José García Caballero: ‘Hold in cold field’, de Nelson Beatón / Presentación*

Autores | 8 de septiembre de 2026
©Portadilla interior de ‘Hold in cold field’ en Ediciones La Luz

El ejercicio de la crítica teatral ha sido una de mis pasiones y por el que creo que siempre voy sentir una devoción especial, sumado a un sentido de pertenencia auto impuesto. Sin embargo, hoy la acción valorativa y la emisión de juicios es para mí una tarea en recesión, en la que me siento desvinculado  por un número de contingencias, de las que ya perdí la cuenta y no valen la pena mencionar, algunas por trilladas y otras para no herir sensibilidades arraigadas en aquellos que me son cercanos.

Podría decirse que este abandono responde también al hecho que cada vez más mi labor como director teatral se vuelve un ejercicio constante, aunque este es un terreno en el que aun me siento como un extraño y, fuera de los mínimos instantes que valen la pena, tampoco meramente feliz.

Esta breve deconstrucción –a lo Jekyll/Hyde– de mi vocación responde a que cuando por inoportuno descarte fui invitado a presentar nuevamente la obra de un amigo, no me decido si hacerlo como el teatrólogo que tiene la fortuna de dejar testimonio sobre el texto que cierra el alegato de una generación nunca reconocida más allá del micro espacio de un aula en el ISA, o como el director que intentó llevar a escena una obra porque la consideraba y considera su propia verdad, pero fue superado por un argumento que se resistía al teatro que lo circundaba. Creo que esta derrota no solo ocurrió por mis confesables carencias creativas, sino también porque uno siempre es demasiado exigente con su verdad.

Hold in cold field (2025), el libro que hoy ya es una realidad gracias a Ediciones la Luz (tenía que ser Ediciones la Luz y no otra editorial), es antes que todo el texto teatral que deja ver el resultado de una dramaturgia que pudiera parecer rara avis en nuestro contexto. Sin embargo, los que conocemos sus gestación vemos en ella un mar de referencias relacionadas con un consumo cultural muy específico, señas que terminan por ser las herencias compartidas entre compañeros de curso con realidades muy similares y la vez diversas. Sueños que luchan por ser originales en medio un contexto donde el diálogo entre los grandes  íconos  de nuestro teatro está cada vez más bifurcado. Y sí, llamen ego desbordado a esta manera de pensar, pero hay un grupo de no más de seis personas, algunos ya hasta desligados del teatro en lo formal, que se sienten la última gran generación de la Facultad de Arte Teatral. Este sentimiento no está propiciado por el hecho de que hoy en esa querida casa de estudios sea difícil que florezca algún movimiento cohesionado o porque el nombre nos lo haya etiquetado algún teatrólogo con ambiciones editoriales, y mucho menos alude a nuestros logros profesionales (que con modestia, aunque parecieran no estar conectados, son más de lo que alguna vez soñamos). Lo de última generación, es porque quizás fuimos la última camada de dramaturgos y teatrólogos que tuvo voluntad de ser generación.

Pero podemos dejar el onanismo a un lado, aunque HOLDEN (sí, ese fue el nombre que le dimos al proceso de puesta en escena que nunca se llevó a cabo) lo merezca y hablar de las grandes virtudes dramatúrgicas que posee este texto que en verdad, como casi todo el teatro de Nelson Beatón, parece difícil de ubicar o definir. Una afirmación sumamente paradójica porque es curioso como Nelson es un gran consumidor de teatro, del  histórico y del más contemporáneo. Su visón del arte teatral es un reflejo vital, orgánico podría decirse, y por eso el Beatón que conozco siempre fue poco dado a ejercicios de estilo. Para él, el teatro puede convivir en armonía con un universo cultural mucho más amplio. Le he visto pasar de ser un obsesionado con Sarah Kane o los novísimos, a admirar el desarrollo dramático de las obras de Chéjov. He sido testigo de cómo sobrevivió a “crueles” ejercicios de organización aristotélica  impuestos por  sus maestros y le vi auto imponérselos. El resultado de ello nunca fue coactivo, hoy tenemos a un dramaturgo maduro y contundente y así lo atestiguan Blanco, Lindero, Azul, y yo aún espero que otros títulos como Dasha o Nuclear Family encuentren también su espacio en las editoriales. Pero para aquellos que gustan de buscar en la génesis de esta dramaturgia, tras años de vivirlo y sufrirlo, les digo que su potencial está en su alta imaginación, en su locura y en su sentido de la escena. Un teatro que pese a que pudiera sobrevivir con autonomía en libros como este, deja sentir el  impulso de su autor en los escenarios. Su discurso se completa ante un público y la prueba de todo ello, más allá de las incómodas didascalias para directores que cada vez más empiezan a poblar sus textos, se halla en Hold in cold field.

El universo profanado este vez es el de El guardián entre el centeno, la novela de J. D. Sallinger que ha sacudido a generaciones a lo largo del mundo, que marca la consagración del individuo por encima de su contexto y que no nos resistimos a leer una y otra vez en busca de revivir algo de esa rebeldía juvenil. Ese símbolo universal, que pareciera estar tan distante de Cuba, Nelson lo hace nuestro al entrelazarlo con otro suceso impactante de la cultura contemporánea y que también fatídicamente se ligó al libro de Salinger: el asesinato de John Lennon a manos de Mark David Chapman.

Se toma entonces una postura muy particular, pues el fin de la utopía colectiva de los años sesenta que simboliza el crimen se vuelve el viaje del antihéroe que ha de justificar cómo ese final de lo utópico no es a causa de su individualismo. Así de difícil tiene la prueba el Holden Couldfield del esta obra, en su juicio literario, teatral y social. Desde una consulta de psiquiatría se ve obligado a representar una y otra vez sucesos y recuerdos. Pero lo curioso de este viaje introspectivo no es su fábula de por sí seductora, es el cómo se articula la misma, y Beatón lo hace con una libertad que impresiona por su armonía. Desde referentes teatrales evidentes como Equus de Peter Schaffer y el In yer Face británico, aquí se ponen en diálogo referencias al cine de David Lynch, a la serie de animación Bojack Horseman, a la música de The Beatles y a las canciones de Martha Valdés. Por extraño que parezca, en la hibridez de apariencia anárquica es donde emerge el sello de esta dramaturgia. Su mera existencia es una prueba de que Cuba habita por igual en el mundo contemporáneo y puede hablar desde un lenguaje globalizado sin tener que hacer uso de referencias contextuales ni lingüísticas. Por eso también vale tanto el teatro de Beatón y –siempre lo digo– porque hay en su obra un sentir universal y a la vez tan nuestro, que pocos de nuestros dramaturgos pueden presumir. El sentimiento que emana de sus conflictos es reflector de aquellos que no suelen ser “comercialmente” representables.

Los actores con quienes la trabajé me decían que les gustaba porque se sentía diferente, como si pudieran habitar otra realidad distinta a la cotidiana. Para mí siempre fue demasiado mi propia realidad, quizás estas visiones contrapuestas expliquen porque no la llevé a escena en aquel momento.

Creo que hasta Hold in cold field podemos evidenciar un punto de llegada. A partir de ahí el teatro de mi amigo evolucionará como él mismo. No sé los nuevos impulsos que lo atreviesen o cómo cambie su visión de ver el mundo, apuesto a que siempre será un poquito más acertada que la mía porque ve con la brújula de su sensibilidad. Yo creo que es un texto al que volveré como mismo vuelvo a El guardián entre el Centeno, a Fight Club, a los Sex Pistols, a Bojack Horseman, a la Gaviota, a Mulholland Drive, a Partagás. Porque este teatro no se representa, se dialoga con él. Entra en tu mundo de referencias y te enfrenta, le odias a la vez que te enamora. Espero que más temprano que tarde se salden nuestras cuentas pendientes.

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[*] Presentación de Hold in cold field (Ediciones La Luz, 2025) en la Feria del libro de La Habana, 2026.