Pablo de Cuba Soria: Cerval y las mucamas de Bobby Fisher

Autores | 28 de mayo de 2026
©Carlos Augusto Alfonso / Hypermedia Magazine

1.

En 1966, Robert James “Bobby” Fischer visitó La Habana como parte del equipo estadounidense durante la XVII Olimpiada de Ajedrez, hospedándose en el hotel Habana Libre, antes conocido como Habana Hilton. Seis años después, Fischer se convertiría en campeón mundial, dando un giro radical a la historia del juego ciencia. El genio de Chicago derrotó a Boris Spassky, terminando así —al menos temporalmente— con la hegemonía soviética en el ajedrez. Ese encuentro en Reykjavík alcanzó tal magnitud simbólica que trascendió el tablero: fue uno de los rostros visibles de la Guerra Fría. Casi cuatro décadas más tarde, en 2004, Carlos Augusto Alfonso publicó su libro de poemas Cerval.

Así, como vasos comunicantes, en Cerval aparece un texto maravillosamente extraño que evoca al célebre trebejista en el Hotel Habana Hilton, un poema que no canta convencionalmente, como nada convencional hubo en el juego ni en la personalidad del undécimo campeón mundial, paseante de traje verde por las calles habaneras. Fischer encarna aquí la figura del theios aner (varón divino), ese ser liminal, mezcla de chamán y calculador, cuya genialidad es indistinguible de una manía o posesión que lo aparta de la norma humana.

2.

Carlos Augusto Alfonso (La Habana, 1963) se ha consolidado como una de esas voces que expanden los límites de la poesía en castellano. Sus poemarios anteriores —Población flotante (1994), La Oración de Letrán (1996), Fast Delivery (1997) y Cabeza abajo (1998)— ya anunciaban lo que Cerval confirma ahora: la creación de un modus poético que da fe y carnavaliza su propio decir. Sus versos, impregnados de un humor poético mordaz, son testimonio y desacralización simultánea de un hacer lírico-sintáctico:

ya me quedé en campo santo,

en carreras de sacos, sin relevo,

en una encrucijada sin poder

[“Espada”],

Le cargaron el féretro a Embale

aberisunes de la media mitad,

dos rieles del boloña, aportareken,

     diablitos funerarios,

la confederación helvética de Cuba,

y algunos «echadores» del scrub.

[“Necrología de un cantante”].

En efecto, la obra de Carlos Augusto ocupa un espacio singular en la literatura cubana, pero eso, aunque cierto, es solo una verdad parcial. Estamos ante un poeta que, aunque comparte algunos rasgos estilísticos con los de su generación (Diásporas, Juan Carlos Flores), se ha convertido en ermitaño de sus propias resonancias verbales. Cerval es lenguaje selvático, intrincado, “arbusto espinoso”, un matorral de vocablos punzantes. Escritura que opera como los onomata barbara de los papiros mágicos: palabras de poder ininteligible cuya eficacia no reside en el significado lógico, sino en la vibración sonora:

Se medicamentaba, se nublaba la vista con figuras.

Mi incontinencia le servía,

para tratarme con un bosque de ónice,

para pasarla bien y mal en lo posible

[“Se medicamentaba”].

Carlos Augusto es una suerte de ladrón. Roba a poetas como Lezama Lima, Ángel Escobar, José Kozer o Néstor Perlongher… Su escritura se inscribe en la corriente neobarroca de la lírica hispánica. (Ladrón es el verdadero poeta, decía Eliot; quien pide prestado, se ahoga en sus propias deudas). Pero el Lezama de Alfonso no es aquel que los versificadores han desgastado hasta la indecencia; el Lezama de Alfonso se muele dentro de su espinoso lenguaje:

Salgo de mi butaca hacia el proscenio

(como sucede siempre)

orín de Menelao a la ciudad perdida.

Para los que vivimos películas vaqueras el

     Cine Majestic

es modus operandi en Trocadero,

pase a la diligencia que hay que frenar;

rienda la tendedera en Consulado […]

Después del tokonoma viene el nai-lón

el combate pancrasio,

Pascasio, los Speek. Te lo ratificamos bostas,

los travestís (los negros) los bozales,

     los nietos de Nene.

[“El cine al que no iba Lezama”].

De igual manera, se trituran en su lenguaje el tacón jorobado de “Vida de Flora” (Virgilio Piñera):

¿Tenía Goebbels un pie más gordo que otro?

¿Qué pasa cuando pasa el nueve morado?

[“Un tabique poniente a derribar”];

los fundamentos filosóficos de Kierkegaard:

¿Cuando llegues al cielo y te pregunten

     quién te mató,

dile que Sören.

Qué teoría de la angustia, ni tremedal,

al lugareño dile:

de su libro de justos nació un lápiz,

mal parido, mal hijo, marcador,

cenobio, cenobita, busca en sus despertares

suerte de duermevela.

[“Sorenwhether”];

y las huellas de los aciertos de Joyce o Nietzsche:

no voy a negar a zoroastro mi chocolate yunque

      arte moctezumante

ni a un moribundo mazda esta conversación

     de capas

que le dirá a dublín ya estoy aquí

[“Cerval”].

Pero más allá de toda una vasta tradición cultural, el poeta arroja a su trituradora giros lingüísticos y situaciones del acontecer cotidiano:

¿Arrancaron los leones, asere,

de la fuente del parque de 21 y H (…)

una carta del hijo a Leonor Pérez;

una edificación (de micro) a Víctor Hugo, en

     la foto de Cintio;

de Fina; de Gaztelu, cerca del pozo con pilares

donde cayó la hija de Gruvkov

una silueta beige que apenas se dibuja.

[“Cómo no se me ocurrió antes”];

y del imaginario histórico:

cuando siento a mi padre haciendo sus mejunjes

      de agua y azúcar

me niego a dar crédito al oído

pospongo mi confianza en el porvenir

presente en la neoplasia desperdigada

doy rasgos de equilibrio cuanto más

antes de recurrir al antes –y aun después–

vuelve la cucharilla a acertar el vaso.

[“períodos E”].

Esto es, un bosque enyerbado donde cabe todo, donde la historia y demás “saberes” se reducen (o se expanden) a un desfile de alucinantes esperpentos. Y en ese bosque las palabras no son simples arbustos: son máquinas de precisión, engranajes de un taller de vibraciones lírico-sintácticas que dan vida a un autómata verbal, un artefacto que se mofa de todo y de sí mismo en el acto de decir.

Carlos Augusto afila cada verso para que corte, para que hiera; no hay aquí blandura de salón, sino el choque de sílaba contra sílaba, un «tokonoma-nailon» que traquetea como un tren descarrilado. Escuchen bien, estos poemas no ofrecen una música cualquiera, sino percusión —consonantes que golpean como martillos sobre yunques—, imágenes que no se contemplan, sino que se esquivan. En vez de invitar a la contemplación, Cerval agarra al lector por la oreja y lo educa en “las vibraciones que escuchan los sismógrafos”, en esas ondas que, como diría Ezra Pound, desarman lo blando y previsible.

3.

Volvamos a Bobby Fischer —por coherencia, por nostalgia, para justificar el título de estas páginas—. El ajedrecista norteamericano, genialmente esperpéntico, porta lo auténtico como su doble filo: su verdad es también su sacrilegio, y por eso se vuelve pasto ideal para el poeta:

En el Hilton Guitart antes que me despierte

     yo las veo

a esas limpiadoras como a las carboneras

gastándose en el río, chinas pelonas;

como retienen líquido y aguantan una

     depilación en cera

[“Las mucamas del Hilton”].

Tremendo: mucamas —chinas pelonas, sacudidoras de lámparas— que aparecen en el yerbazal de Carlos Augusto, y nada menos que junto a Bobby Fischer —o Míster Fishero— quien “juega omnipresente a todas todas / repite su jugada de rabino de Praga / con saltos de mucama fetiche”. Nada: el “Hilton es un tablero y es un hidratante” donde “Fischer juega” —¿con el traje verde de sus días habaneros?— y se revela burlón, maldito.

Un poeta, dirían los ingenuos, debería cantar. Augusto no canta: desarma el canto y entrega sus fragmentos. O mejor dicho, Cerval corta, recompone la tradición en astillas. No hay salida aquí, como en la selva oscura de Dante, pero el poeta tampoco la busca: se regodea en su viaje prosódico. En Cerval hay un idioma que mastica a Joyce, a Lezama y a todos los demás —incluso voces de aseres con grabadoras sobre los hombros—, pero que no los digiere del todo, ya que se niega a ser eco, sombra, epígono. Prefiere ser ese fuego sin forma del que sale una voz, como prometían los Oráculos Caldeos a los teúrgos; esto es, una aparición informe, balbuceante, pero cargada de una potencia ontológica superior a la de la forma pulida.

De cuando en vez, los poetas alcanzan la extrañeza, el equívoco, la tensión del misterio. ¡Salve, Carlos Augusto!

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[*] Este texto forma parte Collage Montaigne, libro de Pablo de Cuba Soria publicado por Casa Vacía en 2025.