Daniel Céspedes Góngora: Conversación con Ernesto Fernández / ‘El fotorreportero no es un superhéroe’

Archivo | Artes visuales | Memoria | 14 de abril de 2026
©El fotógrafo Ernesto Fernández en Angola, 1982 / Archivo

Comenzamos nuestro Dossier sobre ‘Fotógrafos cubanos en zonas de conflicto’, con esta más que elocuente conversación con el fotógrafo y periodista Ernesto Fernández; conversación que gira alrededor de Angola, su vida, la fotografía de guerra y un largo etcétera.
Gocen
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Licenciado en Periodismo por la Universidad de La Habana en 1979, no creería que Ernesto Lázaro Fernández Nogueras (La Habana, 1939) empezó en la fotografía teniendo menos edad, pero él asegura que lo hizo con 12 años, aunque alguna bibliografía diga que fue a los 16, en Carteles, aquella revista que contaba con firmas como la de Víctor Agostini, Virgilio Piñera, Guillermo Cabrera Infante, José Soler Puig, Oscar Pino Santos, Loló de la Torriente y muchos más.

Ernesto Fernández es reconocido por su fotografía de la épica de los inicios de la Revolución y antes por ser el autor de aquella imagen del Martí con los ojos taponados, además de la del billete famoso de tres pesos de Ernesto Che Guevara en un corte de caña.

Ha escrito libros en solitario —Unos que otros (Editorial Arte y literatura, Cuba, 1978), Ernesto Fernández, una vida en fotos (Shtterfly, Estados Unidos, 2007)— y en colaboración con diferentes autores…; ha realizado exposiciones tanto en Cuba como en el extranjero y ha obtenido reconocimientos como el Premio Fotografía Iberoamericana (Universidad de Harvard, 2000) y el Premio OLORUM Iberoamericano (Fondo Iberoamericano de Fotografía, III Congreso de Cultura y Desarrollo, La Habana, 2005). También, fue el segundo fotógrafo cubano galardonado con el Premio Nacional de Artes Plásticas (2011).

En esta ocasión, partiendo de Susan Sontag, quien dijo que la cámara es “un arma de agresión”, pues implica de antemano que habrá bajas, nos acercamos a él y lo entrevistamos. Fernández, además de haber sido dibujante, escenógrafo teatral y diseñador, fue (es) un gran reportero de guerra.

¿Cuándo decidió pasar de la fotografía que estaba haciendo, que era algo más que épica revolucionaria, a interesarse en las zonas en conflicto tanto en territorio cubano como extranjero?

Sabía que, ante el regocijo cotidiano por la Revolución triunfante, podía venir una oposición tanto interna como externa y quería estar con mi cámara para registrar los acontecimientos. Se supo luego que había bandidos y otras personas que no estaban de acuerdo con lo que estaba pasando. Me fui al estado mayor y me presenté para colaborar como reportero. Me dijeron que tenían ya fotógrafos y dije que eran fotógrafos militares, que mientras estuvieran en tal unidad se podían estar perdiendo lo que estaba sucediendo con otro equipo militar en un distinto lugar… En Cuba era lo que tocaba muchas veces. Yo quise estar como corresponsal de guerra en Playa Girón y la Crisis de Octubre, luego en la lucha contra bandidos, en la lucha contra piratas…

©Ernesto Fernández, Playa Girón, 1961

Su primera cámara se la regaló Guillermo Cabrera Infante. ¿Cómo fue esa amistad? ¿Siguieron comunicándose luego de que él saliera de Cuba?

Sí. Cabrera Infante me obsequió una Rolleiflex 3.5. Ya no la tengo. Nuestra amistad siguió cuando él ya no estaba aquí y fuera el escritor reconocido luego. Lo recuerdo mucho. Nos conocimos cuando trabajamos en Carteles. A él le gustó aquella serie sobre niños y juguetes de guerra que hice con José Hernández Artigas. Fue un reportaje crítico de los años cincuenta muy bien logrado.

Primero fue corresponsal de guerra en Venezuela, durante el alzamiento militar de Jesús María Castro León en 1958. Luego, entre 1981 y 1983, fue reportero de guerra en Angola, y en 1984 estuvo en Nicaragua…

Las fotografías de guerra más importantes en otro país, en honor a la verdad, fueron hechas en Angola. En Venezuela fui cuando Trujillo mandó a invadirla. Fuimos como ocho personas, entre ellos Octavio Luis Cabrera, otro reportero. Allí todo el mundo quería mandar hasta que llegó el comandante y mandó a parar. Allí conocí al guerrillero comunista y periodista venezolano Fabricio Ojeda. Luego lo mataron.

¿Cuánto estuvieron en Venezuela?

Nada. Como una semana. Llamaron que se habían rendido. Y eso quedó en el olvido. Y en Nicaragua prácticamente no pude hacer nada. Allí estuve en el sur. Pedí ir a Managua, que era donde estaban los combates mayores. Quería conocer también el Pacífico.

Y Angola, ¿lo convidaron a ir o fue porque quiso?

Yo quería ir a Angola en los años ochenta. Pero en 1975, cuando nos reunieron y se pidió ir, no estaba muy seguro. Nos montaron en una guagua y cuando estaba sentado, alguien preguntó que quién era Ernesto Fernández. Respondí que era yo y me bajaron porque hacía una semana me habían dado el cargo de jefe de información de la revista Cuba. Me dijeron que no podía ir.

Luego me entró eso de que sí quería ir a Angola. Estaba esperando que algún día me llamaran. Y un día, estando en el laboratorio de un amigo mío, cuando estaba revelando fotos, me dice que me llaman por teléfono. Eran como las doce de la noche. Y es Raúl Menéndez Tomassevich, jefe de la Misión Militar Cubana en Angola, y me dice: “¿tú quieres ir a Angola todavía?”. Le respondí: “coño, qué bueno, tú sabes que quisiera hacer fotografía”. Entonces me dijo: “bueno, vete para el aeropuerto ahora mismo que allí tienen tu nombre para que te montes en un avión para Angola”. No tenía nada conmigo: ni cámara, ni ropa extra para llevar. Le pedí pasar rápido por la casa y así lo hice y me despedí de mi esposa e hijo. “Vete y mira a ver si te da tiempo. Te llevo después lo que necesites”, me dijo Tomassevich.

Allí fue donde más me arriesgué física y emocionalmente tirándome de helicópteros y cayendo en terrenos muy rocosos. No nos presionaron. Pedí ir a los lugares más peligrosos. Me tiré como seis veces en bases unitas. Allí lo que había que tener cuidado con las minas explosivas. Estaban por dondequiera. Nosotros estuvimos en zonas de tiroteos y quien más se preocupaba por nosotros era Tomassevich, a quien un día sorprendimos porque lo fuimos a ver durante la madrugada y estaba viendo el televisor. Se llevó tremendo susto.

¿Y cómo manejaste el temor a la muerte?

Me sentía protegido por mi cámara. La veía como un escudo ante los disparos. El fotorreportero no es un superhéroe ni estará a salvo por ser intocable en una zona en conflicto. Hay que arriesgarse y ser parte de lo que está sucediendo. No soy católico ni protestante pero creo en Dios. Es que tiene que haber algo para estar en una guerra y seguir con vida. Allí vi de todo. Hay cosas que ni quisiera decir. Pero había que estar allí en el bando correcto. La guerra era de león para mono. Eran diez o quince personas de nosotros contra miles de los otros. Y de la manera que estábamos ubicados en hilera en tierra era difícil que pudieran darte un tiro. Pero hubo muertos de todas maneras.

¿Qué es un fotógrafo de guerra?

El fotógrafo de guerra es de alguna forma otro combatiente, que —como sabes está de un bando— y necesita testimoniar lo que está pasando, porque eso quedará en la historia de su país y del otro donde está en ese momento. Muchas cosas se han perdido porque no ha habido nadie para recogerlas. Desde que empecé a los doce años, en tiempos de Batista, quería estar en la historia de las personas, del país… Después apoyé con imágenes —fue un encargo— la serie Congreso Católico, en 1959. Allí había revolucionarios católicos. Había de todo. Estaban Fidel, Dorticós, el Cardenal Arteaga, Monseñor Pérez Serantes, quien salvó a Fidel cuando el Moncada… Para hacer las fotos tuve una gran cámara que me habían regalado: la NIKON S2, con lente 1.4. Más que retratar personas, busqué el ambiente desde Carlos III y Oquendo hasta la Plaza Cívica, hoy Plaza de la Revolución.

¿Y cuál es su fotografía preferida de esos años?

Una sobre La Habana iluminada, resplandeciente.

¿Cree que se pueda lograr o registrar en una foto un equilibrio entre los bandos en conflicto?

No sé, o no me parece; y no porque uno le esté ganando a otro, o sea, siendo superior en cantidad y maniobras militares… Pero un “equilibrio“ solo le importaría a un coleccionista o historiador. Aunque siempre hay un bando bueno y uno malo. Uno tiene que saber a cuál pertenece, cuál representa a uno. Es así.

Lo que quiero decir es si no le molesta mostrar al enemigo para que haya una suerte de balanceo en imágenes.

“Balanceo en imágenes”. A veces uno toma fotos del otro bando. Pero la función es cumplir con el país que representas. Es una cuestión de principios y crianza, salvo que tu país esté dirigido por un soberano hijo de puta y tú te aproveches para hacer fotografías de eso. Pero estás consciente de que es un hijo de puta. Pasa algo curioso: aquí en Cuba no se ha hecho un estudio pormenorizado de cómo eran los malos y cómo eran los buenos. Hay malos en cualquier grupo y hay que saber quiénes son. No porque alguien haya combatido en Alegría de Pío, por ejemplo, significa que va a actuar siempre bien.

¿Eso supone que le gustan varias versiones de un hecho o de alguien?

¿No crees que sean mejor varias visiones?

¿Las versiones no pasan primero por visiones?

Claro… Varios relatos son necesarios para la historia.

¿Conoció a algún fotorreportero que haya regresado “afectado” o enloquecido por la guerra?

Me imagino que a algunos les haya afectado. Pero no conocí, al menos de los que fueron conmigo.

Más allá del riesgo y la mirada oportuna, ¿qué características tiene que poseer un fotógrafo de guerra?

Tiene que ser valiente, aventurero, y que su frialdad necesaria no lo vuelva indiferente o cínico ante el desastre y la muerte, sino que sepa tomar distancia. Yo tuve que hacerlo desde que retraté al primer muerto en Cuba en la invasión de Playa Girón. Es como si no estuvieras fotografiando a una persona, porque de lo contrario te afecta… Claro que afecta. En este sentido, nunca me he identificado con un muerto. Trato de no hacerlo.

¿La iniciativa se impone o se negocia con el trabajo por encargo?

Bueno…, uno siempre tiene la iniciativa y, cuando aparece el trabajo por encargo, se hace lo que se tiene que hacer. Es la vocación.

Hay fotografías suyas que parecen fotogramas —a Cartier-Bresson no le gustaba esa asociación—. ¿Cómo ha influenciado el séptimo arte en sus imágenes buscadas?

Había un cine (cine Alcázar), ubicado en Virtudes y Consulado; allí vi muchas películas musicales como Cantando bajo la lluvia (1952) y también películas bélicas como La carga de los 600 dragones (1936). De alguna manera las imágenes en movimiento condicionan tu propia visión del mundo o cómo lo miras. No estoy de acuerdo entonces —en ese particular— con Cartier-Bresson.

©Ernesto Fernández, La Habana, finales de los años 50…

¿Ha considerado fotografiar la épica de la supervivencia de la Cuba actual, considerando sus anteriores fotografías sobre los barrios marginales de La Habana?

¿Para qué?

Norberto Fuentes ha sacado libros con muchas imágenes suyas de la guerra.

Sí, sí. Le di permiso para eso.

Pero esos libros no son muy conocidos aquí en Cuba.

Las razones son obvias.

Le voy a mencionar algunos nombres y usted me responde con pocas palabras…

Josefina Mosquera[1]

Una mujer inteligente, directa y rigurosa. Me ayudó mucho.

Generoso Funcasta[2] y José Agraz[3]

Maestros indirectos. Funcasta estaba ya viejo y a veces me mandaba a hacer los trabajos que le tocaban. También mencionaría, por supuesto, a Carlos Fernández y Raúl Vales.

Carteles y Vanidades[4]

Mis comienzos con 12 años. Allí estaba Josefina Mosquera en Carteles.

Tirso Martínez[5]

Una gente muy prestigiosa, muy buen fotógrafo.

El abrazo del puma en Nicaragua

Un susto tremendo. Volví a nacer.

¿Es la fotografía una parada para un instante o un viaje de la memoria?

Empieza en lo primero y termina siendo lo segundo.

“Creo que en el momento decisivo está en todo. Cuando se toma una foto, el tiempo se detiene. Todo sigue envejeciendo, pero ella permanece allí para siempre. Por lo tanto, lo más importante es ese momento de creación, en que uno lo pone todo para lograr una buena imagen. Si es político o histórico, la vida lo dirá”. Son palabras suyas. ¿Las mantiene?

Sí, las dije en una entrevista[6] hace más de veinte años. Las mantengo.

¿Por qué “fotógrafo de guerra”?

Porque la guerra por una causa justa merece un testimonio, y la historia —el carro de la historia— luego que se detenga y juzgue.


[1] Fue directora de Carteles y tuvo un cargo importante en la confección de Vanidades.

[2] Generoso Funcasta Boizán (1908-1965). Uno de los grandes fotorreporteros cubanos. Reportero gráfico en el diario Heraldo de Cuba (1928-1933). Colaboró con los diarios Hoy y Ahora y con la revista Carteles (1933-1959). Registró con su lente el entierro de Julio Antonio Mella. En 1960, Funcasta y José Agraz, hicieron las fotos de la explosión del vapor La Coubre. Su numerosa obra está conservada en los fondos de la Biblioteca Nacional José Martí.

[3] Es sabido que, en mucho tiempo, casi todas las fotos de grandes eventos deportivos fueron tomadas por José Agraz Solans, Pepe Agraz (1909-1982). Además de sus imágenes de torneos de boxeo, se le conoce también por haber registrado la entrada de Fidel Castro Ruz a La Habana. Trabajó en Diario de la Marina, El País, Información, Revolución y Granma.

[4] Revista fundada en 1937 por Editorial Carteles. Luego de la llegada de Fidel Castro Ruz al poder su sede se trasladó a Estados Unidos. Su primera directora fue Herminia del Portal.

[5] Tirso Martínez Sánchez (1915-1990). Fue uno de los fotorreporteros de Playa Girón. Pero antes trabajó en el periódico Avance. En 1955 se hizo famoso por haber dado cobertura a un caso de asesinato. Es el autor de la imagen de Fidel Castro bajando de un tanque T-34.

[6] Entrevista de Héctor Antón Castillo a Ernesto Fernández para Anuario de Fotografía Cubana («Las historias se cuentan, las fotos se enseñan»), Número 0, año 2005, página 38-43.

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