Carlos A. Aguilera: Entrevista a Carlos M. Cárdenes / ‘Castro estaba usando el Mariel como una venganza política’

Archivo | Artes visuales | 20 de abril de 2026
©Cárdenes, ‘Little Nicky T.’, 1980

Continuamos nuestro dossier ‘Fotógrafos cubanos en zonas de conflicto’ con esta memoire del maestro Carlos M. Cárdenes y su serie sobre el Mariel; una de las series más humanas que ha producido el mundo Cuba sobre emigración y destierro en el siglo XX.

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Uno de los momentos más traumáticos de la Cuba contemporánea ha sido sin dudas el Mariel. Y no solo lo digo porque en un lapso corto de tiempo abandonaran la Isla 125.000 personas o porque a partir de aquel momento el estalinismo de Fidel Castro se viera obligado a asumir cierta fachada de apertura, por lo menos en cuanto a economía y saturación ideológica se refiere. Lo digo más bien por el silencio. El silencio que a partir de 1980 invadió gran parte de la vida del país –ahora sin algunos rostros, sin algunos amigos, sin algunas casas, sin algunas familias– y dejó a unos de un lado y a otros de otro, con pocas esperanzas incluso de reencontrarse o escucharse por teléfono. Un silencio que a la vez que era vacío, era miedo. Miedo a lo que vendría y a lo que el Monstruo Castrista inventara a partir de aquel momento. Miedo al futuro.

Precisamente sobre este vacío y este miedo –que ahora sabemos traspasaba a ambos bandos, aunque de manera diferente– le escribo al fotógrafo Carlos M. Cárdenes (La Habana, 1946), autor de una de las mejores series de retratos de artistas cubanos realizadas alguna vez, y quien abandonara Cuba en 1961, bajo uno de los primeros traumas producidos por el castrismo a principios de la revolución. Cárdenes, quien vivió el Mariel desde el otro lado, documentando y visualizando aquella rajadura ideológica y escapatoria que cada cierto tiempo le inyectaba –le inyecta– adrenalina al cronotopo político entre Cuba y Estados Unidos, nos muestra su serie y cuenta…

Saliste de Cuba junto a tu hermana bajo la operación Peter Pan, ¿qué recuerdas de aquel momento? ¿Por qué te enviaron a Estados Unidos?

Salí de Cuba el 8 de agosto de 1961, cuando tenía 14 años, junto a mi hermana, como parte de la Operación Peter Pan. Ese día fue muy doloroso, porque fue la primera vez que me separé de mis padres. Recuerdo que después de salir de la “pecera” del aeropuerto, caminando al avión, un miliciano me quitó un guante de pelota que llevaba y me dijo: “No vas a necesitar eso donde vas”. Esa frase nunca se me olvidará. Vi a mis padres llorar y fue un momento muy duro.

Salimos de Cuba porque ellos no querían que creciéramos bajo el comunismo, aun sabiendo lo difícil que sería separarnos.

Cuando llegamos a Miami, nos llevaron a un lugar donde esperamos a que mi tía viniera a buscarnos. Ella nos recibió en su casa y nos ayudó mucho, especialmente en lo emocional, mientras esperábamos que llegaran nuestros padres. Nos dio un hogar y seguridad en un momento muy difícil. Al día siguiente me inscribió en la escuela y me consiguió trabajo repartiendo el Miami Herald por las mañanas, antes de ir a clases. Me levantaba todos los días a las cinco de la mañana. Los sábados iba a Homestead a recoger tomates. Ganaba un dólar la hora; trabajaba ocho horas y tenía que pagar un dólar al chofer por el transporte.

Y a la fotografía, ¿cómo llegas?

Estudié mecánica de aviación en Miami-Dade College y al mismo tiempo me preparé para obtener la licencia de piloto privado. Más adelante estudié fotografía, dos cosas que marcaron mi vida. En 1969, el día de mi boda, me compré una cámara y fuimos a Italia por cinco días. Cuando le enseñé las fotos que tomé a un amigo que sabía mucho de arte y fotografía, me dijo: “Carlos, esta es tu nueva profesión”. Ahí comenzó todo…

Trabajé durante 25 años en Eastern Airlines como mecánico de turbinas, en el turno de noche. Por las mañanas iba al Miami Photography College por dos años, todos los días, de 9 a 3. Los sábados salíamos a fotografiar el assignment. Los domingos trabajaba en el cuarto oscuro y los lunes teníamos la crítica del trabajo realizado.

Después de graduarme seguí trabajando en Eastern Airlines y, al mismo tiempo, trabajé como fotógrafo para agencias de publicidad, lo que me dio estabilidad económica. Más allá del dinero, la fotografía siempre fue para mí como una forma de expresar lo que pensaba y sentía. Gracias a ese trabajo y, a Gelsys, mi esposa, que siempre me acompañó, pude visitar 38 países. En cada viaje mi intención fue observar, documentar y entender los lugares y las personas que conocí.

¿Cuál lugar te impactó más?

Turquía. Turquía tiene una historia muy antigua que todavía se puede palpar. 

En Estambul me impactó la mezcla de arquitectura, culturas, personas y religiones que conviven en la ciudad. En un mismo lugar se ven mezquitas, iglesias, sinagogas…, y gente muy distinta caminando hacia sus labores diarias. Esa convivencia tan natural fue lo que más me llamó la atención.

¿Había algo en especial que te interesara documentar en esas personas que fuiste conociendo?

Recorrer tantos países me permitió comprender el mundo con mayor profundidad. Viajar fue una experiencia fundamental: no estaba leyendo un libro, sino viviendo una lección directa. Observaba con todos mis sentidos la arquitectura y los museos, escuchaba la música y las lenguas, probaba la comida, percibía los aromas y contemplaba cómo se organizaban las sociedades, sus formas de gobierno y sus creencias religiosas. Un verdadero popurrí de culturas y experiencias.

Eres uno de los varios fotógrafos que documenta el éxodo cubano a Estados Unidos en 1980, a partir del Mariel. ¿Qué se sabía de lo que estaba sucediendo en Cuba en la Florida? ¿Qué noticias tenías tú mismo de esa crisis? ¿Qué se comentaba en la calle y en la comunidad cubana en general?

En la Florida se sabía bastante de lo que pasaba en Cuba durante la crisis del Mariel. En Miami los medios hablaban del tema a diario y también llegaban noticias por llamadas, cartas, y por las personas que iban llegando. Dentro de la comunidad cubana se comentaba mucho la desesperación, los actos de repudio y la separación de familias. Había mucha información, pero como te podrás imaginar, también rumores y confusión.

Al principio, para muchos en Miami el Mariel fue un momento de esperanza, porque familiares y amigos podían salir de Cuba. Ese sentimiento cambió cuando se supo que el gobierno estaba enviando presos comunes y personas con problemas mentales junto con los refugiados, lo que causó preocupación, tristeza y mucha tensión en la comunidad.

¿Cómo se reflejaba esa tensión?

Lo que recuerdo es que Miami cambió muy rápido: había más presencia policial, más desconfianza y una sensación de conflicto cultural. A muchos les costó aprender el idioma, porque aquí había muchos cubanos con quienes podían comunicarse en español. La asimilación tardó años en darse.

¿La gente veía a los marielitos como una “invasión”; tenían miedo?

En Miami nunca tuvimos miedo a esa “invasión”, pero sí sentimos que Castro estaba usando el éxodo como una venganza política. Muchas personas abrieron las puertas de sus casas y compartieron comida, ropa, dinero, sin saber cuánto iba a durar la crisis. En lo personal, después del trabajo, mi esposa y yo íbamos a una nave en Coral Way y la 107 Avenida a llevar comida y ayuda, y también tomábamos información para ayudar a los marielitos a encontrar a familiares y amigos. Las iglesias y las organizaciones comunitarias también ayudaron, y en general hubo mucha solidaridad, sobre todo con quienes llegaban sin nada.

©Carlos M. Cárdenes, Mariel, 1980

¿Cómo llegas a fotografiar el suceso? ¿Quién te envío a cubrir la llegada del Little Nicky T. (uno de los tantos barcos que colaboró en la operación Mariel)?

Fui a Cayo Hueso a fotografiar la llegada del éxodo del Mariel por mi propia iniciativa. Nadie me envió ni me pagó nada. Fui porque sentí la necesidad de documentar lo que estaba pasando. Quería registrar todo aquello, ver de cerca a las personas que llegaban y dejar constancia de ese momento tan importante en la historia de los cubanos.

Cómo fue ese día, ¿qué recuerdas?

Estuve en Cayo Hueso un día entero y no estaba preparado para lo que sentí. Pensé que iba a fotografiar barcos y llegadas, pero ver a las personas bajando del Little Nicky T. fue muy fuerte. Venían de pasar una experiencia muy dura, física y emocional, marcada por el mar, el miedo, la incertidumbre y la despedida de su país. En sus rostros se veía alivio por haber llegado y a la vez temor por lo que vendría después. Las imágenes que tomé reflejan dolor, esperanza y supervivencia, y me marcaron por mucho tiempo, aun después de bajar la cámara.

¿Qué decían las personas que venían en el barco? ¿Algún detalle especial de aquel día?

En realidad no había mucha alegría; la gente sentía alivio por haber sobrevivido, pero también miedo e incertidumbre. Se escuchaban frases como “dejé a mi madre allá, no sé cuándo la volveré a ver”. Muchos necesitaban atención médica, sobre todo los mayores, después de la travesía. Ver todo eso me hizo entender que el Mariel no era solo un evento histórico, sino una experiencia muy humana, llena de dolor, miedo y esperanza.

¿Has vuelto a tener contacto con algunas de aquellas personas?

Algunas me dieron teléfonos y direcciones de familiares y amigos para que me pudiera poner en contacto con ellos y dejarles saber que habían llegado. 

¿Antes de ir a fotografiar habías visto imágenes de otros fotógrafos americanos o cubanos o de otro lugar cubriendo el mismo suceso?

No había visto imágenes de otros fotógrafos cubriendo el suceso. Fui solo, sin referencias ni guía. Quería documentar y observar lo que estaba pasando a mi manera, ver de cerca a las personas que llegaban y registrar ese momento histórico desde mi propia perspectiva.

¿La prensa norteamericana no estaba documentando fotográficamente el éxodo?

¡Sí, cómo no! Salía en las noticias diariamente.

Cuando vas a hacer fotos, ¿eres de los que prefieres dejarte sorprender con lo que te puedas encontrar o eres de los que te informas hasta el último detalle de todo?

Pues esto varía según el proyecto. Por ejemplo, cuando fotografié a los artistas cubanos en el exilio, leí todo lo que pude sobre sus trayectorias, sus obras y sus experiencias dentro y fuera de Cuba, para entender mejor quiénes eran antes de llamarlos.

En otros proyectos, me gusta dejar que la imaginación me guíe, empezando con una mente en blanco, una tabla rasa. Espero a que la arquitectura, el movimiento humano y la luz formen una composición visual y así captar el momento preciso (decisive moment).

Cuándo terminaste de fotografiar todo aquello, qué sentiste, ¿lo recuerdas?

Sentí un vacío emocional. Vi demasiado en poco tiempo: esperanza mezclada con miedo, alivio con tristeza, libertad con pérdida. Todo eso me afectó mucho.

Al mismo tiempo, sentí mucho agradecimiento. Sabía que había sido testigo de un momento histórico y que tenía el privilegio y la responsabilidad de captarlo. Entendí que esas fotos no eran solo trabajo, sino memoria y testimonio de quienes arriesgaron todo. Me fui con el corazón pesado pero seguro de haber cumplido un deber: darle rostro y voz a una historia que no debía olvidarse.

©Carlos M. Cárdenes, Mariel, 1980

¿Regresaste de nuevo a continuar fotografiando? ¿Hiciste fotos también en las carpas donde las autoridades alojaron a los marielitos, en la I-95, donde termina o terminaba La pequeña Habana?

No regresé a Cayo Hueso después de cubrir la llegada del Mariel, pero pasé muchas veces por las carpas debajo de la I‑95 y pude conversar con muchos de los recién llegados. También, en una visita a Lima, Perú, visité a cubanos que estaban en casas de campaña en un parque esperando poder salir hacia Estados Unidos. Allí les di más apoyo emocional que económico, escuchando sus historias y acompañándolos mientras esperaban su salida.

¿Hiciste fotos de los marielitos “peruanos”? ¿Había alguna diferencia entre esos cubanos que conociste en el Little Nicky T. y aquellos que encontraste en Lima?

Sí, había diferencia. Aún no estaban en los Estados Unidos. Vivían una situación de mucha incertidumbre, con ansiedad, sin saber cuándo ni cómo se resolvería su futuro. A lo largo del tiempo todos pudieron realizar su sueño.

¿Crees que existe algún paralelismo ‒a nivel vivencial o humano‒ entre la Operación Peter Pan y el Mariel?

No creo. La operación Peter Pan fue sobre todo para proteger a los niños; los padres enviaban a sus hijos solos a los Estados Unidos por miedo a la adoctrinación política y a la pérdida de libertades bajo el régimen comunista.

Mariel, en cambio, fue un éxodo mixto. Llegaron personas buscando libertad: presos, marginados y familias completas. Muchas veces la salida fue forzada por el gobierno cubano, como una manera de “depurar” la sociedad.

¿Tuviste alguna relación con el grupo de escritores y artistas que llegaron por el Mariel (Arenas, los hermanos Abreu, Boza, Carlos Alfonzo, Carlos Victoria…) o con la emblemática revista Mariel?

No tuve relación directa con esos escritores y artistas que mencionas, ni con la revista Mariel, ni colaboré con ellos. Mi trayectoria se desarrolló de manera independiente, por caminos paralelos a ese círculo creativo.

Sí llegué a conocer a Mirta Ojito, otra marielita y autora de Finding Mañana [El mañana. Memorias de un éxodo cubano], cuando asistió a una exposición de mis fotos en la Biblioteca de Coral Gables por el 25 aniversario de ese éxodo. También conocí íntimamente a Leandro Soto, cuya imagen aparece en la cubierta de mi libro FACES: 100 Cuban Artists.

©Leandro Soto en la serie ‘FACES: 100 Cuban Artists’ de Carlos M. Cárdenes

Si más de cuarenta años después tuvieras que definir el Mariel, ¿qué dirías?

El Mariel, 46 años después, sigue siendo un éxodo de contradicciones. Llegaron muchas personas buscando escapar y empezar de nuevo: presos, marginados y familias enteras. Fue un hecho político que mostró las tensiones entre Cuba y Estados Unidos y tuvo gran impacto en la vida, la memoria y la cultura de los que llegaron y los que se quedaron. También cambió la sociedad y la economía de las ciudades que los recibieron, dejando estigmas pero también mostrando resiliencia y capacidad de reconstruir vidas. Fue un momento de ruptura, esperanza y dolor que sigue resonando en la historia y en la memoria colectiva.

Como fotógrafo, ¿has estado presente en otro evento histórico que a la vez que a tanta gente, convoque tantos sentimientos y tantas lecturas y contraposiciones?

Cubrí las protestas contra Nixon en los años 70, la huelga de Eastern Airlines en Miami en 1989 (estuve dos años en huelga en el picket line). También cubrí a Obama cuando vino a Miami a hablar en un parque en el downtown. Todo esto por mi propio interés, grabando mis experiencias; no como periodista, sino lo que afectaba mi conciencia como humano.

¿Has regresado alguna vez a Cuba?

Después de casi 60 años en el exilio regresé a Cuba en el 2015 y 2016. Esos viajes fueron profundamente impactantes. Allí documenté el deterioro del país y la sociedad, consecuencias de una mentalidad egoísta impuesta por el sistema. Hasta ahora he publicado tres libros que surgieron de esa experiencia, todos como una crítica directa a la forma de vida que se le ha impuesto a ese pueblo.

Además, he dedicado gran parte de mi trabajo a documentar el exilio cubano aquí en Miami, una historia que llevo viviendo y registrando por más de seis décadas.

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Carlos M. Cárdenes: Little Nicky T.

Little Nicky T. nunca estuvo destinada a ser famosa. Era solo un viejo barco de trabajo, marcado por el sol y la sal, con la pintura descascarada y el motor cansado. Pero en mayo de 1980, la historia subió a bordo.

Cuando el puerto de Mariel se abrió en Cuba, cientos de embarcaciones de todas las formas y tamaños se lanzaron hacia la isla. Little Nicky T. se unió a ellas, cortando aguas inquietas. Cuando dio la vuelta rumbo a Florida, su cubierta y su cabina estaban abarrotadas de personas e historias, apretadas unas contra otras.

Sus pasajeros llevaban a Cuba consigo. Jóvenes y viejos, familias aferradas entre sí, temiendo que el mar pudiera separarlas. Junto a familias y disidentes políticos, el gobierno cubano liberó a prisioneros y a personas de instituciones psiquiátricas. Como resultado, Little Nicky T. transportó una población mucho más diversa —y políticamente cargada— de lo que el público entendió al principio.

Cuando finalmente apareció Key West, parecía surgir del océano como un sueño que se vuelve real.

En las imágenes de ese día, Little Nicky T. se veía pequeña y humilde junto al muelle, casi tímida, como si no se diera cuenta de lo que había hecho. Los pasajeros lucían exhaustos pero esperanzados. Para la mayoría de ellos, llegar no fue el final del viaje. Fue un nuevo comienzo, lleno de desafíos. La vida en el sur de Florida sería dura: trabajos difíciles de encontrar, el inglés difícil de aprender. Algunas familias permanecerían juntas; otras se irían separando.

Pero Little Nicky T. había cumplido su misión. Llevó coraje, esperanza y más de 125.000 sueños a través de una estrecha franja de mar. Incluso después de que terminaron las noticias y los muelles quedaron en silencio, su historia siguió viva, flotando entre lo que quedó atrás y lo que la gente se atrevió a esperar.

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[*] Entrevista realizada el 31 de enero de 2026.

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