Yaneli Leal del Ojo de la Cruz: La ciudad socialista pero no realista. Sobre la arquitectura y el urbanismo cubanos en tiempos de Revolución

Continuamos nuestra investigación sobre el Realismo Socialista en la Isla, con este impagable y detallado ensayo de la investigadora Yaneli Leal del Ojo de la Cruz sobre la Arquitectura a partir de 1960 en Cuba.
Disfruten
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Pudiera pensarse que el gran cambio ideológico que instauró en Cuba la Revolución socialista de 1959 y el temprano acercamiento del gobierno a la URSS, hicieron que su actividad constructiva mudara hacia códigos formales del realismo socialista, fuertemente definido y pujante en la tierra soviética. Sería natural imaginar que el monumentalismo, el clasicismo y el elocuente simbolismo de este lenguaje, también sirvieron para legitimar la Revolución cubana. Sin embargo, una mirada atenta haría notar que, a pesar de la profunda ideologización de todas las esferas de la vida pública y el arte, la arquitectura realizada en lo adelante, no fue un calco de la soviética y que el realismo socialista no se asumió en Cuba en su versión más ortodoxa.
En primer lugar, porque en la Isla existía un poderoso movimiento arquitectónico, afianzado en una sólida tradición constructiva, capacidad profesional y preparación teórica heredadas del período precedente. El segundo cuarto del siglo XX, había sido uno de los momentos de más alto nivel arquitectónico en Cuba. Consolidada la Escuela de Ingenieros y Arquitectos de la Universidad de La Habana (1900), contaba el país con un importante número de profesionales graduados sobre los preceptos de la Escuela de Bellas Artes de París que, simultáneamente, asumieron las directrices del racionalismo en boga en Estados Unidos y Europa. Eso se tradujo en un panorama constructivo de gran riqueza estilística, que abarcó todas las tipologías y las escalas del diseño.
Tenía como contexto una etapa de bonanza económica, que sustentó e impulsó un proceso de urbanización intensiva, sobre todo en la capital. Una bonanza que se expresó en una enorme cantidad de construcciones, muchas de excepcional diseño; en numerosos repartos que ampliaron notablemente la superficie metropolitana; y en el uso de múltiples materiales constructivos y experimentación con nuevos sistemas que dieron soporte a estructuras innovadoras. Un repaso visual por algunos hitos urbanos del momento, puede dar medida del alto estándar alcanzado y su variedad, así como del talento del gremio –arquitectos, ingenieros, contratistas, constructores y artesanos–, y los recursos materiales asociados. Sirvan de ejemplo: la Compañía Cubana de Teléfonos (1927), el Capitolio Nacional (1929), el edificio Bacardí (1930), el hospital Maternidad Obrera (1940), el salón Arcos de Cristal de Tropicana (1951), el edificio FOCSA (1956) y el Palacio de los Deportes (1957), entre muchos otros.
Después de un amplio desarrollo del eclecticismo de raíz clásica y con tintes neohistoricistas, del art déco, del monumental moderno y del neocolonial, en la década de 1950 se instaló de manera preferente la estética racionalista. Sus fundamentos teóricos rigieron el diseño urbano y arquitectónico, con un impacto evidente en la labor de los principales estudios de arquitectos que, a su vez, desarrollaron una manera de hacer reconocida a nivel regional.
La ciudad y las publicaciones especializadas de la época, revelan los cincuenta como la etapa dorada del Movimiento Moderno en Cuba. Tras lo cual, su impronta no se detuvo con el cambio político de 1959, sino que pervivió por dos décadas más. Esto es palpable en las bases teóricas que sostuvieron las nuevas propuestas de diseño ambiental, y en la concepción de los inmuebles devenidos iconos de la arquitectura revolucionaria: Escuelas Nacionales de Arte (1961-1965), Coppelia (1966), Comunidad Campesina Las Terrazas (1968-1975), Casa de los Cosmonautas (1975) y Palacio de Convenciones (1979).
En las sólidas bases que definían la arquitectura y el planeamiento urbano cubano, las corrientes de la arquitectura soviética no encontraron fácil aceptación. El arquitecto Roberto Segre subraya la nula visibilidad que desde antes de los sesenta tuvieron en la comunidad de arquitectos cubanos. El académico no solo se refiere a la arquitectura monumental y apologética socialista, sino también a la constructivista, al recordar el concurso internacional promovido en 1930 para el diseño del Faro de Colón en Santo Domingo, República Dominicana. Entonces se presentaron 25 proyectos constructivistas, ninguno de los cuales tuvo eco en la revista del Colegio de Arquitectos.[1]
Apunta este autor que el primer intercambio directo entre especialistas cubanos y soviéticos se produjo durante el VII Congreso de la Unión Internacional de Arquitectos, celebrado en La Habana, en 1963. En aquella ocasión, refiere que fue mayor la fascinación de la delegación rusa por la arquitectura moderna de la capital que la influencia que pudieron ejercer sobre los profesionales cubanos.
La voluntad política se impone
No obstante, la arquitectura revolucionaria no estuvo exenta de la renovación de códigos culturales que impuso el nuevo gobierno. Su ideología penetró en todas las áreas de la práctica constructiva, condicionando desde la égida del Estado –su principal comitente–, el carácter de la mayoría de los proyectos. No debe desdeñarse que la arquitectura ha sido por excelencia, la manifestación artística empleada como herramienta de legitimación. Su capacidad para perpetuar con grandes obras la labor de un gobierno, le condicionaba a formar parte del proceso.
A pesar de ello, en Cuba no se construyeron nuevos edificios gubernamentales o instituciones públicas monumentales cargadas de simbología revolucionaria, sino que, en su mayoría, se aprovecharon los inmuebles preexistentes para localizar las nuevas oficinas de gobierno y las instituciones creadas por la dirección revolucionaria. El nuevo acento estuvo, principalmente, en la politización de los proyectos, enlazados desde entonces a un discurso extra-arquitectónico que subrayó el significado sobre cualquier otro aspecto de la obra. De ello resulta fundamental el análisis de los amplios programas sociales de construcción de viviendas, así como los dirigidos a educación, ocio e industria.
Esta penetración de la ideología política fue sustancial, porque cambió en su base las dinámicas del ámbito de la construcción y, aún hoy, lastran su desarrollo. Se vio reflejada en acciones como el condicionamiento de la planificación de las obras para ser inauguradas en fechas políticas de relevancia, y en la retirada de facultades del arquitecto, invisibilizando su autoría y alejándolo de la fase ejecutiva del proyecto. De modo que, a partir de la década de 1960, el Estado figuró como el principal comitente, pero también como el arquitecto supremo.
Esta castración de la capacidad profesional del arquitecto, estuvo asociada a la voluntad de privilegiar lo técnico sobre lo artístico, lo productivo sobre lo estético. Una postura que se justificó desde lo práctico por la urgencia de construir gran cantidad de inmuebles; y desde lo ideológico, por la nefasta valoración del arquitecto como sujeto burgués, defensor de una subjetividad creativa que se creía incompatible con el fin del objeto arquitectónico hecho en Revolución.
De este modo, la autoridad de los arquitectos pasó a los constructores e inversionistas, separando las empresas en proyectistas y constructoras, y rompiendo la continuidad del proceso de supervisión por parte del creador. Al no reconocerse autoría, se rescindía de responsabilidades a cada parte por su competencia, y al mismo tiempo se desmotivó la experimentación formal y conceptual dentro del sector. Esto da una medida del alcance que tuvo la política en la transformación de la profesión y del proceso constructivo, e incluso, de la dificultad que aún enfrenta el arquitecto para recuperar su papel en la sociedad y ser tenido en cuenta.
Según expresó el arquitecto Mario Coyula: “La centralización burotecnocrática sustituyó el humanismo siempre cuestionador de los arquitectos, e impuso modelos que descansan en la solución estructural y constructiva, convirtiéndolas en un fin en sí mismas”.[2] Salvo obras especiales, a contados arquitectos se les permitió trabajar con total libertad creativa.
Educar para construir una Cuba nueva
En 1960, se reinició la docencia en la facultad de Arquitectura de La Habana, con un claustro casi totalmente renovado por la emigración masiva de profesionales que tuvo lugar a inicios de la Revolución. La escuela, que inicialmente agrupaba las especialidades de ingeniería y arquitectura, fue un espejo de la política constructiva nacional. Como academia la debía suscribir desde el plano formativo y teórico.
Inicialmente, los planes de estudio guardaron equilibrio entre lo tecnológico y lo estético, involucrando al aprendizaje las discusiones y avances de la actualidad cubana e internacional. Aprovechando la gran demanda de mano de obra en la intensa actividad constructiva gubernamental, los estudiantes fueron vinculados a la labor productiva. Por las mañanas trabajaban como dibujantes y proyectistas en los talleres del Ministerio de Obras Públicas (MOP),[3] y por la tarde recibían clases en la facultad. De este modo, recibieron una formación integral que cada día combinaba teoría y práctica. Desde su formación, estuvieron expuestos a los temas de amplio desarrollo en ese período, vinculados a obras sociales y a los distintos sistemas constructivos y diseños que les dieron solución.
Desde la dirigencia política aún se mantenía una visión respetuosa del papel cultural de la arquitectura y la importancia del diseño arquitectónico capaz de generar ambientes de alta cualificación estética. Lo que tuvo una expresión notable en las primeras obras de los sesenta, donde los estudiantes tomaron parte activa.
En 1964, la facultad se trasladó desde la Colina Universitaria hacia la recién inaugurada Ciudad Universitaria José Antonio Echeverría (CUJAE). En el discurso inaugural, del 2 de diciembre de 1964, Fidel Castro expresó: “Y de ninguna manera pensamos que la estética no forma parte de los bienes indispensables al hombre y a la sociedad, porque ayuda a crear las condiciones de vida, eleva y mejora las condiciones de vida. Y no hay que confundir la estética con el lujo, que es otra cosa muy distinta”.[4] Sin embargo, al año siguiente, tras detener la construcción de las Escuelas Nacionales de Arte, porque no se ajustaban a las directrices prácticas que debían regir la obra de la Revolución, se impuso una mirada reduccionista y severa. Se censuró la creatividad en el diseño arquitectónico, en defensa del carácter técnico y funcional de las edificaciones. Esto conllevó la valoración negativa de los que defendían diseños singulares, equivocadamente entendidos como una desviación de la realidad objetiva del proyecto revolucionario.
Esa fuerte visión tecnocrática reguló la inmensa mayoría de lo construido desde entonces y durante toda la década de 1970. Por supuesto, también condicionó un cambio en la metodología docente de la carrera de Arquitectura en La Habana, y en las demás facultades creadas en Santa Clara, Camagüey y Santiago de Cuba. Las cuatro pasaron a llamarse Facultad de Construcciones,[5] nombre que mantienen las tres últimas.
Este cambio nominal resume el enfoque que reajustó los planes de estudio. Se eliminaron las asignaturas de plástica, se depuró el claustro y los proyectos de curso privilegiaron el uso del prefabricado. Roberto Segre, entonces profesor en La Habana, dejó su testimonio al decir que: “Los talleres de diseño eran de una extrema pobreza creativa, basándose los proyectos en el uso estricto de normas y piezas constructivas prefabricadas”.[6]
La industrialización masiva y el uso de sistemas de prefabricación pesada comenzó entonces gracias a la estrecha colaboración con la República Democrática Alemana, Polonia, Yugoslavia y Checoslovaquia. No obstante, debe decirse que no hubo una gran presencia de equipos técnicos de esos países en la Isla y que muy pocos arquitectos cubanos se formaron en la URSS. Sin embargo, estos enlaces facilitaron la proliferación de folletos y libros sobre sistemas constructivos de prefabricación, fundamentalmente en la década de 1970; y que la revista Arquitectura Cuba comenzara a visibilizar numerosos ejemplos de obras soviéticas.

La ideología impregnó todos los aspectos del ámbito arquitectónico –incluyendo la figura del arquitecto desde su formación–, condicionando lo que se iba a construir y cómo se iba a construir. En el sentido práctico, no debe perderse de vista el papel esencial que juega el comitente en el desarrollo de la arquitectura y el urbanismo. Entre las artes, son estas quienes más demandan recursos materiales para su desarrollo. Desde el triunfo de la Revolución, la figura del comitente fue esencialmente el Estado, quien hizo aplicar sus condiciones y directrices sobre lo construido, y centralizó toda la producción.
El valor social de la obra arquitectónica como parte del programa político
A solo dos meses del triunfo revolucionario, Fidel Castro visitó el Colegio Nacional de Arquitectos y planteó que la prioridad de la arquitectura debían ser las obras de carácter social. Esto fue inmediatamente respaldado por las leyes firmadas y las instituciones creadas por el gobierno, que se encargaron de manera expedita de implementar un amplio plan de construcción de viviendas, en aplicación de uno de los principales programas políticos.
En 1959, el país tenía un déficit de 40.000 viviendas por año, 27.000 de las cuales correspondían a la capital. Esto motivó que se comenzara a construir de manera intensiva, creando nuevas urbanizaciones en la periferia de cada provincia, pero ocupando también lotes disponibles al interior de las ciudades y sustituyendo con nuevas construcciones antiguos barrios insalubres.
De 1959, tres leyes pretendieron comenzar a mitigar la problemática de la vivienda. La Ley no.26 suspendió los desahucios, la Ley no.135 impuso la rebaja de los alquileres en dependencia de los ingresos, y la Ley no. 218 puso precio a los solares yermos, que en buena medida absorbió el gobierno.
Ese año se fundó el Instituto Nacional de Ahorro y Viviendas (INAV), que inició la construcción de viviendas sociales por todo el país,[7] al tiempo que el Ministerio de Bienestar Social se encargó de erradicar los barrios insalubres.[8] En 1960, con la Ley de Reforma Urbana, se establecieron la Dirección de Viviendas Urbanas del MOP y la Dirección de Viviendas Campesinas del Instituto Nacional de la Reforma Agraria (INRA), que se distribuyeron los programas en la zona urbana y rural. Solo hasta 1968, la primera construyó unas 26.000 viviendas y la segunda creó 600 poblados nuevos.

En 1963, todos los proyectos se reorganizaron en el recién creado Ministerio de la Construcción (MICONS), con el apoyo de los nuevos institutos de Planificación Física y el de Recursos Hidráulicos, según sus competencias. Los arquitectos e ingenieros pasaron a trabajar exclusivamente para el gobierno, bajo sus instrucciones y normativas. En sentido general, el Estado tuvo que conformar una estructura institucional nueva que le permitiera ejecutar los planes de construcción de manera independiente, pues la plataforma heredada no estaba concebida para asumirlo en esta escala.
En el proceso hubo mucha improvisación, reajustes y decisiones arbitrarias, pues no siempre el personal a cargo tenía la capacidad profesional para enfrentarlo, gran parte de ellos eran figuras políticas. No obstante, fue frecuente el optimismo con que se valoraron algunas iniciativas: “Nació también fruto de la Revolución el Sistema Presupuestario Uniforme de las Construcciones (SPUC) que tenía la ardua responsabilidad de establecer un método único para valorar las obras, tarea harto compleja. Todas esas nuevas funciones fueron asumidas por un puñado de profesionales revolucionarios, que sin la experiencia necesaria, suplieron con esfuerzo, dedicación y patriotismo”.[9]
Nótese que, desde el inicio, todos los proyectos fueron de nueva construcción. La ciudad tradicional se desatendió y comenzó su largo proceso de desgaste, sin planes de mantenimiento que alargaran su vida útil y mantuvieran en buenas condiciones el fondo construido. El arquitecto Mario Coyula, estuvo entre los que alertó sobre la necesidad de actuar sobre la ciudad heredada, donde permanecía el mayor volumen poblacional. Al respecto escribió:
“Desde 1973 trabajé como director de Arquitectura y Urbanismo de la Administración Metropolitana de La Habana. Recuerdo mi toma de conciencia sobre la necesidad de priorizar el mantenimiento del fondo de viviendas en vez de ejecutar nuevas obras, pero a pesar de elaborar informes muy detallados nunca fui escuchado. Hubo una comisión nacional que comenzó con mucho apoyo, cuyo nombre inicial fue Comisión para el Mantenimiento y Construcción de Viviendas. En la segunda reunión cambió el orden por Construcción y Mantenimiento… y a partir de la tercera desapareció el tema de mantenimiento”.[10]
Es conocida la precaria situación que todo esto desencadenó y que al día de hoy se traduce en un estado crítico del fondo habitacional y de las condiciones de vida. Obstaculizada la capacidad de resiliencia urbana, La Habana, por ejemplo, presenta actualmente un promedio de 1,7 derrumbes diarios, con un saldo negativo en la pérdida de inmuebles de valor patrimonial y una dramática situación social en relación con la vivienda.
No considerando el valor de lo ya construido, se priorizaron los planes de “nuevo desarrollo”, que políticamente tienen mayor visibilidad e impacto inmediato. Una manera de proceder que aún no ha sido superada. Así, a pesar de que varios especialistas e instituciones alertan sobre la necesaria regeneración y rehabilitación del fondo construido, continúan elaborándose planes ajenos a las problemáticas de las áreas urbanas preexistentes.
Para que se tenga una idea de cuánto crecieron las provincias cubanas solo en las dos primeras décadas de la Revolución, con el amplio plan de nuevas construcciones, obsérvese la siguiente tabla elaborada por el urbanista cubano Carlos García Pleyán:[11]

En general, las expansiones construidas en la década de 1960, implementaron modelos definidos por su alta calidad de diseño y ejecución, que se integraron con armonía al contexto, definiendo urbanizaciones singulares y con identidad propia. Contaron, además, con el completamiento del equipamiento urbano y los servicios necesarios para el funcionamiento efectivo del reparto y su conexión con el resto de la ciudad. En ellos se emplearon variados diseños arquitectónicos, todos dentro de la estética racionalista, y sistemas de construcción que combinaron técnicas tradicionales con elementos prefabricados, aplicando las lecciones fundamentales del Movimiento Moderno. Ejemplos paradigmáticos fueron los repartos INAV, construidos en 1961, en Habana del Este y en Camagüey, y la urbanización de La Campana (1962-63), en Manicaragua, Villa Clara. El primero de ellos, rebautizado reparto Camilo Cienfuegos, fue reconocido Monumento Nacional (1996) por su concepción integral del hábitat y su aplicación coherente de los postulados del urbanismo moderno.

El reino de la prefabricación
Esta proyección de las nuevas urbanizaciones cambió en la década siguiente, cuando se privilegió cantidad sobre calidad, y se generaron numerosos barrios dormitorio con un deficiente completamiento del entorno urbano, escasez de servicios y baja calidad estética de los inmuebles. Un modelo identificado con la escuela soviética, por el empleo extendido de sistemas de prefabricación pesada.
Un ejemplo temprano fue el distrito José Martí (1963), en Santiago de Cuba, concebido para 72.000 habitantes. Este barrio fue el primero en el país en utilizar de forma íntegra sistemas de prefabricación pesada en la concepción de sus inmuebles. Hasta el momento la prefabricación había asistido el uso de elementos puntuales –fundamentalmente techos–, combinados con sistemas tradicionales de construcción. También se aplicaban sistemas de prefabricación ligera, como el Novoa (luego llamado Sandino).[12]
El distrito José Martí surgió por la necesidad de dar vivienda a los damnificados del ciclón Flora, acaecido en 1963. Con ese objetivo la URSS donó una planta de prefabricación, con capacidad de producción de 1.700 unidades al año. El sistema generado fue conocido como Gran Panel I-464. Empleaba paneles macizos que asumían la capacidad portante, sin columnas ni vigas, al tiempo que servían de elementos de cierre y de distribución interior. Con ellos se generaban edificios de cuatro plantas, que podían tener un número variado de apartamentos (16, 32 y 48), de uno a cuatro dormitorios.
La condición portante del panel limitaba la variación espacial del inmueble, que quedaba como un gran bloque. No obstante, el equipo de arquitectos cubanos que trabajó en esta urbanización[13] implementó algunas modificaciones, para recaracterizar el diseño de las fachadas y favorecer la ventilación cruzada. Para ello crearon algunos paneles reticulados, tipo celosía, que permitían un tratamiento diferenciado de la fachada hacia donde estaban las habitaciones de servicio (baño, cocina y patio).
Este conjunto habitacional, al igual que los que le sucedieron, ha sido muy cuestionado por la indiscriminada masividad con que reprodujo bloques de apartamentos iguales, creando un espacio deshumanizado y monótono, que no guardó relación con el entorno ni con la arquitectura precedente. Su ejecución generó una grave alteración de la identidad del paisaje e incluso de las dinámicas sociales, pues además de imponer el edificio multifamiliar como tipología dominante, no cuidó el diseño urbano complementario y la red local de servicios esenciales.
En cuanto al edificio en sí, tampoco contaba con elementos de protección solar y para la lluvia, lo que afectaba su uso y mantenimiento. Para economizar hormigón se varió el grosor original de los paneles a 14 cm, lo que tuvo un efecto negativo en el acondicionamiento climático interior. Finalmente, la colocación de los inmuebles subordinada a la orientación y el perfil urbano homogéneo, llevaron la repetición visual al cansancio.
Si bien en los años sesenta, el uso de la prefabricación fue relativamente moderada, la década siguiente se caracterizó por su uso intensivo. Aunque esta quedó planteada como premisa en el Primer Congreso de los Constructores Cubanos y en el Primer Seminario Nacional de Vivienda, de 1964. Asimismo, con la creación en 1961, del Ministerio de Industrias, surgió la Subsecretaría para la Construcción Industrial, con cuatro áreas de trabajo: inversión, proyecto, ejecución e investigación tecnológica. Ese mismo año el MOP había establecido el Centro de Investigaciones Técnicas, que tuvo un aporte cardinal en las soluciones empleadas en los sistemas de prefabricado importados y en los creados en Cuba.

Al imponer la industrialización y la normalización como líneas fundamentales de trabajo, se pretendió minimizar el tiempo de ejecución y el costo de las obras, exacerbando la productividad a nivel nacional. La estandarización de modelos de prefabricado sacrificó a partir de entonces la estética arquitectónica y generalizó una pobreza expresiva en la arquitectura cubana de manera generalizada.
A nivel urbano, el resultado más sensible estuvo en la generación de urbanizaciones aisladas y descontextualizadas, sin cualificación estética ni infraestructura eficiente de servicios, carente de un tejido conectivo que integrase otras funciones y ofreciera vitalidad social. Uno de los ejemplos más reseñados ha sido el de Alamar (1971), pero es solo uno entre muchos.
Mario Coyula tildó esta postura de fetichismo tecnocrático. Consideraba que “ese enfoque reduccionista obviaba otros componentes urbanísticos, sociales, económicos, organizativos o culturales que intervienen al trazar una estrategia y en el proceso de concepción, producción y consumo de un artefacto, donde el usuario casi nunca era consultado por los que pensaban saber ya lo que mejor le convenía”.[14] La responsabilidad no recaía enteramente en los arquitectos, bastante limitados por la pérdida de autoridad sobre sus proyectos, sino en la centralización de las obras en una dirección política que promovía la repetición y la tipificación como norma. Su objetivo era dotar a la población de techo, sin dirigir recursos a la concepción integral del hábitat y al crecimiento orgánico e integrado de la ciudad.
La torre de apartamentos se impuso como paradigma de lo moderno, insertándose también en la ciudad en lotes libres o en conjuntos que creaban contrastes con el entorno tradicional. Ejemplos importantes se ubican en el barrio de Cayo Hueso, en la Esquina de Tejas, en Nuevo Vedado y en Altahabana, en la capital; así como en los centros urbanos de Ciego de Ávila, Santiago de Cuba, Camagüey, Holguín y Guantánamo.
Fueron múltiples las variantes de sistemas de prefabricado empleadas en los edificios multifamiliares que identifican la arquitectura de esta época. El Gran Panel IV, fue una de las más extendidas por todo el país, donde llegaron a existir hasta 23 plantas de producción en 1978, con una capacidad de 500 unidades al año cada una. Según el arquitecto Luis Alejandro Pérez, “más que un sistema constructivo el Gran Panel IV era un proyecto típico de un edificio prismático de 4 niveles y 24 apartamentos que fue descompuesto en partes prefabricadas por separado que posteriormente serían izadas y ‘montadas’ en el lugar que ocuparían definitivamente, por tanto, el resultado era siempre el mismo”.[15]
Le siguieron el Gran Panel 70, que liberaba la fachada de su función portante, posibilitando una mayor libertad compositiva. Se identifica por el uso de ventanas horizontales continuas con un parapeto inferior. Con sus componentes se hicieron modalidades híbridas, como el SP-72, de 12 plantas, que empleaba muros de carga de ladrillo y entrepiso prefabricado. Este modelo se identifica por el óculo circular ubicado en el testero de la planta baja.
El Gran Panel VI y VIII fueron otras variantes de diseño, así como el sistema de Moldes Deslizantes utilizado, por ejemplo, en edificios tipo pantalla y superbloques del microdistrito de Plaza de la Revolución, en La Habana.

El sistema IMS, de procedencia yugoslava,[16] rompía con la planimetría de los Gran Panel, al proyectar los balcones y disponer de franjas horizontales de ventanas con parapetos de terrazo lavado, cambio de textura empleada como recurso visual y estético. Sus moldes podían ser variados y conferían a los elementos de cierre posibilidades ilimitadas, que no se aprovecharon en toda su capacidad. No requería equipos sofisticados para el montaje, y todos los elementos seriados podían fabricarse en plantas móviles o en fábricas. Con la tecnología IMS existen microdistritos en Santiago de Cuba, con bloques de 18 plantas; y en La Habana, con bloques de 14 plantas en Nuevo Vedado (1978), en Vento, en la Villa Panamericana y en Alamar con bloques de cuatro, ocho, 12 y 18 niveles.
Otro sistema de prefabricación con capacidad de diseño y producción flexible fue el LH (Losa Hueca), de procedencia canadiense. Sus losas de hormigón pretensado podían cubrir entre 8 y 12 metros de luz y cortarse a conveniencia. En la adecuación de estos sistemas tuvo también un papel importante el Centro de Investigación y Experimentación de la Construcción, fundado en 1969, que dirigía el arquitecto Enrique de Jongh.
El gran impulso que tuvo en los setenta la reproducción indiscriminada de edificios multifamiliares, estuvo condicionado por la creación de las microbrigadas en 1970. Incapaz el Estado de acometer él solo el amplio plan de viviendas, creó este sistema de “autoconstrucción tutelada” que empleaba personal no cualificado al que proporcionaba los materiales y la asesoría técnica. En 1971, llegaron a existir 444 microbrigadas, con un total de 12.715 trabajadores, y en 1975, 1.153 con un total de 30.000 trabajadores; lo que puede dar una medida de la cantidad de mano de obra empleada, aunque ella redundara en el mal acabado de los inmuebles. Hasta 1983, ejecutaron unos 100.000 edificios por todo el país.
A las microbrigadas corresponden macroproyectos como los barrios de Alamar, Ermita de San Agustín y Altahabana, en La Habana; Abel Santamaría, en Nueva Gerona y Armando Mestre, en Matanzas. El edificio típico empleado fue el E-14, que Luis Alejandro Pérez describe como “un modelo compacto semiprefabricado de cuatro o cinco plantas conformado con muros de albañilería de bloques de hormigón perpendiculares a la fachada, y losas prefabricadas para entrepisos y cubiertas. Esta disposición de los muros portantes condicionaba la distribución de la planta, resolviéndose apenas sin espacio de circulación donde la sala se convierte en un espacio de tránsito obligado hacia el resto de la vivienda”.[17]

Aunque las microbrigadas no estaban obligadas a un diseño de vivienda específico, repitieron el mismo tipo de edificio multifamiliar con forma de cajón, que la monotonía, la inercia y la tipificación habían normalizado como patrón constructivo, subrayando el gran problema de la prefabricación en Cuba: la repetición indiscriminada. La uniformidad irrumpió así a nivel de ciudad, creando espacios anodinos que, al interior del hogar tampoco solucionaban individualidades.
Valga decir que esta uniformidad fue trasladada a otras tipologías arquitectónicas, generalizando el error. Es el caso del sistema Girón,[18] un modelo de prefabricado con estructura de esqueleto que resultó una excelente solución para la construcción de escuelas rurales, concebidas con calidad estética y efectivo diseño ambiental. Tuvo en la Escuela Secundaria Básica en el Campo (ESBEC) su modelo más representativo, donde logró combinar distintos volúmenes que se adecuaban a la topografía, estableciendo un complejo dinámico, libre y asimétrico de gran riqueza espacial y formal, afiliado a los códigos del Movimiento Moderno. Definido por el uso de amplias galerías cubiertas y plazas interiores, tenía un diseño interior flexible que además involucró las artes plásticas en la cualificación de los espacios, y el empleo de colores en la carpintería para individualizar las áreas del centro docente. Al estar concebidas para albergar en régimen interno hasta 5.000 estudiantes, “proyectar la escuela fue equivalente a proyectar un distrito de ciudad en las afueras, el que debía contar con todo tipo de instalaciones que pudieran ser necesarias para la vida cotidiana de los jóvenes residentes”.[19]
El sistema Girón fue el gran protagonista de la arquitectura docente de la década de los setenta. Sin embargo, su uso intensivo en otras tipologías como hospitales, hoteles y oficinas,[20] vulgarizó sus recursos técnicos y estéticos. Incluido de este modo en el hartazgo de lo repetitivo, suele subvalorarse su capacidad como modelo prefabricado, para lo que originalmente fue concebido.
Algunas obras monumentales como colofón
Aunque la propaganda política permeó todas las esferas de las artes y fue constante en los espacios públicos e institucionales, en los primeros momentos no condicionó la construcción de monumentos apologéticos. Para las concentraciones públicas y otras actividades de carácter político se reutilizaron los espacios existentes que, en algunos casos, como la Plaza Cívica (1953-58) de La Habana, llegó a absorber todo el significado trastocándose hasta hoy en Plaza de la Revolución.
Sin embargo, en la década de 1970, hubo gran interés por homenajear a los héroes y mártires de las luchas insurreccionales. Su conexión con el realismo socialista está, una vez más en el trasfondo ideológico, pues la estética empleada fue totalmente contemporánea. Un ejemplo temprano es el Parque a los Mártires Universitarios (1965), construido en La Habana por los arquitectos Mario Coyula, Emilio Escobar, Sonia Domínguez y Armando Hernández. Su estética moderna dejó lecciones que pueden leerse en los monumentos posteriores, aunque no todos alcanzaron el mismo grado de excelencia.
De ella se aprecia el uso de elementos escultóricos realizados en hormigón con relieves; la adecuación al espacio topográfico y el empleo de las irregularidades y espacios verdes para crear armonía y diferenciar zonas; y el juego entre lo abstracto y lo figurativo en la concepción general del monumento y en sus detalles para ampliar el horizonte interpretativo y dotarle de modernidad.
La gran mayoría de los monumentos construidos en este periodo se hicieron en la provincia de Santiago de Cuba, donde se encuentran:
- el Parque Abel Santamaría Cuadrado (1973), de los arquitectos Fernando Pérez O’Reilly y Raúl Oliva, con relieves de René Valdés Cedeño,
- los 26 Monumentos de la Carretera de Siboney (1973), coordinados por los arquitectos Manuel González Suárez, Concepción Piñó Mauri y Fausto Martínez García,
- el Bosque de los Héroes (1973), de la escultora Rita Longa,
- el Mausoleo del Segundo Frente Oriental (1978), del arquitecto Eduardo Lozada León,
- el Parque Monumento Frank País García (1985),
- y el Mausoleo del Tercer Frente Oriental (1983, ampliado en 1998), del arquitecto Eduardo Lozada León.
Además, destacan el Monumento al Desembarco del Granma (1978-81),[21] de los arquitectos Augusto Rivero Mas, Marcial Díaz Frankis y María Dolores Espinosa, en Granma; el Monumento al tren blindado (1986), del escultor José Delarra; y el Complejo escultórico Comandante Ernesto Che Guevara (1988), de los arquitectos Blanca Hernández Gibernau y Jorge Cao Campo, ambos en Santa Clara. Estos tres casos fueron construidos directamente sobre el sitio histórico al que alude la gesta, y emplearon piezas originales combinadas con elementos escultóricos, así como espacios museables para abundar sobre los sucesos y su trascendencia.
En 1984, también se erigió un monumento a Vladimir Ilich Lenin, en los terrenos del parque capitalino que lleva su nombre. Este asume toda la retórica del realismo socialista y fue obra del arquitecto cubano Antonio Quintana y del escultor soviético Lev. E. Kervel, quien talló en mármol una enorme cabeza del líder ruso, de 3 metros de alto por 2 metros de ancho.
Imprescindible resulta la construcción, entre las décadas de 1980 y 1990, de varias “plazas de la Revolución” en distintas provincias del país, que buscaron dar espacio a la celebración del 26 de Julio y de otras actividades políticas de significación. En la mayoría de los casos ocuparon terrenos periféricos de la ciudades capitales, y constituyen amplias explanadas donde se define un conjunto monumental moderno asociado a la tribuna, con salones integrados de protocolo, y en algunos casos con memoriales y mausoleos. Entre ellas:
- la Plaza de la Revolución Calixto García (1979), en Holguín, con capacidad para 150.000 personas, con obras de José Delarra,
- la Plaza de la Patria (1982), en Bayamo,
- la Plaza de la Revolución Mariana Grajales (1985), en Guantánamo, del arquitecto Rómulo Fernández, los ingenieros Esteban Ferrer y José María Ruiz, y los escultores José Villa, Enrique Angulo y Lázaro Trenard,
- la Plaza de la Revolución Ignacio Agramonte (1989), en Camagüey, con capacidad para 100.000 personas, de los arquitectos Alexis Souto, Roberto Balmaseda, Urbicia Suárez, el ingeniero Heriberto Sardiñas y los escultores Herminio Escalona, Rinaldo Miranda y Roberto Estrada,
- la Plaza de la Revolución Antonio Maceo (1991), en Santiago de Cuba, con capacidad para 100.000 personas, del arquitecto José Antonio Choy y los escultores Alberto Lescay y Guarionex Ferrer,
- y la Plaza de la Revolución Vicente García (1997), en Las Tunas, con capacidad para 125.000 personas, del arquitecto Domingo Alás.
Por otra parte, cabría recordar como ejemplo singular, la construcción de la embajada de la antigua URSS en La Habana (1978-87), del arquitecto soviético Aleksandr Rochegov. Este inmueble se insertó en el reparto Miramar con una monumentalidad que irrumpe en el contexto, aludiendo en su concepción formal al constructivismo ruso, con varias décadas de desfase. Ha sido por ello una obra muy criticada, que se percibe anacrónica y solitaria en un entorno que nunca abrazó este lenguaje en ninguna tipología arquitectónica.

Cierre de una etapa polémica
La Revolución impuso una voluntad transformadora que encontró en el espacio construido un instrumento de legitimación política, al tiempo que enfrentó la creación libre y la tecnificación como dos aspectos irreconciliables. En su intento por edificar una nueva sociedad socialista, subordinó el arte a la eficiencia productiva, anuló el papel del arquitecto como autor y desdibujó el valor estético del entorno urbano, así como el resto de los componentes que garantizan su adecuado funcionamiento.
Con el realismo socialista compartió el sustrato ideológico y tecnológico, asumiendo su espíritu uniformador y la visión instrumental del espacio. Progresivamente, la libertad conceptual y formal heredada del Movimiento Moderno fue sustituida por una homogeneidad gris, resultado del fetichismo tecnológico y de la estandarización prefabricada a gran escala. La imposición de un modelo centralizado, que subordinó la complejidad del espacio habitable a la lógica de la producción masiva, empobreció el lenguaje arquitectónico y fracturó la relación entre la ciudad y sus habitantes.
En ese proceso, la aspiración de una arquitectura comprometida con lo social quedó limitada por la reducción del habitar a parámetros cuantificables, donde la urgencia y la estandarización desplazaron la complejidad cultural, ambiental y simbólica de la ciudad. Es por ello que el problema no radicó únicamente en la estética de la prefabricación o en la repetición, sino también en la incapacidad de articular un modelo de desarrollo urbano verdaderamente integral. Uno que no entendiera la vivienda como unidad aislada, sino como parte de un tejido vivo donde convergen dimensiones culturales, económicas y simbólicas.

A pesar de la rigidez del sistema, sobrevivieron el saber arquitectónico de la tradición moderna y el humanismo crítico que, desde mediados de la década de 1980, intentaron recuperar el valor cultural de la arquitectura, así como el uso de técnicas y materiales tradicionales en sistemas constructivos mixtos. De forma paulatina, también en el ámbito pedagógico se procuró rescatar el humanismo y la expresividad artística, como evidenció el evento celebrado en La Habana en 1986 bajo el tema “La creatividad arquitectónica en los conjuntos de vivienda”. En 1983 se fundó la Unión de Arquitectos e Ingenieros de la Construcción de Cuba (UNAICC), con la intención de restituir el carácter asociativo del antiguo Colegio de Arquitectos. Asimismo, la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) creó en 1990 la sección de Diseño Ambiental, que permitió visibilizar el valor artístico de la arquitectura y ofrecer, aunque de forma limitada, un ámbito de reconocimiento para los profesionales del gremio.
En el debate contemporáneo sobre regeneración urbana, sostenibilidad y participación ciudadana, las lecciones de aquella etapa adquieren especial relevancia y se estudian como una advertencia. Reconocer la arquitectura como un acto cultural y cívico, y devolver al arquitecto un papel protagónico e independiente, se imponen como condiciones necesarias para recomponer la fractura entre ideología y realidad, y propiciar una arquitectura que, sin renunciar a su función, sea capaz de ofrecer calidad, sentido de pertenencia y una vida urbana más plena.
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Bibliografía
Coyula, Mario. “El Trinquenio Amargo y la ciudad distópica: Autopsia de una utopía”. En: Eduardo Heras León y Desiderio Navarro (ed.). La política cultural del período revolucionario: memoria y reflexión. Centro Teórico-Cultural Criterios, La Habana, 2008. pp. 47-68.
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Pérez Trueba, Luis Alejandro. Vivienda social en Cuba. Elementos singulares en la arquitectura de la década de 1960. Tutor: José Durán Fernández. Tesis de Máster. Escuela Técnica Superior de Arquitectura. Valencia, 2021.
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Segre, Roberto. Arquitectura antillana del siglo XX. Arte y Literatura, La Habana, 2003.
____. Arquitectura y urbanismo. Cuba y América Latina desde el siglo XXI. Arte y Literatura, La Habana, 2015.
____: Medio siglo de arquitectura cubana (1953-2003).
Notas
[1] Roberto Segre. “Medio siglo de arquitectura cubana (1953-2003)” Revista Café de las ciudades, no. 40, febrero, 2006.
[2] Mario Coyula. “El Trinquenio Amargo y la ciudad distópica: Autopsia de una utopía”. En: Eduardo Heras León y Desiderio Navarro (ed.). La política cultural del período revolucionario: memoria y reflexión. Centro Teórico-Cultural Criterios, La Habana, 2008. p.61.
[3] A partir de 1963 pasó a ser Ministerio de la Construcción (MICONS).
[4] Roberto Segre. Arquitectura y urbanismo. Cuba y América Latina desde el siglo XXI. Arte y Literatura, La Habana, 2015. p. 157.
[5] Asimismo, la sociedad que agrupaba a este grupo profesional, el Colegio Nacional de Arquitectos (1916), se disolvió en 1967, reemplazado en 1968 por el Centro Técnico Superior de la Construcción. También se dejó de celebrar durante un tiempo el “Día del Arquitecto”, instituido en 1936 el 13 de marzo como homenaje a la fundación del Colegio Nacional de Arquitectos.
[6] Roberto Segre. Arquitectura y urbanismo. Cuba y América Latina desde el siglo XXI. Arte y Literatura, La Habana, 2015. p. 148.
[7] Entre marzo de 1960 y junio de 1962, el INAV completó más de 8.500 unidades de viviendas, el 65 % de las cuales se hicieron en La Habana (5.921). Además, dejó 1.594 próximas a su terminación.
[8] Se erradicaron alrededor de 36 barrios insalubres en La Habana y otros 33 en el resto de las provincias del país. Algunos ejemplos reconocidos fueron La Manzana de Gómez, en Santiago de Cuba; Los Grifos, en Santa Clara; El Fénix, Pinar del Río; y Las Yaguas, en La Habana.
[9] Juan de las Cuevas. 500 años de construcciones en Cuba. D.V Chapín, Servicios Gráficos y Editoriales, S.L., Madrid, 2001. p. 283.
[10] Roberto Segre. Arquitectura y urbanismo. Cuba y América Latina desde el siglo XXI. Arte y Literatura, La Habana, 2015. p. 309.
[11] En: Enrique Juan de Dios Fernández-Figueroa. “Regeneración urbana: Características físico espaciales y funcionales de las áreas residenciales de La Habana”. Arquitectura y Urbanismo. La Habana, n. 46, 22 de mayo de 2025. p. 2.
[12] Patentado en 1926 por el ingeniero cubano José María Novoa, era un sistema constructivo práctico y económico, que permitía flexibilidad en el diseño y no requería maquinaria para la instalación de columnas y cantos, reduciendo los costos y empleando una mano de obra no especializada. En la década de 1960, cuando se inició la construcción de viviendas sociales, fue utilizado extensamente. Su creador participó en diseños como la Urbanización de Los Pinos (1960), en Artemisa, muy singular por su trazado en forma de estrella. Otros repartos construidos enteramente con este sistema fueron el de Vista Alegre, en Santiago de Cuba; Ciudad Sandino, en Pinar del Río y Ciudad Escolar Camilo Cienfuegos, en Granma.
[13] Entre ellos estuvieron Fernando Salinas, Enrique de Jongh, Julio Dean, Edmundo Azze y Orlando Cárdenas.
[14] Mario Coyula. “El Trinquenio Amargo y la ciudad distópica: Autopsia de una utopía”. En: Eduardo Heras León y Desiderio Navarro (ed.). La política cultural del período revolucionario: memoria y reflexión. Centro Teórico-Cultural Criterios, La Habana, 2008. pp. 51-52.
[15] Luis Alejandro Pérez Trueba. Vivienda social en Cuba. Elementos singulares en la arquitectura de la década de 1960. Tutor: José Durán Fernández. Tesis de Máster. Escuela Técnica Superior de Arquitectura. Valencia, 2021. p. 53.
[16] Patentado por el ingeniero Branko Zezelj en 1957, en el Instituto de Prueba de Materiales de Serbia, de donde debe su nombre. Fue el sistema de prefabricado más utilizado en Yugoslavia, y se extendió a Italia, Austria, Egipto, Etiopía, Angola, China, Filipinas y, lógicamente, a Bulgaria, Ucrania y Rusia. En Cuba tuvo gran desarrollo en las décadas de 1970 y 1980. En 1979, el país contaba con tres fábricas IMS.
[17] Luis Alejandro Pérez Trueba. Vivienda social en Cuba. Elementos singulares en la arquitectura de la década de 1960. Tutor: José Durán Fernández. Tesis de Máster. Escuela Técnica Superior de Arquitectura. Valencia, 2021. p. 61.
[18] Fue desarrollado por el Departamento de Construcciones Escolares del MICONS, dirigido por la arquitecta Josefina Rebellón. Ejemplos icónicos de este sistema de prefabricado son: la Escuela Vocacional Lenin (1972-74), en La Habana, y la Ernesto Che Guevara (1975), en Santa Clara, ambas del arquitecto Andrés Garrudo; la Escuela Vocacional Máximo Gómez (1976) de Reynaldo Togores, en Camagüey; y la Escuela Volodia del Parque Lenin (1976) de Heriberto Duverger. También sobresalen las obras del Palacio de los Pioneros (1978) de Néstor Garmendía, y de Tarará (1975) de Humberto Ramírez, ambos en La Habana.
[19] Eduardo Luis Rodríguez (ed.). La arquitectura del Movimiento Moderno. Selección de Obras del Registro Nacional. Ediciones Unión, La Habana, 2011. p. 161.
[20] Algunos ejemplos son: el hotel Pasacaballos (1976), en Cienfuegos, del arquitecto Mario Girona; la sede de la Asamblea Provincial del Poder Popular de Sancti Spíritus (1980) del arquitecto Roberto Vitlloch; y el hospital Universitario Clínico Quirúrgico Arnaldo Milián Castro (1981-91), de la arquitecta Ari Plana, en Santa Clara.
[21] Es realmente un conjunto de monumentos expandidos por un radio de 30 km, donde se produjeron las principales batallas, y está “basado en un sistema de cráteres volcánicos, símbolo de la erupción revolucionaria surgida en la Sierra Maestra”. En: Manuel Cuadra (ed.). La arquitectura de la Revolución cubana 1959-2018. Relatos históricos regionales – Tipologías – Sistemas. Kassel University Press GmbH, Kassel, 2018. p. 96.








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