuestras espaldas una carga muy pesada y, al mismo tiempo, creo que nos pasa justamente por cubanos. Por ser como somos.

Hace más de 67 años estamos bajo la maldición de ser una “nación secuestrada”. No fue un gobierno extranjero e injerencista el que nos atacó, fue un grupo de cubanos. Uno de los nuestros. Un cáncer y con metástasis.

Ante ese cuerpo expuesto que se niega a ser enterrado todos llevamos pensando, fabulando, proyectando. Cuando dejemos atrás esa maldición y podamos acabar de sepultar ese proceso, ¿qué va a pasar?

Desde los primeros que agarraron el avión rumbo a Miami (“porque la Revolución no podía durar mucho”) hasta nuestros días, a los cubanos los que nos ha tocado es imaginar: soñar con lo que pasará el día después. Nada más.

Ninguno tenemos idea de lo que va a pasar. La mayoría no sabemos cómo poner el primer ladrillo. ¿Cuál debe ser, para no repetir errores y lograr una nación equitativa?

Cuando los familiares del salsero fallecido se tiraban fotos, había una necesidad de apropiarse, de echar a un lado a los curiosos, de dejar en claro: la familia de él soy yo. Es mío. Lo mismo pasa con Cuba. Todos tenemos en mente cómo debe ser, quién debe estar, quién no.

Tras la muerte de Pablo Escobar, todos esos hipopótamos que importó de un zoológico de Estados Unidos (un macho y tres hembras), se reprodujeron y quedaron varados, flotando por ahí.

El impacto ambiental en el río Magdalena es tremendo. Hay una sobrepoblación de más de 200 hipopótamos. Han quedado como restos y recuerdos de un reino del mal.

Yo sólo espero que nosotros los cubanos no seamos los restos y recuerdos del reino del mal de Castro. Puede quedar un edificio, un retrato del diablo, una feria tipo rastro de antigüedades donde vendan pelitos de la barba del comandante…, pero ¿y si el souvenir realmente somos nosotros?  

Las voces que gritan más alto se ofenderán con este texto. Diez páginas de suposiciones, cavilaciones y supuestos planes pesimistas; cuando lo que necesita el país es un cambio ya.

“Da igual si ese cambio es para algo peor, pero esto tiene que acabar”.

¿Podemos volver a un país que va a seguir siendo gobernado por los Castro? Las ganas de regresar a la isla nos van a llevar a decir: bueno, Cuba ahora es como la Rusia de Putin; hay presos políticos, pero se puede hacer dinero, ya no hay apagones.

La fiesta, la música, el descaro de las altas esferas, con actantes como Sandro Castro, que busca normalizar el privilegio, hará que los cubanos no pidamos justicia y que todo sea un bochinche, rebambaramba o recholata.

No sé. No soy de los que más ha sufrido, ni siquiera de los más inteligentes. Pero en el mapa del futuro nacional sigo sin ver un espacio para mí.

A fin de cuentas, es una guerra entre millonarios y en el medio está un pueblo al que no lo dejan vivir, votar, ser parte.

Ante tanto horror, a las mentes del castrismo lo único que les queda es meterse entre el resto de los cubanos de a pie, camuflarse, crear estados de opinión.

Acabar con la verdad para así: permanecer.