Carlos D. Lechuga: ¿Quién es Leopoldo Ávila?

Autores | Premios Kafka | 28 de agosto de 2026
©Portadilla de ‘Yo soy leopoldo Ávila’ en un teléfono celular

El Premio Franz Kafka de Novela 2025, Yo soy Leopoldo Ávila, del escritor Carlos Esquivel, es un libro divertido y triste. Hay que tenerlo en el bolsillo y leerlo varias veces. Abrirlo en cualquier página y empezar a reconocerse, a enfrentarse con lo que uno es.

Aunque lo más saludable, si quieres ser feliz, sería tirarlo a la basura, quemarlo o ignorar sus señales.

Leopoldo Ávila, ese seudónimo inolvidable que desde las páginas de la revista Verde Olivo (órgano oficial de las Fuerzas Armadas Revolucionarias), orquestaba ataques sistemáticos contra intelectuales cubanos, ha vuelto. Quizá nunca se fue.

Carlos Esquivel es un autor muy actual y, por momentos, intuyo que le da un poco igual aquello de dejar claro qué pasó o qué es ficción. Esta novela empuja los límites y nos enfrenta a una verdad del tamaño de una montaña: en algún momento de la vida, todos hemos sido un poco Leopoldo Ávila.

Lo bueno que tiene Esquivel es que no teme humanizar al monstruo.

El libro reúne un grupo de voces y «testimonios» para hacer un retrato de lo que ha sido la vida (y la muerte) literaria en la isla. Rostros como Pablo Armando Fernández, Heberto Padilla, Antón Arrufat, Virgilio y Lezama.

Y también un montón de máscaras. Nicolás Guillén haciéndose el guapo y susurrando en contra del aparato si está rodeado de escritores con miedo, y luego siendo látigo y columna de apoyo del dictador en los jardines de la UNEAC.

Yo nací a pocas cuadras de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba y tuve la posibilidad de ver varias veces a Eliseo Diego. También coincidí con su hijo, Lichi. Al viejo poeta lo vi cuando tenía unos nueve o diez años, y lo único que recuerdo era su elegancia y su aura. Con Lichi coincidí más. Sentía que era un tipo que había vivido mucho, pero que había algo roto en él. Luego descubrí su famoso Informe y otros de sus libros.

Por mi cuadra y alrededor del parque de H y 21 veía a cada rato a otros seres como José Luis Moreno del Toro, Alex Pausides o López Sacha, que podía pararte para hablar bien del gobierno.

En pocos metros cuadrados se reunían artistas vigilados y artistas vigilantes. Por el sofá de mi casa pasaron a tomar café algún que otro compañero con máscara de amigo, que luego formó parte de la censura y la persecución que sufrí por mis películas. Pausides, por ejemplo, que votó a favor de la censura.

Yo soy Leopoldo Ávila me devuelve a ese entorno de juegos macabros y vigilancias. ¡Qué horror! Uno debería tener recuerdos playeros, de atardeceres y mojitos, y no ese sentimiento frío de un soplo detrás de las orejas.

El libro atrapa y te saca los colmillos con ganas de más secretos, de más historias. Pero, al mismo tiempo, te recuerda que lo que estás leyendo es una novela. Un crimen, en donde hasta los vigilantes pueden acabar siendo vigilados. Esa es la especialidad del sistema.

Para los que nacimos en la isla a inicios de los 80 y teníamos intención de ser parte de la cultura cubana, era curioso ver cómo los más veteranos se empeñaban en hacernos parte de la recholata, la rebambaramba, el relajo y el salpafuera.

Ya habían pasado los años 70 y, aunque muchos decían que había sido el Quinquenio Gris, la verdad es que la mediocridad no se despegaba todavía de la ropa.

Ser un artista serio o inocente en Cuba podía traer muchos problemas. Había que hacerle fácil el trabajo a la Seguridad del Estado para que te dejaran tranquilo. Darles un poco de tus secretos o de tus vicios. Hacer ver que te drogabas, te emborrachabas, te gustaban los jovencitos y, sobre todo, ¡muy importante!, que tenías la voluntad de compartir y fiestar con tu verdugo. Si no, estabas jodido.

La entereza no cabía en los jardines del Hurón Azul. Para eso estaban otros sitios.

Quizá la meta del escritor cubano, dentro o en el exilio, sea luchar contra ese karma dual: o eres un escritor vigilado o un escritor vigilante. Recordando aquello de “ni a favor, ni en contra: todo lo contrario”. Quizá lo mejor sea ser un escritor sueco, noruego. O mejor, un escritor a secas.

Alguien me contó que, caminando por la calle 23, en una de esas vueltas a la isla, Lichi tuvo que chocar en cada esquina con un agente de civil que, para molestarlo, le preguntaba con cariño por su hermano Rapi. Le preguntó uno en calle A, otro en calle B, otro en C, así hasta E. La tarea estaba dada: ¡A intimidar!

Una amiga me contó que el médico José Luis Moreno del Toro vigilaba a Lezama y, además, le había hecho horrores a ella, que era una mujer solitaria, sin poder alguno.

Me asombra la naturalidad, lo normal que era vivir con el horror al lado. El amor por la máscara y por quitarle fuelle, o importancia, a lo que realmente pasaba. El miedo. El miedo que alertaba Virgilio.

Lo más triste de este libro es lo actual que es. Se cambian nombres y fechas y sigue funcionando. Nada cambia en la isla aquella. 

Luis Pavón murió. José Antonio Portuondo también. Pero Leopoldo sigue vivo y sigue dando señales para que los artistas y escritores cubanos sigan captando las coordenadas y no desvíen el rumbo. Hacerlo conlleva un castigo severo.

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