José Antonio Michelena: Entrevista con Miguel Ángel Fraga / ‘Tuve que elegir entre la integración o la nostalgia perpetua’

Autores | Memoria | 11 de noviembre de 2025
©Miguel Ángel Fraga / Imagen ‘intervenida’

En julio de 2018, el escritor cubano residente en Suecia, Miguel Ángel Fraga, vino a La Habana en visita familiar, pero también para presentar su novela-testimonio Casa Cercada, recién publicada entonces en España. Como era improbable que una institución cultural del estado cubano prestara su espacio para presentar el libro, el lugar escogido fue La Marca, un sitio de tatuajes en La Habana Vieja. ¿Pero qué impedía que el oficialismo cultural accediera al acto de dar a conocer ese libro en Cuba? Su singularidad, el testimonio que se ofrece en sus páginas sobre uno de los pasajes oscuros de las políticas de salud en la Isla bajo el actual régimen.

Casa Cercada es una narración surgida del diario del autor durante su permanencia (1992-1997) en el sanatorio de finca Los Cocos, situado entre Santiago de las Vega y El Rincón, al sur de La Habana, uno de los centros de internamiento para portadores de VIH y enfermos de Sida en Cuba.

Con anterioridad, Fraga había publicado cuatro libros centrados en la llamada pandemia del siglo: los volúmenes de cuentos La noche comienza ahora (1998) y No dejes escapar la ira (2001) y los de entrevistas y testimonios En un rincón cerca del cielo (2008) e Hibernation (2012). Pero Casa Cercada es su obra más visceral, un texto que entreteje ficción y testimonio, que documenta la vida en el sanatorio desde un registro de hechos, reflexiones, sentimientos, emociones; un relato que muestra el enojo del escriba y de sus compañeros por el encierro, por los límites impuestos a su libertad. Su obra narrativa incluye, además, las novelas Olvidó que me quería (2008), Sabor bolero (2013), Arroz con frijoles (2013), y los libros de relatos Cuentos de lo probable, lo posible y lo imposible (2000), Cuentos del amor escandaloso (2001), Tormenta de felicidad y otras parábolas (2020) y Ese hombre es mío (2021).

Miguel Ángel Fraga alcanzó notoriedad en el panorama literario cubano al obtener el Premio de Cuento en el Encuentro Nacional de Talleres Literarios de 1995 con «De nalgas al fondo», un descarnado y bien construido relato homoerótico cuyo protagonista está enfermo de Sida. Él había sido uno de los fundadores del taller literario «La montaña mágica», durante su estancia en el sanatorio. Justamente allí comenzó a escribir. Empecemos entonces con una visita a ese pasado

―Miguel Ángel, ¿qué significó para ti la escritura cuando estabas en el sanatorio?

―Fue una liberación total, mi respuesta al entorno. En realidad, ya yo tenía inclinaciones literarias y deseos de escribir antes de ingresar al sanatorio. Era algo que quería hacer, pero que aún no había llevado a la práctica. La experiencia sanatorial —ese aislamiento del mundo, entre comillas— me obligó a reconsiderar mi existencia y a preguntarme qué podía dejar como legado. Sentí que había llegado el momento de expulsar todos mis demonios a través de la literatura. El día había llegado. Estaba viviendo una experiencia límite, y no sabía cuánto tiempo duraría. Tenía que darme prisa y escribir lo que sufría, lo que me incomodaba.

Así nacieron los primeros cuentos de No dejes escapar la ira que titulé, en un principio, La noche comienza ahora. Fueron narraciones inspiradas en mis vivencias y en las de los compañeros que me rodeaban. Experiencias de distinta índole. Luego comencé a escribir más allá del sanatorio: sobre mis remordimientos, mis frustraciones, mi sexualidad…

Como no tenía nada que perder, fui libre al expresarme. Por eso mi literatura aborda temas que quizá en otro momento no me habría atrevido a tocar, y que pocos escritores se atreven a tratar. Es una literatura que bebe del realismo sucio, con erotismo, morbo, y elementos que siempre estuvieron en mí. Eran mis experiencias, o eventos en los que, en mayor o menor medida, participé.

«Después de ser diagnosticado positivo organizó una fiesta en su casa. Para sus amigos fue cosa muy rara porque él prefería divertirse en las casas ajenas. Era su despedida del mundo. Estaba eufórico. Le habían manifestado la urgencia del ingreso. Si no se presentaba voluntariamente lo vendrían a buscar de todos modos. La descarga fue por todo lo alto: abundante bebida, brindis, hasta un cake de cumpleaños. El morbo en esta representación estuvo al cien por ciento. A las doce en punto decidió dar la noticia. Apagó la grabadora y ordenó silencio. Fue solemne, como si fuera la última vez que hiciera uso de la palabra. Estoy cogí’o, fue su intervención. Ninguno de los presentes entendió gran cosa ni tampoco quisieron amargarse la noche. Su discurso lacónico y ambiguo no consiguió el impacto dramático esperado. Los que pusieron interés en sus palabras no dejaron de pensar en una broma. Alguien aplaudió, otro le dio un beso por su actuación y el siguiente encendió nuevamente la grabadora. La fiesta siguió su curso».[1]

―¿Te consideras un escritor vivencial, que da testimonio de lo que vive?

―Totalmente vivencial y emotivo. Soy un observador, y suelo recrear en la escritura aquellas imágenes que han calado hondo en mí. Es un proceso que puede ser largo: las experiencias se sedimentan, las alimento mentalmente, hasta que llega el momento de transformarlas en literatura, como ficción.

Lo que escribo son testimonios de una realidad que me conmueve. Todos mis libros —comenzando por No dejes escapar la ira— nacen de mis vivencias, incluso aquellos que relatan historias improbables o fantásticas. Porque, al final, lo vivido también se disfraza para poder ser contado.

―¿Se puede decir que la literatura te ayudó a mantenerte vivo en el sanatorio?

―Sí. La literatura fue uno de los baluartes a los que me aferré. El taller literario «La montaña mágica» me ayudó a encontrar propósito en medio del caos en el que creía estar. Ese espacio, junto con los medicamentos que ofrecía la institución sanatorial, me permitió sobrevivir…, y pensar en el futuro. Corto, pero futuro.

«El lunes 16 de marzo, acompañado de mi padre, llegué al Instituto de Epidemiología listo para ser trasladado al sanatorio. En la puerta de entrada del edificio se encontraban, para regalarme el último abrazo, los dos amigos a quienes les había confesado mi diagnóstico. No tomaba ningún avión, ningún tren me estaba esperando, pero era un viaje largo. Para ser fiel a mis recuerdos, creía que viajaba hacia el umbral de la muerte».[2]

―Una vez que sales del sanatorio y empiezas a vislumbrar que tu futuro no es tan corto, ¿te replanteaste la literatura?

―Como dije antes, siempre tuve el ánimo de escribir. En el sanatorio lo hacía con intensidad, convencido de que moriría, de que mis textos serían mi legado. Por eso escribía con libertad, sin censura hacia mí mismo. Cuando salí y comprobé que la vida continuaba, intenté —en lo posible— seguir esforzándome literariamente. Mi sueño era convertirme en un escritor que viviera de la literatura. Sin embargo, como de la literatura no se come, con el tiempo surgieron otros intereses. Me satisface reencontrarme, explorar cosas nuevas, que también son alimento para el alma.

―¿Qué dificultad has encontrado para hacer literatura en Suecia?

―Al recomenzar mi vida en Suecia, mi actividad literaria entró un poco en recesión. Debí atender otras urgencias, como la integración social. Aprender un idioma como el sueco después de los treinta años es un reto; adaptarse a un sistema social tan distinto al nuestro también. El modo de vida aquí se aleja radicalmente del «cubaneo». Integrarse toma tiempo.

Puedo escribir, pero no tengo prisa. Ahora soy el observador, no el escriba. Cuando vivía en el sanatorio, escribía de manera impulsiva, con la sensación de urgencia. En Suecia, la escritura dejó de ser un deber y se convirtió en un placer. Disfruto la vida, los ambientes, incluso el clima y sus estaciones.

Mientras asimilaba la nueva cultura, vivía experiencias que nunca imaginé vivir. Todo eso estaba lejos de mí. Era como despertar en un sueño y preguntarme: ¿Aún estoy soñando? Todavía me maravilla viajar, recorrer los países de Europa, pasar los controles fronterizos sin mostrar el pasaporte, caminar por barrios y plazas de tantos pueblos y ciudades; alternar con personas que hablan otras lenguas, probar sus comidas —exóticas, en mi opinión, y todas sabrosas.

Desde mi llegada a Gotemburgo, establecí relaciones con chilenos, uruguayos, argentinos…, vínculos que se han mantenido a lo largo de los años. Con los latinoamericanos tengo gran empatía. Cada cual tiene su peculiaridad. Me fascina observar sus comportamientos y los giros idiomáticos que usan para narrar sus anécdotas. Y, sobre todo, los dulces y las comidas caseras.

En lo personal, comparto mi vida con un sueco: él es mi mejor mentor. Me inspiran su ingenio, su sencillez y su capacidad para encontrar soluciones. Toda esta experiencia ha sido, sin duda, la que ha dado nuevo rumbo a mi vida.

No soy de los escritores que escriben diariamente. Escribo cuando me siento inspirado, o cuando me obligo a hacerlo. Y, lamentablemente, lo mejor no siempre se escribe… si uno está ocupado en vivirlo.

©Portada de ‘Casa cercada. Diario de un sobreviviente’.

―Ya tú no ves la vida como un camino que se te va a acabar abruptamente.

―No. La muerte sigue latente —uno puede morir en cualquier momento—, pero ya no la percibo como algo inminente, que pueda suceder esta noche o la semana próxima. Va a llegar, sí, pero ya no le temo.

Estoy satisfecho con lo que he alcanzado y con lo que estoy disfrutando. Vivo intensamente, pero sin prisa. Ahora me doy el gusto de apreciarlo todo con los cinco sentidos: mirar, oler, tocar, sentir, amar. El milagro está en saborear cada evento, aunque sea una sencillez. No tengo prisa por llegar a ninguna parte. Disfruto el camino.

«Ojalá pudiese olvidar, emprender una vida nueva. Aunque hay personas a las que vale la pena recordar y le agradezco a Dios la oportunidad de haberlas conocido. Dejo atrás, y para siempre, la Casa Cercada. No han sido las cercas sino el acercamiento humano quien me ha permitido ver diferente. El Aislatorio no ha destruido mi capacidad de amar, tampoco mi perplejidad ante ese arcano mayor que es el hombre: he visto tanto dolor y a la vez tantas ganas de trocar el infortunio en sonrisa que solo por eso ha valido la pena.

Repaso mis notas como quien se ha parado frente al espejo.

―¿Té o café? ─pregunta la azafata.

La interrupción me provoca un sobresalto. Estoy en el cielo, pero no estoy muerto».[3]

―¿Cómo ha sido tu relación con la comunidad de escritores latinoamericanos residentes en Suecia?

―No suelo participar en círculos de escritores e intelectuales latinoamericanos radicados en Suecia. En Gotemburgo tuve contacto con un grupo llamado Madrigal, que impulsaba un proyecto cultural con ideas interesantes, aunque en la práctica funcionaba poco.

Me llevo muy bien con los latinoamericanos, pero no tanto con los intelectuales. Siento que no encajo en sus proyectos; no compartimos referentes compatibles. Por un lado, muchos de ellos mantienen un fuerte arraigo cultural. Los mayores llegaron desde países marcados por dictaduras —Uruguay, Chile, Argentina— y escriben sobre gobiernos autoritarios, reminiscencias carcelarias, luchas clandestinas… Es una generación marcada por el dolor y el resentimiento.

Pero el sistema mundial ha cambiado, y con él han surgido nuevas formas de expresión en un mundo donde el neoliberalismo, la droga y la globalización campean por su respeto. Por otro lado, mis intereses literarios se erigen desde la resiliencia en contraste con la decadencia de un gobierno-estado obsoleto. Yo parto de la introspección, del individuo y sus contradicciones internas, su auto-alienación, su desenfado.

Cuando presenté Cuentos de lo probable, lo posible y lo imposible en Gotemburgo, en el año 2000, un periodista latinoamericano que asistió con la intención de escribir una reseña para el periódico local me dijo algo así como: «Lo que tú escribes es muy fuerte. De eso no puedo publicar». No superé la censura.

Mi cosmovisión y mis expectativas provocan fisuras y zonas de inquietud en las conversaciones con algunos intelectuales latinoamericanos. Aunque no puedo asegurarlo, tal vez sea solo una impresión mía, siento que evitan el contacto con un escritor que viene de Cuba —un país con un proceso revolucionario que muchos de ellos reivindican y apoyan— y que, además, es homosexual. Recuerdo que una vez, al saber que yo era cubano, alguien me preguntó: «¿Por qué no regresas a tu país?». Y yo le dije: «¿Y tú, por qué no regresas al tuyo?».

―Con relación a la literatura y los escritores suecos, ¿qué experiencia has tenido?

―En Gotemburgo tomé contacto con escritores suecos y llegué a formar parte de la asociación de escritores de la ciudad. Participé en algunas actividades culturales, pero no ofrecían posibilidades reales de publicación ni apoyo concreto a escritores jóvenes. Más tarde, al mudarme a Malmö, también me integré a su asociación de escritores. Allí admiten a todo aquel que tenga obra publicada y cierto currículum, pero es como estar en una nómina: no pasa nada con eso.

No soy un experto en literatura sueca. Tengo un conocimiento promedio, sobre todo de los poetas y escritores del siglo xix y principios del xx. A los contemporáneos los conozco poco, y tampoco me interesa demasiado participar en sus círculos. Tal vez sea apatía, o simplemente falta de afinidad.

Me da la impresión de que en Suecia hay un mayor interés por la literatura norteamericana y europea, especialmente la anglosajona. La literatura hispanoamericana les resulta pintoresca, distante. Se extrañan de lo que se narra y de cómo se narra. Para los suecos, somos pintorescos.

―¿Ven a los latinoamericanos como ven a los africanos? ¿No establecen diferencias?

―Lo digo sin pretensión de rigor. Recordemos que los estereotipos funcionan como comodines: facilitan una ilusión de totalidad, provisoria o precaria, cuando algo no se comprende del todo. En términos generales —y como broma— nos ven desde su perspectiva occidental y modernista. Latinos y africanos, según el prisma con que se mire, podemos resultar exóticos.

Para ellos, Shakespeare es el clásico universal; Cervantes, no tanto. Si preguntas a un sueco promedio, es más probable que reconozca a Hamlet que a Sancho Panza. Aunque en círculos literarios y académicos, por supuesto, El Quijote es considerada una obra maestra de la cultura occidental.

Cuando Vargas Llosa ganó el Premio Nobel de Literatura, era prácticamente desconocido en Suecia. Las novelas de Jorge Amado, al ser traducidas, no tuvieron gran aceptación. En cambio, escritores como Isabel Allende sí se venden bien. Pero se venden por lo insólito, por lo inusual. Porque ella narra historias que les hacen soñar y decir: «Ah, si yo pudiera vivir así…». Como son cumplidores de normas y costumbres, nuestro sistema de vida les parece un desenfreno. Les gustaría experimentar esas aventuras, como niños en un parque de diversiones.

―¿Esa visión exótica que tienen los suecos de la literatura latinoamericana es la misma que tienen del resto de las artes?

―Quisiera aclarar que los suecos —como otros europeos— han tenido, históricamente, una visión algo «exótica» de los latinoamericanos. Esa percepción ha evolucionado con el tiempo y depende mucho del contexto. En décadas pasadas, especialmente durante el auge del realismo mágico y los movimientos de liberación, América Latina fue vista como una tierra de caos y pasiones, llena de colorido y misterio. Esta imagen se reforzó con autores como García Márquez y con largometrajes que mostraban personajes intensos en paisajes exuberantes de luz y calor. Algunos suecos asocian lo latinoamericano con ritmos calientes, comida picante y una intencionalidad vibrante, lo cual puede facilitar estereotipos —tanto positivos como reductivos.

A partir de los años setenta y ochenta, muchos suecos apoyaron causas latinoamericanas, acogieron exiliados y se interesaron por temas como el autoritarismo, el exilio y los movimientos sociales. Esto permitió una visión más crítica y comprometida en los círculos universitarios y políticos. Con una nueva mirada, se empezó a reconocer la complejidad histórica y cultural de América Latina, lo que generó respeto por su pensamiento, su lucha social y, por supuesto, su literatura.

Los latinoamericanos que viven en Suecia también han contribuido a romper estereotipos. No todo es bachata y revolución. Sin embargo, aún persiste cierta folclorización, donde nuestra identidad se reduce a lo pintoresco o lo emocional. Hay una tendencia a ver al latinoamericano como «ardiente», en contraste con la supuesta «frialdad» de los suecos. Pero ni los suecos son tan fríos, ni los latinos tan ardientes.

En resumen: sí, existe una visión exótica, pero también una mirada más profunda y respetuosa que crece con el diálogo, el arte y la convivencia.

Nosotros, los cubanos, nos distinguimos por la música. El son o la salsa o son nuestra carta de presentación. A los suecos les encanta cómo bailamos. Se quedan embelesados mirando cómo proyecto caderas y cintura, a diestra y siniestra, sin ser bailarín. A veces me preguntan: «¿Cómo lo haces? Yo quisiera hacer lo mismo». Y yo les respondo: «Para hacer lo mismo, tienes que haber nacido en Cuba». Ellos aprenden los pasos, hacen los giros, pero el ritmo genuino, la sensualidad, se lleva por dentro. También te digo que los suecos que aprenden a bailar salsa son muy apreciados en las fiestas. Hay muchas actividades de música latina en Malmö. Yo asisto a menudo. Son más divertidas que las tertulias literarias.

©Portada de ‘En un rincón cerca del cielo’

―En tu percepción, hay poco conocimiento de la literatura latinoamericana en Suecia.

―No tanto como yo esperaba. Los libros existen, pero se leen poco. Por otra parte —como es sabido— las editoriales suelen interesarse más por títulos con pinta de bestseller. Es un fenómeno internacional. Dicho esto, puedo afirmar que la literatura latinoamericana ha sido recibida en Suecia con admiración y curiosidad. Gracias a figuras como Artur Lundkvist —escritor y traductor sueco, miembro influyente de la Academia Sueca— los lectores suecos comenzaron a acercarse a autores latinoamericanos desde mediados del siglo xx. Lundkvist introdujo a poetas como Borges, Neruda y Paz, y más tarde a los narradores del boom: García Márquez, Vargas Llosa, Fuentes y Cortázar.

Lo que fascina a muchos lectores suecos es la riqueza simbólica y el realismo mágico de nuestra literatura. Ellos están acostumbrados a una narrativa más sobria y contenida. También he comprobado que muchos textos latinoamericanos resuenan en el público escandinavo por su dimensión política y social. La poesía del exilio —especialmente la chilena y uruguaya— ha tenido una notable repercusión en Suecia; varios autores han encontrado aquí refugio y voz.

Aunque no es común ver obras latinoamericanas en los escenarios teatrales suecos, sí hay presencia en ferias del libro, círculos literarios y traducciones. La editorial Bonniers, por ejemplo, ha publicado antologías de poesía latinoamericana traducida al sueco.

―¿Has visto en Suecia traducciones de autores cubanos?

―Aunque las traducciones al sueco de autores cubanos pueden considerarse escasas, algunas obras han llegado hasta aquí. Los Versos sencillos de José Martí aparecen en colecciones de poesía latinoamericana; algunos poemas de Dulce María Loynaz han sido incluidos en antologías bilingües; también se han traducido Trilogía sucia de La Habana, de Pedro Juan Gutiérrez, y El hombre que amaba a los perros y Pasado perfecto, de Leonardo Padura, quien goza de cierta popularidad en los círculos de novela negra. Debo mencionar, además, la obra de René Vázquez Díaz, prolífico escritor cubano que reside en Malmö y ha contribuido activamente a la difusión de la literatura cubana en Suecia.

Debo agregar que he encontrado traducciones al inglés de Tres tristes tigres, de Guillermo Cabrera Infante, y El reino de este mundo y Los pasos perdidos, de Alejo Carpentier, que también han circulado en espacios académicos y literarios internacionales.

―¿Y cómo te ves a ti mismo, viviendo en Europa, a la distancia de veintiocho años? ¿Qué hay de la persona que tú eras, qué se ha modificado?

―La edad lo transforma todo. Hoy soy un señor mayor. Y aunque no me atribuya más juicio que antes, al menos puedo decir: esto me gusta, esto no —porque lo he probado―. La experiencia no siempre da certezas, pero sí da referencias. Es importante, para cualquier persona —escritor o no— evolucionar con lo vivido. Hoy puedo afirmar que me siento parte de Suecia y de su cultura. No he cambiado mi identidad: he evolucionado. Comprender, aceptar, asimilar y gustar son verbos clave en el proceso de integración.

Conocer un país implica conocer su historia, sus tradiciones, su folclore y su música. Pero no basta con conocerlas: hay que vivirlas para comprenderlas. Solo comprendiendo lo que ves puedes empatizar con el entorno. Y poco a poco, lo incorporas a tu día a día, hasta que forma parte también de tu realidad. Al final, te acaba gustando y haces tuyo aquello que nunca pensaste que lo sería. Cuando esos cuatro verbos se juntan —comprender, aceptar, asimilar y gustar— has llegado a casa. ¿Conoces el refrán «En casa es donde mejor se está»? Pues mi casa está en Malmö. Suecia es un país multicultural que me ha dado la posibilidad de compartir con distintas culturas, distintos sistemas de vida, y tomar un poquito de cada uno.

Como inmigrante, tuve que elegir entre la integración o la nostalgia perpetua. Al asimilar una nueva cultura, uno debe decidir —para sobrevivir en el intento―. Hay muchas cosas que hay que soltar para que lo nuevo tenga espacio. La lucha por el arraigo cultural acaba convirtiéndose en desarraigo. Al incorporarte a un nuevo sistema, confrontas tus creencias, tus valores adquiridos, tu percepción de la realidad. Nada es como te lo contaron. Yo tuve mi desafío, y lo resolví a mi manera.

Mucho cambió en el plano existencial: mi dieta, mis atuendos —botas, chaquetas, guantes, bufandas—; también mis rutinas: cómo viajar en transporte público, cómo hacer las compras, cómo planificar mi economía, qué amistades y sitios frecuentar. Al cambiar mi forma de vida, cambiaron también mi actitud, mis gustos y mis preferencias.

Recuerdo que al llegar a Malmö, uno de mis nuevos amigos me entregó un listado de los reyes de Suecia. Lo tomé con reserva. En silencio me preguntaba: ¿para qué quiero esto, si vengo de un país tropical y socialista, y no entiendo de monarquías? Pero él fue preciso: «Si tu intención es vivir en Suecia, debes conocer a sus reyes y sus reinados». Por estrategia y gratitud, es necesario asimilar las costumbres del lugar que te recibe. Hay que conocerlo, defenderlo y, sobre todo, amarlo.

No siempre funciona extrapolar tu cultura a un entorno completamente distinto. Si te empecinas en mantener vivo el pasado, corres el riesgo de no vivir el presente —y mucho menos de disfrutarlo.

―¿Crees que el inmigrante tenga que redefinir su identidad?

―No lo creo. Muchos lo hacen, pero me parece un gran equívoco. En la viña del Señor hay de todo. Ya he mencionado a quienes, para no perder su identidad, la reafirman constantemente; pero también están los que desprecian con ligereza su pasado. Algunos llegan incluso a olvidar su lengua materna, y al enemistarse con los latinos, buscan relacionarse solo con suecos.

Ni lo uno ni lo otro. El equilibrio es la madre del orden. Ese equilibrio podría alcanzarse si logramos armonizar los valores y conocimientos adquiridos en nuestro país de origen con los que vamos incorporando durante el proceso de adaptación. Para evolucionar hay que nutrirse de lo nuevo, adaptarse al cambio o trascenderlo. Con lo que uno va asimilando, transforma —o no— su sistema de valores y creencias. Quizás, eso es lo que llamamos evolución. Yo considero que mantengo mi identidad, pero no creo ser el mismo de cuando llegué a Suecia.

―¿Tú participas de la vida cultural sueca?

―Siempre, desde mi llegada. Al principio aprovechaba las gratuidades del sistema: los eventos culturales a los que me invitaban asociaciones benéficas, las exposiciones de artes plásticas, las ferias y las presentaciones de libros. Hoy en día, organizo mi propia agenda cultural.

Aunque las barreras referenciales e idiomáticas pueden ser un estorbo, con interés y disposición para escuchar y entender, se vencen con el tiempo. Mientras muchos inmigrantes continúan viviendo como emigrantes, en guetos que perpetúan su cultura, yo me involucro activamente en la cultura comunitaria.

He colaborado con asociaciones como Noaks Ark y Positiva Gruppen, que respaldan y apoyan a personas seropositivas. Gracias a su ayuda, publiqué mi primer libro en Suecia: Hivernation. El título surge de un juego de palabras entre VIH e hibernación. También fui activista en la asociación LGBTQ+ de Malmö durante cinco años. Con ellos di mis primeros pasos en la escena teatral, revitalizando El Teatro del Arcoíris entre 2011 y 2015.

Actualmente presido la Asociación Cultural de Teatro Pavo Real, una organización que crea y difunde diversas formas de expresión escénica y cultural, enfocándose en el desarrollo personal y cultural de la comunidad en la que vivo.

―Un escritor trabaja con las palabras, con la lengua. Si tú vives en Suecia y hablas diariamente en sueco, ¿cómo mantienes viva tu lengua materna?

―En primer lugar, pienso y razono en mi lengua materna. Con excepción de Hivernation —un libro de entrevistas y testimonios con hablantes suecos— toda mi obra la escribo en español, y luego la traduzco al sueco. A eso se suma mi conexión constante con la comunidad latinoamericana.

El sueco lo utilizo en mi convivencia con mi pareja sueca y para interactuar con el resto de la sociedad: en gestiones, compras y, por supuesto, en mi vínculo con el grupo de teatro, donde lo empleo para dirigir ensayos y encauzar las puestas en escena. En otras palabras: el sueco para lo práctico; el español para la introspección, el análisis y la espiritualidad.

Yo disfruto los programas humorísticos en sueco, pero confieso que no me causan el mismo efecto que una locución en español. El humorista sueco me hace sonreír, reflexionar, por el ingenio de su humor; pero con el humorista hispanoamericano no pienso: suelto la carcajada.

―¿Te mantienes leyendo en español de manera constante?

―Sí, siempre que puedo. Leer en español me conecta con mi raíz, con mi ritmo interior, con la música de mi pensamiento.

―¿Cómo ha sido el trabajo que has hecho con el teatro en Malmö? ¿En qué ha consistido?

―Mi trabajo ha estado profundamente vinculado a la comunidad. En un momento en que buscaba publicar mi obra literaria, elegí el teatro como vía de expresión. Ante la falta de editoriales, surgieron escenarios y personas dispuestas a dar vida a mis historias.

Los primeros espectáculos fueron creados para la Asociación de Hombres de Cuero de Escandinavia: shows pensados para entretener a un público gay y adulto, que aplaudía tras recibir una alta dosis de sensualidad y sexualidad. Fueron espectáculos temerarios, sin concesiones.

Kim Ronsebäck fue el primer actor valiente que aceptó interpretar a un personaje real extraído de mis libros. Sin conocer el idioma español ni a Cuba, encarnó a Gunilla, la diva del sanatorio de El Rincón. Con ese monólogo, comenzó mi periplo en la escena teatral de Malmö.

«La realización es algo que se logra pocas veces. Esto es un refugio, las lentejuelas enmascaran el conflicto. Te aplauden Gunilla. ¿Cómo me veo? Bastante mayor. Podrías ser menos sincero. ¿Qué prefieres realmente? ¡Qué pregunta y en qué momento! Estás preciosa. Adulador. Sueño con algo real, verdadero: la fantasía me absorbe. Soy una mentira feliz. Con ustedes… Ya viene la estrella. Pero respóndeme. Quisiera ser Gunilla, siempre Gunilla. Me deslumbras. ¡Cosmonáutica! Vivir, vivir, yo no sé si mañana… ¡Eres la que eres! Cuando canto pienso en todos y en mí: me pregunto si voy a despertar. Vivir con los brazos abiertos… ¡Perróticaaa! Soy el resumen de todos ellos a la vez. ¡Luminaria! Lo que más anhelo no es una joya, no es un príncipe. Vivir sin mañana, vivir… Luego todos se irán, me olvidan. La verdadera poesía está en la recompensa del aplauso. Eres lo mejor de la noche. Ojalá: ojalá me regalaran flores».[4]

Para hacer teatro, necesitaba un grupo. Con el apoyo de RFSL Malmö, revitalicé el Teatro del Arcoíris y me asocié a Malmö Amatörteater Forum (MAF), una organización sin fines de lucro que reúne y apoya a los grupos de teatro no profesionales. La Comuna de Malmö y la ABF (Federación de Educación para Adultos de los Trabajadores) respaldan la financiación de nuestros proyectos y producciones teatrales. 

A Gunilla le siguieron Allegro con brío, Rosas para Margaritas, Primavera, tú no estás sola… todos traducidos y adaptados al público sueco. Así fui dejándome embullar, apasionar por el mundo del teatro.

Comencé a crear espectáculos en función de los actores que tenía y de las propuestas que recibía. Siempre he sido inclusivo, en el sentido más amplio de la palabra. Aclaro: no trabajo con niños ni adolescentes. Es un grupo de teatro para adultos, en sueco, con integrantes de todas las edades (mayores de 18 años), razas, culturas y orientaciones sexuales. También se han sumado bailarines, músicos, cantantes, fotógrafos, pintores… artistas de todas las disciplinas. Eso, para mí, es inclusión. 

En 2016 fundé mi propia asociación cultural, Teatro Pavo Real, que en 2026 cumplirá diez años. Mantengo el mismo ritmo y propósito. Me he realizado como escritor (dramaturgo), director artístico, director de espectáculos y actor. A la vez, he aprendido sobre diseño de vestuario y escenografía, luces, sonido, filmación… Es un trabajo integral, donde hago y pruebo de todo. Y eso me encanta, me divierte. Actualmente, más que montar obras propias, dirijo textos de dramaturgos suecos y británicos. Integración total.

A lo largo de mi trayectoria he explorado una amplia gama de géneros teatrales y formas escénicas, desde el monólogo íntimo hasta la comedia, el drama y la farsa. He trabajado también con el lenguaje del performance, la revista musical y el vodevil, incorporando elementos de humor, crítica y espectáculo. Además, he incursionado en el teatro con máscaras, una experiencia que me ha permitido profundizar en la expresividad corporal y simbólica. Esta diversidad ha sido clave para construir una voz escénica propia, abierta al juego, la emoción y la reflexión.

Siempre me ha atraído la experimentación y la creatividad escénica. Concibo el teatro como un arte total que abraza todas las disciplinas visuales —incluida la arquitectura, por su dimensión escenográfica— y que se abre a la poesía, la música, la danza y las artes plásticas como lenguajes complementarios.

En 2019, durante la Noche de Galerías en Malmö, transformé dos escenas de MAF en espacios expositivos donde artistas plásticos mostraron sus obras. El público pudo recorrer la galería mientras presenciaba performances de Teatro Pavo Real que dialogaban con las piezas expuestas. Fue una experiencia de inmersión estética y narrativa.

Esa misma búsqueda de integración la he mantenido con la poesía. «Poesía en la escena» es una línea de trabajo que el público ha recibido con entusiasmo. Por ejemplo, presenté Talud, el libro de la poeta cubana Aleisa Ribalta, como un evento escénico en la escena 2 de MAF: una presentación audiovisual con música, danza y actuación. Algo similar logré con la obra de la poeta colombiana Ángela García, en un espectáculo de casi hora y media que combinó performance, danza, cine y efectos técnicos de luz y sonido.

Más recientemente, adapté el monólogo Andrea y yo, de la venezolana Linda Oliveros, para dos actrices en escena y en dos idiomas. Una hablaba en sueco, la otra en español, interpretando simultáneamente el mismo personaje. Sin necesidad de traducción, el público comprendía el conjunto gracias al contexto emocional y escénico. Fue una experiencia teatral única, que encarnó la unidad posible entre culturas, lenguajes y certezas compartidas. 


[1] Miguel Ángel Fraga: «De nalgas al fondo», en No dejes escapar la ira, Letras Cubanas, La Habana, 2001, pp 108-109.

[2] Miguel Ángel Fraga: En un rincón cerca del cielo. Entrevistas y testimonios sobre el Sida en Cuba, Aduana Vieja, Valencia, 2008, pp 19-20.

[3] Miguel Ángel Fraga: Casa Cercada, Ediciones La Palma, Madrid, pp 342-343.

[4] Miguel Ángel Fraga: «Gunilla en No dejes escapar la ira, Letras Cubanas, La Habana, 2001, p 72.