Jacobo Machover: Régis Debray habla para no decir nada esencial

Una curiosa revista semanal, Le 1, concebida por un antiguo director del diario Le Monde, Eric Fottorino, le dedica un número especial a Cuba bajo el título «¿El fin de una ilusión?» Ya sería hora, después de 67 años de castrismo, ¿no?
Pues parece que no. Nuestra isla desolada sigue siendo considerada con cariño, como el lugar de la utopía (la de Díaz-Canel singao) destinado a permanecer como un sueño irrealizado pero tan potente para los intelectuales militantes de los años 1960, que tenían su cuartel general en el barrio parisino de Saint-Germain-des-Prés. Imposible enumerarlos todos: son tantos… Se destacan, sin embargo, unos cuantos : los filósofos Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir, quienes hicieron de Cuba su modelo de revolución a raíz de su larga estancia en la isla en 1960 (frecuentando a Fidel y a Raúl Castro y, también, al Che Guevara, quien los llevó a presenciar varias ejecuciones en La Cabaña), así como el también filósofo (pero de menor calado) Régis Debray. Es la contribución de este último, al lado de otras que parecen estar allí para llenar los huecos, la que constituye lo esencial del número de la revista.
Debray habla cuando le da la gana y con quien le da la gana. Recuerdo que se había negado a entrevistarse conmigo cuando yo estaba elaborando La face cachée du Che (La cara oculta del Che) en 2007. Ahora él se expresa con Fottorino (quien borra las preguntas, que deben haber sido sumamente complacientes). «Fidel, el Che y yo», el texto que sale finalmente publicado, no aporta absolutamente nada nuevo. Cuenta cómo el Che lo regañó al encontrárselo en La Habana junto con una delegación de jóvenes comunistas franceses, entre los cuales figuraba Bernard Kouchner, futuro «médico sin fronteras» y también, mucho después, ministro de Salud y de Asuntos exteriores en Gobiernos de izquierda y de derecha; omite mencionar a Evelyne Pisier, la primera mujer de éste, que fue amante de Fidel Castro. La razón de la bronca del guerrilero argentino era que tenían que estar en Argelia combatiendo al imperialismo francés en lugar de visitar Cuba. El Che, en verdad, nunca le cayó bien a Debray. Su «Diario de Bolivia» originó la tesis de que había sido él quien delató la presencia de Guevara (lo que es cierto, pero Debray no fue el único: el oprobio de la «traición» a la guerrilla recayó sobre el pintor argentino Ciro Bustos y el pobre dirigente comunista Mario Monje, exiliado en Suecia hasta su muerte).
Régis Debray, en ningún momento, aborda su propia responsabilidad en la muerte de simpatizantes y enemigos. Su libro ¿Revolución en la revolución?, dictado por Castro, fue un verdadero manual de guerrilla en América latina. ¿Cuántos estudiantes se sacrificaron después de su lectura, asesinando o secuestrando, de paso, a personeros y militares de regímenes adversos en casi todos los países del subcontinente? Yo he visto, en México, a algún que otro estudiante yendo con orgullo a la Universidad con ese libro bajo el brazo. Tampoco menciona su probable presencia durante los asesinatos de varios diplomáticos bolivianos supuestamente implicados en la captura y muerte del «guerrillero heroico» en 1967, en lo que se vino a llamar «la maldición del Che», organizada desde luego por la Dirección general de Inteligencia, la DGI, castrista, presencia que él mismo insinúa en su novela La neige brûle (La nieve quema).
En definitiva, Debray no responderá posiblemente jamás de sus siniestras actuaciones de juventud. Ya no es castrista (fue rompiendo progresivamente con el Comandante en jefe después de su aprobación de la intervención soviética en Checoslovaquia en 1968 y definitivamente con el «caso Ochoa» y la ejecución de su amigo Tony de la Guardia en 1989).
Ahora es gaullista –ya que el general de Gaulle intervino decisivamente en su liberación de las cárceles bolivianas–, después de haber sido consejero de los presidentes socialistas Salvador Allende y François Mitterrand. Sus palabras son aceptadas y comentadas en todos los círculos intelectuales franceses. Lo que él dice y, sobre todo, lo que no dice a mí me produce repulsión.
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[*] Escribo estas líneas el 26 de julio de 2026, día en que se celebra por parte de las autoridades dictatoriales castristas, en medio del caos engendrado por los apagones, que provoca la rebelión pacífica de nuestro pueblo, aquel asalto sangriento de Fidel Castro y sus hombres, en 1953, contra los soldados del cuartel Moncada sorprendidos en mitad de su sueño, lo que dio origen a la ilusión o a la utopía tan alabada por todos esos intelectuales indignos, que constituyó nuestra tan larga pesadilla que, seguro, se está acabando.
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