Enrique del Risco: Quiero verte dormir

Continuamos nuestro dossier sobre «Cuba y sus futuros», con este lúcido texto del ensayista y narrador Enrique del Risco sobre la Isla y su después.
Disfruten
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Los textos agrupados bajo el rubro “la Cuba del mañana” constituyen un subgénero literario. Como las novelas góticas, la literatura utópica (o distópica) o la narrativa policíaca socialista. Un subgénero que combina el análisis histórico, político, sociológico, con la indagación detectivesca (¿quién es el culpable de la situación actual?) y la ciencia ficción (¿cómo será la Cuba futura?). Yo mismo he incurrido varias veces en este subgénero incluyendo alguna que otra parodia. Huelga decir que en este género el futuro que se invoca nunca ha tenido apuro en llegar. Cuba parece atrapada en el presente interminable que se inició en 1959 y que, incluso en medio de la decadencia más atroz, no da señales de acabarse.
Esta vez lo que alienta a pensar en el futuro cubano es el secuestro quirúrgico del dictador venezolano Nicolás Maduro el 3 de enero de 2026, (cirugía que arrojó el costo colateral de treinta y dos guardaespaldas cubanos y un número indeterminado de venezolanos que no pudieron hacer nada para impedir la abducción de su protegido). Esa repentina exhibición de fuerza y disposición por el mandatario estadounidense, sumado a sus posteriores bravuconadas (“Un nuevo amanecer para Cuba llegará muy pronto. Nos vamos a ocupar de ello”; “No tienen petróleo, ni comida, ni nada. Tengo la libertad de hacer lo que quiera con esa nación en este momento”; “Sería un gran honor para mí tomar Cuba… Tenemos a Cuba, y vamos a tomar a Cuba. Lo haremos después de Irán”) han activado el viejo sistema de especulaciones, esperanzas y temores que rodea a todo lo cubano cada vez que las circunstancias invitan a pensar más allá del herrumbroso presente.
No obstante, la experiencia de pasados ciclos de esperanzas y frustraciones (la ilusión que trajo a muchos la Perestroika, el derribo del Muro de Berlín y el desplome del Bloque Soviético, la debacle etiquetada como “Período Especial” o el “deshielo” promovido por Obama, por mencionar solo las que he vivido) invitan a ser cautos. Tanto el díscolo comportamiento del presidente Trump, empantanado en estos días en su aventura iraní, como el demostrado talento del castrismo para retener el poder a cualquier costo, no invitan a hacerse ilusiones. Véase lo que escribiré a continuación a manera de esas advertencias que las aeromozas y mozos hacen al inicio de cada vuelo de cómo actuar en caso de accidente o aterrizaje forzoso: como un ejercicio obligatorio, pero no necesariamente convencido, aunque en el fondo de nuestro corazoncito deseemos que esta vez por fin tendremos que poner en práctica las instrucciones que nunca hemos atendido a derechas. Haré como las grandes compañías aéreas recientemente: intentar que esta pantomima de emergencia resulte lo menos monótona posible. Al menos hay una buena justificación para este ejercicio: nunca ha habido más esperanzas ni más urgencia.
Las malditas circunstancias
En el género literario conocido como “la Cuba de mañana” por mucho que se repitan los ciclos de esperanza, por inamovible que nos parezca el régimen en las últimas seis décadas, resulta obligatorio actualizar las circunstancias, incursionar en el género informativo conocido como “la Cuba de hoy”. Y lo cierto es que, excepto constantes como la obsesiva concentración de poder y la vocación represiva del régimen, poco tienen que ver la Cuba de 1989, 1994, 2015 o 2021 con la de 2026. Porque si durante la crisis de los noventas del siglo pasado el país parecía haber tocado fondo, lo ocurrido en el último lustro ha rebasado las profecías más apocalípticas.
Tras la conmoción tremenda que fueron las protestas de julio de 2021, el régimen cubano echó mano a su viejo manual de instrucciones sobre qué hacer en casos extremos. Fue así que aplicó un consejo sacado del Retrato del artista adolescente: silencio, exilio y astucia. Pero en este caso, solo la astucia es propia, mientras que el silencio y el exilio han sido impuestos a los otros: aplacadas las protestas el régimen mandó un millar de personas a prisión. Unos meses más tarde, en complicidad con la tiranía hermana de Nicaragua, abrió una vía de escape hacia el enemigo imperialista, como cuando el Mariel o cuando la crisis de los balseros: esta vez cobraron tres mil quinientos dólares por cabeza por el pasaje de La Habana a Managua para que desde allí los fugitivos emprendieran una tormentosa travesía a Estados Unidos. Así el problema del empobrecimiento brutal de los últimos años y la amenaza de revuelta no fueron resueltos sino transferidos. Parafraseando la Ley de Conservación de la Masa de Lomonósov-Lavoisier: la miseria no se destruye, solo se transfiere. La transferencia de masas hambrientas ha traído, además, visibles consecuencias políticas. Los historiadores del futuro estarán en condiciones de aquilatar cuánto afectaron a las elecciones estadounidenses de 2024 la exportación de millones de personas desesperadas desde Cuba y Venezuela a Estados Unidos, donde uno de los temas más candentes del debate electoral fue precisamente la crisis migratoria.
El gigantesco éxodo cifrado en más de tres millones (compárense con los 125 mil de 1980 y los 35 mil de 1994) ha traído consecuencias catastróficas para Cuba, aunque no así para el régimen. La emigración de gente casi siempre joven, productiva y potencialmente díscola, ha provocado una catástrofe demográfica para una población estancada desde hacía décadas en los once millones de habitantes para rebajarla a menos de nueve con el agravante de quedar ahora mucho más envejecida. Encima, la necesidad de vender casas y el resto de las posesiones personales para costearse la travesía a Estados Unidos ha hecho que el poder económico de aquellos asociados al régimen —que fueron en buena parte los compradores del “fire sale” en que se convirtió la Cuba post 11J— se haya reforzado notablemente. Con ello se aceleró aún más el proceso de privatización de todo el país a manos del castrismo. Sus representantes y aliados han pasado de poseer el país a través del Estado a hacerlo a través del emporio hotelero-militar de GAESA y del entramado de MYPIMES que ha florecido en los últimos tiempos.
De ahí que mientras el país no parece dar más de sí el régimen en cambio se haya visto reforzado. Que insista en encerrar durante un quinquenio a centenares de ciudadanos por el simple acto de protestar sin tener que pagar un costo político apreciable da una idea de su fuerza actual. Que la izquierda de Occidente se haya desentendido unos días de Gaza para enviar una flotilla a La Habana o que en la IV Reunión en Defensa de la Democracia convocada por Pedro Sánchez y Lula da Silva en Barcelona lo único que pareció importar respecto a Cuba fuera la defensa de su soberanía (léase “dictadura”) da una idea del lugar que el régimen castrista, bajo el sobrenombre de “Revolución Cubana”, sigue ocupando en el imaginario progre. Poco importa que dicho régimen invierta la mayor parte del presupuesto nacional en hoteles semivacíos mientras la salud, la educación y la cultura no sobrepasan en su conjunto el 3% del presupuesto, o que reprima sin misericordia al pueblo que dice representar y defender. O que se revelara que GAESA posee reservas financieras y activos superiores a los 18.000 millones de dólares. Bastaron las inconexas amenazas de Trump para que la tribu progresista pasara del silencio cómplice al apoyo vociferante e incondicional.
¿Qué es lo que quiere la gente?
Mientras tanto la publicación El Toque convocó a una encuesta el 24 de abril donde le preguntó a los cubanos lo que pensaba sobre el país y su destino. Sin sentirse conmovidos por los llamados de Pedro Sánchez, Lula da Silva, Sheimbaum o Petro a conservar la dictadura cubana como reliquia progresista casi 42 mil cubanos la respondieron, la mayoría de los cuales (58%) residen en un país con fuertes restricciones a la conectividad. Podrá discutirse cuán representativa es la opinión de 42 mil personas de los 13 millones de cubanos dentro y fuera de la isla. O que solo muy pocos de los más leales defensores del régimen se dignaron a responder una encuesta cuyas preguntas, por el mero hecho de ser hechas, debieron parecerles inaceptables. Incluso así los resultados impresionan.
—El 94% de los encuestados está “muy insatisfecho” con el actual sistema de gobierno.
—El 80% piensa que Cuba necesita transitar hacia un modelo capitalista de democracia liberal y economía de mercado.
—El 95% considera que la ciudadanía no influye en nada en las decisiones del gobierno.
—El 95% considera que un cambio político en Cuba es urgente.
—El 82.2% identifica la falta de libertades civiles y políticas como el principal problema mientras que solo el 4.7% atribuye las dificultades cubanas al embargo estadounidense.
—El 64.6% considera que la vía de solución para el conflicto político es el “derrocamiento del gobierno actual, por cualquier medio necesario, incluyendo la vía armada”.
Más sorprendente aún que lo anterior es que el 47% de los encuestados prefiera mantener el embargo estadounidense como herramienta de presión (el 44% de los que respondieron desde la isla y el 51% fuera de ella) mientras que el 24,1% abogue por eliminarlo gradualmente a medida que se avance en las reformas. O que cerca de dos tercios de los encuestados (60,7%) respalde una intervención militar directa de EE UU.
Se trata de una encuesta, no de un plebiscito, pero aun así nos da una idea, más que de la esperanza en un cambio futuro, de la desesperación de los cubanos en un país condenado a muerte –en el presente– por su régimen político.
¿Dime cuándo, cuándo, cuándo (y cómo)?
La opacidad con que se han llevado las conversaciones entre el gobierno cubano y el norteamericano, la poca claridad de los términos en que las está conduciendo el propio gobierno de Estados Unidos y la escasez de resultados hasta ahora no permiten hacerse una idea de si estamos ante un cambio de régimen o una salida en falso. Las modificaciones cosméticas del régimen venezolano tras la abducción de Maduro tampoco son señales demasiado alentadoras. Y en cuanto a los derechos humanos no se trata solo de que la mayoría de los prisioneros de conciencia sigan en las cárceles cubanas sino de que otras decenas han ingresado en prisión en las últimas semanas por la misma falta de razones que los encarcelados anteriormente.
“La libertad no se mendiga, se conquista con el filo del machete”. La frase que se le atribuye al héroe nacional Antonio Maceo le viene de maravillas al Estado cubano: confiscados los machetes —metafóricamente hablando— al mismo tiempo que se ilegaliza la protesta pacífica, esa frase es una manera de restregarle a todo el país su impotencia. Una frase que no le ha impedido al régimen entrar en negociaciones con su enemigo jurado, con tal de mantenerse en poder, al mismo tiempo que le niega la palabra a su pueblo y lo castiga con desmesura cada vez que este intenta contradecirlo.
Por otra parte, si opaco ha sido el gobierno estadounidense en sus conversaciones con el régimen cubano, el primero no parece muy dispuesto a averiguar qué quiere el pueblo que pretende liberar. Los exabruptos del presidente norteamericano, que a duras penas intenta corregir el Secretario de Estado Marco Rubio, si acaso dejan entrever sus deseos de dejar huella en la historia sin dejar claro ni los medios ni los fines. Se teme, y no sin razón, que como en 1898, tras la derrota de España en Cuba, otra vez el pueblo cubano sea echado a un lado mientras sus opresores de ahora se ponen de acuerdo con sus aspirantes a libertadores. O que suceda como en abril de 1961, cuando un contingente de cubanos desembarcó en Bahía de Cochinos sin tener el más mínimo control sobre el plan de invasión que terminó en fracaso. Esperanzado o no, el pueblo cubano vuelve a sentir la amarga sensación de no ser dueño de su destino.
Fue suficiente el golpe de mano del 3 de enero al gobierno de Maduro para hacer tambalear ciertas creencias: como la de que el régimen cubano era tan inamovible como indefendible. Bastó ver en peligro a la dictadura más antigua del continente para desnudar a la izquierda, que ha acudido en tropel a desempolvar el viejo argumento de la soberanía de los pueblos. Pero cuando el progresismo bien pensante se reúna en Barcelona, o donde sea, más que hablar de soberanía debería preguntarse por qué tuvieron que esperar a las amenazas de Trump para preocuparse por el destino de Venezuela y de Cuba. ¿No habría sido más decente y hasta ecologista —ahora que tanto les preocupa la huella de carbono que dejan aviones y portaaviones— haberse preocupado por la soberanía y demás derechos de venezolanos y cubanos cuando los reprimían o les robaban elecciones?
Nada de lo anterior, sin embargo, atenúa la paradoja de que la mayor esperanza de un cambio democrático en Cuba venga de manos de una administración tan poco comprometida con los valores democráticos en su propio país. O que esa misma esperanza termine disolviendo toda exigencia crítica entre los que esperan su turno para ser salvados. Si se tratara de elegir entre el mal menor no habría mucho que discutir, pero cuando se entra en el campo de la esperanza hacerlo con tanta resignación previa resulta castrante. ¿Es que la talla de la esperanza de los cubanos habrá que elegirla siempre entre diversas magnitudes del mal?
¿Pero es que los cubanos se merecen la libertad?
Antes de preguntarse qué hacer con la libertad tantas veces soñada muchos cubanos empiezan por preguntarse si la merecen. No consideran que bastaría con esa cuestión existencial para situarse en un plano inferior de humanidad tal como la consideran Dios o la Declaración de los Derechos Humanos, según los cuales todos somos iguales, merecedores de iguales derechos. Basta con que aparezca esa pregunta para tener una idea de cuánto ha afectado a nuestra conciencia colectiva siete décadas de minuciosa impotencia. Porque si al último totalitarismo se le añaden las dictaduras previas o el detalle de que fuimos la última colonia de España en América en alcanzar su independencia, puede concluirse que el gen nacional cubano gravita naturalmente hacia la servidumbre. Esa vieja manía de definir al cubano como una variante perversamente distinta del homo sapiens es ahora más dañina que nunca.
Tales fallas en la autoestima nacional, tales resignaciones, comprensibles tomando en cuenta esa misma historia a la que se echa mano para sostenerlas y justificarlas, son fatales en momentos como este. En parte por la poca claridad que ha mostrado nuestro presunto libertador sobre qué haría con Cuba una vez liberada del yugo castrista. Visto lo visto, parecería que a Trump le da lo mismo si se instala una democracia representativa o una monarquía absoluta con tal de que le sirvan de combustible a su ego. Después de todo, argumentan unos cuantos, si no hemos podido liberarnos hasta ahora de la opresión castrista, deberíamos aceptar cualquier cosa que nos impongan nuestros soñados libertadores. No obstante, tal variante del autodesprecio es un fundamento pésimo para erigir un sistema democrático funcional y sostenible: un razonamiento similar le habría valido a Europa Occidental para dejarse colonizar por norteamericanos e ingleses tras la derrota del nazismo.
Por otra parte, el presente optimismo no puede cegarnos ante lo obvio: ni dentro ni fuera de la isla los cubanos no castristas contamos con una representatividad mínima para ser interlocutores de peso en caso de transición. Si en 1898, podría argumentarse, la República en Armas con su cámara de representantes y su ejército libertador no fue incluida como una de las partes en el Tratado de París, ¿cómo va a ser tenida en cuenta ahora la voz de un pueblo disperso y fragmentado? Si en Venezuela, una oposición bastante más organizada y poderosa y con la legitimidad que le da la clara victoria electoral de 2024 ha sido desairada por la administración Trump ¿qué podremos esperar los cubanos? Pero si, encima de eso, no estamos convencidos de nuestro derecho a ser libres y soberanos ¿vale la pena siquiera interesarse por nuestro destino colectivo más allá de la compasión ecológica que se destina a los pandas o las ballenas?
La tierra comprometida
Llegados al consenso de que, con independencia de lo factible que resulte, la transición democrática es una necesidad urgente para sacar al país de la devastación actual, caigamos en la tentación de esbozar una Cuba futura. Parto de la base de que no se trata de elaborar la imagen de una Cuba utópica, ideal, que de entrada sabemos imposible, sino de un mínimo deseable sin el cual no tendría sentido hablar de transición democrática, ni se sostendría más allá de meras formalidades. Tomemos como punto de partida la encuesta de El Toque que nos dice que casi un 80% de los consultados considera que “Cuba debe transitar hacia un modelo capitalista de democracia liberal y economía de mercado”.
Es reconfortante, pero al mismo tiempo curioso, que en tiempos en que el capitalismo, la democracia liberal y la economía de mercado son denostados por buena parte de Occidente, sean los cubanos quienes muestren tanta predilección por ese modelo. “Ellos no saben de lo que están hablando”, dirán los anticapitalistas del primer mundo sin pensar que los cubanos podrán ignorar la letra pequeña del capitalismo y la democracia liberal, pero en cambio han sido cobayas veteranas del experimento socialista. Es como si los cubanos, de vuelta del futuro ansiado por Occidente, se cruzaran en medio de la carretera con los que van en busca de ese mismo futuro. En el momento de cruzarse ambos se dan gritos de alarma (“no sigan, no vale la pena”) que los otros prefieren no entender. La incomprensión es explicable: para unos y otros la palabra “socialismo” tiene significados muy distintos.
Un día en la universidad, ante mi insistencia entre un grupo de estudiantes de origen hispano de que me dieran su opinión sobre el socialismo, esa palabra que enciende las pupilas de mis estudiantes gringos, me respondió una colombiana: “Profe, el problema es que cuando los estudiantes gringos hablan de socialismo piensan en Dinamarca y Suecia. En cambio, nosotros, cuando se nos habla de socialismo, pensamos en Cuba y Venezuela”. Porque existe una incomprensión grave cuando se le llama socialismo lo mismo al capitalismo redistributivo de los países nórdicos que a un régimen en el que el Estado es dueño de los medios de producción y controla estrictamente los precios y la distribución de bienes y servicios. El primero no solo no clasifica como socialismo (a menos que el segundo significado acceda a cambiar de etiqueta) sino que resulta difícilmente exportable al resto de los países desarrollados. Porque sucede que Escandinavia además de estar compuesta por sociedades relativamente pequeñas, manejables, prósperas y altamente educadas, posee una mínima homogeneidad étnica y (todavía más importante), ética y conductual, que ayuda a prevenir los abusos del sistema redistributivo que se producen en sociedades de mayor envergadura demográfica y complejidad social. La otra definición de socialismo, en cambio, ha dado muestras de capacidad destructiva en todos los sitios en que ha sido aplicado como para ser tomada de modelo. Al menos es lo que me gustaría pensar.
¿Qué hacer (con el comunismo)?
Una de las respuestas más unánimes que recibió la encuesta de El Toque fue en torno a la eliminación del sistema empresarial de las Fuerzas Armadas (98%) y del modelo del Partido Comunista como partido único (99%). No obstante, más allá de la encuesta, persiste la pregunta de si se debiera tolerar la mera existencia del Partido Comunista, cuestión que me parece esencial a la hora de definir la –abróchense los cinturones– futura democracia cubana. Porque es de sospechar que si alguna inquietud superará a cualquier otra durante la construcción de un sistema democrático en Cuba sería cómo evitar el regreso del autoritarismo como ha ocurrido, por poner el ejemplo más notorio, con la Rusia de Putin.
Frente a esta posibilidad muchos piensan que el antídoto más seguro sería la ilegalización del Partido Comunista, una medida que se me antoja comprensible y al mismo tiempo, torpe y contraproducente. Si bien a dicho partido se le puede atribuir la mayor parte de los desmanes políticos y los desastres económicos que han plagado a Cuba en las últimas décadas, ¿qué diría de la vocación democrática de la Cuba futura si comienza ilegalizando el partido al que hasta ayer pertenecía un diez por ciento de la población adulta del país? Es más ¿qué diría de la sensatez de la nueva democracia, de su relación con la realidad? El Partido Nacionalsocialista fue ilegalizado en Alemania tras la Segunda Guerra Mundial, ya sé, pero no me negarán que el impacto de sesenta y siete años de poder comunista en Cuba es de muy distinta naturaleza al de doce años de poder nazi en Alemania.
La tentación de la tabula rasa, del borrón y cuenta nueva que acecha toda reconstrucción política debe esquivarse por fuerte que sea, a menos que queramos engañarnos y sustituir la simulación totalitaria del castrismo con nuevas simulaciones, esta vez en nombre de la democracia. En lo personal no se me oculta el carácter intrínsecamente maligno del comunismo, su esencia totalitaria: una secta con capacidad especial para aprovecharse de las debilidades y ligerezas de las sociedades democráticas y convertirse en metástasis. Ahora, pretender que con la ilegalización de un partido se extirpa para siempre esa posibilidad del mal es como pretender abolir los tumores cancerígenos a golpe de decretos presidenciales.
Antes que nada, se debe tener en cuenta que una sociedad como la cubana, enferma de hipocresía, oportunismo, simulación y miedo, deberá pasar por una larga y delicada convalecencia que incluye, entre otras cosas, el entrenamiento en transparencia democrática y convivencia con adversarios políticos e ideológicos. Décadas de reflejos condicionados por el totalitarismo no desaparecerán con la abolición de un partido. Más sino mutarán hacia otras ideologías mejor aceptadas, pero con el mismo impulso intolerante y la misma ansia de control absoluto. Y peor aún, de pretender extirpar el comunismo de la faz de la isla se pasaría a perseguir a los críticos más honestos (los deshonestos siempre encontrarían donde reubicarse, incluidas las filas del extremismo de signo contrario) acusándolos de comunistas solapados. Ningún esfuerzo será suficiente para prevenirse contra esa aspiración a la pureza que enloqueció a los españoles en tiempos de la Inquisición. Esa que se saldó con conversiones masivas para luego dedicarse a la persecución de conversos tan poco convincentes.
Que todo vuelva a ser… como no era ayer
Quizás el mayor riesgo del subgénero literario “la Cuba del mañana” consista en parecerse a una carta a los Reyes Magos. Que responda más a los deseos propios que a la realidad a la que se intenta dar una forma más o menos habitable. Uno de los impulsos más comunes es la ilusión de que la Cuba del mañana sea una reedición digital y con wifi de la Cuba del ayer. Sí, esa imagen con la que nos hemos consolado por años en la que el peso cubano estaba a la par con el dólar estadounidense, había un canal de televisión a color antes que en cualquier otro lugar del mundo —exceptuando Estados Unidos— y el país aparecía entre las dos o tres economías más robustas del continente.
Por mucho que nos haya servido ese recuento nostálgico para convencernos de que la debacle de ahora no tiene por qué ser el estado natural de la isla, como modelo de futuro resulta engañoso. Si es reconfortante saber que Cuba alcanzó esos niveles de prosperidad luego de la guerra de 1895, casi tan devastadora como los 67 años de castrismo, tanto Cuba como el mundo han cambiado muchísimo desde 1898. Hace siglo y cuarto bastó —en lo económico— con reconstruir la industria azucarera y tabacalera para abastecer a un planeta ávido de sacarosa y nicotina. Y en lo espiritual se encontró en la mística mambisa y martiana el emplasto que restañó la autoestima nacional. Ahora empezaríamos unos cuantos escalones más abajo, con una economía en ruinas sin otro horizonte que el turístico y una sociedad reprimida, paralizada y desmoralizada durante demasiado tiempo y con un hambre insaciable por todo tipo de justicias. Sospecho que, una vez resueltos los tres grandes problemas cubanos —el desayuno, el almuerzo y la comida— todo lo que ofrezca la nueva democracia va a parecer poco comparado con lo que prometió y nunca cumplió el castrismo.
Boris Larramendi, uno de mis músicos de cabecera y de los más insistentes en imaginar a Cuba más allá del castrismo, creó en su canción “Enfermera” una de las fórmulas más prometedoras para el futuro cubano: “ojalá que todo vuelva a ser como no era ayer”. En esa paradoja el cantautor mezclaba los dos impulsos que laten en las últimas décadas de historia cubana: el del regreso a un pasado dorado y la búsqueda de un futuro de posibilidades infinitas. Boris en cambio propone un nuevo comienzo donde la nostalgia por el pasado no nos haga regresar a él pero sin abandonarnos a la quimera de los futuros perfectos. Del gesto contradictorio de volver a ser lo que no se era me atrae su astuta cautela: el abandono de las ilusiones desmedidas no implica renunciar a tener sueños algo más factibles.
De ahí que si se me pidieran instrucciones para un aterrizaje forzoso en la Cuba del mañana mis recomendaciones serían mayormente negativas. Versarían menos sobre lo que se debe hacer que sobre lo que deberíamos evitar a toda costa. Aunque ya las haya anunciado en las páginas anteriores, aquí las resumo.
—No aspirar a la pureza, menos en un país en que un régimen totalitario cultivó todo tipo de complicidades durante siete décadas. Porque el totalitarismo es en esencia eso: una fábrica monstruosa de complicidades. Recordar que todas las sociedades se componen de gente buena, mala y hasta regulares. Y que las buenas no están exentas de ejercer el mal de vez en cuando y las malas pueden hacer el bien a veces, aunque no lo pretendan. Que una sociedad sensatamente organizada debe regular los impulsos naturales de la gente recompensando los buenos y desalentando los malos. Pretender algo más es preparar otro descenso a los infiernos.
—Renunciar al viejo hábito de creernos excepcionales, para lo bueno o para lo malo. Los cubanos no somos mejores que nadie ni radicalmente peores. Puede que la experiencia totalitaria parezca excepcional en un continente más proclive a las salvajadas bananeras que al puntilloso control norcoreano, pero no olvidemos que esa experiencia fue lugar común en buena parte del mundo durante demasiado tiempo.
—Evitar los métodos radicales y las metas absolutas. No se trata de edificar una sociedad perfecta sino una medianamente habitable. Eso incluye a la justicia y esta disyuntiva: ¿priorizar el castigo como en los tribunales revolucionarios de 1959 o gestionar una transición incruenta como la española, la argentina o la chilena, donde los culpables escaparon a cambio de no hacer mayor resistencia?
—Aprendamos de la experiencia totalitaria: no hay almuerzo gratis, ni atajos al paraíso. Desconfiemos de los mesías carismáticos, las promesas irrealizables y los planes faraónicos con costos ridículamente bajos.
—Evitemos la trampa de las ideologías. No hay sistema universal de comprensión de la realidad, ni respuestas automáticas y perfectas a los problemas que presenta lo real. Ni siquiera antídoto absoluto a las ideologías que detestamos. Y aprendamos de una vez que una ideología que se ocupe en contrarrestar la ideología rival en cada uno de sus detalles terminará pareciéndose a esta más de lo que le gustaría reconocer.
—Si lo único que hemos aprendido luego de casi siete décadas de régimen comunista es que “el comunismo es malo” habremos aprendido muy poco. Reconozcamos también la maldad intrínseca de cualquier régimen autoritario por mucha simpatía que nos puedan inspirar sus líderes. Tengamos en cuenta que todo el poder que se les ceda en caso de emergencia difícilmente le será devuelto al pueblo cuando las circunstancias mejoren. O que la tolerancia no es un acto de bondad sino un método elemental de convivencia. O que confundir la moral vigente con la ley y la justicia es el camino a nuevos totalitarismos.
—Protejamos a las minorías, sobre todo a esa minoría esencial que es el individuo. Asumamos que mientras las minorías y los individuos no contravengan leyes claras y bien delimitadas deberá permitírseles su accionar sin restricciones, por mucho que su actuación contraríe las concepciones o costumbres de la mayoría.
—No idealicemos el pasado, pero tampoco el futuro. La constitución de 1940, por mucho que se la presente como una de las más avanzadas de la época, no pudo evitar la destrucción de las bases sobre las que estaba asentada. Y de poco servirá que futuras constituciones se pretendan igual de avanzadas, si las instituciones y la ciudadanía que deberán hacerlas funcionar no están conscientes de la necesidad de respetar las reglas democráticas, sobre todo cuando las vean como un estorbo. Porque esa es la principal función de dichas reglas: estorbar nuestras borracheras de entusiasmo.
—Seamos conscientes de que, por abrumadoras que puedan parecer las secuelas del castrismo, apenas la sociedad cubana empiece a experimentar una leve mejoría comenzarán a aparecer nuevas dificultades que antes nos parecerían inimaginables: desde la obesidad y la congestión del tráfico hasta el control de la inmigración y la gentrificación. Preparémonos para ello, aunque no parezca urgente. Pronto lo será.
—Evítese tirar el niño de la bañera junto con el agua sucia. El sistema de salud y educación universales —por poner un único ejemplo— del que tanto se ufanaba el castrismo y que hoy está en ruinas no es un invento comunista. Funciona en buena parte del mundo con más o menos eficacia, aunque sin abolir los sistemas privados de educación y salud. Y así con otras cosas que el castrismo se atribuyó como propias, pero son parte de cualquier sociedad moderna sin tanta alharaca. Suprímase, eso sí, la propaganda sobre aquello que debería ser parte del funcionamiento de cualquier sociedad normal como el éxito de la cosecha de papas, por ejemplo.
—Es indudable que la diáspora deberá tener un papel fundamental en la recuperación del país, pero esta deberá ser generosa y comprensiva con la población de la isla para evitar que las obvias diferencias del presente se conviertan en una relación abusiva y aprovechada en el futuro. Pero como la generosidad humana no está garantizada deben crearse reglas que prevengan posibles abusos.
—Si la desconfianza, la sospecha y la polarización social y política fueron las armas fundamentales del castrismo para dividir a la sociedad cubana y así ejercer mejor su poder sobre ella, pensemos en formas de superarlas y, desde el reconocimiento de las diferencias, conseguir una necesaria cohesión social basada en el respeto de la ley y la asociación en torno a intereses comunes.
Si antes invocaba una frase de Boris Larramendi como clave para avanzar hacia una nueva posibilidad de nación, ahora pienso en otra, la de otro amigo infelizmente desaparecido, Raúl Ciro. Este, en una canción que invocaba en el título el aerostato de Matías Pérez “Villa de París”, terminaba deseándole al país un descanso tras el incesante ajetreo histórico de las últimas décadas: “quiero verte dormir, Cuba”. De eso se trata en primer lugar, de asegurarle a aquella pobre isla un instante de reposo.
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