Hilda Landrove: Soñar desde la catástrofe / Los contornos de una Cuba que podría llegar a ser

Concluimos nuestro dossier «Cuba y sus futuros», con este abarcador ensayo de la investigadora Hilda Landrove, sobre ese «mañana» que más pronto que tarde llegará a la Isla
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I. La disyunción entre atender el presente y soñar el futuro
Nada habla tanto del fin de un proyecto político y del mundo que construyó sobre sus presupuestos, como la imaginación de lo que vendrá después. A veces, es un fin largamente anunciado y un post-fin largamente imaginado; otras veces, más bien un recorrido en el que el deseo, la imaginación y el diseño intencional confluyen en momentos excepcionales y el resto del tiempo se acercan o alejan en trayectorias llenas de tropiezos. Entre el “ya viene llegando” de la canción Nuestro día (ya viene llegando) de Willy Chirino en 1992, hasta el “Ya se acabó” de Patria y Vida en 2021, hay, sin embargo, una trayectoria bastante estable, que va de la intuición y la exaltación del vislumbre del fin al reconocimiento de que, en lo fundamental, lo que impedía ese fin ha dejado de existir. Y ello no significa que lo que sigue después es una aceptación apacible. Lo que sigue a ese momento es siempre dramático, lleno de conflicto, con emergencias continuas de eventos inéditos y controversias por asuntos que ni siquiera sabíamos que teníamos por discutir y sin embargo ahí están, cual elefantes de cristalería ocultos por la opacidad de los cristales.
En los proyectos que se anuncian hoy desde partidos, organizaciones cívicas y coaliciones, hay una disyunción fundamental. Se avizora un futuro que puede ser diseñado: la economía será de tal forma, la política de tal otra, pero esa proyección ocurre sobre la ausencia de reflexión sobre el proceso que llevaría hasta allí; la transición no es tal, sino un espacio en blanco después del cual será posible hacer vida política.
En ese espacio en blanco está el momento presente. Varios escenarios se tensan entre lo deseable y lo probable sin que ninguno termine por concretarse, aunque parezcan precipitarse en el flujo intempestivo de los eventos. Una operación militar de Estados Unidos como extensión de las presiones económicas y jurídicas contra entidades del régimen, un reordenamiento autoritario en el que la élite se transforme en oligarquía plena, entregando beneficios económicos a Estados Unidos a cambio de quedarse en el poder, o una explosión popular generalizada acompañada de una represión igualmente generalizada, que podría catalizar el primer escenario. La forma en que las tres posibilidades acumulan argumentos a su favor a ritmo diario complejiza pensar el después, a menos que ese espacio de incertidumbre quede intacto.
Esto podría suponer una carencia; la demostración de que no hemos sabido, o podido, llegar a este momento con más capacidad para ocupar la posición desde la cual tener acceso a la construcción de un futuro que suponemos común e inclusivo. Podría entenderse incluso como la demostración de que también esa capacidad ha terminado siendo pospuesta hacia el futuro “después de…”. O al menos, así se ve desde este punto.
También he temido esa disyunción y me debato, como tantos, entre el deseo de soñar un futuro, ahora que parece posible, y la necesidad de atender a un presente caótico en el que más allá de las negociaciones entre los poderes y los oportunistas de uno y otro lado, hay un pueblo entero siendo llevado al límite de la sobrevivencia. Un pueblo llamado a la inmolación y al sacrificio en defensa de la misma idea que lo llevó a la ruina. Un pueblo golpeado, con miles de sus hijos bajo asedio, sin posibilidad siquiera de dar voz al desamparo y la desesperanza sin recibir una represión descarnada. El dilema se plantea incluso como uno ético: cómo soñar, en la comodidad que implica tener luz, y agua, y gas, y comida, y energía, y tiempo para pensar, con el futuro de un país que en el presente solo puede conjugarse con sinónimos de catástrofe. Pero hay que hacerlo, asumiendo los límites y los matices que impone sobre la imaginación, soñar desde la catástrofe y la ruina. De eso va este texto, yendo de una mirada analítica general hacia mis propios intentos de imaginar –desde lo deseable– al menos los contornos de lo que vendrá.
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II. Soñar el futuro es ubicarse en él como agente de su construcción
Varias son las formas de posicionarse en el presente para el futuro de Cuba. Las más obvias no merecen siquiera describirse mucho porque están ya ubicadas; no soñando, sino impulsando y pugnando por el diseño que desean para ese nuevo mundo por nacer. Así que me refiero, en principio, a formas de posicionamiento desde esa misma sociedad que resiste el yugo totalitario y aspira a recuperar un país en el que podamos vivir y al que podamos regresar plenamente.
Un partido es una de esas formas. En Cuba hay legalmente un solo partido; refrendado como único, superior y guía de cualquier otra organización o institución por la propia Carta Magna. Por definición, cualquier otro que quiera constituirse es ilegal y tiene en extremo restringida la capacidad de acción e influencia. Pero hacer declaración formal de nacimiento, reunir ideas, liderazgos, integrantes, anuncia no sólo un proyecto para hacer oposición al régimen actual, sino también una visión de futuro. Genera una posición en el espacio político, para cuando asociarse en partidos y organizaciones de otro tipo no sea penado y criminalizado. Y contribuye al caudal organizativo que podría conducir a esa condición futura.
Frente a los partidos emergentes, que evidencian –en principio– la apertura de un espacio de posibilidad, aparecen dos posiciones diferenciadas. Una defiende la necesidad de crearlos, tanto como la de identificar y seguir líderes y fundar organizaciones que hagan propuestas y sea capaces de movilizar grupos de personas dentro y fuera de Cuba, incluso si ello supone aceptar carencias como la inexistencia de un programa o la laxitud con la que hoy comienzan a configurarse las posiciones dentro del espectro político. La otra, rechaza justamente que algo tan serio como un partido pueda obedecer a vectores de otra clase, como la imagen pública de una figura determinada, o el personalismo en la visión de algo que debería obedecer al consenso. En cualquiera de los casos, el reto mayor de los partidos y otro tipo de organizaciones que se han constituido recientemente es la representación real dentro del país, algo que sigue apareciendo como carencia fundamental.
La siguiente forma apunta a un posicionamiento a través de la propuesta de agendas de cambio. Entre quienes han lanzado programas, se encuentran coaliciones que han llegado a conformarse de diferentes formas y expresan, en primer lugar, la comprensión de una necesidad urgente: En la medida que la oposición, la disidencia y la sociedad civil en su diversidad logren articularse alrededor de un grupo de demandas mínimas pero esenciales, podrán constituirse en actor político con capacidad de incidencia real en el proceso de cambio actual y en el futuro mediato.
Por poner un ejemplo, el Acuerdo de Liberación presentado hace unas semanas en Miami resulta de la confluencia entre la Asamblea de la Resistencia Cubana y Pasos de Cambio, quien a su vez había recogido propuestas de varias organizaciones en abril de 2025, y tiene conexiones con el exilio histórico (Fundación Nacional Cubano Americana) y con UNPACU, firmante del Acuerdo.
Una coalición de distinta naturaleza –por su visión de base– es el Consejo para la Transición. Mientras el Acuerdo de Liberación desarrolla puntos mínimos compartidos cuyo objetivo central es “lograr el fin de la dictadura en Cuba y terminar con el sistema comunista”, el Consejo para la transición, enfocado igualmente en un proceso transicional, se ubica como un actor reformista que, a través del diálogo y el uso de la Constitución actual como herramienta central, busca introducir cambios no estructurales. Se trata entonces de dos propuestas que confluyen en el reconocimiento de una herramienta –la articulación para generar coaliciones– pero difieren en visión –una rupturista y otra reformista–. Difieren también en el actor al que parecen estar dirigidos. En el caso del Acuerdo de Liberación, el gobierno de los Estados Unidos, sin duda protagónico en cualquiera de los escenarios que se despliegan ahora mismo y necesitado de una representación cubana –dentro de Cuba o/y en la diáspora y el exilio– en un eventual proceso de transición. En el caso del Consejo para la Transición, el gobierno cubano, quien podría tener la intención –como resultado de la presión de Estados Unidos– de implementar una estrategia de escucha e inclusión de grupos opositores para simular una voluntad de cambio que no es tal, y podría encontrar interlocutores en propuestas de este tipo.
Otro tipo de organizaciones, como los Grupos de pensamiento, se han enfocado en articular propuestas más amplias y estructuradas. El modelo paradigmático de este tipo de agrupaciones es el Centro Convivencia y su director Adalberto Valdéz, que ha emprendido durante años la titánica tarea de conceptualizar las bases de la discusión, enfocada en áreas de trabajo y temáticas específicas, reuniendo y sistematizando un abanico de propuestas y posiciones que constituyen una cartografía ilustrativa del deseo político de una parte de la sociedad cubana.
Cuando se revisan –como hicimos recientemente en Tránsfugas, comunidad anti autoritaria constituida por un grupos de mujeres cubanas, venezolanas y nicaragüenses en el exilio– los planes que grupos de diversa clase han redactado para ese futuro que, por muy problemático que sea, comienza a vislumbrarse como posible, aparecen de manera recurrente algunas de líneas de sentido que van ocupando el espacio de la discusión pública. Dos de las más notables son la reducción del Estado a su mínima expresión y la descomunización (eliminación y prohibición del Partido Comunista), que aparece en ocasiones ligado a la lustración, un mecanismo de justicia transicional aplicado en Europa del Este consistente en prohibir a funcionarios públicos del antiguo régimen ocupar posiciones en la reorganización post-socialista. Otras ideas no tienen contenidos tan definidos, pero son parte de un incipiente lenguaje que comienza a conformarse: prosperidad, tecnocracia, higienización, o desideologización.
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III. Imaginar un futuro sin abandonar el presente
El futuro que imagino se delinea en parte en diálogo con estos contenidos incipientes y junto al análisis de las lógicas heredadas de la experiencia cubana de las últimas décadas. Intenta pensar lo deseable y lo realizable en la misma medida, o al menos considerar qué condiciones de probabilidad tiene de materializarse lo que se desea. Y eso comienza con pensar sobre los derechos.
Vivir en un régimen totalitario, el cual depende de la supresión de los derechos cívicos para su propia conservación, enseña muy bien cuán necesarios son. El régimen cubano vendió durante décadas al mundo la idea de que si había acceso a la educación y la salud, nada más era necesario; para demostrarlo, nos hizo creer a los cubanos que la educación, la salud pública, el acceso a la cultura o la seguridad social sólo podían existir en el socialismo. Al resto del mundo, les hizo creer que los cubanos no necesitábamos cosas supuestamente burguesas como la libre expresión o el derecho de asociación. Tal imaginario sobrevive a duras penas en grupos de fieles a la revolución, que creen que es legítimo “pagar” servicios sociales –deberes del Estado– con silencio, inmovilidad y obediencia –siempre a costa de que sea en otro lugar, porque probablemente no lo aceptarían para sí mismos–. Para los cubanos de ese imaginario no queda ya prácticamente nada, como no queda tampoco salud o educación públicas o asistencia social funcionales.
Tener el derecho a expresarse, organizarse con personas afines y manifestarse públicamente, tiene ser condición primera ineludible en lo que seguirá. Los derechos civiles y políticos garantizan que el poder, en un sentido amplio, pueda ser cuestionado. Y digo “en un sentido amplio” porque el poder, como fenómeno, no se limita al Estado. Cualquier entidad social que tenga la capacidad de tomar decisiones por la sociedad en su conjunto, sea de forma coercitiva o de cualquier otra, tiene poder político. Esto suele residir fundamentalmente en el Estado, pero puede hacerlo también en el sector privado (a través de la acumulación de capital y su manifestación como poder de incidencia en el campo político), e incluso en grupos sociales organizados, como las iglesias (con su influencia directa en decisiones en temas de derechos humanos). Que el poder pueda ser cuestionado –más las limitaciones que le impone el período restringido para gobernar y la separación de poderes– es lo único que pone obstáculos concretos a la imposición de la dominación y el autoritarismo.
Lo que vendrá no va a ser en ningún caso un paraíso democrático; va a ser un reacomodo complejo, edificado sobre la destrucción y la ruina y, con toda seguridad, atravesado por fracturas crónicas de las que hemos visto, hasta este punto, solamente una pequeña parte, así que poder organizarnos, hablar y hacer política directamente en el espacio físico, en el territorio, va a ser tan esencial como para cualquier sociedad, e imprescindible en el contexto específico de la Cuba que seguirá a la catástrofe del presente.
Y como los cívicos, los sociales debieran ser recuperados; recuperados porque a pesar de su presentación como “logros” se encuentran en estado de abandono crónico, y porque incluso cuando no estaban en esa fase, no eran entendidos como derechos. Derechos sociales son la educación y la salud, pero también la protección social, el empleo, la vivienda. Después de décadas de percibirlos primero como dádivas otorgadas por la benevolencia de la “revolución” y luego como parte central del pacto social que los ofrecía como pago anticipado por obediencia y fidelidad, esos derechos terminaron por ser considerados negativos en sí mismos y la percepción de lo público quedó ensombrecida y confundida con el entendimiento de lo estatal en un Estado totalitario. Pero en cualquier tipo de sistema político, son estos derechos los que garantizan las condiciones mínimas para una vida digna.
El término no es quizás el mejor; ha sido usado tanto que puede sonar vacío, pero a lo que se refiere es que una vida en sociedad no puede ser concebida sin tener garantía de alimentos, vivienda, salud, educación y asistencia para personas en situaciones y condiciones de vulnerabilidad. La vida, sin esos derechos, es mera sobrevivencia, y ya hemos tenido suficiente de eso. El Estado, como su principal garante, deberá proveer servicios públicos, y estos deberán complementarse con un sistema privado suficientemente diversificado como para que resulte asequible a diferentes sectores y grupos sociales.
La idea del deber y la responsabilidad del Estado entra, para muchos hoy, en contradicción con la idea de que este es, por su propia naturaleza, un ente maligno que no conduce a nada más que al impedimento de las libertades. Para quienes consideran esto, el mercado aparece como alternativa única, panacea anunciada frente a la incapacidad estructural y perversión intrínseca del Estado. Esta visión aparece cada vez más con más frecuencia, hasta parecer un sentido común incontestable. Es importante decir sin embargo, porque más visible no significa necesariamente más generalizada o hegemónica, que hay también miradas de otra clase. Una de ellas es la que posiciona como alternativa y/o contrapeso ante el Estado, la organización comunitaria y cívica. En esa posición se sitúan, en la práctica, quienes han articulado las redes transnacionales de asistencia y cuidados, y apoyo a los presos y familiares de presos políticos; redes en las que además de contribuir a la supervivencia y el alivio frente a las duras condiciones de vida en el país, se insinúa un tejido social emergente.
La otra es la que considera que el Estado es necesario para garantizar los derechos positivos (aquellos percibidos como libertades) e inhibir los negativos (los que violan las libertades de otros) y, que a pesar de sus deficiencias, sus funciones básicas no pueden ser eludidas. Para que el Estado no se convierta en el Leviatán en el que corre siempre el peligro de convertirse, la sociedad a la que pretende representar debe tener libertad suficiente y capacidad real de cambiar el rumbo de las cosas en cualquier momento.
El mundo al que entraremos no es el mismo al que arribaron los países de Europa del Este después de sus transiciones. Es uno en el que el orden mundial está siendo profundamente reconfigurado; no solo por la crisis del sistema internacional basado en derechos humanos o por la disputa geopolítica de las potencias. Lo es también por la presión que los grandes monopolios y los mega proyectos de la clase milmillonaria ponen sobre los Estados nación.
Es posible que en las próximas décadas, la administración estatal termine siendo obsoleta, y que el control territorial y de los pueblos que lo ocupan esté más en manos de transnacionales que encontrarán formas de administración más alineadas con su propia necesidad de apropiar y acaparar recursos a una escala nunca antes vista, mientras controla grandes masas humanas precarizadas. El reto que un mundo así significa para un país como Cuba, no puede enfrentarse únicamente con fantasías de destrucción del Estado. Necesitaremos uno, si queremos que la apertura económica imprescindible que seguirá no termine siendo una forma nueva de enriquecimiento de unos pocos y abandono de una mayoría.
Pero lo necesitaremos con otra definición de soberanía. Si el soberano es el pueblo, que se da a sí mismo la capacidad de gobernarse, ningún gobierno podrá utilizar la excusa de la soberanía-Estado para negar la soberanía popular. Lo que hemos aprendido con el régimen cubano, es que esa idea puede torcerse hasta el punto de volver vacía de sentido lo que debería ser una aspiración basada en la capacidad de construir una vida propia de acuerdo con el deseo colectivo, y no en los delirios de preservación de una élite parásita.
En la Cuba que sueño habrá también eso que se llama sociedad civil, con mucha fuerza, y su existencia estará reconocida en la constitución y la ley. Habrá agrupaciones de todo tipo, algunas formales y otras no, y un gran número de ellas compartirán el deseo de reinventar una cubanidad no totalitaria. Será posiblemente transnacional, como transnacional ha sido la experiencia cubana de las últimas décadas. Y en ello radicará probablemente su fuerza, en habitar plenamente un mundo en el que, ante la crisis del Estado nación, encontrará canales para a la vez que dentro, tejerse fuera de las fronteras nacionales. Esa posibilidad podría hacer realizable que lo del agua por todas partes no sea más una maldición. Pero ello requerirá una sociedad organizada y con condiciones mínimas para continuar las peleas que sobrevendrán.
Regresar sobre la memoria para poder mirarnos en el espejo de lo que hemos sido, para comprender cómo fue posible vivir atrapados en una dominación que nos exigía participar complacientes o bajo inercia; comprender cómo permitimos la simulación que nos llevó a la peor condición posible: sin libertad, sin comida, sin visiones de futuro… Una que se preguntará cómo sanar, y hará de la justicia el camino primero para que todo el dolor acumulado no se convierta en la extensión de la guerra a la que nos han sometido. Y que, cuando llegue el momento en que sea posible escribir otras historias y otras narrativas, resistirá la tentación de instaurar un nuevo Gran Relato. Una sociedad civil que sea capaz de cuestionar el Gran Relato que intentará construir quien pretenda conducir los destinos del país que ha de emerger después de la catástrofe. Convivir en y con la diferencia va a ser más importante que rearmar una identidad única.
Y va a ser también importante poder contrarrestar las fantasías tecnocráticas que se agolpan ya tras los proyectos y los planes para la Cuba futura. La idea de que la tecnocracia puede aportar la mirada objetiva, desapegada y pragmática necesaria para navegar los pasos imprescindibles para pasar de la desolación absoluta a una realidad funcional en la que se produzca suficiente para sus habitantes y sea posible vivir dignamente, es cierta sólo hasta un punto. Lo es cuando esa objetividad reclama que no es una ideología (emergiendo lo mismo de la continuidad que de la ruptura) la que va a ofrecer las respuestas necesarias. No lo es cuando confunde pragmatismo con indiferencia a las demandas sociales y de DDHH que se acumulan desde ya.
Y quiero un país que pueda comer de los frutos de su propia tierra. Cuando pienso en liberalización de la economía –imprescindible sin dudas–, pienso ante todo en agricultura y pesca; en que la tierra puede ser recuperada, en que produzca y en que haya estímulos para todo el que desee sembrar y pescar. Las fantasía estilo Singapur me han parecido siempre un poco distópicas; no porque esté mal convertirse en una economía floreciente, sino porque esos imaginarios de la prosperidad y el éxito suelen acompañarse de llamados al sacrificio para quienes han sido ya suficientemente sacrificados. No es aceptable ningún llamado al sacrificio; no lo fue en nombre de la revolución y su futuro prometido y nunca realizado, no lo será tampoco en nombre del capital y el mercado y su prometida autorregulación y prosperidad infinita. No se va de la devastación absoluta a la prosperidad. Se va, primero que nada, al alivio, y a crear las condiciones para que el trabajo para el sostenimiento básico vuelva a ser el pilar básico de la economía.
Una sociedad civil fuerte, tanto como la apertura real de la economía y la reinvención de las instituciones, tendrán que abrir la puerta al regreso. No un regreso condicionado a la circulación cerrada de bienes en la que el régimen actual intenta encapsular cualquier participación de la diáspora y el exilio. Los migrantes y los exiliados son vistos únicamente como una fuerza de sostenimiento a través de su participación en la economía de remesas, sin la cual la catástrofe humanitaria cubana sería aún más grave (si tal cosa fuera posible), y en la que gracias a un esquema parasitario y segregacionista la élite actual se enriquece. Cuando se ven forzados acuden a modificaciones de último minuto, como la que recientemente autorizaba a invertir e incluso administrar hoteles. La diáspora y el exilio son por derecho propio parte de la Cuba que vendrá; y su participación no puede limitarse a cargar con la externalización de los costos de la sobrevivencia, sino que deben integrarse como ciudadanos con derechos al país del que fueron anteriormente expulsados. Lo que definirá el regreso, como movimiento poblacional y fenómeno político y sociológico, será la nueva cartografía de la pertenencia.
Llegaremos a esa “nueva” Cuba que emergerá de sus cenizas con mucho sufrimiento acumulado. Y de hecho, no será exactamente una llegada, como si aterrizáramos en un nuevo planeta. Lo que venga será hecho sobre la misma tierra, hoy marchita y agotada, con las mismas personas y con todas las huellas del proceso que ha destruido familias enteras; que ha destruido, en su totalidad, un país. Hay pendiente una demanda de justicia, que tendrá que ser atendida con la complejidad que implica reconocer los niveles de participación y complicidad con el aparato represivo y la infraestructura de dominación, y que tiene que poner al centro la restauración y la reparación de las víctimas. Sin memoria y sin justicia no habrá país posible.
El primer impulso, y también la primera decisión a tomar, será sin dudas qué hacer con el Partido Comunista de Cuba considerando la manera en que, al autoproclamarse conductor del destino de la nación y, posicionarse por encima de toda institucionalidad (Constitución incluida), se convirtió en responsable principal de la violencia totalitaria. Es difícil no ceder a la tentación de creer que ilegalizarlo –después de desmantelarlo– será suficiente para impedir la continuidad del Mal que ha encarnado durante casi siete décadas. Pero temo que no será suficiente. No solo porque el Mal es como una hiedra que puede reproducirse en la sombra y cambiar de forma, sino porque no hay Mal único, identificable con el comunismo o cualquier otra cosa, sino muchísimos males que pueden heredar las mismas pulsiones que constituyeron el proceso “revolucionario” cubano y su ropaje comunista. Donde quiera que aparezca el deseo de limitar la pertenencia para decidir quién es cubano y quién no, de imponer una visión del mundo en el que un grupo de elegidos toman decisiones por un colectivo al que consideran masa inerte incapaz de decidir por sí misma, y autoasignación de liderazgo y representación del “pueblo”, la pulsión totalitaria continuará habitando.
La decisión de qué hacer con el Partido Único, y la de qué hacer con los funcionarios que han participado en el aparato del Estado no es una que pueda tomarse a la ligera, con ánimo de purificación y extirpación de un tumor, suponiendo que una vez sacado del cuerpo, su sola ausencia permitirá a la sociedad liberarse para siempre. Posiblemente haya que extirpar, pero la centralidad de la pregunta sobre qué hacer con la entidad en sí y con sus servidores, delimitando gradientes, impactos y formas de participación y complicidad en cada uno de los casos, hará necesaria que en la respuesta se implique la sociedad cubana toda, de manera que más que un punto de partida, sea parte de un proceso que permitirá hacer justicia, reevaluar la participación en lo que sucedió, y reinventarse cómo seguir conviviendo con otros presupuestos. Estamos al borde del abismo, y salir de él sea quizás una increíble oportunidad de imaginar cómo será posible construir ese universo “con todos y para el bien de todos” que ha insuflado siempre el deseo de los habitantes de la isla y sus comunidades dispersas por el mundo, sin haberse realizado nunca.
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