Adriana Normand: Un perro cubano llamado Carlos

Cuando toco la puerta de casa de Vivian Lechuga para buscar mi ejemplar del libro Perro cubano (InCUBAdora, 2026) que me ha mandado su hijo Carlos, no puedo evitar recordar aquellos días de hace unos cinco años cuando comencé a ir a esa casa para trabajar junto a él en su libro acerca de la censura en Cuba de su película Santa y Andrés (Ni Santa ni Andrés, Verbum, 2022).
En verdad esta historia comienza antes, comienza cuando en 2020 escribí una reseña de En brazos de la mujer casada (Editorial Hypermedia, 2020). En ese momento cuando Carlos me obsequió su texto lo hizo con una dedicatoria donde me señalaba que los cineastas no son escritores. Yo creo que esa frase fue para él una sentencia, pues desde entonces hasta hoy ha publicado varios libros, casi uno por año, lo que lo convierte en unos de los escritores cubanos que más escribe y publica, al menos de los que yo tengo noticia.
Perro cubano, además, es un volumen que la valió a su autor el Premio Franz Kakfa de Ensayo/Testimonio de 2026 que otorga InCUBAdora, ese proyecto acunado por Carlos A. Aguilera, que ha ayudado a que mucha de la literatura cubana que se hace en estos días haya sido puesta a nuestra alcance; estoy pensando por ejemplo en la multipublicada novela La puta y el hurón de Martha Luisa Hernández Cadenas (Martica Minipunto), Princesa Miami de Legna Rodríguez Iglesias o La nada cubana de Katherine Perzant, entre otros.
Cada libro que he leído de Lechuga tiene una parte muy importante de sí mismo, en cada uno de ellos tenemos un acceso directo a muchas de sus historias personales y familiares, entre sus páginas podemos saber anécdotas de su abuelo diplomático, de su abuela espiritista, de su valiente madre intelectual, de su vida amorosa. Sin embargo, este es, para mí, el más personal.
Es un texto escrito de una manera aparentemente sencilla, sin grandes alardes de lenguaje, como quien escribe un diario para leerlo luego al día siguiente o para llevarlo a su psicoanalista en la próxima consulta. Este es un libro indagatorio, una especie de exorcismo que practica su autor no sabemos si por que tiene mucho tiempo libre o por que en verdad ha descubierto en la escritura una manera de canalizar todo ese dolor, esa ansiedad, ese deseo de “triunfar en la vida”
Para ello Carlos nos propone un relato que nos esposa a su mano y nos lleva a su vida en España, la vida de un inmigrante cubano, casi siempre sin trabajo, sin lugar fijo donde vivir, lejos de muchos de sus familiares, solo y deprimido. Su protagonista, él mismo (claro), descubre una manera de ganarse la vida cuidando un perro de una familia que sale de vacaciones, y este nuevo trabajo, que le permite hacer largos paseos con el animal y tener tiempo para escribir y sobrepensar, hace que su mirada hacia el otro y hacia el espejo que el otro es de sí mismo se agudice y nos deje una páginas que nos remuevan dentro todo tipo de interrogantes acerca de la vida de un cubano fuera de esta tierra.
Cuando yo era niña, incluso en la adolescencia, uno de los finales felices de los que se hablaba en la familia, en la escuela o en el barrio era el de “se fue”. Por mucho tiempo pensé que irse de Cuba era sinónimo de felicidad, de plenitud, que todo aquel que dejaba el país para seguir su vida en otro lugar del mundo tenía asegurada toda clase de bondades y maravillas, que abundaba el trabajo para todos, las casas hermosas, los autos lujosos y los paseos a sitios paradisíacos. Poco tiempo después empezaron a llegar aquellos cubanos de cadenas de oro alquiladas y descubrí que en realidad irse de Cuba, aun cuando significaba ganar en libertad y oportunidades, no aseguraba ser feliz.
Carlos D. Lechuga nos presenta en Perro cubano a un personaje de la historia de la literatura cubana por el que se siente fascinado y con el que sin poder evitarlo se compara. Eddy Campa se convierte entonces en una especie de ídolo para él –un ídolo que no deja de ser un ser extraño– lleno de un aura de desgracia; un autor apenas publicado, al parecer dueño de una poesía intensa y enrevesada como él mismo. Lechuga se mira en Eddy, abandonado por las calles de un país extraño, rozando los bordes de la criminalidad, del alcoholismo, muerto en algún lugar que nadie sabe; muerto en lo desconocido, en el olvido de amigos y familiares, en una puerta en abismo que nunca termina.
Carlos quiere estar presente y estarlo además para su hija pequeña a la que adora, quiere estarlo también para su madre que dejó en Cuba y que no sabe con certeza cuándo volverá a ver. En estas páginas su vida gira en torno a conseguir los medios para ver a la niña y mandarle a la madre cualquier cosita. En Cuba, sabemos bien, podemos vivir con un poquito de dinero y una botas de charol.
Así vamos viviendo y respirando a la par suya, mirando mujeres hermosas, o no tanto, en la calle, fumando puros que llegan desde este nuevo continente al antiguo para que sean consumidos en un parque cualquiera donde el cineasta/escritor/inmigrante/ paseadordeperros se sienta a angustiarse con su vida, a anticiparse a sus desgracias y a la vez a compararse con Eddy, con los transeúntes, con los vagabundos.
Siempre hay alguien peor que uno, decían y dicen los viejos, y nunca he sabido si es para alegrarlo a uno o para acabar de deprimirlo. Cuando leo este texto no puedo dejar de pensar en mi propia familia fragmentada, en las promesas de éxitos de mis seres queridos que se fueron de Cuba y que en muchos casos no se cumplieron, en una urna con cenizas de un ser cercano y amadísimo que fue lo que recibimos después de más de veinte años sin verlo, en las fotos y fotos antiguas que se publican con nostalgia en los grupos familiares siempre con el hashtag #TBT.
Este es un libro que habla también de amor, de amor interrumpido. Carlos se cuestiona decisiones que ha tomado y lo han conducido a la soledad, amores que ha dejado en el camino aún llenos de pasión. Los cubanos, que se sepa, estamos también atravesados por estos temas: parejas a distancia, amores interrumpidos, rotos a destiempo, mar por medio, pasaporte por medio, visa por medio. Esas historias nos sobran, esas historias deberían más que sobrarnos ser totalmente borradas.
Perro cubano se llama este libro y no sabemos si el perro es el autor deambulando por las calles de un país extranjero buscando su sustento y un techo para pasar la noche… Perro cubano también puede ser Eddy Campa, abandonado a su suerte que no fue suerte sino desgracia, un poeta presidiario del que parece que ahora todos tienen mucho que decir pero que en verdad estuvo solo gran parte de su existencia. Perro cubano soy yo, lectora desde la Isla en peso, leyendo entre apagones y calores, pensando que de todas formas siempre será mejor ser un perro en España que una princesa, que no soy, en Cuba.
Agradecida como un perro, parafraseando a Alcides, recomiendo este libro de mi amigo Lechuga con la esperanza agotadora de que un día ladrar no nos cueste la libertad ni la vida que soñamos.
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