Jorge Brioso: Cuba / Una historia sin futuro

Continúa nuestro dossier «Cuba y sus futuros», con esta axial reflexión del ensayista y pensador Jorge Brioso sobre el pasado, el presente y el à venir cubano.
Gocen
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A Mike Porcel, lo mejor de ese país que se describe con tanto desaliento en estas páginas.
“El clamor que rebota desde la Isla parte de una ética que es puro instinto de conservación: Apúrense, si van a hacer algo”.
Orlando Luis Pardo Lazo, “Siempre que luchan la KGB contra la CIA”
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I.
El futuro de Cuba se siente más cerca que nunca. Pero los que tenemos cierta edad sabemos que esos presentimientos, en el caso cubano, suelen ser sibilinos. Cada generación ha tenido su hora decisiva. Cada una creyó asistir al umbral de una transformación irreversible. Y, sin embargo, el porvenir prometido siempre acabó desplazándose unos años más adelante. Cuba parece vivir en un estado permanente de inminencia: siempre a las puertas de algo que nunca termina de ocurrir.
Muchos esperaban que el derrumbe ocurriera luego de la caída del muro y de la desintegración de la ex-Unión Soviética. Los periódicos no se cansaron de anunciar el fin de la Guerra Fría y una nueva era para Cuba. Se llegó a hablar, incluso, del fin de la historia y de la imposición a nivel global del modelo de convivencia que Occidente había promovido: la democracia liberal. Más tarde, cuando Obama restableció las relaciones diplomáticas con el régimen sin exigir ninguna reforma, por mínima que fuera, volvió a parecer que el desenlace estaba próximo.
Con la escasa imaginación política que suele caracterizar a las conciencias bien pensantes a ambos lados del Atlántico, se recuperó entonces, en clave emancipadora, una vieja idea que durante mucho tiempo había condenado a Cuba a un destino colonial: la salvación vendría del Norte. Esta vez, sin embargo, de un norte bueno y benévolo que, además, había adoptado por fin un semblante multiétnico y multicultural con la elección de su primer presidente afroamericano. Todos los males de Cuba, sostenía esta narrativa, se debían a su vecindad con el gran imperio de las Américas, y el cambio político que este había experimentado tenía que traducirse inevitablemente en la liberación del pueblo cubano. No del totalitarismo —eso parecía secundario— sino del criminal embargo y de la hostilidad de su poderoso vecino.
Sobre el día después de la muerte de Castro se habían escrito toneladas de páginas. Se predijo todo, menos lo único que pasó: nada. Ahora las esperanzas se han desplazado al bloqueo energético que la actual administración ejerce sobre el régimen y a la retórica beligerante que lo acompaña.
El último avatar de esta larga saga también deposita sus esperanzas en el mismo país, aunque ahora vestido con un disfraz muy distinto. Al fin, reza esta nueva versión de la historia, un presidente americano ha decidido liberar al pueblo cubano de la única manera posible: mediante una invasión real. Ya conocemos el fiasco en que Kennedy convirtió la invasión de Bahía de Cochinos. Trump, según esta lectura, habría tomado por fin la decisión que debió ejecutarse hace más de sesenta años: invadir Cuba y liberarla del peor gobierno que jamás tuvo una isla que, como dijo el mejor de sus poetas, es un país frustrado en lo esencial político.
A pesar de lo variopinto de estas sucesivas versiones del futuro de Cuba, todas comparten un rasgo común. El futuro cubano se parece un poco al viejo Proteo: todos creen reconocerlo, pero cambia de forma apenas intentan apresarlo. Ha sido la caída del comunismo, la apertura diplomática, la muerte de Castro, el endurecimiento de las sanciones o la promesa de una intervención extranjera. Ha adoptado innumerables rostros, pero ninguno ha logrado fijarlo.
Y, sin embargo, lo más llamativo es otra cosa. En ninguna de estas variantes parece haberse contemplado seriamente la posibilidad de que el sujeto de la historia cubana sea el propio pueblo cubano. La Cortina de Hierro, Moscú, Washington, Obama, Trump, el embargo, su levantamiento o la muerte de Castro han ocupado sucesivamente el centro del escenario. Los cubanos, en cambio, suelen aparecer como espectadores de un drama cuyo desenlace depende siempre de otros.
Quizás la única forma de que Cuba acceda finalmente a ese porvenir —tan proteico, tan escurridizo y tan difícil de definir— sea que los propios cubanos tomen las riendas de su destino, se levanten contra el régimen que los ha oprimido durante más de seis décadas y busquen después, por sí mismos, la fórmula de convivencia que más los atraiga o convenza. Quizás el verdadero futuro de Cuba comience el día en que los cubanos dejen de ser objeto de las profecías ajenas y se conviertan, por fin, en autores de su propia historia.
Pero esta última hipótesis peca, incluso en un sentido más radical, de lo mismo: ligar el tiempo del porvenir a una profecía. Una profecía, además, más endeble que las demás, pues especula sobre un hecho que todavía no ha tenido lugar. Se podrían aducir, para sostenerla, los muchos intentos que hubo durante los años sesenta y setenta por parte de los cubanos para liberarse de la tiranía: la invasión de Bahía de Cochinos por la Brigada 2506, una operación concebida y financiada por Estados Unidos, pero frustrada en gran medida por las decisiones adoptadas por la administración que terminó ejecutándola, en la que los cubanos ocupaban, sin embargo, un lugar mucho más central que en cualquiera de las otras hipótesis que hemos examinado; o los grupos que se alzaron contra el régimen castrista en el Escambray.
Pero no se puede negar que ha llovido mucho desde aquellos años hasta el momento en que escribo estas páginas.
Tampoco sería justo afirmar que los cubanos han permanecido completamente inmóviles durante estas décadas. Se podría citar, por la novedad que supuso, la iniciativa promovida por el Movimiento Cristiano de Liberación bajo el liderazgo de Osvaldo Payá: el Proyecto Varela. La propuesta se amparaba en la propia Constitución cubana de 1992, que reconocía el derecho de los ciudadanos a promover cambios legislativos mediante la presentación de más de diez mil firmas. Apelando a ese marco jurídico, sus promotores exigían libertades de expresión y asociación, una amnistía para los presos políticos, el derecho de los cubanos a crear empresas privadas y una nueva ley electoral que garantizara la participación libre de los ciudadanos en la elección de su destino político. Lo verdaderamente singular de aquella iniciativa no residía únicamente en sus demandas, sino en el presupuesto sobre el que descansaba: la creencia de que el propio orden constitucional surgido de la Revolución contenía recursos normativos capaces de limitar el poder que había contribuido a instituir. Como señaló Jorge Salcedo Maspons en un artículo titulado “El Proyecto Varela o las trampas de la fe”, la iniciativa depositaba su confianza en un texto constitucional y en un aparato jurídico que el régimen había manipulado y vulnerado reiteradamente. Sus conclusiones eran tan lúcidas como severas: “Concederle legitimidad a la Constitución de 1976 es partir de la mentira, y sobre la mentira no se puede fundar la democracia en Cuba (…) No es partir de la ley para llegar a la ley, sino perpetuar la ilegalidad”. La mentira a la que aludía Salcedo Maspons no residía en la conducta de quienes impulsaron el proyecto —entre los cubanos más honrados de su generación— sino en el presupuesto jurídico sobre el que descansaba su estrategia. El fracaso del proyecto no solo puso de manifiesto la clausura de los canales legales de reforma, sino también los límites de una esperanza política que buscaba transformar el sistema apelando a los principios que este afirmaba consagrar.
Ya en este siglo, una parte de la sociedad civil, junto a numerosos artistas, intelectuales y activistas, intentó abrir espacios de libertad dentro del propio régimen. El llamado artivismo, la creación de plataformas independientes, la emergencia de medios alternativos y, de manera particularmente visible, la labor del Movimiento San Isidro frente a las políticas culturales del Estado, constituyeron algunos de los esfuerzos más significativos por recuperar parcelas de autonomía para la sociedad. Sin embargo, existe una desproporción evidente entre los instrumentos de unos y otros. Resulta difícil derrocar un régimen sostenido por los aparatos de coerción del Estado mediante esculturas sociales, para emplear la expresión con que Joseph Beuys definía este tipo de intervención artística. Aquellas experiencias de libertad no dejaban de poseer algo de teatralidad y de espectáculo. Eran, en gran medida, representaciones anticipadas de una sociedad que todavía no existía. Su importancia histórica quizás no resida en haber transformado el régimen, sino en haber mantenido abierta, dentro de él, la posibilidad de imaginar otra forma de vida colectiva. Pero las coreografías sociales que organizaron estos grupos no dejan de ser una forma de profecía, y las profecías realizadas con los cuerpos resultan tan inciertas como las formuladas con palabras.
Se podría incluso esgrimir un argumento más reciente. Un nuevo fantasma recorre el siglo XXI: las revueltas. Y Cuba no ha estado ausente, en este caso, del espíritu de los tiempos. Me refiero, por supuesto, a la revuelta del 11J de 2021, ese día que permitió que nos asomáramos, aunque fuera solo por unas horas, a lo que se vive fuera del miedo, a la intemperie del Estado totalitario.
La forma en que deberá historiarse ese acontecimiento no se ha revelado aún. Esperemos que no termine sepultado bajo ese falso superlativo, el “azo”, que condena a una excepcionalidad estéril porque no logra tejer una trama común con otros sucesos de la historia, como sucede en los casos del Bogotazo, el Cordobazo, el Caracazo o el Maleconazo. La singularidad del nombre con que se designa esta rebelión, 11J, la distingue, al menos en un sentido, de las otras revueltas mencionadas. Que se la denomine mediante una fecha ilustra el hecho de que fue un acontecimiento que abarcó todo el territorio nacional y que no se vio circunscrito a una ciudad o a un lugar específico.
Sin embargo, si la historia futura no encuentra ecos de aquel acontecimiento encerrado en un solo día, su anomalía y su extrañeza podrían resultar aún mayores que las de aquellas rebeliones ceñidas a un único punto en el espacio.
No hay forma de escapar de una cárcel hecha de tiempo.
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II. El tiempo del después
“La historia del futuro no se remonta muy atrás”.
Niklas Luhmann, The Future Cannot Begin.
Lo más prudente, me parece, no es intentar tener éxito allí donde todos han fracasado, sino cambiar el tenor de la pregunta. No tratar de predecir cómo será el futuro de la isla, sino describir cómo es el mundo al que Cuba se asomará cuando termine por liberarse de la dictadura.
La diferencia entre ambas preguntas remite a dos experiencias históricas del tiempo radicalmente distintas. La palabra futuro proviene de futurum, la forma neutra de un participio del verbo latino sum, esse. Para entender el significado que tendría esta forma del participio en nuestra lengua se le puede contrastar al participio de perfecto, que designa al recipiente de una acción, y al participio de presente, que designa a quien la ejecuta. El participio de futuro, en su forma activa, indica la inminencia o la necesidad de la acción. Lo que será es también, en cierto sentido, lo que debe ser.
Esta estructura temporal desempeñó un papel decisivo en la imaginación histórica de la modernidad. El juicio sobre la historia no provenía de ninguna instancia exterior a ella, sino de la propia historia. La legitimidad de los acontecimientos descansaba en un tiempo ilimitado y redentor en el que el acontecer y el deber ser terminaban por coincidir. Durante siglos, la humanidad vivió bajo el horizonte de esa promesa.
Pero la palabra después apunta hacia una experiencia temporal distinta. También procede del latín. Está formada por el prefijo “de” —que indica dirección descendente— y “post”, que designa la posterioridad. Si se permite el juego etimológico, la forma de porvenir que sucede al futuro moderno es precisamente la de un post: aquello que acontece después de lo que declina, después de lo que languidece, después de la erosión de aquellas certezas históricas que alguna vez organizaron el mundo.
Quizás el error de casi todas las especulaciones sobre Cuba haya consistido en seguir formulando una pregunta propia de la época del futuro. Tal vez resulte más fecundo intentar comprender el después. No preguntarnos qué destino aguarda a la isla, sino cuál es el mundo al que terminará incorporándose cuando desaparezca el régimen que la ha mantenido suspendida durante más de seis décadas en una especie de inmovilidad histórica.
Hay épocas en las que el mundo cambia de piel. Cuando eso ocurre, casi todos siguen viendo el orden que desaparece; unos pocos alcanzan a distinguir el que está naciendo. Para comprender el mundo al que Cuba terminará por incorporarse, me apoyaré en tres de esos observadores privilegiados: Tucídides, Hobbes y Carl Schmitt.
Los tres escribieron en momentos de transición histórica. Los tres asistieron al derrumbe de un orden político y al nacimiento de otro. Y los tres comprendieron, mejor que la mayoría de sus contemporáneos, la lógica del mundo que emergía ante sus ojos.
Tucídides fue quizás el primero en advertir que estaba viviendo una transformación histórica sin precedentes y, precisamente por ello, el primero en otorgar a lo contemporáneo la máxima dignidad histórica. La Guerra del Peloponeso no era simplemente una guerra más entre ciudades griegas, sino un conflicto que alteraba el equilibrio de todo el mundo conocido. Por eso pudo afirmar que se trataba de “la mayor conmoción que haya afectado a los griegos y a buena parte de los bárbaros; alcanzó, por así decirlo, a casi toda la humanidad”. Lo que descubrió detrás de aquel conflicto fue un nuevo principio ordenador de la política: el desplazamiento de las viejas legitimidades por la lógica desnuda del poder.
Hobbes escribió en una coyuntura igualmente excepcional. Las guerras de religión y la guerra civil inglesa habían destruido la unidad espiritual de Europa y mostrado hasta qué punto la apelación a la verdad podía convertirse en fuente de violencia política. El Leviatán fue uno de los primeros intentos de pensar un orden capaz de sobrevivir a ese derrumbe. La paz civil, comprendió Hobbes, no exigía la unidad de las conciencias, sino la obediencia al mismo poder. Algunos de los totalitarismos contemporáneos parecen haber llevado esta intuición hasta sus últimas consecuencias. Ya no necesitan adoctrinar ni fabricar un hombre nuevo. Les basta con que las convicciones permanezcan enterradas en el foro interno. Se puede pensar lo que se quiera siempre que esos pensamientos no intenten intervenir en la esfera pública. Anarquía interior, obediencia exterior. La calle sigue siendo de Fidel o de Xi Jinping. Quizás esta sea una de las fórmulas más eficaces de la opresión contemporánea: gobernar una población que ya no cree en nada, porque resulta difícil controlar una fe, pero puede ser todavía más difícil derribar un régimen en el que nadie cree. Además, quien ya no cree en nada difícilmente creerá en la posibilidad de un cambio, pues toda transformación política exige no solo convicciones, sino también esperanza, esa plusvalía de la fe que la proyecta hacia el porvenir.
Carl Schmitt fue testigo de otra gran mutación histórica. En El nomos de la Tierra reconstruyó la formación, el auge y la destrucción del ius publicum Europaeum, el orden jurídico que reguló las relaciones entre los Estados europeos durante varios siglos. Pero su mirada iba más allá de la desaparición de aquel mundo. Schmitt comprendió que el universalismo que emergía tras la Segunda Guerra Mundial no representaba el fin de la historia ni la consolidación definitiva de un orden planetario homogéneo. Por el contrario, anticipó el retorno de un pluriverso político articulado en torno a grandes espacios (Großräume), cada uno organizado alrededor de una potencia dominante y dotado de una lógica propia. En ese mundo, la soberanía clásica del Estado-nación perdería centralidad frente a unidades geopolíticas de escala continental, y la pretensión de una única potencia de ordenar el planeta acabaría encontrando límites cada vez más difíciles de superar. Vista desde nuestro presente, la teoría schmittiana de los grandes espacios resulta extraordinariamente perspicaz. La progresiva erosión de la hegemonía norteamericana, el ascenso de China, la reaparición de Rusia como actor global y la consolidación de bloques regionales parecen confirmar la emergencia de ese nuevo pluriverso que Schmitt entrevió a mediados del siglo XX.
Durante décadas el lenguaje dominante fue el del universalismo liberal, los derechos humanos, la gobernanza global, el fin de la historia y la expansión progresiva de un mismo modelo político. El discurso pronunciado por Marco Rubio en la Conferencia de Seguridad de Múnich el 14 de febrero de este año constituye uno de los síntomas más claros de que las leyes del orden internacional han cambiado. Desde el corazón mismo de Occidente comienza a hablarse un lenguaje que ya no es el de Fukuyama sino el de Tucídides, Hobbes y Schmitt. incluso en los momentos en que se hace desde posturas que suponen una tensión con las que sostuvieron estos pensadores.
Resulta significativo que Rubio cierre su intervención apelando todavía a la vieja jerga del futuro, aquella que interpreta el porvenir en clave de destino y necesidad histórica: “yesterday is over, the future is inevitable and our destiny together awaits”. La frase no cumple una función descriptiva. No intenta explicar el mundo que emerge, sino movilizar una voluntad política. Su carácter es menos analítico que performativo, menos constatativo que exhortativo. Pareciera que cuando el nuevo lenguaje de la geopolítica, de los grandes espacios y de la rivalidad entre potencias necesita convocar a la acción colectiva, termina recurriendo a la gramática heredada del futuro moderno. Como si el mundo que viene ya hubiera encontrado su lógica, pero todavía no hubiese encontrado del todo su retórica.
Este discurso mezcla dos modalidades retóricas que, a primera vista, parecen incompatibles entre sí: la Real Politik, con el cinismo que le resulta inherente, y un voluntarismo teñido de mesianismo.
Siguiendo la pulsión realista —entiéndase tucídidea, hobbesiana, schmittiana— que recorre todo el discurso, Rubio denuncia sin tapujos algunas de las ilusiones que acompañaron la embriaguez occidental posterior a la caída del Muro: “la euforia de aquella victoria dio lugar a una peligrosa ilusión: la de haber entrado, como se decía entonces, en el ‘fin de la historia’; la de que todas las naciones acabarían adoptando la democracia liberal; la de que los lazos creados por el comercio sustituirían a las comunidades políticas; la de que el llamado ‘orden internacional basado en reglas’ —esa expresión tan repetida como vaciada de sentido— reemplazaría al interés nacional; y la de que terminaríamos habitando un mundo sin fronteras en el que todos seríamos ciudadanos del mundo. Era una fantasía que ignoraba tanto la naturaleza humana como las lecciones acumuladas por más de cinco mil años de historia. Y su costo ha sido considerable”.
Por otro lado, el discurso insiste una y otra vez en que el declive de Occidente no constituye un destino, sino una opción. Si este hemisferio es capaz de reivindicar sus logros, recuperar su unidad cultural, religiosa y lingüística, y mantener vivos los vínculos con el pasado que lo convirtió en el mayor logro civilizatorio de la historia, los fantasmas que hoy lo acechan podrán ser exorcizados y sus adversarios, derrotados.
Ambos marcos, y eso vuelve el diagnóstico más interesante desde el punto de vista analítico, pero mucho más problemático en el terreno político, se encuentran estrechamente entrelazados. La reivindicación de la soberanía nacional frente al orden internacional surgido tras la Segunda Guerra Mundial depende, paradójicamente, de la capacidad de Occidente para preservar la hegemonía política, económica y moral que hizo posible ese mismo orden. Del mismo modo, la defensa de los intereses nacionales presupone un grado de cohesión cultural y estratégica entre las naciones occidentales que parece difícil de reconciliar con una afirmación irrestricta de la soberanía de cada una de ellas. El Brexit constituye quizás el ejemplo más visible de esta tensión: la recuperación de la soberanía nacional británica se produjo a costa de debilitar uno de los principales instrumentos de integración política del continente europeo.
Por otro lado, la lucidez con que el discurso cuestiona ciertos ideales del universalismo contemporáneo —como el cosmopolitismo y su aspiración a un mundo sin fronteras, una utopía que no solo parece irrealizable, sino que tampoco es perseguida en la práctica por muchos de quienes la proclaman— no encuentra un correlato semejante en la evaluación de los costos asociados a su alternativa. El derecho de los Estados a defender sus fronteras y a preservar su soberanía aparece afirmado con claridad, pero apenas se reflexiona sobre la brutalidad con que estos principios han sido implementados por la actual administración estadounidense, con un elevado costo humano y social y con la erosión de garantías y derechos que durante décadas se consideraron inviolables.
Asimismo, la reivindicación de la soberanía nacional no va acompañada de una reflexión igualmente explícita sobre los límites de ese principio ni sobre las circunstancias que justificarían su suspensión. El discurso defiende con vigor el derecho de las naciones a decidir su propio destino, pero guarda silencio acerca de los criterios que legitimarían la intervención en terceros países cuando los intereses estratégicos de Estados Unidos se consideran amenazados. Casos como Venezuela o Irán revelan esta zona de indeterminación. La cuestión no es si tales intervenciones pueden llegar a justificarse, sino bajo qué principios normativos lo harían. Resulta significativo que el discurso apenas invoque, como hicieron otras generaciones de dirigentes occidentales, la promoción de la democracia o los derechos humanos como fundamento de una eventual intervención. La lógica que parece imponerse es otra: la de la seguridad, el equilibrio de poder y el interés nacional.
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III. ‘Cuando se reúnen la KGB y la CIA, siempre gana la policía’ (Joaquín Sabina)
Si el discurso de Rubio permite entrever algunas de las transformaciones que atraviesan el orden internacional, un acontecimiento mucho más discreto permite observar cómo esas transformaciones se manifiestan en el caso cubano. Me refiero a la reciente reunión celebrada en La Habana entre representantes de la CIA y de la Seguridad del Estado. Más allá de los detalles concretos del encuentro, lo verdaderamente revelador es aquello que deja entrever acerca de las prioridades que orientan el cambio que se intenta inducir en la isla.
Ni la CIA ni la Seguridad del Estado han sido nunca instrumentos de democratización. Las prioridades de quienes se sientan a esa mesa parecen situarse en otro lugar. Para Estados Unidos, la cuestión fundamental es la estabilidad: evitar un éxodo masivo hacia su territorio, impedir el surgimiento de una situación caótica a noventa millas de sus costas y garantizar que la transición cubana no genere amenazas para su seguridad nacional. Para los aparatos de poder de la isla, las prioridades parecen ser distintas, aunque no necesariamente incompatibles: asegurar alguna forma de continuidad institucional, reducir los riesgos asociados a una eventual apertura política y preservar los intereses económicos acumulados durante décadas alrededor del conglomerado militar GAESA.
No se trata de una cuestión menor. Las estimaciones más conservadoras atribuyen a GAESA el control de aproximadamente el 40 % del PIB cubano, mientras que otras elevan esa cifra hasta cerca del 70 % cuando se consideran los principales circuitos de generación y captación de divisas de la economía insular. Cualquier proceso de transformación política en Cuba deberá enfrentarse, por tanto, a una realidad elemental: el principal actor económico del país no es una empresa privada ni una institución civil, sino una estructura empresarial controlada por las Fuerzas Armadas.
Pero la cuestión no es únicamente económica. Una eventual transición también obligaría a negociar la situación personal de quienes han ejercido el poder durante décadas y se encuentran estrechamente vinculados a esas estructuras. El reciente intento de procesar judicialmente a Raúl Castro en un tribunal de Florida introduce una variable adicional en cualquier escenario de negociación futura. Más allá de la viabilidad jurídica de este tipo de iniciativas, su mera existencia modifica los incentivos de los actores involucrados. Desde la perspectiva de quienes controlan hoy el aparato político, militar y económico de la isla, una transición deja de plantear únicamente interrogantes sobre la conservación del poder o del patrimonio acumulado alrededor de instituciones como GAESA. También abre la posibilidad de tener que responder ante la ley, ya sea en Cuba o en los Estados Unidos, en un eventual escenario poscastrista.
Esta circunstancia complica considerablemente cualquier salida negociada. Las transiciones políticas suelen exigir algún tipo de equilibrio entre las demandas de justicia y las garantías ofrecidas a quienes abandonan el poder. Las exigencias de la paz civil y las de la justicia rara vez coinciden plenamente. La transición española constituye, en este sentido, uno de los ejemplos más conocidos de esa tensión. Cuanto mayor sea la percepción de riesgo jurídico para los miembros de la élite gobernante, menores serán los incentivos para facilitar procesos de apertura o reforma. Lo que para unos representa una exigencia legítima de rendición de cuentas, para otros puede convertirse en una razón adicional para aferrarse al poder hasta el final.
Quizás esta sea una de las claves para comprender la naturaleza de las conversaciones que hoy tienen lugar entre Washington y La Habana. Cuando los servicios de inteligencia de ambos países se sientan a dialogar, es probable que la cuestión decisiva no sea cómo democratizar Cuba, sino cómo administrar una eventual transformación sin provocar un colapso político, económico o institucional.
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IV. Viajar en taxi en el mundo del después
Si quieres conocer el pulso de una ciudad, reza la sabiduría popular, escucha a sus taxistas. Mi experiencia, en este sentido ha sido muy curiosa. Mi esposa es salvadoreña-americana y yo, como puede imaginar quien lee estas páginas, soy cubano-americano. Hemos viajado, desde que estamos juntos, hace ya 25 años muchas veces a Latinoamérica. Durante las dos primeras décadas de este siglo, siempre que me preguntaban de dónde éramos había una total indiferencia respecto a su país de origen, mientras a mí enseguida me empezaban a hablar de Fidel y de la educación gratuita en Cuba y de la calidad de sus médicos. A partir del 2020, más o menos, todo ha cambiado radicalmente. Ahora el nombre de Cuba, para mi beneplácito, deja indiferente a todos los choferes, mientras que en cuanto escuchan el Salvador empiezan a pedir a gritos un Bukele para que salve a su país de la inseguridad en la que están condenados a vivir.
La revolución, eso sin duda es una ganancia, ha dejado de alimentar los sueños del ciudadano de a pie. Ahora se pide seguridad, estabilidad y orden, al precio que sea necesario. La promesa de la emancipación ha cedido terreno a una demanda más elemental: protección frente al miedo.
Hobbes le ganó el pulso a Marx.
Cuba ha sentido muchas veces extrañeza respecto a su localización latinoamericana. Y esto no solo se debe a la superstición de la excepcionalidad cubana. Hay algunas razones históricas para ello. Me limito a mencionar dos: su tardía, intervenida y accidentada independencia, su largo y sórdido periplo por el comunismo. Pero en este caso, si se juzga por las predilecciones de una parte no despreciable de los cubanos que viven fuera de la isla, pareciera que, al fin, Cuba podría alcanzar su destino latinoamericano y terminar reclamando un hombre fuerte que garantice el orden y el progreso, esos lemas que lleva la bandera de uno de los países más caóticos y con mayores desigualdades de Latinoamérica: Brasil.
Frente al caos y la pauperización actuales, casi cualquier cosa que llegue podrá presentarse como orden y progreso. La democracia, al menos eso sospecho, seguirá esperando su Kairós, su momento oportuno.
Cuba será arrastrada, tarde o temprano, al tiempo del después. Nada garantiza que la democracia la esté esperando al otro lado. Algo en mí teme que la democracia haya sido únicamente la mejor institución política de la época del futuro.
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