Juan Miguel Pozo: La ciudad intacta

Autores | 21 de julio de 2026
Templo de Afrodita en Aydin, Turquía / Pinterest

Dicen que los exiliados acaban reuniéndose para hablar de la ciudad que dejaron. Es curioso: nunca empiezan por lo importante. Nadie habla de dictaduras, de fronteras ni de ideologías. Hablan de una ferretería que ya no recuerdan si estaba en la esquina o a mitad de la calle. Del portal donde vivía una anciana cuyo nombre se ha perdido. De una panadería que quizá nunca estuvo donde todos juran que estuvo.

Se corrigen con una seriedad casi infantil. Discuten la dirección de una calle como si de ello dependiera el orden del universo. Y, de algún modo, depende.

Porque una ciudad no desaparece cuando derriban sus edificios. Desaparece cuando ya no existe nadie capaz de decirle a otro: «No, era una calle más arriba».

Entonces la memoria deja de recordar y empieza a construir.

Tal vez por eso los exiliados terminan inventando aquello que aman. No mienten. Protegen. Comprenden (aunque nunca lo digan) que la fidelidad absoluta pertenece a la memoria; el amor en cambio siempre modifica un poco las cosas para impedir que mueran.

Hay un momento además en que la ciudad continúa viviendo sin ellos. Cambian las fachadas, los nombres de las plazas, los vecinos, las costumbres. Un niño juega en el mismo parque sin saber que alguien a miles de kilómetros sigue creyendo que aquel banco es suyo. El exiliado también cambia. Y un día descubre que incluso si regresara, tendría que pedir indicaciones.

Ahí comprende la verdadera naturaleza del exilio.

No consiste en haber abandonado un lugar. Consiste en que el lugar del que uno salió ya no puede coincidir con el lugar al que uno volvería. Por eso hablan durante horas. No intentan reconstruir una ciudad. Intentan retrasar su segunda muerte.

Porque la primera ocurrió cuando la dejaron todo. La segunda ocurrirá el día en que nadie vuelva a pronunciar sus calles.

Sit tibi terra levis.

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Publicación fuente Blog ‘Imbéciles’