María Elena Hernández Caballero: Otro día en la colonia [Fragmento]

Autores | 10 de julio de 2025
©Portada del libro en Ediciones Furtivas

He dormido más de lo habitual, a la biblioteca llego con tres horas de retraso. Parado en medio de la sala de lecturas Walterio me espera con un látigo en la mano. Levantando el látigo, él dice: Lo pedí prestado en el otro piso.

No más Valéry, ni Claudel, pido. Ni Eluard. Ningún Paul más.

Da un latigazo de advertencia en el aire y advierte que, si voy a parar con los franceses, debería leer algo del boom latinoamericano.

Harta de su tiranía dejo escapar mi protesta: Entonces prefiero seguir con Baudelaire, me va muy bien con sus flores que apestan. 

¿Y soy yo el colonizado?

De todas maneras, lo estás. Yo también. Quisiera ser francesa.

Deja caer la punta del látigo encima de la mesa y amenaza con Vargas Llosa. Lo leerás, luego algo de García Márquez. Cortázar. Jorge Edwards.

Finalmente leerás, si es que todavía no me los robaron, los ensayos de Octavio Paz. La posibilidad de leer a Paz me entusiasma. Aprovecho para poner freno a los otros. Empezaré por Paz, lo contradigo, puedo prescindir por el momento del boom. A mi madre le gustan, sobre todo García Márquez. Y si a mi madre le gustan, debo poner distancia.

Levanta el látigo, vocifera: Luego leerás literatura cubana.

Eso sí que no, grito.

Walterio se arremanga la camisa, suena otro latigazo. Dice: El primero será Los siete contra Tebas.

La punta del látigo muerde mi carne. Continúo en perenne negación, pues, ¿para qué leer una fábula? ¿Por qué Tebas? Tebas está muy lejos. Por más que quiera acercarla, Tebas es Tebas. Esta manía de la literatura cubana de andar merodeando, me defiendo. De irse por las ramas.

Él sigue, como un autómata, cortando el aire con su látigo mientras asegura, a viva voz, que Antón es buen escritor.

No me interesa, quiero volver a los franceses.

Da la vuelta, me tira sobre la mesa. Levanta mi blusa dejando la espalda al descubierto. Se echa para atrás. Sacude el látigo varias veces seguidas. El último latigazo me da una mordida de gato en un hombro. Si voy a leer literatura cubana, pido, abréviame el camino con algunos que todavía no he leído, o he leído poco. Solo di sí, o no.

¡No, qué va! Ya te lo abrevio bastante. Sacude el látigo otra vez. Zas. Zas.

¿Dulce María Loynaz?

Sí, quitando Jardín.

¿Jardín es demasiado jardín

Deja eso. Dale, otro.

¿Roberto Fernández Retamar?

Sí y no.

Entonces, no.

¿Pablo Armando Fernández? Pablito.

Es un no.

Sí, es un no.

¿Miguel Barnet?

Miguelito.

Otro no. ¿Nancy Morejón?

Richard trajo su flauta.

¿Georgina Herrera?

Sí.

¿Fayad Jamís?

Sí.

¿Reinaldo Arenas?

Sí.

¿Guillermo Cabrera Infante?

Guillermito.

¿Es un no?

No, es un sí.

¿César López?

No.

¿Nivaria Tejera?

Sí.

¿Gastón Baquero? ¿Heberto Padilla? ¿Lydia Cabrera? ¿Benítez Rojo? ¿Enrique Labrador Ruiz?

¿Severo Sarduy? ¿Lino Novas Calvo? ¿José Triana?

Sí. Sí. Sí.

La punta del látigo vuelve a comer. Otro latigazo. Y otro. Zas. Puedo olerlo. Hay un cimarrón suelto por ahí, pronto no será un gato lo próximo que morderá. Mis manos se aferran con fuerza a las puntas de la mesa. Las fauces del negro claman: Leerás lo que yo diga.

Está bien, está bien.

Deja de implorar, baja la voz Walterio mientras toma un descanso, solo quiero saber por qué no quieres leer literatura cubana.

Cada vez que lo intento, falta algo. O más bien, sobra. Pero no toda, no toda.

Oh no, Fina, no. Virgilio Piñera, no.

Se enrosca el látigo en la mano que tiembla y comenta que me he puesto extremista. No le gusto así. Pecarás de lo mismo.
Sigo con deseos de desafiarlo: ¿Solo porque se te antoja quieres que me aburra y me aburra?

Tomasito se acerca. Ve mi sangre y baila en una sola pata. Tomasito le trae agua. Agotado ya, Walterio bebe. Se sacude la corbata y confiesa que para leer buena literatura cubana debo irme.

¿Del país?

Sí, del país.

¿Con que esas tenemos?

Lo bueno de aquí, se lee allá. Y lo bueno de allá, también se lee allá.

Me levanto de un tirón, le quito el látigo. Lo levanto en el aire. Zass. Zassss. ¿Así que así? Debería darte vergüenza, lo increpo. Es más, debería golpearte.

Guillermito tenía razón, murmura, debí quedarme en Francia. Ya no tengo remedio.

Se tira sobre la mesa. Le quito la camisa, dejo su espalda al descubierto. El negro cimarrón da la orden: Golpéame hasta que duela. Dale. Dale. Voy.

Voy. Toma. Zass.

Levanto el látigo repetidas veces. Lo sacudo. Lo sacudiré, grito, hasta que me salgan bíceps. El látigo, por su parte, parece feliz. Le ha entrado un hambre atroz. Extrañaba la carne de un negro, chilla. Zas.

Zas. Zaaas. Extrañaba la carne de un verdadero intelectual.

Tomasito suelta la jarra. Comienza a gritar. Va de un lado a otro. Sube. Baja las escaleras.

Le ordeno que deje eso y venga. Que tome el látigo.

Tiro el látigo al piso y me acomodo al lado de Walterio.

Tomasito debería golpearnos, susurro, debes convencerlo.

Walterio se acomoda sobre un codo para dejarme saber que ya se aburrió. He estado pensando, lanza, que debemos envenenar a Blanco.

Ni lo sueñes, no haré trampas.

Tal vez, cuando Blanco muera, retomes la escritura.

Pero no bastará, ¿entiendes?

Walterio se sienta sobre la mesa, está exhausto.

Pide que no nos azotemos más.

Ni que fuéramos fervientes católicos, agrego.

Tenemos mucha sed. Vámonos a tomar té, a la Casa del Té. O a la UPEC. O a cualquier sitio que tenga un fuerte acento en la e. No valió la pena. Nada vale la pena. Al infierno. Vámonos. Vamos. 

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[*] María Elena Hernández Caballero. Negro en la costa. Miami: Ediciones Furtivas, 2025 / Publicación fuente del fragmento: Diario de Cuba.

[Para leer otro fragmento de la novela]