FreeCinema: ‘Los del baile’ / Nicolás Guillén Landrián [1965]

Archivo | Cine | 5 de noviembre de 2026

Aquí los dejo con una de las varias maravillas que hizo Nicolasito Guillén Landrián: Los del baile (1965). De este film, el crítico e investigador Dylon Robbins ha escrito en la revista de cine La fuga (2013):

«1965 era el ‘Año de la agricultura’, y en la primavera Pello el Afrokán fue invitado personalmente por Fidel Castro para componer y grabar un mozambique en conmemoración de la cosecha de azúcar de ese año. La letra cantaría sobre la cosecha, e insinuaría la homogeneizante socialización de la producción colaborativa: “la gente va llegando al corte, y todos los que no son vagos empiezan a coger la mocha, algunos dicen que sí, ninguno dice que no”.

Ciertamente, el hecho de que Fidel reconociera la tremenda popularidad de Pello, el atractivo masivo de su música, y que este lo implementara cantando loas a una cosecha masiva de azúcar en un esfuerzo de reforzar intereses en la amplia campaña de la isla, sugiere bastante sobre las relaciones entre música y trabajo, es decir, entre performance y producción.

Mientras algunas aproximaciones contemporáneas sitúan al performance dentro de una matriz de actividades que evaden la producción, lo que sugiere que se entienda de manera alternativa al performance virtuoso como uno que sobrepasa una lógica de producción y acumulación, es claro que en este contexto el performance musical sería invocado en un intento muy deliberado de sincronizarlo con la producción a gran escala.

Sin embargo, es importante precisar que esto constituiría una implementación de la música no como una mercancía más entre otras, como se ha criticado desde las clásicas teorías de la cultura de masas, sino como un elemento que acompaña el trabajo físico, o sea, como parte de una inversión y transformación del performance musical que buscaba reemplazar al bailador con el trabajador, y de esta manera recuperar las ‘excesivas pérdidas’ de esfuerzo en los movimientos del baile, de integrar así al cuerpo bailante a un orden de producción.

Recordemos que Pello el Afrokán fue el creador del ritmo mozambique. Su noción de autoría sobre este y su profunda asociación con el estilo eran incuestionables, similar a la del inventor y su máquina extraña en las primeras escenas de La muerte de un burócrata. Vale la pena notar, también, que su música disfrutó de popularidad en los años sesenta en Cuba, y que es recordada por algunos intelectuales como una respuesta apoyada por el gobierno a la Beatlemanía, un intento que iría contra el influjo -aunque controlado y censurado- del rock británico y el norteamericano, que encontrarían una popularidad bienvenida entre las clases medias en sus países de origen. La gran diferencia, por supuesto, es que Pello el Afrokán y su mozambique fueron no solo inmensamente reconocidos, sino además discutiblemente populares en su origen y recepción.

Es más o menos en esta misma época que Guillén Landrián filmó a Pello el Afrokán e incorporó estas secuencias en su corto Los del baile. Las primeras escenas muestran a Pello en un traje blanco dirigiendo a sus músicos en un show nocturno. Las escenas forman una secuencia de montaje de cuarenta segundos compuesta enteramente de los músicos en el escenario. Un público inmóvil es visible solo en el fondo hacia el final de la secuencia, que está organizada para enfatizar la centralidad de Pello. Y, sin embargo, es claro que Los del baile no es un filme sobre su figura en su totalidad, sino, más bien, sobre colectividades, estratificaciones sociales y sus relaciones con la producción, pues Pello es mostrado dirigiendo a sus músicos hábilmente coordinados, sugiriendo así a la orquestación y los arreglos como una estrategia organizacional que refleja la estratificación social. El documental describe una aproximación entre performance y producción, y también cómo estos constituyen principios de orden, fenómenos que son explorados visualmente en el resto del filme.

Después de una breve secuencia de título y créditos, el filme hace una transición hacia escenas diurnas de gente bailando mozambique -sus caras sonrientes, manos al aire, moviendo las caderas-, mientras la cámara se acerca cada vez más a ellos. Se enfoca a un espectro de bailarines con distintas posturas, y se vuelve repetidas veces sobre una mujer en particular, cuyos movimientos hacen que su vestido se desabotone con el ritmo del baile. Y a pesar de que la música de Pello está siendo usada para acompañar estas escenas de bailarines, él y su grupo no se ven en ninguna de ellas. De hecho, él no aparece durante el resto del breve filme, y su ausencia visual sirve para subrayar su presencia audible. Lo que se muestra es una variedad de espacios y gente permeada por una presencia sonora, con algunos bailando, algunos trabajando, algunos esperando ociosamente a que algo pase, como para sugerir una gran simultaneidad respecto de lo que sucede. Son escenas que proponen, además, una amplia enciclopedia visual de movimientos, de cuerpos relajados, del ‘desorden’ sincronizado y del ‘exceso’ del goce público. De esta manera, Los del baile es también una reivindicación de lo improductivo, y no en el espíritu primitivista de una vida idílica de ocio o según los conocidísimos estudios del carnaval, sino como un rechazo popular y colectivo a la industria, eso es, como una catártica y convulsiva huelga general.

Pero más allá de la fiesta en las calles, una serie de tomas forman un montaje que, dispuesto sobre el tema melancólico de un clavicordio que obviamente no es de Pello, muestra a una joven mujer negra sentada en su casa, en contrapunto con acercamientos a parejas bailando lentamente. La proximidad de la cámara a los sujetos recuerda secuencias similares en Memorias del subdesarrollo (Tomás Gutiérrez Alea, 1968) e incluso en PM. De hecho, el contrapunto audiovisual entre la fiesta del mozambique y los demás -como la joven negra- que no son específicamente los del baile, nos debe recordar tensiones parecidas en Memorias del subdesarrollo, tensiones que aparecen entre un público popular y el protagonista, Sergio, cuya relevancia va disminuyendo a lo largo del filme, y que concluye con su presencia invisible, pero audible, al final. De hecho, es en este aspecto que Los del baile exige una reconsideración de un puente imaginario entre PM y Memorias, que termina en Desde la Habana ¡1969! Recordar (1971). Los del baile se desvía de manera estrepitosa de una serie de reflexiones cinemáticas del periodo sobre el pueblo, la producción y el performance, a las que habría que agregar segmentos relevantes de un conjunto de películas de la época, que incluyen no solo las ya mencionadas, sino también otras que brindan momentos parecidos para considerar la música y el baile en relación con la producción, entre ellas, Carnaval (Fausto Canel & Joe Massot, 1960), Cuba baila (Julio García Espinosa, 1961), Gente en la playa (Néstor Almendros, 1961), Primer carnaval socialista (Alberto Roldán, 1962), Para quién baila La Habana (Vladimir Chech, 1963), o cualquiera de las numerosas referencias en las obras de Sara Gómez».

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[*] Viñeta: Detalle de Pello el Afrokán con corcheas, mochas y caña. “Un mozambique para la caña”, periódico Hoy, 13 de abril de 1965.