Dolores Labarcena: Apuntes sobre la Ruta 66 y los zapatos que perdí en un casino de Las Vegas

Autores | Dokumentxs | 5 de noviembre de 2026
©Cortesía del autor

Qué habla un narrador, qué dice, qué cuenta. ¿De dónde vienen sus pulsiones, sus personajes, sus «máquinas»? ¿Las usa o se deja penetrar por ellas? ¿Ellas cantan con la voz que él o ella quiere? ¿Ellas saltan a la hora que él o ella quiere? Este dossier, «Los narradores hablan de sí mismos», intenta que los escritores hablen de todo esto y mucho más.
Gocen.
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I.

Primero se tiene la impresión, muy común entre los cubanos que idealizamos el norte revuelto y brutal, de que una señora de Oklahoma City jamás tendría la verba y los modales de una señora de La Timba o El Fanguito. Suponemos que allí a nadie le falta el condumio, las casas tienen jardines sin vallas y la gente es más civil. Lo comprobé precisamente este verano que, imitando a Jack Kerouac, crucé el Atlántico para realizar la Ruta 66, que ahora cumple cien años. Entrando en materia, de St. Louis a Oklahoma City el camino se hizo largo entre museos al aire libre y tiendas de souvenirs. Al llegar, y ya era noche cerrada, teníamos alojamiento en un motel cuyo recepcionista, que fisionómicamente se asemejaba a Gandhi, iba ataviado con una túnica blanca y un plumero para espantar las moscas. Delgado, con sonrisa perenne y la parsimonia de los oriundos del Indostán jainista. Aquella barraca on the road, con aparcamiento gratis, sí, pero aislada y deprimente, nos hizo recordar a las venerables madres de los turoperadores que nos vendieron el paquete del viaje. Al entregarnos las tarjetas de acceso, recorrimos un angosto pasillo empapelado desde el suelo hasta el techo con papel cartucho. Cómo puede competir en el mercado un motel en plena remodelación, pensé. Pero América —así le llaman los gringos a su patria como si el resto del continente fuese un apéndice— es una gran nación. Frente a nuestras habitaciones, con una cristalera también a medio empapelar, había una piscina cubierta donde se encontraban dos parejas bebiendo cerveza, una anciana en silla de ruedas y un bebé en un cochecito. La estancia allí, luego de salir de un hotel medianamente cómodo, resultó desoladora. Entre murmullos, el ruido de la carretera, un trasiego que no cesaba y, para más inri, un olor a cilantro mezclado con marihuana y mantequilla que penetraba por los conductos de ventilación, dormir resultó una odisea.

Al amanecer nos tocó el desayuno: ¡all inclusive! Huevos revueltos, tiras de beicon, bollería industrial y un café como el de Aguada de Pasajeros. La recepción y la zona de desayuno eran una sola e indivisible: cuatro mesitas apelotonadas en seis metros cuadrados. O sea, todos embutidos como sardinas en lata bajo la mirada impasible del seguidor de Mahavira y una china que reponía aquel enclenque y desagradable surtido. La radiografía de los comensales fue la siguiente: en una mesa dos camioneros; en otra, un hombre de mediana edad con bigotes, gafas de sol y una gorra del Indianapolis Indians; y en la tercera, una señora de complexión robusta, con ojos de caballo y una boca carnosa combada hacia abajo donde un mohín de desprecio brotaba hacia toda la humanidad. Su ser, desde el turbante hasta las uñas postizas, rezumaba una estridencia cósmica. De nuestro grupo, que de hecho éramos cinco, los únicos que intentamos meterle el diente a aquel bufet temerario fuimos mi cuñado y yo, por lo que nos sentamos en la mesa vacía. Él se abalanzó sobre el café y yo sobre la cubeta de beicon. En el instante en que cogí el plato y la pinza, la Pill Lady, es decir, la señora de complexión robusta —pude percatarme de su oficio por el desfile de sujetos que entraban y salían de aquel antro única y exclusivamente para dirigirse a su mesa—, se levantó como si fuese un resorte. Ambas estábamos pinza en mano midiendo nuestro lado más grosero e irreflexivo. ¿Quién atinaría en el primer zarpazo? Pero hubo un impasse: la china que reponía trajo una paila de huevos revueltos; beicon no. Lo que hizo que volviésemos a la carga. Aquellas tres tiras de beicon en la cubeta parecían lombrices solitarias disecadas por un mal taxidermista, pues no tenían siquiera su aspecto rizado, ni las vetas rosadas que las diferencian de la panceta, ni la grasita crujiente; pero para la Pill Lady eran como un filet mignon y, para mí, que no había desayunado y me esperaba un largo trayecto hasta el Starbucks más próximo, un tentempié. En suma, actuamos por pura supervivencia.

No veo importante aclarar quién de las dos se agenció tales costras. En cambio, porque me dio curiosidad, hablaré del señor de la gorra del Indianapolis Indians. Entre el forcejeo y los epítetos insultantes —cada una en su lengua, desde luego— que mantuvimos la Pill Lady y yo, intentaron mediar los camioneros, la china y mi cuñado. El señor de la gorra del Indianapolis Indians fue solo un observador. Incluso con todo el guirigay —se rompió un plato y una pinza aterrizó en la cara de la china— advertí que jamás movió el trasero de la silla, limitándose a tomar notas en una libretita. Después de que se aplacaran los ánimos, recogimos el equipaje y entregamos las habitaciones al Gandhi 2.0, que tampoco abandonó su sitio mientras el bufet se iba al garete, aunque me di una explicación plausible: el principio fundamental del jainismo es la ahimsa, es decir, la no violencia hacia cualquier ser vivo. Y esto no solo incluye la palabra y la acción, sino también el pensamiento. En el coche, mientras observaba a 100 km/h los rollos de heno que teñían de amarillo aquel extenso e imponente paisaje de tierra calva y viento crispado, intenté dilucidar quién era el enigmático señor de la gorra del Indianapolis Indians: ¿un policía, un perito de seguros, el dueño del motel? He de decir que busqué en todas las gavetas de mi memoria dónde había leído una historia que se pareciera a esa escena tan surrealista. Y la encontré: Desayuno de campeones, donde Kurt Vonnegut aparece literalmente en la obra y se presenta como Dios, o sea, “a la altura del Creador del Universo”. Momento cumbre de la metaficción: el terno autor, personaje y narrador se unen en una sola figura sentada en la barra tomando un martini seco.

Lo anterior es un pie forzado para mostrar al narrador que se mete en todos los fregaos, al cual aparcaré para centrarme en el narrador-personaje —muy presente en mis novelas—. Un ejemplo exquisito de narrador poco fiable es Humbert. Recuerdo cuando leí Lolita de Nabokov. Ese ruso tan occidental y lepidóptero de profesión puso patas arriba el ABC de mi moral cristiana. Incluso empaticé con Humbert, al que vi, tras el encanto de su retórica, como víctima. ¡Oh, nínfula abusadora, haciendo posible con toda tu entidad las fantasías del pedófilo! Y es que las obras que me generan cierta pulsión hacia la lectura —y la escritura— son del costal de la picaresca. Una obra con tal condimento la leo como se leen los salmos. Al respecto, mi desvirgamiento literario —le comenté a Carlos Espinosa en una entrevista para su sección “Dime qué lees y te diré quién eres” (Cubaencuentro, 23 de agosto de 2019)— ocurrió con El Decamerón. La respuesta —no a mis pecados, porque, como Alibech, siempre le pediré a Rústico que meta al diablo en el infierno: ¡Dios es misericordioso con las ovejas descarriadas! — está en el poder de persuasión. En ello pensaba antes de dar rienda suelta a este striptease sobre el autor y su obra mientras tomaba apuntes camino al psiquiátrico donde trabajo, pues sigo a rajatabla la premisa del Apóstol: “Ganado el pan: hágase el verso”. Dicho lo cual, y para cerrar esta obertura donde la Ruta 66, unas tiras de beicon y Vonnegut con su martini se llevaron el protagonismo, el poder de persuasión es el quid de lo narrado. No existe ya el “otro lado de la vidriera muerta” desde la que, según Kerouac, contemplaban el mundo esos bartlebies solitarios que en cierto modo eran los beatniks. El lugar del narrador es aún más arduo, no actúa a través de la separación, sino de la empatía y la magia. En cuanto a la novela, Vargas Llosa señala en Cartas a un joven novelista que lo que busca es “acortar la distancia que separa la ficción de la realidad y, borrando esa frontera, hacer vivir al lector aquella mentira como si fuera la más imperecedera verdad”.

II.

Antes de salir de Cuba, hace más de veinte años, leí con admiración a buena parte de mis contemporáneos. Más tarde, muchos de ellos pusieron pies en polvorosa, como yo, hacia la aldea global. En aquella época Boris Yeltsin colgaba los guantes como presidente de la Federación de Rusia; tener un Nokia era como tener un iPhone, y el fundador de Facebook capitaneaba un equipo de esgrima en New Hampshire, donde mantuvo entretenidos a profesores, padres y a un grupo exiguo de compañeros durante el bachillerato. En el ínterin, unos amigos escritores me sirvieron de cicerones para distinguir el grano de la paja —siempre les agradeceré la deferencia—: Caridad Atencio, Rito Ramón Aroche, Antonio Armenteros, Julio Mitjans, entre otros. Las lecturas de esos años fueron numerosas: Mallarmé, Rimbaud, Pavese, Emily Dickinson, Pound, Marianne Moore, Michaux, Artaud, nuestros Lezama y Piñera, Baudelaire. ¡Qué placer probé con los Pequeños poemas en prosa! Ese popurrí de autores marcó en buena medida esta carrera de fondo que empezó con el cuaderno de poesía Las puertas dialogadas.

Al llegar al Viejo Continente, ¿quién no experimentó el cambio como pollo con moquillo o con una flojera de patas semejante a la neuritis periférica? Sí, se tambalean hasta los cimientos, pero por suerte, sin patria, y también sin amo, tuve mi pilastra a mano y mi muro de celosía: Pedro Marqués de Armas, compañero de viaje y compinche literario. Versos aparte, creo que fue entre 2007 y 2010 cuando leí —luego llegó la narrativa para quedarse— el mayor volumen de poesía: Edgar Lee Masters, Robert Graves, Giorgio Caproni, Zbigniew Herbert, Wislawa Szymborska, Jack Spicer, Edoardo Sanguineti, Seamus Heaney, Joseph Brodsky… Todo no cabe en este breve inventario. Años en los que nuestra biblioteca fue tomando cuerpo junto al entusiasmo creador. Fe de ello dan los blogs de literatura Del palenque y para…, Hotel Telégrafo, Diario de Švejk, y más tarde la revista casera Potemkin ediciones (el primer número salió el 1 de agosto de 2013). Por entonces, entre mi percepción ascética, o si se quiere, acomodaticia, de la nueva realidad y nuestras romerías por Europa, ¡qué soberbio el Partenón!, ¡y París, como la Pompadour, un pincel!, salió Tundra (editorial Casa Vacía, 2018). Sobre el poemario Caridad Atencio señala en la reseña “Una lección de absurdo” (Diario de Švejk, 28 de enero de 2021):

Pese al afán diacrónico del texto, de alusiones borradas y limpiadas, se adivina en él el fracaso, la frustración, un mundo dejado atrás: digamos que el fundamento del exilio, de la precariedad de lo que se dejó y del ansia de lo nuevo y la aventura, que todo lo supera. En tal sentido la autora explora el tema del absurdo en la vida y en los sentimientos humanos, y crea pequeños retratos donde se afana, desde su punto de vista de “narrador omnisciente”, en presentarlos como efímeros, sin importancia, en los que se filtra o traspasa el líquido gris de los gestos inevitables y de las constantes de la historia. En estos poemas ocurre una cosa rara: hay una introspección en lo humano, despojado de identidades nacionales…

Y concuerdo. El exilio me sirvió para deshojar mi identidad como se deshoja una margarita: con incertidumbre. El que emigra comienza su metamorfosis sin preámbulo, vale decir, al bajarse del avión. Comparado con el mundo animal, es lo que le ocurre a la rana en su etapa larvaria. De pequeña, con la ilusión de los helados y el algodón de azúcar, mi madre nos llevaba a mis hermanos y a mí —lo mínimo dos veces al año— al Zoológico de 26. Recuerdo a los guajacones que compartían espacio con el hipopótamo en aquella sopa primordial de diatomeas y Escherichia coli. “¡Ay, esos estanques biliosos y ese sol de la infancia!”

Cierto, resistirse a los cambios también significa cambiar, siempre que suponga redescubrir la lengua —y, por qué no, el territorio— desde el alejamiento; esto a menudo indica que salimos a flote. La travesía —si le damos ese nombre a la zambullida en nuestro thálassa sin las proezas de Homero— es inevitable, y a la vez un desafío. En cualquier caso, lo coherente es devenir anfibio, hacerse de unas buenas branquias y habitar en la ambivalencia.

He visto, como olas en la mar, hundirse a más de uno, sea en Kuala Lumpur o Cincinnati. No añoran una relación de lugar, sino topónimos, sitios que dejaron atrás del mismo modo en que se deja un calcetín o un par de chanclas. Y no es que no se pueda tirar del pasado, sino todo lo contrario; es que te pintan, sin haber puesto un pie en la huerta, una Arcadia con extensas y vírgenes sabanas, riachuelos, mogotes, serranías… un fondo lleno e interminable que ni el más osado de los paisajistas lograría captar. Lástima que por estos lares no habiten tomeguines ni guacamayos.

En definitiva, toda ida es retorno, y viceversa. Pero un detalle: aun sin movernos una pizca del cascarón, también se encuentra allí —porque nada conforta— lo anodino, el asco, el repelús. Bien lo resume María Zambrano después de cuarenta y cinco años fuera de España: “Quizás la capacidad de crear se dé mejor en un desierto, en un exilio. La creación proviene de la revelación y las revelaciones se han dado siempre en el desierto”. Lo dicho. Desde esta o cualquier otra orilla, basta con llenar la mochila como quien hace el camino de Santiago y, de tanto en tanto, arrojar lo que hace bulto. Eso sí, ojo con la nostalgia, que es como la mosca que pulula en los cuchitriles. Mejor espantarla de un solo janazo.

III.

No tengo un método ordenado de escritura; rara vez necesito un ambiente aislado o un horario preciso. Muchas de mis crónicas y buena parte de las novelas las he esbozado en el móvil camino al trabajo que, por cierto, he tenido varios a lo largo de este dilatado exilio: dependienta en una tienda de ropa, camarera del bingo, cuidadora de ancianos y, para reciclarme a nivel profesional, estudié un técnico en enfermería. Cuando no se vive una vida de escritor, salvando distancias, como no la vivieron, por ejemplo, Pessoa o William Carlos Williams (pero ¿qué es una vida de escritor?), hay que aprovechar las horas muertas. Así que escribo sin presión y sin compromisos, a veces con música clásica de fondo o entre el bullicio del transporte público. Lo cotidiano —no la cotidianeidad que es bastante insulsa— me sirve como material de ficción. De tal modo vio la luz Diario de un tuátara (Baile del Sol, 2018).La inspiración me vino por un personaje real, un anciano diáfano con mollera rala y gaznate de pelícano. Tenía fuego en los calcañales y una autoafirmación existencial como la de los mercenarios de Jenofonte en retirada desde Cunaxa hasta Trapezunte. ¡Caminaba diez kilómetros diarios!, y yo detrás, arrastrada en su delirio de llegar al centenario como Fauja Singh, un maratoniano del Punjab que comenzó su carrera atlética con ochenta y nueve años. Sin embargo, la veterana infalible tenía otros planes para su geometría, así que un quinquenio más tarde el reto no se ciñó al perímetro de la Ciudad Condal. In ictu oculi, una tarde de abril, traspasó las fronteras de la mecánica cuántica, de lo incognoscible. Algunas veces lo imagino con su camisa hawaiana, el pantalón de corduroy y sus zapatillas transpirables, altivo, marchando perentoriamente en el éter, acogido por la inmensidad. Por él conocí las fondas más añejas de Cataluña y, por su biblioteca, leí a Los hermanos Karamázov y Anna Karenina en traducciones antiquísimas: la primera de Rafael Cansinos Assens y la segunda de Andreu Nin (en catalán, una experiencia).

Diario de un tuátara es “un viaje a través de la ilusión, no del conocimiento”. La protagonista —inmersa en la sobrexposición publicitaria, donde la eliminación del filtro de las editoriales devalúa la calidad del libro convirtiéndolo en mercancía— escribe novelas, analiza películas y hasta adapta una obra de teatro para el geriátrico donde trabaja. Su ingenuidad linda con la idiotez. Se trata pues, de una crítica a la superficialidad y al consumismo cultural. ¿Quién no disfrutó con Bouvard y Pécuchet, esos personajes atrapados en su mediocridad optimista? Flaubert —uno de mis escritores fetiche— no eximía la falta de sensatez. Con su gracia sarcástica, en cada capítulo arroja al par de tarambanas hacia el fracaso ad infinitum. Lo mismo ocurre en ese zapping dialéctico donde la meta es un viaje a Nueva Zelanda, la autorrealización del homo turisticus.

Creo que tanto en Diario de un tuátara como en Kruschov (Editorial Verbum, 2015), el estilo es fragmentario, paródico y centrado en las apariencias. Lo que las diferencia es que en Kruschov —debo aclarar que es la segunda de mis novelas, aunque se publicó antes— no hubo un personaje que me abocara a escribir, sino una multitud. La obra que más me influyó a la hora de dar forma a este guazzabuglio coral fue El zafarrancho aquel de vía Merulana del magnífico ingeniero del caos Carlo Emilio Gadda.

En el bingo —que estaba en Cesena: urbe bañada por el río Savio y al pie de los Apeninos de aproximadamente noventa y seis mil habitantes, muy celebrada por Plinio el Viejo en Naturalis Historia como tierra de viñas y buenos caldos, también conocida como la Ciudad de los tres Papas, porque allí nacieron Pío VI, Pío VII y Benedicto XIII— vi el infierno en formato reducido. La ludopatía, que no hace distinción entre un camorrista y un proctólogo, se llevaba el óscar. Al principio estaba ciega de la realidad como K., el agrimensor de El castillo de Kafka. Incluso pensé que la gente iba allí a gastar para desestresarse, darse un capricho. Grossissimo error. De igual modo ocurría en la tienda de ropa, donde los siete pecados capitales, todo en un combo, venían disfrazados de secretarias, amas de casa o de las strippers del Nikita Night Club. ¿Acaso no recomiendan escribir sobre lo que conoces? De los oficios que ejercí en Italia nació ese falso policiaco que retrata la decadencia social en la era de la globalización. El juicio Galán contra Galán —ambientado en España y con alusiones al Caribe— no es más que la excusa; los vacuos y retorcidos monólogos son el contenido. La escribí de un tirón. Tuve los binoculares correctos y una playlist muy singular, inaccesible para un bibliotecario o un analista de laboratorio.  

IV.

Quienes hemos nacido bajo un régimen totalitario tenemos el pellejo bien curtido en cuanto a la nociva sugestión que produce el tirano. Ese miedo, que se traduce en hablar —y “pensar”— en neolengua, da lugar a la autocensura. Parafraseando a Kundera, la orden impuesta por el aparato censor no será, casi nunca, escribir obras que apoyen al régimen, sino el imperativo categórico de no ofenderlo. De ese tipo de obras sin dignidad, escritas en jeroglíficos —o lenguaje de madera— están atiborradas las librerías desde el Cabo de San Antonio hasta la Punta de Maisí. El terror al ostracismo literario, a no ser aceptado, o simple y llanamente a desaparecer por hacer uso de la libertad de expresión, es más grande que contagiarse con Oropouche o Chikungunya, que no es jarana. La hilera de malogrados es larga y el espacio para nombrarlos muy corto. Por eso cuando salí de Cuba leí con un goce indescriptible a mis coterráneos más subversivos e iconoclastas: Cabrera Infante, Severo Sarduy y Reinaldo Arenas. Ese trío que elevó el choteo —lo carnavalesco, si se prefiere— a categoría universal, convirtiendo el exilio en mudanza, en una escritura sin fin.

Toparse en La Habana —donde se contrabandeaban fotocopias de libros de escritores prohibidos y defenestrados— un ejemplar en préstamo de cualquiera de esos totémicos a finales del siglo XX era como extraer petróleo en Jatibonico, que lo hay, pero en una cantidad irrisoria, pues la producción de este bien fósil (cuarenta barriles diarios) solo puede cubrir aproximadamente poblados de menos de cinco mil habitantes como Potrerillo o Jíquima de Peláez, en otras palabras, escasísima para la demanda nacional. Pero dejemos el petróleo y ¡hágase la luz en Cuba!, aunque sea con paneles solares —guiño a La Habana de Miguel de Marcos, no por la corriente eléctrica, que jamás faltó en la República, sino por el petróleo que dio título a uno de los festivos artículos que publicara en su sección “Itinerario” del Diario de la Marina—, para adentrarnos en la estética con que me identifico: el humor en todas sus variantes.

En Cachemir (Aduana Vieja, 2016), lo lúdico y lo agónico van de la mano. En esta novela expongo, a través de la sátira burocrática y el humor negro, la decadencia moral y social de un país donde los eventos, —más bien reminiscencias de la hecatombe en cámara lenta— se suceden sin orden cronológico e implican tanto a la Cuba republicana como a una potencial postcomunista, inspirándome en la parodia meta-teatral de Bulgákov La isla púrpura, donde la burocracia casi se presenta como un personaje. Cito in extenso:  

No. No soy un delator. ¿Tienes idea de lo que somos para ASPROREEST?, dijo con la barbilla clavada en el pecho. Un fatalista nato. Tengo un tío que trabaja en la morgue Principal. Los cadáveres no hablan, un día me lo explicó en la cantina El Beodo. ¿Comprendes?, claro que no hablan, pero con una tarjetica en el dedo gordo del pie se identifican: Yo soy fulano o ciclano. Y el forense solo tiene que averiguar: ¿ya reclamaron a Ravelo 94-61 o a Fidelio 59-65? Y Ravelo 94-61 o Fidelio 59-65 son vagabundos o revoliqueros que por la fecha y lugar donde fueron hallados los rebautizan en la Principal para el posterior reconocimiento de la policía o algún familiar. A uno el año pasado le pusieron Adán 80-67, porque lo encontraron desnudo entre hojas de parra en el Bosque de las Delicias. ¿Sabes cómo entré a trabajar en el departamento de planchas de impresión? A dedo, continuaba, y me explicó. Recomendado, sí, por ese tío mío, que a su vez era amigo del padre de Julián, quien fuera fundador de la fábrica, y antes, periodista de Figura, el papel con tinta. Lo agradezco. Claro que lo agradezco. Cómo no agradecer. Pero ahora, después del Cuarto Congreso de Reajuste Gubernamental o Proceso de Regeneración Aplicado Democráticamente en las Bases, según la orientación se harán purgas y, lo peor, sin contemplaciones. Tú, Julián, a un centro penitenciario… tú, Amancio… especulaba. Su paranoia formaba parte de esa época. Profético. Esa noche llegué a altas horas de la madrugada y me puse el pijama en el comedor. ¿Tú? Tú estabas dormida. Horrible, Erasma, ¡qué imagen! Por un instante me vi en la morgue Principal, donde trabajaba el tío de Amancio. Y el pavor, ese antagonista de las horas muertas, se apoderó de mí. Con la sola idea de imaginarme la tarjetica en el dedo gordo del pie…

Como puede verse en este fragmento, soy de antihéroes. Vengo de la tradición rabelesiana. Por eso vuelvo una y otra vez a Gógol, Bulgákov, Hašek o Hrabal. Los releo con avidez. La única herramienta capaz de desmitificar el poder hasta convertirlo en caricatura es el humor. Esta estrategia —la de usar el humor como arma— la practicaba mi madre. Una mujer teatral, coqueta, refinada, juguetona, espiritual, mundana y todopoderosa. Santiaguera de nacimiento y descendiente por parte de padre de la familia Castillo Duany y de los Heredia por parte de madre (la rama parnasiana, donde se mezclan el descalabro económico, la raza y el gen de la locura). Se vestía y maquillaba con exuberancia y muchas veces usaba pelucas, no para actuar, sino en su vida cotidiana. Parecía una cabaretera a la que le quitan el micrófono.

En lo que concierne a su ideología, era una anticomunista acérrima. Jamás asistió a un 1 de mayo ni hizo guardia para el CDR. Y con razón. A ella y a su hermana les fabricaron —en el camino accidentado de la revolución naciente— un juicio en los tribunales populares en 1966. Las acusaron por vestir a la moda capitalista, escuchar a los Beatles, ser Adventistas del Séptimo Día y lesbianas. Lo último lo metieron en el pack. Faltaban brazos para convertir la doctrina en hechos. No bastó un acto de fe —eso estuvo reservado para el pueblo vigilante y febril—, sino que el tributo, a través del trabajo como técnica de redención para quienes campaban fuera del redil, era obligatorio. Así que enviaron a mi tía adolescente a romperse el lomo en un gulag caribeño especializado en aves de corral. Ese pasaje lo narro en No quiero llanto (Betania, 2020), donde el personaje no es Platón Karataiev ni tampoco bajó de la Sierra Maestra cantando. A punto de morir, cuenta sus vivencias como una comedia amarga. O sea, Píriz era real. Tan real como que mi tía es su viuda. Esa que desplumó pollos durante nueve meses.

Una de las venganzas de mi madre —hasta que unos tumorcitos se ocuparon de transformar su materia en energía— fue vestirse como si viviese en un eterno carnaval. Casi un calco de las barroquísimas marionetas de Sarduy, siempre entre el frenesí y el espectáculo. Otra de las venganzas fue declarar desde la primaria que sus hijos eran religiosos y asmáticos. Y, ¡hala!, seis comunistas menos y doce manos menos para la escuela al campo. Indómita, grotesca hasta el oxímoron, con su risa desbordante. A ella le debo mi tono festivo y el leitmotiv. No me imagino empotrándola en un personaje. Lo considero demasiado riesgoso. Aunque confieso que figura en todas mis ficciones, siempre travestida, o como Dios.     

V.

Para cerrar este recorrido me remito al título. Ya hablé de la Ruta 66, pero no de los zapatos que perdí en un casino de Las Vegas. Unos zapatos, sí. Con tanto ajetreo —nos ubicaron en diferentes pisos, y para encontrarnos en una habitación debíamos cambiar constantemente de ascensores— pude haber perdido el fular o la chaqueta, pero ironías del destino, perdí los zapatos. Y ahí estaba yo, casi 500 km después, en Los Ángeles, buscando desesperadamente en la maleta aquellos zapatos que tenía destinados para caminar sobre El Paseo de la Fama de Hollywood. La noche anterior a la partida los dejé, ¡vaya olvido!, del lado de la cama que daba a la cristalera con vistas directas al Strip, que permiten contemplar de frente el Bellagio (un inmenso lago artificial donde ofrecen un espectáculo gratuito de agua, música y luces). Sin embargo, cuando pierdes el soporte que te ayuda a transitar por la vida, la cuestión adopta un significado místico. Según la Cábala, es una invitación a trascender lo material. Pero dejar el recipiente físico —como Moisés ante la zarza ardiente cuando El Supremo le ordena descalzarse en el suelo santo— me incomodó. Costaron 250 euros. ¡Eran de Gucci! En resumidas cuentas, que me puse a meditar dos horas antes de hacerme el selfi sobre la estrella que inmortalizó a Tarantino. La pérdida —que me produjo incomodidad y frustración— no la superé ni con la práctica de vipassana, ni con el cóctel de fruta picada que me comí más tarde en el icónico bulevar, aliñado con limón, sal y chile en polvo.  

Al regresar al hotel, intenté darle sentido a mi negligencia. Mi cabeza era un revoltijo de reproches. Por lo que volví sobre mis pasos y me observé la noche del casino, antes de subir a la habitación. Recuerdo a dos rubias ebrias con los tacones en las manos rumbo a la pastelería, un joven con un brazo escayolado que nos pidió fuego, trece filipinas disfrazadas de conejitas de Playboy en una despedida de soltera, un vigilante mexicano con pinganillo, una mesa con dos jugadores de póker y sus respectivas masajistas, y aquel señor de pie echando monedas en una máquina tragaperras, muy parecido a Étienne Moreau, tanto por el corte de pelo como por la austera vestimenta. Moreau, dramaturgo francés que vivió en Cataluña, fue objeto de una crítica favorable por parte del investigador y ensayista Urrieta Mendizabal tras el estreno de El capirote de madame Jeannette era azul y con ribetes en blanco. En ella, Urrieta Mendizabal expone: “desde su atrio juglaresco, percibe las máscaras que endosa la inhumana humanidad, calcando así —como Ionesco y Beckett en sus obras— la caricatura de la caricatura”. Ahí, porque no tengo memoria fotográfica, paré en seco el recorrido por el casino y, como mecanismo de defensa, pensé en mi último libro, Electra y el extraterrestre amarillo (Potemkin ediciones, 2026): un bestiario contemporáneo que revisita todos los géneros: poesía, cuento, crónica, teatro, biografías apócrifas que dialogan con sus ilustres predecesores: Jules Renard, Marcel Schwob, Alfred Jarry, René Daumal.

Debo decir que, en esa complacencia que experimenté como autora, mientras tomaba una cerveza fría, recostada en la cama, mirando a través de mis gafas de sol los imponentes rascacielos de Los Ángeles, con el móvil en modo avión, dejó de interesarme el libro y me batí a brazo partido con las disímiles conjeturas sobre los viajes en el tiempo y la teoría del multiverso. Si existen, me pregunté en cuál de los universos el poeta teletransportado de Paraninfo de los estados limítrofes es mi doppelgänger, esto es, mi doble fantasmagórico que viene del futuro e intenta encontrar como yo algo que perdió en el pasado. De igual modo me pregunté —pues son múltiples y cada decisión alternativa ya se ha tomado en todos— en cuál de los universos logro recoger mis zapatos y meterlos con premura en la maleta, antes de enfilarme en el ascensor, antes de traspasar las puertas del ARIA Resort & Casino, antes de que la camarera los hiciera partícipes de su noche loca de sábado.  

Octubre 24, 2026

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