Alder Soto Olivero: La mirada del otro y de sí misma / Relecturas del realismo socialista en la literatura cubana

Continuamos nuestro dossier dedicado al Realismo Socialista en la Isla, con este buenísimo trip del investigador y ensayista Alder Soto Olivero por algunos de los puntos de unión (o de sutura) entre el RS soviético y el cubano.
Gocen
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La mirada del otro, aunque no sea ni aguda, ni polémica, ni profunda, ni sincera, también carga con ella una dosis de interés.
Supongamos que ya sabemos lo que es el realismo socialista (si es que acaso es posible saberlo).
Supongamos que ya hemos leído hasta el cansancio –lo que no es difícil lograrse– literatura realista socialista (dos o tres libros soviéticos ya serán suficiente). ¿Que tienes dudas?
Una novela: cualquiera de las autorizadas por el máximo crítico literario (y también de pintura, música, cine, raciocinio y cualquier otra cosa que estuviera en los dominios nacionales), de la Unión Soviética: ¡el Partido! O lo que es lo mismo: ¡Stalin!; pues el realismo socialista era un fenómeno ideológico subordinado a la política y que, en esencia, no era objeto de debate, al igual que el papel rector del Partido Comunista en la URSS y el de su líder supremo. Serio, escoge cualquiera; aunque por respeto a la memoria de Máximo Gorki, no pongamos La madre en esa lista; pero si ya las has leído, ni modo, también sirve.
Un libro de cuentos. Iguales condiciones presentadas para la novela. Si es una compilación, mejor; así te evitas dudar de que todos siguen el mismo estilo.
¿Y poesía? Recomiendo prescindir de los poetas. Pero si hay que arriesgarse, evitemos Mayakovski (no por malo, claro) y vayamos directo a una compilación de poesía soviética, de aquellas autorizadas también por la figura insigne de la crítica. Está de más decir nombres.
Hecho el ejercicio de suponer, tenemos una idea de por dónde iba la estética realista socialista; o realismo proletario, o tendencioso, o monumental, o heroico, o romántico, o social, o combinación de realismo y romanticismo; así intentaron definir la supuesta originalidad artística de la literatura soviética algunos escritores y críticos soviéticos como M. Gorki, V. Mayakovski, A. Tolstoi, A. Fadeyev, A. Lunacharski, y A. Voronski.
1.
En una entrevista concedida por Evgueni Dobrenko, historiador ucraniano-americano e investigador de la cultura estalinista y el realismo socialista, al escritor cubano Enrique del Risco en 2016, este afirma que, en los años setenta en Cuba se logró un cierto éxito al tentar implantar una especie de realismo socialista en la isla. Dobrenko, un poco escéptico, insiste en la inmensidad y el alcance institucional de la política cultural del realismo socialista, a lo que Del Risco responde que «en ese sentido institucional es muy similar el caso de Cuba aunque a nivel estético fuera bastante menos estricto y formalista que el soviético. Pero seguía la misma estructura: escuelas, bibliotecas, medios de prensa, editoriales con “cierta” política de publicación, talleres literarios, compañías de teatro aficionado, escritores que iban a las fábricas a “empaparse” de la realidad del país, premios literarios nacionales patrocinados por las fuerzas armadas o el ministerio del interior para promover literatura policial y de espionaje. Incluso figuras literarias bien establecidas trataron de acercarse en su obra al canon del realismo socialista».
Este intento de “copiar” el realismo socialista soviético, adaptarlo (si se quiere), no creo que solo se restringió a los años setenta, sino que se arrastró hasta los 90, por lo menos en el ámbito literario y en las prácticas relacionadas, como puede demostrarse con la publicación de literatura cubana con rasgos realistas socialistas en Cuba y su validación constante en el campo editorial soviético a través de las traducciones de esa misma literatura, hasta bien entrados los años ochenta.
En la Unión Soviética, tratándose de Cuba –como era el caso de otros países bajo la influencia soviética–, el sistema editorial oficial no publicaba absolutamente nada que no pasase por el doble filtro de validación: el Partido Comunista Cubano y la censura cubana, así como la maquinaria literaria estatal soviética. Parodiando un poco aquella frase de la obra Esperando la carroza de Jacobo Langsner, podríamos decir que si en Cuba se publicaba Manuel Cofiño, en la Unión Soviética se publicaba Manuel Cofiño; que si se publicaba una antología del cuento cubano del siglo XX, en la Unión Soviética se publicaba una antología del siglo XX…Y por ahí va la cosa.
2.
En un panorama de las traducciones de literatura cubana al ruso a partir de los años sesenta del siglo pasado, se observa que algunos autores ya canónicos de etapas anteriores continuarán ocupando un espacio en el sistema editorial soviético: Nicolás Guillén, Alejo Carpentier, Onelio Jorge Cardoso, José Martí; otros como José María Heredia, Enrique Serpa, Alfonso Hernández Catá y Emma Téllez pasaron irremediablemente a ser relegados. Entre los “nuevos” autores que emergieron y pasaron a conformar el grupo habitual de la literatura cubana traducida al ruso a partir de los años sesenta, encontramos a José Soler Puig, Lisandro Otero, Manuel Cofiño, Eliseo Diego, Mirta Aguirre, Dora Alonso, Roberto Fernández Retamar, Raúl González de Cascorro y César Leante.
Es significativo el hecho de que muchos de estos autores, además de ser publicados en libros dedicados a un autor específico y en revistas, también se publicaban como parte de antologías. Era bastante común depararse con títulos en ruso como Poetas jóvenes de Cuba (1963), Novela corta cubana del siglo XX (1965), La isla del amanecer carmesí. Poesía cubana del siglo XX (1968), Relatos cubanos (1976), Cuento cubano del siglo XX (1981), Novelas cortas policíacas cubanas (1984), La novela corta cubana moderna (1986), Regreso a lo básico: maestros del cuento cubano (1989), entre otras. Este formato –el de la antología–, imponía las limitaciones de tamaño y justificaba la selección rigurosa de poemas, relatos o fragmentos que fuesen adecuados ideológicamente. Este recorte también será algo frecuente en autores y obras publicados en las revistas. Para garantizar que la comprensión de las obras presentadas al lector soviético fuese la adecuada, la mayoría de las publicaciones contó con un amplio aparato de notas críticas e introducciones que, a pesar del contenido ideológico, ayudaba al lector a entender contextos socioculturales completamente diferentes al soviético.

En algunos casos, la publicación de una obra no estaba relacionada exclusivamente con la postura política de sus autores como tal, sino con sus contactos y viajes a la URSS, como es el caso del poeta Julio Travieso, quien se licenció en derecho en la Universidad Lomonósov de Moscú y se doctoró en el Instituto de América Latina de la Academia de Ciencias de la URSS; el poeta Eliseo Diego, que visitó el país de los soviets en 1968, 1971, 1972, 1977 y 1981, o el del poeta Raúl Rivero, quien fuera corresponsal de la agencia Prensa Latina en Moscú entre 1973 y 1976.
3.
En la década del sesenta (por lo menos hasta el año 1968), se apreciaba en Cuba una relativa pluralidad cultural. La presencia de una cierta libertad cultural fomentada por las diversas publicaciones de obras de las más variadas tendencias estéticas –tanto de autores cubanos como extranjeros, y estuviesen vinculadas o no al proceso revolucionario–, que empezaron a circular en las revistas y suplementos culturales de la isla, reflejó una auténtica diversidad de sensibilidades y generó intensos debates. Entre las publicaciones y las discusiones más conocidas del período podemos mencionar el suplemento cultural Lunes de Revolución (1959-1961) y su defensa al documental P.M, censurado por el gobierno revolucionario; Nueva Revista Cubana (1959-1962) y sus lides al publicar textos que polemizaban sobre el panorama cultural cubano en estos años; Casa de las Américas (1960-) y su enfrentamiento con la revista uruguaya Mundo Nuevo[1]; la revista Unión (1962), órgano oficial de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC). Entre los escritores cubanos que fueron publicados en esa época por los medios mencionados anteriormente y por editoriales cubanas podemos citar a autores con una reconocida trayectoria literaria como Virgilio Piñera, José Lezama Lima, Alejo Carpentier, Nicolás Guillén, Eliseo Diego, Félix Pita Rodríguez, Manuel Navarro Luna, además de aquellos que empezaron a destacarse en la segunda mitad del siglo XX, fundamentalmente después del triunfo de la Revolución, como Heberto Padilla, Roberto Fernández Retamar, Antón Arrufat, Fayad Jamís, José Lorenzo Fuentes, Lisandro Otero, Edmundo Desnoes o Ezequiel Vieta. A esa lista también podrían agregarse autores que publicaron, por lo menos, su primer libro durante esos años. Es el caso de Guillermo Cabrera Infante (Así en la paz como en la guerra, 1960), Jesús Díaz (Los años duros, 1966) o Reinaldo Arenas (Celestino antes del alba, 1967).
Sin embargo, es necesario aclarar que, a pesar de esa “relativa pluralidad”, la publicación de autores que en sus obras denunciaban los males sociales antes de 1959 y validaban los cambios ocurridos en la Revolución, siempre fue mayor que la que exploraban otras temáticas y lenguajes ajenos al proceso revolucionario. Esta mutilación literaria irá acentuándose durante toda la década del sesenta hasta transformarse en praxis, principalmente, en las dos décadas siguiente. Una consulta a la compilación Bibliografía cubana, 1959-1962, publicada por la Biblioteca Nacional José Martí en 1968, ilustra algunas de las obras y autores que el aparato editorial cubano institucionalizado identificó inmediatamente como provechosos para la política del nuevo gobierno: De Hatuey a Fidel (1960); Cartilla y farol, poemas militantes (1962), de Jesús Orta Ruiz; Bertillón 166 (1960), de José Soler Puig; El pueblo canta (1961), de Onelio Jorge Cardoso; Himno a las milicias (1961), de José Álvarez Baragaño; Odas mambisas (1961), de Manuel Navarro Luna; Prosa de prisa (1962), de Nicolás Guillén; Con las milicias, reportajes (1962), de César Leante; Gente de Playa Girón (1962), de Raúl González de Cascorro; Himnos (1962), de Pablo Armando Fernández; Por esta libertad (1962), de Fayad Jamís; Monologo del miliciano y la miliciana (1961), de Humberto Bravo Alcántara.

©José Soler Puig, ‘Bertillón 166’, en una edición soviética.
Varios de estos autores fueron traducidos al ruso y contaron con una amplia difusión por parte de las instituciones oficiales soviéticas, ya que, los vínculos con la URSS constituyeron un factor clave para una serie de intelectuales, quienes se convirtieron en mediadores privilegiados entre Cuba y el mundo socialista. A pesar de ello las traducciones y las reseñas escritas por críticos soviéticos en la revista literaria soviética dedicada a la traducción de autores extranjeros, Inostrannaia Literatura, respondían a la política de resaltar la importancia de la Revolución cubana, intentando mostrar que era esta la única inquietud que ocupaba a los escritores cubanos.
4.
Durante casi tres décadas, desde los años sesenta hasta casi finalizados los ochenta del siglo pasado, la revista Inostrannaia Literatura en un continuum, publicaba traducciones al ruso de obras cubanas respaldadas tanto por las autoridades de Cuba como por las de la URSS. El tema principal de casi todas esas publicaciones de los años sesenta era la Revolución cubana. Traducciones, prefacios y reseñas críticas posicionaban la Revolución como un movimiento de liberación nacional contra el imperialismo estadounidense y que había conseguido convertir el país en el “primer territorio libre de América”. Estos textos buscaban mostrar el aspecto transformador del proceso revolucionario a través de obras que permitiesen el contrapunto entre el pasado y el presente, y que al mismo tiempo diesen margen a predecir el futuro en una Cuba socialista. Ejemplos claros fueron Memorias de la Sierra Maestra, de José Pardo Llada; Con las milicias, de César Leante; El cataclismo, de Edmundo Desnoes.

©Enrique Cirules, ‘Los perseguidos’
Los setenta fueron años marcantes para Cuba. Los resquicios de libertad creativa que aun perduraban a finales de la década del sesenta conocieron una suerte de sovietización de la Isla, materializada en una excesiva subordinación a los modelos institucionales culturales, políticos y económicos importados desde la Unión Soviética, además del jugueteo excesivamente peligroso con la estética del realismo socialista. Se escribieron, se publicaron y se tradujeron novelas, cuentos, poesía con alto contenido ideológico que resaltaban el productivismo, la pedagogía revolucionaria, la épica colectiva, la construcción de la definitiva sociedad obrera, el hombre nuevo, el héroe positivo. Al leer novelas y cuentos como Sacchario, de Miguel Cossío; La última mujer y el próximo combate y Cuando la sangre se parece al fuego, de Manuel Cofiño; Para matar al lobo, de Julio Travieso; Los perseguidos, de Enrique Cirules; La huella del pulgar, de Noel Navarro, o Acero, de Eduardo Heras León, es imposible no encontrar varios de los elementos de la estética realista socialista mencionados anteriormente y también marcadamente presentes en obras soviéticas como Así se templó el acero, de Nikolái Ostrovski; Campos roturados, de Mijaíl Shólojov; Cemento, de Fiódor Gladkov, etc.
5.
Aunque en los años ochenta la Unión Soviética era un hervidero político, social y cultural, donde el control estatal prácticamente no conseguía sujetar las riendas de los eventos que se sucedían, los medios de difusión y publicación, todavía en manos de la Unión de Escritores Soviéticos, continuaban traduciendo y publicando literatura cubana apoyada por el régimen cubano. Los mismos autores que en Cuba eran publicados y republicados encontraban en el sistema editorial soviético y en la revista Inostrannaia literatura un espacio, si no preferencial, por lo menos habitual. Novelas y antologías de cuentos, que combinaban las obras de Carpentier, Guillén, Eliseo Diego y algún que otro clásico del siglo XIX aparecían como contrapeso a las consabidas mediocridades encumbradas por el aparato estatal cubano: el eterno Manuel Cofiño, Gustavo Eguren, Luis Rogelio Nogueras, Raúl González de Cascorro, César Leante, Arnoldo Tauler López, Miguel Cossío, Alberto Molina, Enrique Cirules…
6.
En 1975 la editorial cubana Arte y literatura publicó la antología Cuentos cubanos del siglo XX, que reunía 43 autores con igual números de narraciones. En casi 500 páginas se recorre una exposición de cuentos escritos desde inicio del siglo veinte hasta los primeros años de la década del setenta. En su prólogo a esta antología, Salvador Bueno comenta las variadas temáticas y motivos que dominaron la narrativa cubana antes de 1960: los temas imaginativos modernistas, el realismo criollista, el nativismo, la dimensión imaginativa y fantástica de un Arístides Fernández (aunque de una obra literaria reducida –solo diecisiete cuentos, recogidos en un volumen póstumo– configura como uno de los autores más originales y talentosos de la literatura cubana); el experimentalismo técnico de Carpentier, etc.

©’Cuentos cubanos del siglo XX’ en Ediciones huracán
La radicalización que empieza a advertirse y a sedimentarse en la narrativa a partir de los sesenta, o sea, el tratamiento inmediato de la realidad, el tono épico para tratar los enfrentamientos entre los sectores a favor del nuevo régimen y aquellos en contra, el esquematismo y cierto maniqueísmo en los personajes e historias creadas conforman el conjunto de cuentos que representa el período entre 1960 y 1970.
Si bien algunos de estos narradores se apropian de técnicas vanguardistas como la narración fragmentaria, el coloquialismo, el flujo de conciencia, entre otras, la elaboración del tema casi siempre se reduce a un cuadro previsible de enfrentamientos generacionales, enfrentamientos entre las fuerzas actualizadas del “bien y del mal”. Luego están aquellos que además de ser burocráticos en el contenido, tampoco rehúyen mucho de serlo en cuanto a la forma.
En su cuento “Al final de la noche”, Noel Navarro combina realismo, tensión psicológica y simbolismo moral (creencias religiosas versus apariencias que esconden el fanatismo y la falsedad tras las creencias religiosas) con el conflicto entre los revolucionarios y contrarrevolucionarios. Al construir su relato en primera persona, Noel Navarro nos presenta un narrador que no es héroe ni tampoco alguien que sobresale y, obviamente, no se destaca del conjunto; es solo alguien que observa. La presentación de algunos nombres propios siempre en letras iniciales minúsculas, contraviniendo las reglas ortográficas, refuerzan esta idea de insignificancia del individuo ante la masa: “manolo”, “segundo barcino”.
El desplazamiento hacia la casa de un campesino que colaboraba con elementos contrarrevolucionarios para prenderlo y la mujer que allí vive configura el núcleo principal del relato. La mujer se encuentra sola; aparentemente su marido, ante el miedo a ser ejecutados por el destacamento de revolucionarios, huye. Aparentemente ella es una víctima desvalida, sometida por las circunstancias, lo que no impide que sea vista por estos revolucionarios, “los buenos”, como un objeto deseable; en la conciencia del narrador surge este deseo: “Eso y algo más que no podíamos decir, que casi no podíamos atrevernos a pensar, porque una mujer allí, sola; bueno es fácil imaginar qué” (pero lo piensa); o “(…) verla arrodillarse ante la cama, a la luz del farol chino, verla rezar adivinar su carne, pero todavía no estoy apto para comprender, después de tanto tiempo sin, y la mujer ahí. Entonces, ¿qué hacer?”. Sin embargo, Noel Navarro transforma toda esa imagen de devoción de religión –a pesar (o a propósito) de los toques de erotismo y corporalidad–, en una máscara que al final solo tenía como objetivo ocultar, según la propia simbología del cuento, el fanatismo (“el crucifijo en la pared, los cuadros de rostros de santos regados por toda la casa, la pequeña capilla de la virgen en el centro. Mujer devota, devotísima iglesiera crucifijera”); el odio y la inquina contra el nuevo régimen que se instaura en Cuba a partir de 1959.
El cuento, aunque no necesariamente malogrado en su conjunto, disminuye considerablemente la intensidad que había construido a base de algunas imágenes poéticas y filosóficas cuando se acerca a su final moralizante. Lo que hasta el momento había sido una atmósfera de creencias, suposiciones, verdades dichas a medias, queda anulado por ese final de pretensiones catalíticas: “(…) entre su sonrisa y la inquina concentrada en jugo de frutabomba, en miel del panal y dulce de cerezas repartidos a los milicianos, hechos con tanto odio que no habían tenido más remedio que fermentarse, como compruebo, como comprobamos todos sólo con ver a esta terrible contrarrevolucionaria que ahora llora pero no de miedo, no de mujer, sino de rabia sorda, de derrota, al final de la noche”.
7.
En 1981 la editorial soviética Molodaya gvárdiya [Joven guardia], publica una antología de cuentos cubanos del siglo XX organizada por editores soviéticos en la que se afirma que el volumen de más de trescientas páginas reúne los más importantes cuentistas cubanos del siglo veinte. En el volumen –continúa la nota bibliográfica–, “se encuentran el difícil pasado, la heroica lucha revolucionaria de varias generaciones de cubanos por su liberación nacional y los días de la actual república”. A pesar de los soviéticos adjudicarse la organización de la antología, una lectura del índice muestra que esta coincide en autores y obras –excepto los tres últimos cuentos– con la antología Cuentos cubanos del siglo XX, publicada en 1975 por la editorial cubana Arte y literatura. Tanto en la edición cubana como en la soviética, los tres últimos autores antologados son Hugo Chinea, Julio Travieso y Jesús Díaz; sin embargo los cuentos son diferentes. En la antología cubana siguiendo el orden de los autores aparecen: “En el cementerio de Diana”, “Confesiones” y “El capitán”. En la antología soviética los cuentos publicados son “Sabino”, “Esta noche, coronel” y “El encuentro”. Los cambios en la edición soviética tal vez fueron motivados por la ambigüedad en la atmósfera y el carácter elíptico de los cuentos antologados en la edición cubana. En cambio, los tres relatos que aparecieron en la edición soviética se caracterizan por una mayor linealidad, identificación de personajes que responden al estereotipo “los buenos y los malos”, y una clara localización espacial y temporal de los conflictos narrados: el enfrentamiento de las fuerzas del gobierno de Fidel Castro contra las fuerzas que se le oponen.
8.
Los ochenta continuaron, si no en cuerpo, por lo menos en alma con el espíritu acartonado y poco innovador en la literatura oficial. Continuaron los mismos autores, los mismos títulos. Ediciones rusas de El pan dormido, de José Manuel Puig en 1983; Cuando la sangre se parece al fuego, de Manuel Cofiño en 1984; una antología de tres novelas policíacas (El cuarto círculo, Los siete pasos del sumario y Una vez más), en 1984; Un nuevo día, de Julio Travieso en 1988; la novela policíaca Explosión en Tallapiedra, de Armando Crsitóbal Pérez en 1989 entre cuentos, poemas y ensayos que aparecieron en algunas revistas literarias.
Creo, no obstante, que la más curiosa de todas (curiosa por su potencial de estudio) fue una antología de prosa y poesía publicada en 1986, titulada Manteniéndolos vivos en corazones ardientes. Textos de Fidel y Raúl Castro, del Che Guevara, Jesús Díaz, Nicolás Guillén, Eduardo Heras León, Manuel Navarro Luna, Rafaela Chacón Nardi, Lisandro Otero y muchos más de la nomenclatura. Textos que exaltan los momentos históricos más emblemáticos para el régimen cubano: el asalto al Cuartel Moncada, el desembarco del Granma, Playa Girón, la construcción del socialismo, etc. Más curioso era el hecho de que alguien pensase, como el prologuista de la antología, el general del ejército soviético I. N. Shkádov, que “entre la juventud crece el interés por las obras literarias que relatan estos acontecimientos históricos”.

©Carlos Aldana, Antonio de la Guardia, Raúl Castro y Norberto Fuentes. Casa de Norberto Fuentes / Hypermedia
Un caso curioso fue el de un poeta oscuro llamado Carlos Aldana, del que no se presenta ninguna información. ¿Sería el ideólogo del partido que a finales de los ochenta llegó a ser considerado el tercer hombre del régimen y luego defenestrado en 1992? ¿El compañero Aldana, que en los setenta trabajaba como jefe del Departamento de Propaganda de la Dirección Política de las FAR? No me consta que el ideólogo, quien terminó sus días como profesor de marxismo para antiguos compañeros del Partido en una de las instalaciones del Parque Zoológico de la calle 26, en la Habana, fuese poeta, aunque según la periodista Tania Quintero “le gustaba escribir y lo mismo redactaba un informe, una conferencia, un discurso o el guion de un documental, de un acto o desfile militar”. En cualquier caso, eran malos poemas:
(…)
No hemos cambiado en absoluto,
pero al mismo tiempo
ya no somos los mismos
que éramos antes,
porque, siguiendo
el camino del Che Guevara,
después de Angola
tendremos que vivir,
echando en la tierra
las raíces más fuertes,
más fuertes que nunca.
Y sobre nosotros brillarán con mayor fulgor
las estrellas imperecederas.[2]
Los cuentistas y novelistas descubiertos y premiados por el concurso literario de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR) también ganaron un espacio en esta antología de escritores a la deriva:
“El día en el ministerio comienza hoy, como de costumbre. Recorro el pasillo del quinto piso, luego giro a la derecha y abro la puerta del despacho. Allí todo está en perfecto orden: en la esquina del escritorio hay una cajita con clips, en un florero hay lápices cuidadosamente afilados, al lado está el teléfono y junto al escritorio, dos sillones”.[3]
Es el comienzo de lo que se supone sea un cuento titulado “Él sigue viviendo”, de José Hernández Barbán. En el siguiente párrafo sigue un amanecer, un cielo que se despeja, un aire marino que refresca y recuerdos del hijo pequeño jugando en la playa. Y como no podía ser de manera diferente en un corte temporal, el hijo crece y casi adulto ingresa en las milicias, era uno de los mejores en sus estudios militares, se une al ejército, participa en Playa Girón y su “abnegación, su disposición a combatir allí donde la Patria lo ordenara”, incluso para morir como al final sucede; pero el padre lo comprende, lo acepta, pues, como nos recuerda el Himno Nacional desde que aprendemos a cantarlo, “morir por la Patria es vivir”. Si eso no es una historia al mejor estilo realista socialista, entonces se le parece.
Más realismo socialista en el poema “Tú eres mi compañera fiel”[4], del hoy olvidado (como muchos otros) poeta y narrador Alcides Iznaga, que decidió sumergirse en las aguas evangelizadoras de la Revolución:
“Tú eres mi compañera fiel,
¡tú eres mi camarada leal!
Solo pongo por encima de ti a la Revolución,
porque no existe nombre más grandioso
sobre la tierra”.
Y una vez más los cuentos de Raúl González de Cascorro, con sus personajes planos, sus diálogos sin vida –en algunos casos completamente robotizados–; escenas sin ninguna verdad; historias esquemáticas y llenas de jeringonza propagandística. Por ejemplo, este diálogo entre un padre y su hijo en el cuento “Una vida de segunda mano”:
— Por fin vamos a saber a qué sabe un encuentro con mercenarios… Ya verás como los hacemos polvo ―empezó a decir uno.
― Lo que siento es no haber estado alzado cuando la insurrección. Ahora tendría experiencia…
Todo llega. Ya ves qué pronto…
(…)
El fuego cerrado les hacía tirarse en el suelo y ripostar, mientras se daban ánimo gritando consignas patrióticas.
9.
El lenguaje. Intención de las palabras. Términos que están en el relato en busca de un efecto. Elemento que en la estética realista socialista y en sus estéticas emparentadas (épica revolucionaria caribeña, realismo revolucionario, testimonio revolucionario, etc.) no pasan desapercibidos, pues todo está en función de la responsabilidad que, según esta estética fundamentada en el marxismo-leninismo/estalinismo, tiene la literatura de educar, aleccionar y construir una sociedad y un hombre nuevo. En una palabra: censurar. Y la sutileza de la censura la podemos encontrar en muchas de las traducciones de la época soviética.
En el cuento “Un hombre sin suerte”, de Imeldo Álvarez, toda una escena de sensualidad entre Fausto e Eunice se simplifica al extremo en la versión rusa, evitándose términos referentes al acto sexual o al simple juego erótico.
Original:
“No respondió, pero Fausto sentía el latir apresurado de las venas bajo la piel de los duros senos, y la contracción de la pelvis desnuda. A su lado, acurrucada en mimoso abandono, Eunice apenas se movía, relajada lánguidamente. Los ardores de los acoplamientos refluían en la laxitud de la carne, aún tibia, y en el escozor de las reflexiones”.
Traducción:
“Ella no respondió, pero Fausto sintió cómo latía aceleradamente el corazón bajo su firme pecho. Permanecía acostada a su lado, acurrucada como un gatito, casi sin moverse, abandonándose a una agradable languidez”.
En “La noche baja”, de Cofiño, la traductora opta por eliminar el término “putica” usado por uno de los bandidos para referirse a la maestra Rita. En el original: “Pero si es un pollito, un bombón, la putica maestrica”. En la traducción: “Aquí está la polluela, un bocado delicioso, la maestrica de ellos”.
Unas líneas más adelante al referirse a los niños, los bandidos usan un eufemismo para indicar que están muertos; sin embargo, la traductora, tal vez para resaltar la brutalidad de los antagonistas explicita que los han matado.
En el original:
“Después la sacaron, y Rita preguntó por los niños y primero le dijeron que en el cielo”.
En la traducción:
“Luego la sacaron a rastras de la habitación. Rita preguntó por los niños. Primero le dijeron que los habían matado”.
Finalmente, en “Vedo”, de Enrique Cirules, tenemos otro ejemplo de manipulación del lenguaje tan común en las traducciones de la época soviética. En el original:
“― ¿Y qué querían que hiciera? —dice el del caballo. Cuando a uno le violan una hija así, se la unen de atrás palante, se vuelve loco. Y que estaba buena la cabrona, pero no era para que hicieran eso. Toda la tropa le pasó revista”.
Traducción:
“― ¿Cómo podría haber actuado de otra manera? ―dijo el que iba a caballo. ―Su hija fue violada y él enloqueció. La chica era sin duda una buena muchacha, pero no estaba hecha para esto”.
10.
¿Y después de los noventa, existía realismo socialista en Cuba? No es sencillo responder a la pregunta. Como política o estética oficial, ya sabemos que el realismo socialista tuvo breve sustento en Cuba; sin embargo, en la práctica supo camuflarse –tanto en los ochenta como a posteriori— y continúa dejando pistas, muchas veces subestimadas, como en el caso de la enseñanza literaria del sistema educativo cubano, donde aún hoy el realismo socialista serpentea subterráneamente y sin asumir, por obvias razones, su verdadero nombre.
Recuerdo que a principios de los años 2000, cuando yo empezaba la enseñanza media, me inscribí en uno de aquellos famosos círculos de interés organizados por los Palacios de Pioneros –que por cierto, fueron una de las tantas instituciones heredadas de los soviéticos y que incluso sobrevivieron a la debacle socialista–, en el que nos enseñaban algunos rudimentos de actuación. En el 7mo grado, la instructora del círculo de interés decidió montar una obra de teatro para la actividad de fin de curso y escogió “Una casa colonial”, de Nicolás Dorr, la cual aparecía en el libro de texto de Español-Literatura de la escuela. Fue mi primer contacto con una obra dramática. Viéndolo hoy en retrospectiva, me percato de que el texto de Dorr –a pesar de este no ser un dramaturgo que se caracterice por obras estéticamente circunscritas al realismo socialista–, estaba construido sobre varios de los preceptos de esa estética: didactismo, personajes positivos que se enfrentan a personajes negativos y desafectos de los cambios que se van dando en el país durante la construcción de una sociedad socialista; exaltación de la Revolución y el Partido; exaltación del bienestar colectivo por encima del individual y un desenlace dramático positivo.
Estoy casi seguro de que en el mundo artístico cubano y, especialmente en el literario, el realismo socialista está completamente desterrado; que solo fue una manifestación de algunos años de la década del setenta y hasta podría afirmarse que, en general, nadie hoy se toma en serio a quien siga los principios de creación real-socialistas. Sin embargo, el sistema educativo cubano está diseñado en gran parte para instruir/adoctrinar a la sociedad en una literatura (cubana, aunque podría también ser otra) que refleje las ideas y la política del Partido Comunista. Aprendemos a internalizar y normalizar que los autores que se nos presentan en la escuela (a través de sus textos), son las figuras centrales y de mayor valor artístico en la literatura nacional. Esta tendencia adoctrinadora y manipuladora del sistema educacional cubano se acentúa cuando se trata de obras escritas a partir de 1959. Algunas de estas son el único contacto que muchos cubanos tendrán prácticamente toda su vida con la literatura nacional.

©Raúl González de Cascorro, ‘Aquí se habla de combatientes…’, premio Casa de las Américas 1975.
Especial atención merece el libro para 9no grado dedicado al estudio inicial de la literatura cubana de manera sistemática. El texto de 1991 ha tenido varias reimpresiones, siendo la más reciente la de 2007. Sin embargo, durante todo ese período y hasta hace muy poco, no se hizo ningún esfuerzo por actualizar su contenido.[5] Por ejemplo, en el epígrafe 1 del capítulo 12 (dedicado a la literatura posterior al triunfo de la Revolución), en sus aspectos esenciales copiado de la Antología de la literatura hispanoamericana, de Rogelio Alfonso Granados, publicada en 1970, se hace manifiesta la intención de adoctrinamiento cuando plantea que el antecedente directo e inmediato de la actual literatura cubana es aquella surgida en la guerra revolucionaria que inició el desembarco del Granma; o sea, la prosa contenida en discursos, diarios de campaña, cartas: la literatura de corte político. En opinión de Granados y por ende de los editores del libro de texto, “no pocas de esas páginas pueden encabezar una selección de la mejor prosa escrita en Cuba en los últimos años. Es obvio, por lo demás, que la auténtica y superior poesía de este mismo período es la que bulle y reluce en la epopeya revolucionaria misma”[6]. Luego, a lo largo del capítulo desfilan nombres ya sumamente conocidos, y se enfatizan aquellos cuyos títulos son de fácil acceso en el sistema de bibliotecas del país: Manuel Cofiño, Dora Alonso, González de Cascorro, José Soler Puig, etc.
La poesía tuvo mejor suerte en cuanto al pase de lista: Nicolás Guillén, José Lezama Lima, Eliseo Diego, Fina García Marruz, Cintio Vitier, Dulce María Loynaz…; sin embargo, la selección de los poetas y poemas a ilustrar, dejan nuevamente bien claro el tipo de literatura que se espera el estudiante lea: “David” y “Canción antigua a Che Guevara”, ambos de Mirta Aguirre; “Epitafio de un invasor”, de Fernández Retamar; y “Por este tiempo”, de Raúl Rivero.
Poemas, cuentos, fragmentos de novelas y testimonios con alto contenido político e ideológico, estudiados años tras año, son ejemplos más que palpables de un programa pedagógico direccionado no a un conocimiento serio, coherente y profundo de la literatura por parte de los niños y jóvenes, sino de un programa parcial y partidista que busca crear su lector ideal.
Sea como sea, estas cortas reflexiones han servido para poner sobre el papel algunas de las preocupaciones que me asaltan siempre que pienso o leo alguna cuestión sobre la estética del realismo socialista y las huellas que persisten, muchas veces subterráneas, en la literatura cubana actual.
[1] Para conocer a fondo sobre esta polémica, véase Política y polémica en América Latina. Las revistas Casa de las Américas y Mundo Nuevo (Almenara, 2017), de la investigadora Idalia Morejón Arnaiz.
[2] Traducción realizada a partir de la edición rusa.
[3] Traducción realizada a partir de la edición rusa.
[4] Traducción realizada a partir de la edición rusa.
[5] En 2025 apareció un nuevo libro de texto para la asignatura de Español-Literatura 9no grado que es posible consultar en la web https://biblioteca.cubaeduca.cu/s/biblioteca-cubaeduca.
[6] Español-Literatura 9no grado. Editorial Pueblo y Educación, 2007.
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