Miguel de Marcos: Danzas de Zululandia / Crónicas [Prólogo: Dolores Labarcena y Pedro Marqués de Armas]

Archivo | Autores | 13 de octubre de 2026
©Fragmento de la portada de ‘Danzas de Zululandia’ en Potemkin Ediciones

Aquí los dejo con dos de los artículos de lo que es ya el rescate del año: Danzas de Zululandia. Crónicas de Miguel de Marcos (Potemkin Ediciones, 2026), libro que recoge el gran periodismo (ácido, caricaturesco, irónico…) del autor de Papaíto Mayarí y Fotuto.

De propina, un jugoso fragmento del prólogo que los escritores y directores de la editorial Dolores Labarcena y Pedro Marqués de Armas prepararon para esta edición.

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Miguel de Marcos: un orbis pictus risueño

No se habían cumplido dos años de su muerte cuando su amigo y colega en el bregar periodístico, el poeta Arturo Alfonso Roselló, publicó bajo el título Itinerario (Instituto Nacional de Cultura, 1956) una oportuna selección de aquel exitoso espacio del Diario de la Marina. Todo presagiaba un buen viaje póstumo para su obra, y estaba bien que fuese alguien tan serio y ceremonioso –en sus antípodas al decir de muchos– quien ordenara esa muestra casi a modo de viático. Por cierto, al Libro de Cuba de Roselló, fastuosa enciclopedia del medio siglo de existencia de la República, Miguel de Marcos dedicó el último artículo que firmara en vida, como si hubiese un vínculo subrepticio entre dos maneras de concebir aquella época de la que fueron protagonistas: el aplicado monumentalismo del uno y los risueños panoramas caricaturescos del otro. En su prólogo a Itinerario, Roselló se disculpaba de no haber podido realizar un trabajo más consistente, haciendo votos porque algún día se recogieran sus mejores crónicas, dispersas en decenas de revistas y periódicos. No obstante, admitía que su selección contenía textos apreciados por el autor, quien los habría conservado en un catálogo de recortes, y que tales artículos encarnaban su «plena madurez de escritor».

A diferencia de otros proyectos anunciados a tumba caliente y que quedaron en intenciones, al menos este se concretó. Todavía en vida Miguel de Marcos, el erudito Chacón y Calvo sugería recoger su valiosa producción, que calculaba daría para unos veinte volúmenes. Desde entonces ha pasado nada menos que la friolera de setenta años en los cuales, si bien sus libros capitales se reeditan, tal labor a cuenta del Plan Editorial socialista tarda un cuarto de siglo en ejecutarse y no deja rastros significativos en la crítica; en los cuales estudiosos y antologuistas pasan olímpicamente de largo, mientras los dómines del canon se ceban en excluirlo; en los cuales nadie se pregunta –pese a las numerosas alusiones tras su fallecimiento– por el destino de San Regodeo, la novela que quedará inédita, ni por el libro de ensayos que dejó ordenado, entre otros trabajos que preparaba; en los cuales, y tanto dentro como fuera de la isla, varias generaciones de académicos y de escritores no le dedican un solo homenaje, un mínimo dossier. Una conjura, pues, de lesa desidia, más allá de las explicaciones que podría tener. Esto es, un olvido tan dilatado como funesto, que habla sin titubeos de una tradición literaria errática, como de sus endebles –y también caprichosas– voluntades. Aproximadamente pasó tras el gesto de Roselló el mismo tiempo en que el cometa Halley se acerca a la tierra, y ningún espíritu amigable arrostró la tarea de rescatar esa parte esencial de su obra que es el periodismo literario.

Quienes lo trataron de cerca –y no son escasos los testimonios– aseguran que jamás denotó frustración respecto a su carrera literaria y que siempre tiró a mondongo la cuestión de la posteridad. Gaston Baquero, su otro amigo cercano –y el único entre los origenistas que creyó en su genio y que supo ver al poeta que lo habitaba, al hacedor de sorpresas verbales–, escribió lo siguiente: «Para explicarse y admirar más la personalidad literaria de Miguel de Marcos, conviene recordar que el humorismo, la sana ironía, la sonrisa que mueve imperiosamente a rectificar, resultan difíciles y casi inalcanzables para las gentes de raíz hispánica. En el español, el humorismo casi siempre coincide con una máscara de la crueldad». Según Baquero, en él se da una genuina capacidad para quitarle dramatismo a la existencia «sin desdeñarla ni menospreciarla», lo que resulta una conquista espiritual, un triunfo sobre «la raza» adjudicable a su formación hondamente humana. Una ascesis o entrega de sí desde sus comienzos literarios, que conduce a una victoria de la cultura sobre el pathos, donde la elegancia gálica y el equilibrio helénico se imponen sobre la hiel y el palo, es decir, sobre el malhumor hispánico.

No habría que soslayar, sin embargo, la no menos visible dimensión cervantina que comparte con Azorín, Gómez de la Serna, W. Fernández-Flórez y Julio Camba, distinguiéndolo como uno de los mejores artífices en lengua española en esa senda en que esplende, junto a la ironía fantástica y el noble escepticismo, lo que se ha dado en llamar la «ternura humorística». Ciertamente, algo de reflexiva piedad se trasparenta tras sus burlas, aunque sin llegar al carácter pedagógico que le atribuye Baquero. Para Miguel de Marcos el humor es sobre todo un efecto del lenguaje, un derroche, una gozadera, aunque lo anime cierta amortiguadora querencia. Como advirtió Jorge Mañach, fue sobre todo el creador de un estilo propio y, por tanto, un humorista que tenía necesariamente que centrarse en las formas. «Mucho de él fue solo verbal», afirmó al explicar las particularidades de su expresión: «Consistía en un lenguaje: en aquel idioma suyo, tan conocido como inolvidable, hecho de vocablos coruscantes, de epítetos aparatosos aplicados a lo ínfimo, o, por el contrario, de adjetivos humildes elevados a gran categoría descriptiva… Lenguaje a veces abusado, pero siempre de una inventiva barroca que apenas tiene parangón en las letras hispánicas modernas».

Ahora bien, a Mañach, que reconoce algo así como un grado cero en su condición estilística, y tras sus bromas, una suerte de descreimiento absoluto, todo eso lo perturba y no puede dejar de preguntarse si sentía alguna pasión al margen de la literaria, si le importaba –por ejemplo– la política o el destino de la nación. Cierto que encuentra la respuesta en su probidad o entereza civil, aunque casi tiene que irse al plano privado cuando alguna vez lo vio enfadarse. Sin embargo, tanto Mañach como Baquero pierden de vista determinados matices al observar cada uno desde su propio monóculo. Desde luego, Miguel de Marcos no fue inmune a la realidad por más que la mirara de reojo. En gran medida había perdido la fe. Si nunca fue crédulo, con los años se acrecentó no solo su escepticismo, sino también su desencanto y conciencia del desastre. Una cosa era aplicar el amortiguador para producir un efecto, y otra muy distinta creerse la fábula sin pies ni cabeza de la nación y su historia. En «Crónica de los años ingenuos», una de las más significativas, apunta:

Sospecho que al entrar en 1954, Cuba perdió la ingenuidad, aquella ingenuidad radiosa de los primeros años republicanos. Me parece que adquirió la malicia. Eso no es muy grave porque los pueblos necesitan poseer una dosis masiva de burla contra los apóstoles de café-concert. Lo malo es que ya tan lejos de los años iniciales la patria se pobló de odios estúpidos. Nunca tuve el gusto por predicar, ni siquiera me tentó ese deporte ocioso y estéril que consiste en clamar en el desierto. Después de todo, cada hombre tiene su técnica, recta o cursiva para vivir con su culpa, con su sueño, con su fantasma. Al erigir estas formas, estas expresiones de la infancia republicana, no me guía el propósito de hacer la lección, como suele decirse. No es modestia. Pero con estas cuartillas vacías, con estas imágenes del «buen tiempo viejo» no anhelo el canuto, diplomado y consagrador, de convertirme, durante quince minutos, en el cronista de los años ingenuos. De todas maneras, qué demonio: la República naciente era un poco aldeana y trivial, si se quiere, pero irrecusablemente bella, con la gracia y en la frescura de su candor.

Muchas veces se refirió al «pie erróneo de la criatura humana» para aludir a la torpeza del indígena, como define más a menudo al cubano en todos sus estamentos. En «El hombre-sándwich» (D.M., noviembre 20, 1954), casi sin venir al caso –pero, por lo mismo, tanto más persuasivamente– se dirige hacia uno de los personajes para hacerle entender: «Ah, mi querido amigo, empiezo a sospechar que Cuba, nuestra tierra bendita y luminosa, es propicia a las extinciones, a las pequeñas catástrofes, a las mudanzas extraordinarias, a eso que algunos autores llaman el crepúsculo de los dioses. Nuestra breve y dulce historia es fecunda en esas tragedias de formato reducido». Al igual que Baquero, pero sin inmutarse –y sin duda en tono si no más sapiente, sí más decantado e irónico– pronosticó lo que estaba por venir:

Estamos en presencia de un hecho excepcional: la potencia vital de la República. Cuba lo ha resistido todo durante cincuenta y dos años, desde los bribones hasta los redentores. Eso viene a probar nuestra irrecusable vitalidad. Si las cosas se examinan de cerca uno comprende que la tesis de la República vital, –especie de salamandra milagrosa que ha cruzado por todos los fuegos sin quemarse– encontrará en breve adeptos numerosos y entusiastas. Antes de cumplir el primer cincuentenario de la República fuimos un pueblo demasiado joven. Había una especie de franquicia para nuestros disparates porque la adolescencia nos salvaba de todos los pecados. Ahora empieza a funcionar la doctrina de la vitalidad. Una Republica que a lo largo de cincuenta años ha resistido tantas furias, tantas calmas, tantos crepúsculos, tantas aboliciones y catástrofes –sin excluir en estos días la apoteosis caudal del pucherazo y la resurrección victoriosa del manengue, que era el hombre olvidado– demuestra, de una manera positiva, su vitalidad. Y esto, en verdad, no puede ser subestimado, porque comprueba, en la República que empieza a andar, por los caminos de la madurez, un cuidado vigilante y asiduo por el confort glandular. De todas maneras hay una especie de divertida coincidencia entre las dos doctrinas. En verdad, la doctrina de «somos un pueblo demasiado joven» conjuga con esta nueva doctrina de «la República vital que lo ha resistido todo durante cincuenta y dos años». Es como si la tesis explicativa del pueblo adolescente se uniera a la tesis centelleante del canguro fosfórico y vital.

Se dirá lo que se quiera. Pero, a veces, sobre todo en las horas bruscas y en las horas difíciles, los fabricantes de doctrinas saben crear, sin apariencias poéticas rituales, las más bellas esperanzas, las más puras ilusiones. («Los fabricantes de doctrinas», D.M., noviembre 11, 1954.)

En resumen, estamos ante una mente avisada, alerta. Y ante un humorista que colocó la política al mismo nivel que cualquier otro aspecto de la sociedad, rebajándola como una trivia más, como peligrosa cháchara de tunantes, y desnudándola en su propósito de consolidar su eutrapelia estilística. Como se ha dicho, ya desde los años veinte se gesta esa manera suya donde las ideas –siempre cuantiosas, sin que falten las citas cultas– se ponen al servicio de crear «situaciones» que parecerían inagotables, como si se las sacara una y otra vez de la manga, cuando lo que está en juego es su habilidad para gozar el lenguaje e invencionar las tramas más disímiles. Un lenguaje-inventario, después de todo, en el sentido de que se fabrica a sí mismo mientras explora, compone y destila esas ocurrencias desternillantes. El humor de Miguel de Marcos, en rigor, no es pedagógico –como lo supone Baquero en uno de sus aspectos– ni indiferente a la realidad política –como lo percibe Mañach. En todo caso, es taumatúrgico, espejeante y duplicador. Una sociedad tan bien calada y comprendida desde joven no merecía sino un humor parecido al choteo, aunque a la vez –y en esto se adelanta a Lezama, Cabrera Infante, Sarduy y Arenas– soberano, definidamente literario.

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