Edgar Ariel: En el ring con Antonio José Ponte. ‘Desfila La Habana’, su última novela

Ponte, Antonio José Ponte, tiene otra edad cuando escribe. Cuando escribe Desfila La Habana. Tiene esa edad de la noche y de los antros. Tiene esa edad de las tragaperras y de la omertà entre mafiosos. (Él es otro mafioso entre las palabras, entre la escritura, en el rapto de la metáfora perfecta: “Lo despertó sentir, al tacto, que lo que la negra desnuda de la suite de Ted Scott tenía entre las piernas era la cicatriz de la cabeza de un viejo general”). Una edad indescifrable. Una edad travesti, me da por decir. (Todo acto de escritura es un acto de travestismo). Tiene la edad suficiente como para escribir Desfila La Habana. Como si “suficiente” fuera la palabra… Tiene la edad guuuuuaaaaaayyyy de esa ciudad cuando era ciudad. ¿Cómo se llamaba?
Ponte, Antonio José Ponte, ¿qué tal te llevas con las erratas?
Mal o pasablemente, según sea el calibre de ellas.
¿Sientes ira cuando lees “us” donde debería decir “sus” en la página 29 de tu novela?
No, no llega a tanto.
¿Es “ira” la palabra?
Ligera frustración.
¿Podría ser, incluso, odio?
De entrada, frustración. Luego, desentendimiento ante lo fatal.
Te pido una confesión: ¿qué es lo que más has llegado a odiar?
Mi mayor odio aparece en la portada de la novela, vestido de uniforme militar.
¿Qué sientes cuando tu nombre se menciona relacionado con lo mordaz?
Recuerda lo que dice Rilke al inicio de su ensayo sobre Rodin: la fama es una suma de malentendidos alrededor de un nombre.
¿Te gusta la palabra mordaz?
Me gusta la palabra mordacidad, la cualidad de lo mordaz. Suena casi como mortalidad.
Hay algo cáustico en tus libros que hace que yo, como lector, no los abandone. Algo quemante…
Muchas gracias.
Me pregunto si, en otra vida, te hubiera gustado ser grafitero. Ese tipo de grafitero llamado writers que escribe su nombre de forma estilizada por media ciudad. En la cima de un puente de hierro, por ejemplo.
Bueno, respondiendo por otra vida en esta de ahora, no me gustaría. Los muros en los cuales veo esas firmas se encuentran en lugares de paso tirando a feos o sumamente feos. Puentes sin gracia, vagones arruinados, rincones orinados…

Antes he dicho que Desfila La Habana es una novela. ¿Es una novela?
Yo diría que sí. Aunque, debido a otros libros míos, no me abandona cierta fama de adulterador de ron.
¿Te sientes cómodo en ese entrelugar?
Si hablamos de comodidad resulta, en todo caso, una comodidad por alcanzar. La cuestión es estar en camino de eso que tú llamas “entrelugar”, de ningún modo encontrarse allí. Y mucho menos residir allí.
¿Te consideras un ser fronterizo?
La verdad es que no lo he pensado, y ahora no tendré tiempo para pensármelo para responderte. En general (voy a parafrasear al Borges de uno de sus poemas en inglés), tengo pocas hipótesis sobre mí mismo.
Rehago la pregunta, ¿te consideras un escritor fronterizo?
¡Segunda oportunidad para pensarlo! Supongo que a la tercera me vas a preguntar si es fronteriza mi escritura.
En la página legal del libro hay dos oraciones que no quiero despreciar. Cito: “Este libro es una obra de ficción. Todos los nombres, personajes, compañías, lugares, diálogos y acontecimientos son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente”. Me pregunto si esta mención fue una obligatoriedad de Tusquets Editores. ¿Es algo que tú habrías subrayado?
Esa página es un sitio de negociación entre la editorial y el agente literario que representa al autor. Ahí tienes, en una sola página, fronteras. Ahí tienes géneros mezclados. Creo que, de no haber utilizado en esta novela personajes históricos, me habría despreocupado de una cautela así. Pero, tratando con vivos y con muertos, es mejor blindarse.
Es una obra de ficción, pero es una obra de investigación. ¿Cuánto tiempo te llevó hacerla?
Publiqué un artículo a propósito de las peripecias habaneras de Norman Lewis y pasaron diez años. Leí otros libros de él, leí sus memorias, leí una biografía suya. En esos diez años escribí otros textos (entre ellos, otra novela) y leí libros sobre el tema, aunque no a paso de investigador. De modo que me es difícil calcularlo en tiempo. Mejor calcularlo en libros leídos, y debieron ser una cincuentena.
¿Cuánto ha cambiado el libro en todo este tiempo?
No sabría decirte. Yo no he vuelto a leerlo después de entregar al editor la versión final. Evito leerme.
¿Cuánto has cambiado tú?
Hum, bastante. Ahora no se me ocurriría volver a juntar personajes ficticios con personajes históricos. Ahora planeo libros con una prosa que esté menos preocupada por la agilidad.
¿Cuánto ha cambiado tu relación con esa ciudad? (¿Cómo se llamaba?) Una vez frente a mí te preguntaron: “Ponte, ¿tú eres habanero?” A lo que respondiste: “Por adopción”.
Mi relación con la ciudad del título ha cambiado en todos estos años. No tengo mal olvido, así que no me sale en sueños. O al menos, en los sueños que consigo recordar. No tengo nostalgia, no tengo saudade. Sé que cuando vuelva me encontraré con otra muy distinta. Es puro Heráclito esto. Heráclito en el Malecón, mejor que bañándose en el Almendares. Si te fijas, en la novela aparecen pocas descripciones de la ciudad.
¿Para ti qué ha sido lo peor de esa adopción?
No hubo nada peor que recuerde.
¿Qué ha sido lo mejor?
Una despedida tan poco dolorosa como la que tuve.
¿Por qué esa ciudad te sigue fascinando tanto? No sé si es fascinación…
Si algo todavía me fascina es la fascinación que otros sienten por ella.
¿No te aburre seguir escribiendo, como lo haces, sobre esa ciudad? Perdona esta pregunta, pero quizá hablo por mí…
Bueno, estamos hablando de ella sin mencionarla, como quien camina en puntillas para no despertarla. Como si trajera mala suerte pronunciar su nombre. Esto hace el asunto sumamente interesante, ¿no te parece?
¿Cuáles son las ciudades que te han deslumbrado? ¿Qué te ha deslumbrado de ellas?
Mirar las ciudades igual que se miran desde la calle los interiores iluminados de las casas. Para preguntarse qué pasa allá adentro, cómo sería uno allá adentro. Si esto nos sucede con un apartamento visto desde abajo, imagínate lo que despierta toda una ciudad. Sin embargo, frecuentar un deslumbramiento va apagándolo a la larga. Así que prefiero no darte nombres gastados de ciudades. Te digo uno todavía deslumbrante: Florencia.
¿Te sigues deslumbrando? ¿Lo permites?
Si continúa el deseo de ser otro, de vivir otra vida, continúa el deslumbramiento.
¿Te sigue deslumbrando la fiesta?
Me gustan las fiestas. Son lugares donde suelen saltar detalles útiles para el escritor. Los cuadernos de notas de Henry James, sus conversaciones en las cenas, dan fe de esto.
¿Te sigue deslumbrando La fiesta vigilada?
No he vuelto allí, no sé decirte.
“Me temo que no nos encontramos en la verdadera fiesta”, le dice Ian Fleming a Norman Lewis. ¿Cuál es, para ti, la verdadera fiesta?
Fleming debió de ser un tipo insoportable, así que prefiero no ponerme a la altura de su quisquillosidad. Él discutía (este detalle no es de mi invención, aparece en Norman Lewis), no su lugar en esa fiesta, sino su lugar en el catálogo de la editorial que lo publicaba y en la apreciación de su editor, que nunca lo invitaba a almorzar mientras que invitaba a otros autores. Pero contesto a tu pregunta, y aquí van algunos ingredientes: abundante alcohol y abundante comida que pellizcar, música aunque no sea la música que me guste, droga para evitar que algunos trepen por las paredes, gente que pase y baile, gente con quien hablar y discutir, alguna que otra revelación y, sobre todo, tiempo suelto.
“Iba a ser un libro sin peces espada, leones ni batallas, pero con una historia hermosa y fuerte”. Aquí te refieres a Hemingway, a París era una fiesta, “su libro de París”. ¿Cuál ha sido tu relación con este libro? No es de tus preferidos, ¿verdad?
Es un libro de Hemingway sumamente personal, automitologizante, y Hemingway no me despierta demasiadas simpatías como persona. Él consideraba estar hablando refinadamente de una ciudad como París y suena como un farsante. Sin embargo, fue el libro que, cuando todos sus caminos parecían cerrárseles, le permitió seguir.

Por otro lado, no puedo decir que Desfila La Habana sea “tu libro de La Habana”. Creo que, por el contrario, forma parte de una saga (por llamarle saga) en la que podemos mencionar otros libros como Un seguidor de Montaigne mira La Habana, La fiesta vigilada, El libro perdido de los origenistas, Un arte de hacer ruinas y otros cuentos, entre otros. ¿Es, quizá, una obsesión?
Esta es una pregunta de imposible negación. Faltan todavía un par de títulos habaneros por publicarse. Después de eso, espero no volver más por allí en lo que publique.
Quizá estés obsesionado, como El Viejo de Hemingway, en pescar un gran pez, y así poder confirmar tu titularidad…
No, no comparto esos afanes de campeón de Hemingway. Sus monólogos acerca de intercambios boxísticos con Stendhal o Flaubert pudieron ser divertidas chácharas de bar, pero resultan pedestres cuando son recontados.
Ponte, Antonio José Ponte, ¿para ti un libro es como un ring? Escribir un libro, quiero decir.
Por lo general, no.
¿Desfila La Habana funciona como un ring?
Mi intención fue que funcionara como un desfile, aunque contiene algunos momentos verdaderamente boxísticos.
Donde te gusta demostrar cuán campeón eres…
Puedo ser demasiado discutidor en ocasiones, pero mi ímpetu deportivo es nulo.
Dices que Hemingway “se citaba en el ring con los mayores colegas vivos y también con los muertos”. Si tuvieras que ser tú el que entra al pugilato, cuáles serían, para ti, en términos literarios, los mayores “colegas vivos”, y también “los muertos”.
Gran pregunta, y cómo la disfrutaría de no ser yo el entrevistado.
Hemingway era competitivo (cazador y pescador), todo lo cual me queda lejos. Se había dotado de un estilo literario altamente identificable e influenciador, lo cual también me queda lejos. Así que podría decirte que para mí no hay ring ni pelea con vivos y muertos.
¿Tienes algunas deudas con tus entrenadores? ¿Pudieras declararlas? ¿A quién le declaras tus deudas?
No deudas, gratitudes. Y reconocer esas gratitudes sería un catálogo más tedioso que el capítulo segundo de la Ilíada, el del catálogo de naves.
En algún momento escribí un ensayo que se llama “Escribir es torear (erótica del casi-cadáver)”. Pero en los términos que estamos hablando escribir es, ahora, boxear. ¿Escribir es siempre violencia?
Bueno, tal vez estamos llevando demasiado lejos esa argumentación de Hemingway. La fiesta brava, los juegos con el toro de los frescos de Creta, tienen un componente misterioso que el boxeo no alcanza. Está el misterio de lo animal, del bicho, esa cabezota, la mirada en esa cabezota, el aire de fuego que suelta por la nariz. Comparado con esta pelea, ¿qué es pelear con un prójimo? En un libro de conversaciones suyas —Política de la inmortalidad—, Boris Groys sostiene que escribir filosofía es hacerse un nicho entre muertos. El filósofo tiene, para filosofar, que idearse como cadáver, como momia, tiene que autoenterrarse. Lidia (por decirlo taurinamente) con los maestros muertos. Algo así podría decirse también de la escritura.
Un punto de giro: ¿hubieras querido tener en tus manos aquellas fotos de Ava Gardner desnuda en la piscina del cazador?
En esa época, sin dudas. Ahora cualquier inteligencia artificial te las fabrica.
¿Qué hubieras hecho con ellas?
Llegar a Frank Sinatra.
En Desfila La Habana casi, casi, veo tu apetencia por haber pertenecido a ese mundillo de antros y casinos. ¿Me equivoco? Te hubiera encantado. ¿verdad?
Sí, pero menos por la ruleta que por la música.
“Porque para comedias apocalípticas, La Habana”, como has dicho. Hoy más que nunca. ¿Hace cuánto tiempo no vas a La Habana? ¿Desde Madrid, cómo la observas?
Salí hace 20 años y no he vuelto. Llevo trabajando diecisiete años en un diario que sigue de cerca el acontecer cubano, lo cual me hace vivir en algo parecido a un campo de radares. Pero si aquello tuvo de comedia alguna vez, no conserva ya la más mínima gracia. Es un Apocalipsis mondo y lirondo.
Ese sitio tan bueno “para el amor y para el desastre”. ¿Sigues creyendo que La Habana sea “la mejor de las ciudades para esperar el fin del mundo”?
Greene o un narrador de Greene lo creyó así en Nuestro hombre en La Habana. No pasemos por alto que él y otras figuras que aparecen en mi novela son antecesores de esos fellow travelers que, un par de años después, caen en tromba sobre Cuba para dar testimonio de la revolución. Gente fundamentalmente idiota. O gente brillante (Jean-Paul Sartre es un ejemplo magno) que va a La Habana a comportarse como idiotas.
En otro momento describes a los tipos que “beben sin hablar entre sí” en el bar del Sevilla-Biltmore como sujetos “agazapados como paracaidistas a la espera de la orden de saltar”. “Pero saltar a dónde”, te preguntas. Pero saltar a dónde, te pregunto.
La respuesta puede encontrarse hacia el final de la novela.
Como a mitad de Desfila La Habana sentí una densidad, una lentitud que no es habitual en ti. Algo no avanzaba, para mí. Después fue una carrera de galgos. Quizá te pasó lo mismo en la escritura…
Yo me propuse escribir algo semejante al bochorno antes de la tempestad, así que en ello podría residir esa densidad y lentitud de la que hablas. Y, luego, la tempestad, la carrera de galgos.
Creo que un libro nunca es un lugar seguro. ¿Tú qué crees? Aunque, si lo pienso bien, y si en algún momento he sentido algo de seguridad leyendo Desfila La Habana, solo sería “como esos lugares seguros en los cuales se desactiva una bomba”.
Coincido contigo. ¿Existe algo más seguro que un libro en cuya lectura recogerse? Y, por otra parte, cuántas desazones no han salido de la lectura de libros.
En otro momento dices, refiriéndote al Sevilla-Biltmore, que “[u]n hotel es como una embajada. Igual que las embajadas, los hoteles no terminan de estar ubicados en el territorio del país. Es como si fueran la representación de otro lugar. Y cuando, en mi caso, el propietario no es nacido en el país, el hotel resulta todavía más comparable a una embajada”. ¿Crees que tu libro también funcione como eso, como una embajada? ¿Un libro también es como una embajada?
Hice que lo dijera Amleto Battisti, el propietario del Sevilla-Biltmore. Su hotel es su embajada, pero la novela es un sitio de desfile. Una novela de extranjeros, principalmente. Una novela de la mirada exotizante, del exotismo político.
Te gusta ese papel de “embajador”?
Mejor el de agente de viajes.
Como sabes, La Habana, “la atmósfera de fiesta reinante en La Habana”, siempre “termina tragándose a cuanto muerto tendieran en la morgue”. ¿No temes ser uno más de la lista mortuoria?
No, no adelantemos temores: yo estoy fuera y allá no existe fiesta alguna.
Dice tu personaje: “Estuve muerto ya y leí los obituarios que me dedicaron”. Por casualidad, ¿has escrito tu propio obituario? ¿O no le tienes miedo a la muerte?
No le tengo miedo a la muerte. Debo decir por ahora, dado lo cambiantes que somos. Hace unas semanas volví a leer al emperador Marco Aurelio, que reconforta del miedo a la muerte, y me asombró cuánto ha cambiado su libro de una lectura a otra.
¿No pondrías en peligro tu vida, pensando más que nada en tus lectores?
Dejemos ese orgullo para Hemingway. Dejémoslo para autores con una masa de lectores más determinantes que la mía. Dicho en expresión muy cubana, dejémoslo para quien se crea cosas.
Al fondo se mueven unos blancos colgados con alambres, como en una caseta de feria. Te colocas un mandil de matarife. Organizas tu galería de tiro improvisada. Norman Lewis “se preguntó qué necesidad tendrían de protegerse con mandiles cuando no iba a salpicarlos ninguna sangre”. Pero tú sí sabes que la sangre salpica. ¿Verdad que sí?
Como reza el título de Enrique Labrador Ruiz, la sangre es hambrienta. Mejor decirlo con énfasis de novela negra: la sangre es hambrienta, muy hambrienta.
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