William Navarrete: Entrevista a Luis de la Paz / ‘No puedo sentir nostalgia de un sitio en el que me acosaron la mayor parte del tiempo’

Autores | Memoria | 26 de agosto de 2026
©Luis de la Paz en La Habana, en 1972 / Cortesía

Conocí a Luis de la Paz en Miami a finales del siglo pasado. No sabría precisar exactamente dónde ni a través de quién, pero, haciendo cuentas, hemos colaborado desde entonces unas 40 veces, ya sea reseñando mutuamente nuestros libros, participando en antologías organizadas por uno u otro o presentándonos en eventos literarios en la ciudad. 

En 2001, Luis me invitó a colaborar en una antología en homenaje a Reinaldo Arenas titulada Reinaldo Arenas, aunque anochezca (Ediciones Universal), en la que publiqué el poema “Eclipse de sol”. A su vez, un año después, lo invité a participar en la antología de 32 autores por el centenario de la República de Cuba, publicada por esa misma casa editorial, y para este voluminoso libro escribió un ensayo sobre literatura cubana titulado “Rostros de la narrativa cubana”.

Luis de la Paz es, además, colaborador permanente del PEN de Escritores Cubanos en el Exilio y fundador de casas editoriales y revistas literarias. También es el creador de los Viernes de Tertulia, un evento literario que tiene lugar el tercer viernes de cada mes desde hace 14 años en la sede del Ballet de Miami, conocida como La Casona del Ballet, al principio de la calle Flagler.

No lo había incluido en esta serie porque lo creía más cercano a mi generación, es decir, a la de los nacidos en la década de 1960. Sin embargo, recientemente, una publicación suya en redes sociales en la que recordaba que había cumplido 70 años me hizo cambiar de idea. Nacido en la década de 1950, cumple la condición esencial para ser entrevistado en el proyecto “Como el ave fénix”, y aquí les dejo lo que sobre su vida y su obra afloró de nuestra larga conversación.

―No escaparás, como no ha escapado ningún entrevistado, al recuento de tus orígenes. ¿Quiénes fueron tus padres y abuelos?

―Mi padre, Luis de la Paz García, era habanero. Antes de las nacionalizaciones castristas trabajó en las oficinas de la Goodyear, una fábrica de gomas para automóviles que estaba en la barriada de Puentes Grandes, y luego en la Goodrich, situada cerca de San José de las Lajas. Cuando la empresa fue confiscada, continuó trabajando en las mismas oficinas.

Sus padres eran también cubanos, originarios de Batabanó, al sur de La Habana. Luis de la Paz, mi abuelo paterno, fue bombero en su pueblo y luego, cuando se trasladó a La Habana, llegó a ser juez del municipio de San Miguel del Padrón. A Esperanza, la madre de mi abuelo, nacida en Canarias, sí la conocí muy viejita. La primera vez que fui a un velorio en mi vida fue al suyo. A Ángela, mi abuela paterna, no la conocí pues murió durante el parto de mi padre. En casa tuvimos una fotografía de ella que, con el tiempo, se extravió. La recuerdo en ese retrato como una mujer vistosa, elegante y bella.

Mi madre, Lilia Freyre Senra, era habanera. Pero sus padres venían de una aldea de la provincia de Lugo, en Galicia, y se llamaban Antonio y Carmen. No los conocí. Solo sé que no tenían a nadie en Cuba cuando llegaron y que eran de aquellos emigrantes de los que se decía que se habían ido “a hacer las Américas”. Mi abuela venía de una aldea donde los lobos merodeaban alrededor de las casas en busca del calor de las lumbres. Para que tengas una idea de lo rural que era su medio, no conocía el mar antes de embarcar en La Coruña en el barco que la llevaría a Cuba. Mi mamá decía que mi abuela contaba que en Galicia nunca había visto a un negro y que quedó muy sorprendida cuando vio al primero al llegar a La Habana.

Al parecer, recién emigrados y sin muchos medios, encontraron un cuarto en un solar cerca de la calle Águila. Tuvieron, además de a mi madre, un hijo varón llamado Antonio y otra niña, que murió muy joven de tuberculosis.

―¿Tienes recuerdos del barrio de tu infancia?

―Ese barrio fue el de mi infancia y también el del resto de mi vida en Cuba, pues siempre viví en Santos Suárez. Puedo decir que allí nací, el 13 de agosto de 1956, y que vivía en la calle Figueroa, frente al Colegio Hebreo, donde cursé la escuela primaria. Era un barrio en crecimiento, habitado por familias de clase trabajadora y clase media, lo que se dice un barrio popular, con muchos comercios que poco a poco fueron desapareciendo durante la década de 1960, cuando empezó el Gobierno a intervenir negocios, como la quincalla, la verdulería, la bodega, etc. Yo fui testigo de cómo todo fue decayendo.

Era un barrio lindo, muy lindo en general. Puedo decir que tuve una infancia agradable, a pesar de las pérdidas físicas que empecé a observar después de 1960. Por supuesto, tengo recuerdos especiales, como el del 4 de marzo de 1960, cuando explotó el barco francés La Coubre en el puerto de La Habana. Yo estaba jugando en un placer cerca de casa con otros muchachos y recuerdo que mi madre vino corriendo a buscarme y que, justo en ese momento, vi en el cielo el hongo provocado por aquella estrepitosa explosión.

©Luis de la Paz con su padre / Cortesía

―¿Tuviste a alguien que influenciara entonces en tu modo de pensar?

―Tuve una tía paterna llamada Zoila, que también era mi madrina y a quien considero un ser excepcional, pues me enseñó muchas cosas de la vida y me hacía ver cómo iban destruyéndolo todo poco a poco. Sin embargo, nunca me mencionaba la causa de aquel deterioro para no perjudicarme con lo que, como niño, pudiera comentar en público después. Todos los domingos salíamos a pasear. Me llevaba en la lanchita al caserío de Casablanca, del otro lado de la bahía, y juntos subíamos hasta el sitio donde se encuentra la escultura del Cristo de La Habana. Desde allí se disfrutaba de una vista espectacular de la ciudad, hasta que un día no pudimos volver porque cercaron el sitio y lo declararon zona militar. Incluso plantaron matas para que la escultura quedara cubierta y no pudiéramos verla desde la otra orilla.

Mi tía también me llevaba a una cafetería llamada La Estrella de Oriente, en la calle Galiano, donde siempre comía un sándwich con un batido, pero un buen día se acabaron los sándwiches y empezaron a vender unos fiambres raros llamados “platillos voladores”. Después de la Ofensiva Revolucionaria de 1968, llegamos a la cafetería y la encontramos definitivamente cerrada.

―¿Y tu escolaridad?

―Vengo de una familia de seis hermanos: cinco mujeres y yo. Éramos muchos y, por eso, a una de mis hermanas y a mí nos enviaron a las clases de hebreo por las tardes (las de la mañana eran en español). Era una manera de tenernos, por lo menos, ocupados fuera de la casa y, decía mi madre, aprendiendo. Para mí aquello fue un desastre, pues imagínate que ya estaba escribiendo con la forma hebrea, es decir, de derecha a izquierda, y tuvieron que sacarme de aquellas clases vespertinas.

Poco después confiscaron la escuela, que pasó a llamarse Albert Einstein. Aunque le cambiaron el nombre, los muchachos judíos siguieron tomando clases allí por las tardes, hasta que suspendieron la enseñanza en hebreo. 

Luego cursé la secundaria en lo que había sido la Academia Valmaña, a la que le cambiaron el nombre por el de Simón Bolívar. Allí tuve un profesor de Historia al que todos temíamos porque respondía a nuestras preguntas con otra pregunta. Siempre nos decía: “¿Y tú qué piensas?”. Ahora me doy cuenta de que era brillante.

Otra maestra tenía una frase para cuando estábamos inquietos: “Muchachos, contrólense, que esto no es la Constitución de 1940 ni la libre empresa”. Un día le pregunté qué eran ambas cosas. Nunca me respondió, pero tampoco volvió a utilizar la frase.

―¿Dónde cursaste el bachillerato?

―No hice el preuniversitario. Empecé a trabajar en 1974 en una fábrica en El Cerro en la que elaboraban productos de goma, como juntas para ollas de presión y tacones para zapatos. Quedaba cerca de la antigua fábrica de Canada Dry. Estuve un tiempo trabajando allí hasta que pasé a otro sitio relacionado con el recape de gomas, donde empecé como operador de una máquina y terminé como supervisor en el departamento de calidad.

Fue entonces cuando me di cuenta de que había cometido un error al dejar la escuela. Decidí retomar los estudios a través de los cursos nocturnos para trabajadores, con miras a terminar el bachillerato. Cuando me gradué de lo que equivalía al preuniversitario, hice las gestiones para estudiar Periodismo, pero no me dieron la carrera porque estaba reservada para “los revolucionarios”. Como quería estudiar a toda costa, acepté la opción que me ofrecieron: Ingeniería Química en la Ciudad Universitaria José Antonio Echeverría (CUJAE), en 1977.

―¿Pudiste terminar la carrera?

―¡Ni en sueños! Tomaba clases en el curso para trabajadores mientras seguía trabajando en lo de las gomas. Yo no había tenido que pasar el Servicio Militar por mis problemas de la vista, de modo que me pusieron en algo que llamaban “la reserva”. En 1978 me llamaron como reservista para enviarme a la guerra de Angola. Me llevaron a un sitio en la avenida de Acosta, donde se encontraba el Quinto Distrito. En el patio habían congregado a unos 2.000 hombres. Desde la tribuna dijeron que quienes no desearan ir a Angola debían dar un paso al frente. Solo cinco nos adelantamos.

Entonces me llevaron a una oficina para que diera explicaciones. Les dije que, debido a mis problemas de vista, no creía que fuera prudente, pero ellos no aceptaron mis excusas y pusieron como ejemplo al Che, que era asmático. Al final tuve que decirles que, si yo luchaba, era por Cuba, pero no por un país extranjero.

―Me imagino que tal comportamiento te lo habrán hecho pagar…

―¡Así mismo! A partir de ese momento empezó el descalabro de mi vida. Me retrogradaron en el trabajo y, en las clases, me hicieron una especie de juicio valorativo para expulsarme, pero no les di el gusto, pues empecé a recoger mis libros y me largué sin que la reunión hubiera terminado. En el trabajo me pusieron en la planta como operador de máquinas y me sacaron del puesto de supervisor.

En 1979 estuve a un tilín de que me aplicaran la llamada “Ley de peligrosidad”, según la cual no necesitabas cometer delito alguno para que te condenaran a varios años de cárcel.

―¿Cómo logras salir de este atolladero?

―El puente migratorio del Mariel me salvó. Cuando me enteré de los sucesos de la Embajada del Perú, fui hasta allí y vi que era muy fácil saltar la cerca. Volví a buscar a mi familia y, cuando regresé a Miramar con todos, nos encontramos con que ya habían bloqueado toda la zona de la embajada y ni siquiera podíamos acercarnos.

Cuando poco después comenzó el éxodo del Mariel, me presenté en una estación de la Policía y me identifiqué como “escoria” y como “homosexual”. Entonces, una muchacha muy jovencita me dijo: “No, tú no eres homosexual, tú eres maricón”. Y cuando me preguntó quién era mi pareja y le dije que solo tenía encuentros ocasionales, afirmó: “Ah, entonces tú no eres homosexual, tú eres una puta”.

Todo esto lo he contado en mis libros. Por eso, cuando me han preguntado si algún día voy a escribir mis memorias respondo que mis memorias son mis libros. 

Me inscribí, esperé y, días después, se presentó un tipo en una motocicleta en la casa y me entregó un papel en el que decía que tenía 10 minutos para presentarme en la intersección de las calles Carvajal y Buenos Aires. De allí, en una guagüita, me llevaron con otras personas hasta el centro de El Mosquito, donde congregaban a los que se iban por el Mariel, y nos dijeron que durante el trayecto hasta el puerto nadie podía hablar ni chistar.

Hice aquel viaje consciente de que sería la última vez que vería Cuba. Desde el Mariel viajé a Cayo Hueso en un camaronero con 260 personas a bordo. Aunque el capitán del barco decía que el mar estaba tranquilo, las olas eran descomunales y el barco se iba despedazando.

―¿Cómo fue tu llegada al exilio?

―Cuando me fui, mis padres y hermanas empezaron el proceso y llegaron a Miami antes que yo, pues de Cayo Hueso me mandaron directamente a un campamento en Pensilvania, donde estuve dos meses. Ellos llegaron a Estados Unidos una semana después, pero pudieron ir directamente a Miami. De modo que, cuando puse un pie en la ciudad, mis padres y hermanas ya estaban allí.

Tuve suerte de establecerme en Miami y de reencontrarme con mi misma familia, lo que me convertía en un privilegiado. Busqué trabajo relacionado con lo que había hecho en Cuba y estuve alrededor de un año en ese tipo de negocio, que también fue decayendo porque ya no se recauchaban las gomas. Luego estuve en un taller cambiando gomas. Más tarde, en 1983, empecé a trabajar en una compañía de alquiler de automóviles en el aeropuerto, en la que trabajé durante 38 años, hasta que me retiré.

Recuerdo que, al principio, hice gestiones para trabajar en la radio, pero nunca conseguí hacerlo como redactor ni en nada que tuviera que ver con la literatura o el periodismo. Sin embargo, al final, me salí con la mía y puedo decir que durante toda mi vida en el exilio he tenido dos trabajos: uno para ganarme la vida y otro espiritual, motivado por mi interés por el periodismo y la literatura.

―Sobre eso quería preguntarte. ¿Cuándo y cómo empezó tu interés por la literatura?

―A principios de la década de 1970 conocí a José Abreu Felippe, quien empezó a sugerirme lecturas y a motivarme para que escribiera. Fui abriendo mi apetito literario y, a través de José, conocí a Reinaldo Arenas en una librería. Ya había leído su novela Celestino antes del alba.

En esa época participé en las tertulias que hacían los tres hermanos Abreu (José, Nicolás y Juan) en su casa del reparto Poey y me quedaba asombrado al ver cómo los tres, junto a Reinaldo, debatían con profundidad sobre muchos libros que yo no había leído. Solían leer un mismo libro y luego debatir sobre lo que habían leído. Uno de los hermanos defendía la postura del autor y otro tenía que atacarla. Era un método que ayudaba a entender los libros desde diferentes ángulos. Fue algo que me enriqueció mucho como lector y también como escritor. Nos íbamos al Parque Lenin a leer poemas y cuentos, siempre vigilando que la Policía no viniera a buscar a Reinaldo.

Allí se leyó la primera versión de Otra vez el mar. Todo era muy hermoso, aunque siempre vivíamos con el temor de que llegara la Policía. Cuando Reinaldo se escondió en el Parque Lenin, fueron los hermanos Abreu quienes le llevaban de comer. Juan Abreu escribió sobre esto en su libro A la sombra del mar y lo hizo en primera persona para no perjudicar a sus otros dos hermanos.

También hicimos una revista literaria llamada Ah, la marea. Solo sacamos dos números, impresos artesanalmente en un mimeógrafo, pero para nosotros aquello constituía un acto de absoluta libertad.

Cuando Reinaldo salió de la cárcel, José y yo lo encontramos en la Cinemateca. Fuimos a orillas del río Almendares, donde nos contó sus experiencias en prisión. Recuerdo que nos dijo que en la cárcel nunca tuvo relaciones sexuales con nadie, pues para él el sexo era algo relacionado con la libertad.

―Pero en Miami sí logras formar parte de importantes proyectos literarios…

―Empecé a hacer gestiones en los periódicos en español, que entonces eran solamente El Miami Herald y el Diario Las Américas. Gracias a la pianista Zenaida Manfugás, empecé a colaborar en este último. Zenaida ofreció un concierto de música clásica y le dije que, si hubiera tenido dónde escribir, le habría hecho una crítica. Ella me respondió: “Escríbela, que hablaré con el Dr. Aguirre”, es decir, con el propietario del diario. Así empecé a escribir esporádicamente hasta que en 1994 inicié una sección fija titulada “Cinco preguntas a…”, en la que, por cierto, tú fuiste uno de los entrevistados, el 26 de noviembre de 2000.

Algunas de esas entrevistas las compilé en un libro titulado Soltando sorbos de vida. También empecé a colaborar con un suplemento llamado “La Revista del Diario”, que dirigía Jesús Hernández, y a hacer reseñas de libros, críticas de teatro, etc.

Nancy Pérez Crespo nos abrió las puertas a muchos escritores para que presentáramos nuestros trabajos en su librería SIBI. Algunos, como Nicolás Abreu y yo, incluso trabajamos allí como libreros. Nancy fue muy importante para los escritores del Mariel, como también lo fue Carlos M. Luis para los pintores, a través de su galería Meeting Point, que estaba donde se encuentra ahora Books & Books, en Coral Gables.

©Luis de la Paz y José Abreu Felippe, en agosto de 2025, Miami / Cortesía

―También fuiste parte de la revista Mariel. ¿Puedes hablarnos de esta?

―Después del éxodo del Mariel llegaron a Miami muchos artistas y escritores. Se creó todo un grupo relacionado con aquel puente migratorio. Era la primera vez que se constituía un grupo grande de exiliados cuyo denominador común era la cultura. Fue así como, gracias a una idea de Reinaldo Arenas, surgió la revista Mariel, pues no había nada similar, con la excepción de Noticias de Arte, que dirigía Florencio García Cisneros en Nueva York, a quien Reinaldo llamaba jocosamente “el Cisne-Eros” y cuya revista bautizó como “Noticias de Marte”, con ese humor ácido y ocurrente que lo caracterizaba.

Mariel alcanzó mucha fuerza, pues acogió no solo a los llegados con el éxodo, sino también a muchos de los que habían salido antes. Se publicaron ocho números. La revista también fue atacada cuando se hizo un homenaje a José Lezama Lima y a Virgilio Piñera por haber muerto ambos en Cuba. Como siempre, no faltaron quienes dijeran que se le estaba haciendo el juego al comunismo.

Reinaldo vivió solo unos meses en Miami, en la calle 7 del Northwest, casi llegando a la avenida 57, antes de irse a Nueva York. Fui a verlo allí, donde vivía con Lázaro. Recuerdo que Nancy Pérez Crespo le hizo una linda despedida, a la que también asistí. Después venía a Miami de visita, pero solo a Miami Beach.

―Te conocí en la época en la que empezaste la revista de arte y literatura El Ateje. ¿Puedes hablarnos de este proyecto?

―El Ateje fue una revista literaria de arte y literatura con varias secciones. La fundé en 2001 y se mantuvo hasta 2008. La comencé con un número en el que publiqué a 14 cuentistas cubanos, todos hombres. Enseguida me atacaron y las mujeres empezaron a proferir insultos porque no había puesto ninguna voz femenina. La revista terminó con el número 22 dedicado al escritor Carlos Victoria, quien había fallecido poco tiempo antes. Yo escogía los textos y la parte de la maqueta la hacía Jesús Hernández, a quien le estoy muy agradecido porque me ayudó a entrar en la “Revista del Diario” y también aportó mucho para que pudiera realizar El Ateje.

El Ateje se transformó en editorial desde la pandemia de COVID-19 en 2020. No publico muchos libros, solo unos 10 al año, y se enfocan fundamentalmente en literatura cubana. Para mí es muy importante rescatar la obra de los escritores que ya no están con nosotros. Por eso he publicado de manera póstuma libros de Reinaldo Bragado Bretaña, Armando de Armas, Roberto Valero y Leandro Eduardo Campa. Publicaré uno el año próximo de Carlos Victoria por el vigésimo aniversario de su muerte.

―Tu relación con el PEN Club de Escritores Cubanos en el Exilio ha sido también muy importante…

―Nunca me ha gustado pertenecer a organizaciones políticas, pero sí a las culturales. El PEN es una asociación cultural de relevancia internacional para los escritores cubanos. Fui de los primeros en incorporarme a ella, en 1994. A partir de 1996 empezamos a realizar actividades mensuales. Participé como miembro, luego como vocal, después como vicepresidente, junto a Armando de Armas, y finalmente como presidente en 2020.

Mi etapa como presidente coincidió con el centenario del PEN Internacional. Creé las Ediciones PEN. Los escritores cubanos del exilio no tenemos un país que nos represente; por eso tenemos que esforzarnos en darnos a conocer por nuestros propios medios. Con ese propósito me propuse publicar tres libros: Poetas y narradoresEnsayistas y periodistas y Voces femeninas del PEN.

―¿Para desquitarte por aquella rebelión femenina a raíz de El Ateje?

―[Risas] No. Digamos que no por eso.

―¿Has pensado regresar alguna vez a Cuba?

No he sentido esa inquietud. Soy de esos cubanos que no sienten la menor nostalgia por Cuba. Me entristece lo que allí está pasando. Ahora, gracias a la tecnología, podemos ver lo que antes solo podíamos escuchar. De modo que me doy cuenta de la extraordinaria suerte que tuve de haber salido de ese lugar. No puedo sentir nostalgia de un sitio en el que me acosaron la mayor parte del tiempo; de regresar, sentiría que estoy aquejado por el síndrome de Estocolmo.

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Publicación fuente ‘Cubanet’