Daniel Céspedes Góngora: Pero siempre pasa / ‘De cada día’, de Fina García Marruz

Autores | 27 de mayo de 2026
©Portada del libro en Ediciones La Luz

Ella toma el autobús, la guagua —como decimos en Cuba— y observa. Lo hace desde la agonía momentánea de ir parada o tal vez, sentada, se ampara en una relativa comodidad para detallar el panorama. Está el que se repite en la junta diaria y merece su atención. Mas también advierte a la persona que ve por primera vez y llama su atención. Así que mira y vuelve a mirar. La ocurrencia para la cadena de poemas nace durante el viaje en guagua, estancia transitoria o dilatada según quien sea el chofer. ¿Y acaso cada poema no será una alternancia para evadirse de esa realidad frecuente?

Pero Fina García Marruz con De cada día (Ediciones La Luz, 2025) no ha podido salirse o ignorar la realidad del cubano de a pie, frase que comprende no tanto lo que puedes hacer sino cuanto se tiene. El “de a pie” en este país casi que se hereda, pues para trasladarte con comodidad y a tu verdadero antojo suele ser condición favorecida para la clase dirigente, tener familia exiliada o haber sido testamentario de un carro familiar. Para 1976, año de la mayoría de estos poemas, la autora de Visitaciones no es una intelectual o escritora mimada por el Estado. Aunque su poesía considere y exceda los territorios de lo frecuente, depende del ómnibus popular.

Desde su condición de transeúnte o persona que espera por la «guagua de todos», la poetisa atisba la posibilidad de otra variante para transportarse. Sobre ese vehículo que pudo tener, pero ya le parece bastante ajeno o difícil de mantener, ironiza con supuesta resignación en el poema que le da título al cuaderno. Se lee:

La maquinita individual pasa

sin siquiera mirar la ansiedad mucha

de la esquina repleta.

El taxi individual pasa

sin escuchar los brazos

que se alzan como voces ansiosas.

La «anchar», más piadosa,

se encarga de algunos náufragos

que tienen unos pesos que pagarle.

Y entonces pasa

la guagua popular, incómoda, cargada

como una noble perra con los cachorros colgando

de su ubre repleta,

demora o sigue, pero siempre pasa,

al cabo siempre se puede

contar con ella,

la alcancía no suena

lo bastante, pero a nadie

se lo baja por eso,

la guagua de todos pasa,

entre improperios, o risa súbita,

pero siempre llega

apretada como la moneda en el pañuelo

de una pobre mujer de pueblo,

la guagua de todos siempre llega.

El costumbrismo poético del que ella hace gala concede una suerte de humor: las imágenes traídas son tan familiares por vividas o aprendidas de oídas. Así, el lector sonríe por ejemplo con «El moralista de la acera» («¡Por favor, muévanse un poco!/ ¡Ahí cabe un pueblo todavía!—, ese moralista, “ ese Savonarola de las aceras,/ que va a ser, como él también quemado solo un poco después, he aquí que, arriba,/ sufre una transformación que escapó a Ovidio,») porque detrás de un extremista… Bueno, Cuba sabe lo que ha dado.

Compuesto por retratos que parecen parodias de algunos que van y vienen, los personajes del cuadernillo representan el continuo viajar del sujeto urbano. Que la guagua cual cifra (o tiende serlo) de la sociedad menos favorecida es registro de tanto neorrealismo italiano —tan caro a García Marruz—, como de Se permuta, de Juan Carlos Tabío y de esas situaciones personalizadas que conciertan para el ojo avizor de la escritora la imagen del medio de transporte principal de esta nación.

Esta de versos entrecortados que remeda a ratos el habla popular sigue siendo Fina García Marruz en una faceta de reconocimiento y estimulación tanto temática como anímica. Que haya mayor sencillez con respecto a otros libros por reuniones de lo “normal” de cada día es indiscutible. Pero al lector no le conviene quedarse solo con cuanto ella cuenta. En esta radiografía de la guagua cubana está su llamado «realismo de la misericordia», como recuerda Roberto Méndez Martínez en el prólogo para esta edición. Lo que le permite exteriorizar y sugerir su la jungla diversa con la que interactúa sin más remedio. Pero, como sabe tomar distancia y escribe sobre estas vivencias, le otorgan, quiéralo ella o no, cierta conciencia de espectadora, lo cual representa un privilegio de quien puede testimoniar una visión de conjunto. En el fondo, es un inventario de tolerancias y rechazos. Ante la estética de lo común cotidiano, De cada día es el efecto de una fértil sensibilidad artística.