Andrés Cabrera: El día de los santos inocentes [Fragmento] / Presentación: Nelson Beatón

¡Lo que sea 2008! (Sacramento / Auto de fe para Orlando)
Voy a monologar…
Cada 28 de diciembre vamos a celebrar a Orlando como un hermoso animal romántico adornado con plumas y pieles, perlas y diamantes, sedas y metales mientras se nos cae la casa encima y las brasas que la envuelven llenan de aplausos la escena, y afuera una conga canta: que llegó el picadillo, que ya llegó, y uno de nosotros que hace años cambió de oficio de escribiente por el de chef de bar inventa la primera hamburguesa de plátano con chicharrón de aura y pica la carne mientras recita: 1995 fue un año formidable…, mañana ya es otro año, es lo que quieres que sea, ¡lo que sea 2008!, y sea esto un sacramento/auto de fe para Orlando, Orlando tu vecino, Orlando tu amiguito raro de la primaria, Orlando tu padre y tu madre, el Orlando que llevas dentro y se te sale por la boca cuando ponen a Tiziano Ferro.
Todo esto sucede en el mismo espacio. De pronto Orlando me pide que suba al podio y re-presente la novela o al menos diga qué día no es hoy. Y hoy no es el día de su santo. Ni el día para ir a la playa o de pegarle a Adelfa o de bañarse en el malecón –el maleconazo– ni jugar con la saliva del primo ven-ven ni mucho menos hacerse el poeta y el comparativo y el ejemplificador de influencias de un rey muerto de arenas frías sobre el ego pisoteado de un autor joven. ¡Basta! Se ha cacareado bastante ya, eso cansa, el mismo temita pop de anteayer, cansa.
Compañeres peotas, si 1995 fue un año formidable, 2026 es un año deleznable, horrible, detestable, inflable, incomible, olvidable, irrecordable… Esto no es una ficción. Ni siquiera la novela de Orlando, donde la única salida son las evocaciones de animales, al mar, el único espacio que no es una celda, porque esa casa donde su familia revienta cada tarde con cada gesto y cada palabra sobre cada día es el trauma infantil que intenta borrar todas las noches antes de acostarse. Y siento que Orlando es el portavoz de Adelfa, el portavoz de su abuela, el de la jicotea y también el portavoz de su padre. A partir de eso ya Orlando viene a contarme, cual un chisme por llamada telefónica, su obstine y su miedo, sus ganas de cambiar de realidad; su cuerpo no lo sostiene y quiere ser uno de los veintiocho ángeles cantando un matarile y no una canción antiquísima de 2007: Ay, mira lo que ha caído/ parecen perro y gato, no mujer y marido… Escapar de la violencia intrafamiliar, que es espejo de la violencia del país, solapada por los años de los años y los siglos de los siglos. Lo que nos queda es imaginar un parricidio que no ocurre y luego volar tras la cabeza de la madre hacia la playa, por donde huyó su abuela, para encontrar el descanso que merece desde el día que puso un pie sobre la tierra roja, la más infértil que ojos de niño hayan visto. Este podio de palma donde me han puesto es mi tálamo, desde donde contarles la violencia de la novela de Orlando. Él la ha adornado con paisajes bucólicos y demenciales, costumbristas (si se me permite esta etiqueta tan común), para luego asfixiarnos entre las cortinas, que son su ropa y vestirnos como él, como un hermoso animal romántico adornado con plumas y pieles, perlas y diamantes, sedas y metales mientras se nos cae su casa encima, para que simulemos su infancia, simulemos ser su familia y no sean golpes sino abrazos, cariños, besos, guiños, atención, tiempo de ocio lo que pueda recibir. Orlando necesita un hogar y que lo arropemos dentro, como al hijo querido, inocente, para que no lo hallen esta noche, ni la próxima, ni dentro de mil años, y Herodes se canse de buscar y los ángeles contemplen entonces la paz de quien sueña lejos de todo mal y peligro, amén.
Distanciamiento. Fuera de toda mi palabrería sobre la novela les pido distanciamiento. Digo: quien apenas conoce a su autor y cree que puede adivinar siquiera un poco de lo que narra, está condenado a permanecer oculto y perdido en un campo de lechugas por tiempo indeterminado, hasta que lea el libro y se salve o hasta que el autor lo decida.
Es asombrosa la cantidad de cosas que se pueden ver y leer en la oscuridad cuando uno está dentro de ella, como las ve Orlando. Como quiere él que la vean, porque nada logra expulsar la miseria de las casas, ni la fragilidad ni el dolor de un niño. Porque no se es para siempre santo o inocente, menos si la familia ha decidido explotar como un siquitraque luego de romperte las alas, las costillas, la identidad, quemar tu bicicleta y hacerte tragar la infancia como si fuera saliva, como si fuera sangre, como si fuera el mar…
Agosto 2026
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El día de los santos inocentes [Fragmento]*
Sobre la casa hay doce estrellas y veintiocho ángeles están cantando. Ella está allí, frente a la máquina de coser. Lleva quince días y quince noches haciéndose un vestido. Y yo, que estoy montado en mi bicicleta de gomas macizas, con alas de cartón amarradas a cada lado, voy volando por todo el barrio.
Volando sobre las casas, las matas de mango y los naranjales secos. Desde aquí arriba la escucho: chaca, chaca, chaca. Pedal arriba y pedal abajo. La escucho atentamente; guardándome de la hora en que se levante de esa silla, me amarre a la pata de la cama y me caiga a fuetazos. ¡Muchacho maldito, carajo! Chaca, chaca, chaca.
Voy siguiendo el vaivén del río. Y me encuentro a mi primo sobre una piedra.
Baja aquí, muchachito. Baja y no andes volando como las mariposas y las palomas. Ven, pa jugar a la gallina y al gallo. A la hembra y al marido. Ven, pa enseñarte lo que es bueno. Ven, ven, ven.
Pero no le hago caso a mi primo, que se frota el miembro y le crece tanto como una vara de asar cochinos. Le crece e intenta tumbarme con eso.
Ven, ven, ven.
Y lo esquivo y me voy volando a conocer la playa, los caracoles, a los zapaticos de rosa y a Nemesia, la flor carbonera. Chaca, chaca, chaca. ¡Chuzz!
La máquina se ha detenido. La máquina se ha detenido y mi madre ha acabado de hacerse su vestido.
¡Pedalea, muchacho, corre! ¡Qué si se entera que no estás en la casa, te mata! ¡Qué si se entera que rompiste la plancha de cartón para hacerte un par de alas, te mata! ¡Corre, muchacho, pedalea con fuerza! ¡Con fuerza! ¡Con más fuerza!
Alas arriba, alas abajo, voltereta en el aire. Y ahí viene el Sinsonte a posarse en tu hombro. Y se acerca a tu oído y te dice: no me baño en el malecón, porque en el agua hay un tiburón. ¡Ay, qué rico el tiburón!, y se va.
Y ahora viene una bandada de palomas a cagarte la cabeza. A cagarte la cabeza para que hiedas a mierda de pollo mojada. Porque ahora también viene un aguacero con truenos y mil ráfagas a tumbarte de la bicicleta para que no llegues a tu casa.
Para que tu madre busque y no encuentre las tijeras.
Para que tu madre vea la plancha de cartón tirada sobre el suelo y la marca de las alas.
Para que tu madre salga a buscarte con un fuete y te encuentre volando como las mariposas, como las palomas, como el Sinsonte.
Para que te encuentre hediendo a mierda y te tumbe del aire con solo mirarte y te agarre por el pescuezo y te estrangule por andar volando delante de los vecinos.
Volando.
¡¿Qué pinga zapaticos de rosa y qué pinga flor carbonera, muchacho?!
Volando.
¡Ay, qué vergüenza!
Volando.
Mi madre me agarra por el pescuezo y me lleva con todo y bicicleta para la casa. Y me lanza contra una de las paredes. Y yo me pongo a rebotar de un lado a otro. Hasta que al fin me detengo en el centro del cuarto. Porque esta casa es cuarto, cocina, baño y sala. Todo junto y al mismo tiempo.
Ahí te quedas castigao quince días y quince noches sin comer. Y da gracias de que he sido yo quien te ha agarrao. Porque si llega a ser tu padre quien te agarra… ¡Mira, muchacho, te mata a golpes! ¡A golpes!
Quince días y quince noches. ¡Ay, mimadre, me muero de hambre! ¡Ay, mimadre, pero qué hambre tengo!
Hambre tienes por andar mataperreando por los potreros. Hambre tienes porque no desayunas y to lo vomitas. Pero pa andar en la voladera por to el barrio pa eso sí que no tienes hambre. ¡Ay, qué vergüenza! ¡Si te agarra tu padre nos destripa! ¡Nos destripa!
Ahora mi madre se está probando el vestido. Un vestido azul, hecho de retazos. Un vestido de mujer pobre; hecho a mano. ¡Qué linda se ve mi madre con ese vestido de mujer pobre!
Mi madre a sus veintitantos años.
Mi madre con su pelo negro y su piel blanca.
Mi madre con sus uñas recortadas de tanto comérselas para matarse el hambre.
Qué linda se ve mi madre con su vestido de mujer pobre y muerta de hambre.
Qué linda se ve.
Mami, ¿y qué vamos a comer hoy?
¡Mal rayo me parta, maldita sea! ¡Ya estás como tu padre! ¡Desgraciao, maldito, abusador; que me tienes encerrá en esta casa como a una esclava! ¡Yo, que solo tengo veintitantos años y todavía juego escondida a las muñecas! ¡Desgraciao! ¡Porque no tuve infancia! ¡Desgraciao! ¡Porque lo que yo quiero es ponerme este vestido y salir a bailar en los carnavales! ¡Porque lo que yo quiero es tomar cerveza hasta que caiga muerta de la borrachera! ¡Porque lo que yo quiero! ¡Porque lo que yo queiro! ¡Ay, repinga! ¡¿Qué coño es lo que yo quiero?!
¿Qué vamos a comer hoy? ¿Qué vamos a comer hoy? ¿Qué vamos a comer hoy?
¡¡¡Cojones, hoy vamos a comernos lo que yo cago!!!
¡¿Cómo es eso, mujer?! ¡¿Cómo es eso?!, grita mi padre, enfurecido.
Ayayay, prepárense, ayayay.
Ahora mi padre ha entrado a la casa botando candela por la boca, sangre por los ojos y el olor a alcohol invade todo esto.
Mi padre ha entrado con el rabo en la mano y le da rabazos a las paredes y al suelo con toda su furia.
Dime, mujer. Paff, paff, paff. ¿Cómo es eso que tú dices? Paff, paff, paff. ¿Cómo es eso de que vamos a comernos lo que tú cagas?
Así, mira: me agacho y voy regando bolitas de mierda por to la casa. Y entonces ustedes vienen detrás, como dos verracos, y se comen lo que yo he cagao. ¿Sabes por qué? Porque en esta casa no hay na que llevarse a la boca y ese angelito se está muriendo de hambre. Mira la flacura que tiene. Mira esa cabeza, que parece un pollo. Mira la piel de ese niño; parece un muerto.
¿Y ese vestido que te has hecho, so puta? ¿Tú piensas que yo voy a dejar que te pongas esa mierda? ¿Tú piensas que yo voy a dejar que andes por ahí pegándome los tarros?
¿Más tarros de los que me has pegao tú a mí, so singao?
¡¿Qué fue lo que tú dijiste?! ¡¿Qué fue lo que tú dijiste?! ¡Ahora sí voy a acabar contigo, mujer! ¡Ahora sí voy a acabar contigo!
Mi padre ha soltado su rabo al suelo, que revota y va dando tumbos por toda la casa haciendo tremendo estruendo, y se le ha lanzado al cuello a mi madre para matarla. Ella ha salido corriendo por las paredes y por el techo. Van uno detrás del otro, acabando con todo a su paso.
Y yo, que estoy metido en el medio, voy a dar afuera de la casa. Porque mi padre me ha agarrado y me ha lanzado contra mi madre como si fuera yo un búcaro. Y se forma la corredera, la gritería y el chisme. Y viene una vecina con una pala a recogerme del tierrero donde estoy noqueado. Viene vestida de blanco. Y se acerca a mi oído y me dice: ¡Qué rico el tiburón! Y yo abro los ojos y la veo como un ángel. Y sé qué significa eso que me ha dicho. Sé que en realidad es el Sinsonte vestido de mujer. El Sinsonte ante mis ojos. Y me duermo tan profundamente que casi me convierto en espuma.
En la casa está mi madre con un ojo hinchado y un cuchillo en la mano. Mi padre está frente a ella, recostado a la pared de la cocina.
Te juro que te voy a matar si vuelves a ponerme un deo encima, maldito.
Tú eres mía y hago contigo lo que me dé la gana. ¿Tú no entiendes, mujer, que sin mí tú no eres nada?
Y allí están los vecinos mirando aquello, con el corazón en la garganta. Allí, viendo como cae el cielo sobre aquella casa de placa hundida y ventanas de cartón bagazo.
Allí están los vecinos viendo a mi madre desnuda, frente a mi padre también desnudo. Uno frente al otro a sus veintitantos años. Allí está mi madre mirándolo a él directamente a los ojos. Y él mirándola a ella con su sonrisa de pícaro y malo. Y su rabo, que se mueve de arriba a abajo como una cobra para engatusarla, para convencerla de bajar la mano, de bajar el cuchillo, de entregarse a él para que la haga pedazos.
Allí están mis padres desnudos, con un cuchillo en la mano, con el rabo entre las piernas, con la mirada fija en los ojos del otro, con la sonrisa pícara, los pelos erizados, y el sudor corriéndoles por el pecho, por las tetas, por las nalgas, con el coro de vecinos mirando aquello, con el corazón en la garganta.
Tucutún, tucutún, tucutún.
Y el vestido.
Tucutún, tucutún, tucutún.
Y el vestido azul desgarrado sobre el suelo.
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[*] Andrés Cabrera, El día de los santos inocentes. Ediciones La Luz, Holguín, 2026.
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